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ELEGIDA POR LA LUNA

P.C. Cast

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Fragmento

Hay vidas, historias, situaciones que con sólo tocarlas sangran. Esta es una de ellas, la de Teresa Wilms Montt.

¿Cómo encontrar los elementos esenciales, sustantivos para lograr la materialización de lo inmaterial?

Teresa Wilms Montt es ciertamente la figura evanescente, inmaterial, ingrávida de la escena nacional.

Teresa Wilms es perfil, creación, pasión difuminada en el tiempo.

Teresa es la fantasía, gracia y ensueño que olvidó la luna en su lecho de amor. ¡Teresa es un canto de libertad!

Es la gran ausente, que con voz de silencios exora un pedazo de tierra natal.

Porque han de saber, Teresa Wilms Montt fue la mayor desterrada de Chile. Y lo sigue siendo.

Su vida pasó como una estela por la tierra. Vivió y amó con pasión. Su comportamiento la llevó a un tribunal familiar y su condena: enclaustramiento. Sola, repudiada, sin la tuición de sus hijas, se autoexilió en Argentina. En su destierro escribió libros, integró los círculos de la intelligentsia bonaerense, madrileña y parisina; y vivió... ¡sola! Meses antes de su muerte, se reencontró con sus hijas en París... Pero, Elisita y Sylvia Luz, pronto retornaron con sus abuelos a Chile.

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Cerca de la Navidad de 1921, una dosis de Veronal doblegó lo que no pudo la sujeción familiar ni social de su país. Días de agonía en el Hospital Laënnec de París... Nadie estaba a su lado. El sábado 24 de diciembre se apagó. Se fue en la luz de una estrella. Tenía veintiocho años.1

Ahora reposa cerca de Oscar Wilde y de Alberto Blest Gana. En el otro extremo del cementerio Père Lachaise, yacen Edith Piaf y los amantes Eloisa y Abelardo. Duermen también allí Molière, Chopin, Musset, Proust y Colette. Sólo rompe esta quietud del mármol, el canto de los pájaros que hacen requiebros de amor en cada primavera.

Con Teresa Wilms se fue la innovación y el refinamiento; la gracia y el talento; la bondad y la belleza, y una audacia emancipadora, rara en las mujeres de su época.

Personalidad «de veras dotada por los dioses a quienes plugo imponerle una gran beldad (María Carolina Geel)», «se quedó con toda la belleza chilena. La que sobró, es la que está repartida en las demás mujeres» (La Época).

Sus admiradores bonaerenses pensaron un día levantarle una escultura en blanco mármol y fundar con algunos de sus paisanos, una morada poética en un suburbio de Valparaíso: «La Casa Amiga» y Thérèse de la Cruz, tallada en piedra sobre una chaise-longue, ensoñadora y confidente.

Hoy sus libros editados en Buenos Aires y Madrid (1917-1918-1919), son joyas de museo.

Las niñas y niños de Chile y de América no leen sus cuentos primorosos. Su autora, Teresa Wilms, no figura en planes ni programas.

Ninguna calle en Santiago, París o Madrid ostenta su nombre. Excepto «Carrer Teresa Wilms Montt», en San Pere Pescador, el pueblo oriundo de los Montt, en Girona, Cataluña, por iniciativa de la autora, doña Ruth, y la aprobación de su Ajuntament.

Los Cafés de la bohemia de Teresa parisina, bonaerense y madrileña ya no existen. En su lugar, bancos, aparcamientos, rascacielos o supermercados.

Como ella, que lo tenía todo «allá en El Dorado» (Edwards Bello), se esfumaron en románticas galaxias del olvido, en brumas de auroras.

Pero un poeta no olvida a otro poeta. Y Juan Ramón Jiménez,2 que leyó páginas de su Diario3 y poemas, atesoró su efigie en estas palabras:

«Unos fragmentos de tu Diario me sobrecogieron, sobre todo los del “Altamar” y los de “Las ciudades”. Eran líneas como de un primitivo de cualquier literatura grande, griego, por ejemplo, que fuera completamente de hoy, de mañana y de siempre...»

