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EN EL CUERPO CORRECTO

Morganna Love

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Fragmento

Todo lo que soy

A la gente le gusta que se la pongas fácil:

—Y tú, ¿qué eres?

—¿Cómo que “qué soy”? Soy una persona, ¿no estás viendo?

—Sí, ya sé, pero ¿qué eres?

—Pues un ser humano, una terrícola, un ejemplar de Homo sapiens.

No es suficiente. La gente quiere que le digas “soy hombre” o “soy mujer” para darse por satisfecha, y si una responde cualquier otra cosa —“lesbiana”, “trans”, “gay”, “homosexual”, “travesti”, “pansexual”—, se sorprende o, peor, se ofende.

En los formularios para solicitar una tarjeta de crédito nunca hay suficientes opciones. Por ejemplo: “Llene las siguientes casillas: ‘Masculino’, ‘Femenino’, ‘Mitad y mitad’, ‘Ninguna de las anteriores’”. En todos sólo ponen dos casillas, y si yo no me identifico con ninguna, es mi problema, no del banco.

¿Por qué un helado puede ser napolitano, con tres sabores y colores, pero yo sólo debo elegir entre ser hombre o ser mujer y quedarme de un solo sabor? ¡Resulta que un helado tiene más opciones que yo! ¿Por qué, en la casilla correspondiente a “sexo”, nadie puede poner: “Qué les importa”, “Todos los sexos” o “70% mujer, 20% cantante, 9% sirena y 1% sin clasificar”? Para empezar, al banco no debería importarle mi sexo. Mi sexo es cosa mía y, bueno, del doctor Preecha, que es parte de la historia que contaré aquí.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando nací era un niño hermoso, de ojos brillantes y sonrisa fácil. Me nombraron Saúl y tenía un hermano mayor, una mamá y un papá; luego llegaron otros dos hermanos. Fui creciendo y, mientras que en la cáscara externa Saúl era un niño alegre, en el interior yo era cada vez menos él. Poco a poco la alegría se volvió desconcierto, hasta que llegó el momento en que la cáscara y la fruta casi no tenían nada que ver. Me fui oscureciendo y amargando, porque en el interior todo era diferente de lo que se veía afuera. Me consumía la obligación de fingir ante el mundo que las cosas iban bien y que yo estaba bien.

Lo único que en realidad me mantuvo a flote fue la música: si yo no hubiera cantado desde la infancia, esta voz mía que tantas satisfacciones me ha dado se habría convertido en un gas venenoso, y quizá hoy no sería la persona que soy. Incluso hubo varios años en los que escondí la voz, ¡mi voz!, mi vitalidad, mi herramienta de trabajo, mi refugio y —a veces— mi delatora.

En primer lugar, soy una persona, un ser humano que ha tenido varios nombres, diferentes máscaras, diversas identidades y hasta distintos estilos de canto.

Si quieren que se las ponga fácil, les diré esto: soy Morganna, una mujer transexual que ha luchado por hallar su lugar en el mundo, a pesar de que mi propia familia llegó a desconocerme por no encajar en un pequeño molde, hecho por manos ajenas. Soy Morganna, una cantante soprano con entrenamiento profesional que primero se llamó Saúl, aunque en el interior guardaba a una sirena, una guerrera, una hechicera. Soy Morganna, una mujer plena que permaneció escondida bajo una piel durante casi treinta años y pasó de una timidez extrema a una personalidad explosiva. Soy Morganna, una chica que encarna en el mismo cuerpo algunos aspectos de ternura y otros de arrojo; hay partes de mí que están agradecidas y otras, indignadas; estoy llena de amor y curiosidad, así como me encuentro dispuesta a luchar con todas mis fuerzas por lograr mis sueños. Estoy acostumbrada a trabajar duro. En el pasado me habitué a callarme, a disimular, a complacer a la gente, y eso tenía que llegar a su fin. Ahora estoy aquí, contándolo todo.

Relato mi historia con la esperanza de que la gente que la lea entienda mejor a quienes pasamos por este trance. También la cuento pues creo que hay muchas chicas en la misma situación que hallarán esperanza, empatía, un reflejo de su vivencia particular e incluso información. Hablaré primero desde la perspectiva del niño, Saúl, quien se convirtió en un muchachito escuálido, tímido y lleno de secretos, y luego desde la perspectiva de una mujer que necesitó pasar por varias adaptaciones hasta llegar a ésta que soy ahora y con la que al fin me siento completa, sobre todo porque ya no tengo que esconderme ni actuar para fingir que soy alguien más, ni tengo que combinar en el mismo cuerpo a una persona muy diferente por fuera y por dentro.

No me importa si a alguien le parece que mi visión es demasiado infantil o ingenua. Llegar a donde ahora estoy no fue nada fácil. En definitiva, no fue de caramelo: los dolores y las pérdidas son muy reales, y la lucha también ha sido muy real. He tenido mucha fortuna, con gente buena cerca. Me ha ido muy bien, pero también he llorado mucho: me ha dolido vivir y me han rechazado y me han herido. He vivido dos vidas en una, y no me arrepiento de esto, aunque no estaría aquí si el pequeño Saúl no hubiera soñado con volar muy alto y yo no hubiera conservado sus sueños.

Hoy soy capaz de despertarme cada mañana, sonreír y mantener esa sonrisa todo el día, porque ahora soy yo misma, pero no siempre fue así. Desde el inicio de mi historia hasta que nací de mi propia carne he andado un largo camino. Si estoy contando esto es porque logré renacer y cumplir mi mayor objetivo en la vida, que era hacerme la reasignación sexual, y esa felicidad nunca se me acabará.

Durante años viví como las máscaras de la tragedia y la comedia: una era la cara que mostraba al mundo y otra, la que sólo yo veía; la interna estaba triste, pues añoraba otro aspecto, hacer cosas que me estaban vedadas y explorar facetas de mi humanidad que no se suponía que tuviera porque, al igual que todos, vivo en una sociedad llena de prejuicios y equívocos.

Tenemos cosas buenas, sí, y soy la primera en festejarlas, pero nos falta mucho para alcanzar una verdadera evolución humana. Si bien hemos descubierto exoplanetas, seguimos condenando a la gente que se sale de la muy limitante idea de que nada más podemos ser hombres o mujeres. La verdad, con tantas opciones de vida y sexualidad para ser y estar en el mundo, ¡qué aburrido es —e incluso absurdo— que nos quieran meter en sólo dos pequeñas casillas! Si no se daña a nadie, ¿por qué no permitir que cada quien haga lo que quiera con su propio cuerpo? ¿Por qué empeñarse en juzgar y condenar si una mujer tiene los genitales de una manera u otra?

Por un