Además un Poeta (con mayúscula), lee y relee a otro Poeta:

«Desde la primera página me sobrecogiste otra vez, y con mucho más poderío y encanto que la vez primera, es decir, que eres perdurable. Esa criatura tuya tan sencillamente natural y extraña, a un tiempo, con ese saber tuyo intuitivo, que cualquier cosa hace lo grande, lo mágico y lo secreto, teniendo ojos adivinadores, me parecía la emanación de todo tu ser por tu mano. ¡Qué seguridad de toque justo, sin nada, nunca fuera!... Tu expresión original encuentra la emoción más clara de un misticismo nuevo; amor tan humanamente distinto de los otros... ¡Qué angustia ahora no haberte conocido en Madrid cuando estuviste! Oí hablar de ti a unos y otros, andabas con Valle-Inclán y con Gómez de la Serna... Y siempre has vuelto a mí cuando he pensado en el genio literario de Chile. Tú sobre todos los chilenos y las chilenas»4.

Puerta del Sol, Madrid,

1° de mayo de 2009

RUTH GONZALEZ-VERGARA

Capítulo I

Teresa Wilms Montt y

sus ancestros

Llenen la Tierra y sométanla

Génesis 1
Antiguo Testamento

PARA MARÍA CECILIA

GONZÁLEZ-VERGARA

RAÚL GUERRA-VERGARA

Poeta y narradora, Teresa Wilms es una de las personalidades más interesantes que ha producido Chile. Nació a fines del siglo XIX en el seno de una acaudalada familia de la burguesía viñamarina, emparentada con la clase gobernante. Era la segunda de la saga fraterna formada por Luz, María, Carolina, Anita, Carmen y Margarita: las Ondinas del Rhin, como solían llamarlas por su belleza de walkirias australes. Don Federico Guillermo Wilms y Brieba y doña Luz Victoria Montt y Montt esperaron en vano al varón que perpetuase el apellido Wilms.

No sospechaban que la más singular y rebelde de sus hijas se encargaría de ello. Lo que no pudo Madre-natura lo hizo la literatura. Porque Teresa Wilms fue escritora. Creadora de cuentos, diarios, poemas... En el extranjero, lejos de la férula paterna. El magnate del mundo bursátil, mercantil y minero, de rígida y aristocrática formación, no entendía cómo una hija suya tomara decisiones: elegir marido y oficiar de escritora.

¿De dónde fluía el río de ingenio, gracia y talento en Teresa?

Los Wilms

De su progenitor no parece acusar herencia artística ni siquiera la pragmática. Tampoco de sus antepasados germanos, presumiblemente emparentados con la Casa de Hohenzollern, dinastía gobernante del antiguo reino de Prusia y Alemania durante siglos.

Está más que probado que rara vez —o nunca— las realezas brillan en el arte y en las letras, a no ser por la corona que soporta su cabeza.

«Mi sangre diez veces más noble, santa y estulta por los alambiques que ha cruzado... De noble, santa y estulta se ha vuelto fiera... ¡Oh, sangre mía que fuiste azul y hoy roja luces! Roja de infierno, de pecado, de revolución...»1

Hohenzollern, antiguo principado en el suroeste de Alemania, a orillas del Danubio, fue el origen de la saga de príncipes y reyes —la Casa de Hohenzollern— que asentó sus reales en el Electorado de Brandeburgo (en Alemania Oriental), cuna de la monarquía prusiana.

La estirpe Hohenzollern ejerció gran influencia política, social y economía en la vieja Europa desde el siglo XV hasta la Primera Guerra Mundial, cuando el último rey de la saga debió abdicar.

Una decena de monarcas que sentaron sus reales en el solio imperial, repitieron hasta la saciedad el nombre Federico Guillermo —Friedrich Wilhelm— como para no olvidar su destino.

Plagio de esta originalidad se puede apreciar en los nombres de pila de los vástagos de ciertas familias que se precian aristocráticas, como señas de identidad, marca de categoría.

El orgullo de casta de los Hohenzollern —que equivale a decir de todos los linajes— se evidencia en la prolija y elaborada estrategia que observaron siempre para mantener y asegurar la sucesión de la casa nobiliaria —todo el poderío que ello implica— sólo entre legítimos descendientes. Los hijos bastardos, escamoteos del derecho de pernada —droit de cuissage— nunca podrían reinar.

¿Cuántos espurios nacimientos hubo detrás de vetustas paredes de castillos y conventos? ¿Cuántos vagidos de dolor escuchó la larga noche de mujeres parturientas, sin rostro, sin derechos, que sólo contaban como solaz o esparcimiento? Sólo el silencio nos puede revelar la infinita estadística.

Los hijos del amor, aunque bastardos también son hijos. Uno de ellos —casi una leyenda— pudo ser algún Friedrich Wilhelm que se echó a rodar mundo, para evitar serio conflicto a las inmáculadas estructuras del edificio social del imperio.

Y hay en efecto una leyenda. Más bien una hipótesis que sustenta el diplomático y genealogista español, don José Luis Mecías,2 apoyándose en referencias del Almanaque de Ghota, el Anuario Genealógico Diplomático y Estadístico, publicado en alemán y en francés, que consigna datos e informaciones entre 1763 y 1944, y en su propia perspicacia. La hipótesis en cuestión es que uno de los reyes prusianos se habría enamorado de una hermosa joven de la alta burguesía alemana, Catalina Arens o Arend, con quien tuvo un hijo...

... Mi sangre diez veces noble, santa y estulta por los alambiques que ha cruzado...

La noble dama pronto habría contraído matrimonio con un prestigioso médico, el doctor Wilms, en un acuerdo pactado impuesto por la corte y así salvar apariencias y formalidades. ¡Nobleza obliga! De tal manera que el apellido Wilms sería un préstamo por regia conveniencia social.

El hijo espurio habría recibido esmerada educación en las mejores academias. Ya mayor, se habría preparado su emigración en la forma económica más ventajosa y discreta. Federico Guillermo Wilms habría elegido Chile como país de acogida, donde se transformaría en el magnate del transporte con sus barcos.

Hermoso, con impresionantes ojos azules, de porte distinguido, fino, de gustos exquisitos, con poderío económico y con un nebuloso ascendiente real europeo, pasó a convertirse en el centro de atracción de las bellas y aristocráticas jóvenes de la burguesía chilena... y de sus padres.

Con el tiempo, un matrimonio de gala, de mayor rango y estirpe. Habíase iniciado la saga Wilms en el país más austral del mundo: Chile.

El abuelo paterno de Teresa, don Guillermo Wilms, se casó en Santiago con doña Teresa Brieba, emparentada con la familia que dio lustre a la escena nacional, con Liborio Brieba. De este matrimonio, entre iguales, surgieron el primogénito, Federico Guillermo (que sería más tarde el padre de Teresa), y tres hijas más: Elvira, Rosa y Blanca, hermosas y distinguidas.

Un cúmulo de anécdotas se recuerda de esta familia relacionada con la belleza de estas jóvenes. Vivían en Viña del Mar. Los negocios en cambio, los mantenían en la capital y en Valparaíso. Al paso de Elvira, los trabajadores se sacaban sus ponchos y los colocaban en el suelo a modo de alfombra, saludando su hermosura con sombrero en mano. Era la más guapa de las tres. Poseía una belleza que electrizaba. Ésta fue una tía muy querida y admirada por Teresa Wilms.

Era una familia privilegiada por la gracia y la belleza y con un enorme poderío económico. No se distinguían por afanes literarios.

Siguiendo con la tradición de familias ricas, se buscaron los mejores partidos para sus hijos. Si bien es cierto, los Wilms y Brieba eran acaudalados, no exhibían títulos ni pergaminos con tanto desparpajo como las antiguas familias coloniales. ¡Pero don dinero se impone! Elvira se casó con Pedro Casteignau, abogado de origen francés, que daría más tarde serios quebraderos de cabeza al padre de Teresita, por pleitos sobre herencias. Rosa Wilms se desposó con un abogado, miembro de la familia Montt Luco, Lorenzo Montt y Montt.

El primogénito, Federico Guillermo Wilms y Brieba, uno de los mejores partidos de Valparaíso y Viña del Mar, se casaría con la hija de ilustre familia, Luz Montt y Montt. Era un curioso matrimonio concertado a dos bandas: dos hermanos del tronco Montt con dos de la saga Wilms.

Estos eran los ancestros de Teresa Wilms por la vía paterna.

Los Montt

Pero quizás, la vena artística, literaria y sus rarezas, le venía a Teresita por línea matricia. Su madre, altiva, elegante, orgullosa, contaba con la mejor prosapia genealógica: los Montt y Montt y Montt Luco. El apellido Montt y Luco dominaba el horizonte político de Chile —que equivale a decir socioeconómico y cultural—. Cuatro presidentes de la república dan fe de ello: Manuel Montt, Pedro Montt, Jorge Montt y Ramón Barros Luco. Toda una saga de gobernantes, sin contar ministros, miembros del parlamento, juristas, fiscales, terratenientes. Y naturalmente, tan vasta y culta familia dejaba espacio para las letras. Varios literatos completaban la baraja monttina en el conservador Chile del diecinueve y principios del veinte.

Literata fue doña Nicolasa Montt de Marambio3 quien residía en el Norte Chico. Mujer ilustrada y de gran sensibilidad, escribía poesías, cuentos, dedicatorias que ofrendaba a sus hijas, amigas y parientes. Era una poesía cotidiana, familiar, simple, ornada con el candor del corazón. También traducía del francés, su lengua favorita, y del inglés. Inculcaba a su numerosa prole el amor filial, a Dios, a la patria, el respeto a la comunidad. En Páginas íntimas desgrana una fértil imaginación, incluido homenaje «Al distinguido Cuerpo de Bomberos», en sus bodas de plata, en 1901. Varios de sus poemas eran recitados en los actos cívicos de los liceos de La Serena y Vicuña: A la bandera chilena, homenaje a los héroes del 21 de mayo de 1879, la caridad, la amistad...

¡Qué distinta y original poesía crearía años más tarde su ilustre y errabunda pariente, Teresa Wilms Montt!

¿De dónde arranca el linaje de los Montt?

Los Montt son oriundos de un pueblo de Girona, San Pere Pescador (Figueres), a orillas del río Fluviá, a tres kilómetros de la costa catalana, en el noreste de España. Posee un curioso puerto simulando diminutos embarcaderos. La tierra es fértil, cultivable y posee un paisaje y una vegetación de gran belleza que semeja un pequeño edén. Su población de origen marinero, ha contado siempre con una pesca y fauna abundante y variada. La gobernabilidad emana del Ajuntament, con sus concejales o regidores, en una laboriosa y culta población de mil habitantes, cifra que parece haberse congelado en el tiempo, pues no ofrece mayor variación en los años de emigración de algunos súbditos de la zona, hace un par de siglos.

Eran regidores en San Pere Pescador los primeros Mont que marcharon a Chile. La segunda «t» de Montt la habrían inventado en América para presumir. Y según Márquez de la Plata y Juan Mujica4 poseían escudo de armas, lo que hace suponer su origen nobiliario, dato más bien incierto, que no se ha podido constatar en España.

El fundador de la saga en Chile fue José Domingo de Montt y Rivera. Otros Montt dejaron huella genealógica en el Perú. En el país de O’Higgins, se gestaron varias ramas, las llamadas históricas por la trascendencia política.

José Santiago Montt Irarrázaval fue el primer diputado y abogado de ese apellido en la recién estrenada Independencia, en 1822. Una veintena de parlamentarios en el siglo pasado se apellidaban Montt. Pero sin duda la mayor relevancia política la ofrece la figura de Manuel Montt Torres, bisabuelo materno de Teresa Wilms, «el más glorioso de los hijos de Aconcagua», de quien sus adeptos quisieron honrar su memoria con la compra de la casa en que naciera, en Petorca, para dedicarla a la enseñanza de técnico-industrial de niñas y niños de la zona, fundados en la divisa de su gobierno: «Educación Popular».

Y tal cual la saga de los Hohenzollern, la dinastía Montt, en versión chilena, también aseguraba su continuidad: Manuel Montt se desposó con su prima, Rosario Montt y Goyenechea. Y como toda familia respetable que se precie, la pareja tuvo once hijos, que dieron más lustre al apellido: un futuro presidenciable, Pedro; Benjamín, que fue ministro de justicia y abogado, como todos los varones; Alberto, Daniel, Manuel, Carlos, Luis y Enrique.

Luis Montt y Montt, quien se casó con Clotilde Larenas, connotado autor de la Bibliografía chilena, también era poeta. Fue director de la Biblioteca Nacional. Los chascarrillos, que aún perduran en su seno, cuentan que se llevaba presuntamente para su casa los libros en carretones. En aquellos años de «escasez de teatros y otros entretenimientos», como dice Martina Barros, Luis Montt y su esposa organizaban cada sábado una cena-tertulia, a la que asistían Domingo Faustino Sarmiento, Augusto Orrego Luco y Martina, entre otros, para conversar de literatura. «Era una crónica viviente de la época del gobierno de su padre... Nadie sabía más anécdotas curiosas de la sociedad de Santiago.»5 Enrique Montt, en cambio, autor de novelas que llevan nombre de mujer: Mujer y ángel (1879) y Laura Duverne (1883), prefería las tertulias musicales.

Tres mujeres completaban la saga, cuidadosamente bien casadas: Rosario, Rosa y Luz. Doña Luz Montt y Montt se desposó con su primo, brillante político y de refinado gusto literario: Ambrosio Montt Luco. Éstos tendrían la dicha, años después, de tener seis bellísimas nietas, de las que destacaba en ingenio, audacia, inteligencia y fantasía la segunda, Teresita Wilms Montt.

¿Cuáles son los ancestros de Ambrosio Montt Luco? ¿Qué contribución hizo al país? ¿En verdad fue un literato? ¿Y si lo fue, heredaría Teresa Wilms de sus venas el germen poético?

Junto con su ascendiente catalán —Montt—, provenía de la familia colonial —Luco—, notable por sus arraigadas convicciones monárquicas. Su fundador, el hidalgo español Bernardo Martínez de Luco, arribó a Chile en 1733, junto con su tío, Tomás Ruiz de Azúa, uno de los fundadores de la Real Universidad de San Felipe.

Ambrosio nació en Santiago en 1830. Sus padres, Carmen Luco y Lorenzo Montt Pérez de Valenzuela. Recibió esmerada educación. De joven formó parte de los movimientos de opinión que incardinaban la progresía de la época, de cierto talante romántico, liberal. Asistía a tertulias políticas y literarias, donde empezaba a estrenar su verbosidad y elocuencia. Contertulios también fueron Benjamín Vicuña Mackenna, Francisco Bilbao, Guillermo Matta, Santiago Arcos, Salvador Sanfuentes, José Victorino Lastarria, Martina Barros Borgoño y su esposo Augusto Orrego Luco, los hermanos Amunátegui, Miguel Luis y Gregorio Víctor, Domingo Fernández Concha, Luis Montt y Montt, Luis Orrego Luco, Domingo Santa María, Guillermo Blest Gana y su hermano Alberto (compañero de cementerio de Teresa Wilms, en el Père Lachaise de París)...

Martina Barros en sus memorias evoca así a Montt Luco:

Tenía una magnífica figura, vestía irreprochablemente; en su trato con las señoras era de una galanura extremada... Pero la característica de Ambrosio era la de ser el charlador más ameno. Era muy ingenioso y, con gran espiritualidad... era un artista de la palabra, todas sus frases aladas le brotaban como el agua de un raudal, parecían cinceladas, esmaltadas por primoroso orfebre.6

¿Heredó Teresa Wilms el talento literario, el don de la palabra, el ingenio, elegancia y donaire de su abuelo? Teresa era una extraordinaria charladora. Así la evoca el músico Acario Cotapos, en Buenos Aires y París.

No escasean los panegíricos en torno a Ambrosio Montt Luco, como señala Virgilio Figueroa:

Redactaba con elegancia exquisita, empleaba la corrección clásica. Sus piezas jurídicas tenían la elegancia de la cultura griega. Se leían con avidez y deleite. A la nitidez del fondo filosófico o de derecho, unía la redacción impecable, la palabra exacta, la pureza de la expresión, la pulcritud intangible de lo bello y aún de lo sublime.

La obra de Montt Luco, es más bien ensayística y de contenido técnico.7

Una dama, admiradora de su donaire dijo, según Figueroa, que don Ambrosio Montt Luco «era un hombre completo».

Para entonces el elogiado hombre ya había formado su hogar con cinco hijos: Ambrosio, Lorenzo, Elvira, Isabel, Gonzalo y Luz Victoria, la más extraña y mimada de la familia.

El «artista de la palabra», renovó varias veces su designación como diputado en el parlamento chileno. El nombramiento de Fiscal de la Corte Suprema (18811896), lo vino a promover a los más altos estadios de probidad, honradez e integridad intachables..., aunque años después, se vio involucrado en un escándalo por sucesión de la herencia de los Wilms.

Un importante cometido en bien de la patria lo alejó algunos años de la Fiscalía: debió representar a Chile como Ministro Plenipotenciario en Argentina y Uruguay (1883), con notable éxito, y luego en Gran Bretaña y el Vaticano (1886). Lo acompañaba su familia. Su hijo poeta, Ambrosio Montt y Montt iba en calidad de secretario de la legación. Su predilecta hija, Luz, recordaría con orgullo la recepción de la Reina Victoria de Inglaterra en el Buckingham Palace, los paseos por el parque Saint James, el boato, los bailes de gala, ante los asombrados ojos de sus rubias hijas.

(Teresa Wilms, treinta y tres años más tarde, evocaría estas escenas, en el mismísimo Londres (1919), sin el menor asomo de emoción. Para ella, ni galas, lujos ni recepciones desarticularían su soledad).

A su retorno al país, Ambrosio Montt Luco reasumió su cargo de Fiscal de la República.

Pero Chile vivía un clima de tensión. El presidente Balmaceda8 que procuraba dar un salto a la modernidad con su vasto plan de obras (crear escuelas, ferrocarriles, industrializar el país), aspiraba, con una conciencia nacional a mucho más: que el país «fuese dueño de sus riquezas naturales y las explotase para asentar su grandeza».9

Ironías de la vida, Balmaceda, que con gran visión dio un serio impulso a la armada chilena (construcción de buques, cruceros, blindados), transformándola en la primera potencia naval de América, fue precisamente derrotado por ese poder.

«La sublevación de la escuadra encabezada por Jorge Montt dio la partida en el conflicto.»10 Vencidas las fuerzas leales al gobierno constitucional en Concón y Placilla se puso fin a la revolución. Un pistoletazo en la sien del estadista selló su sueño. Era septiembre de 1891.

¿Cuál fue la actuación de F. Guillermo Wilms en la Revolución del 91? ¿Estuvo implicado en el golpe de timón? ¿O bien, defendió la legalidad? Lo efectivo es que su nombre figuraba en los tribunales de justicia.

Su cuñado, Pedro Casteignau, señala que «el procurador de la Municipalidad de Valparaíso tiene entablada una demanda contra Federico Guillermo Wilms y Brieba, cobrándole más de $450.000 por su participación en los sucesos políticos de 1891, que perturbaron a Chile».11

Pero, en ningún caso estaba amenazado su patrimonio porque, aunque se había decretado la «prohibición de enajenar y gravar los bienes de Wilms y Brieba», el supremo gobierno lo privilegiaba con la admisión de pagos en letras en vez de oro, de los aranceles aduaneros de su casa importadora y consignataria de mercaderías, que operaba en esa plaza. La Casa Wilms y Cía. tenía ganancias sobre $70.000 al año. Un dineral.

Casteignau deja entender que estos privilegios eran por obra e influencia del Fiscal de la Corte Suprema, Ambrosio Montt Luco, que veía en Wilms un excelente partido para su hija predilecta, Luz Victoria.

Montt Luco durante la Revolución del 91 mantuvo la neutralidad. Empinado en su alta investidura tenía en mente otras preocupaciones. El 25 de octubre contraía matrimonio su hermosa hija con el apuesto y rico comerciante, joven de veinticuatro años, Federico Guillermo Wilms y Brieba. ¡Se sellaban dos destinos: se unían dos fortunas!

Con beneplácito, aquiescencia y en el marco del mayor boato se efectuó la boda. Las familias al completo daban los parabienes a los recién casados, en la ciudad-jardín.

(Separada por una veintena de años y en el mismo escenario, como una película difuminada, otra ceremonia nupcial, pero sin consenso, casi a hurtadillas, ¡por amor!: el de Teresa Wilms).

Wilms-Montt (Casteignau):

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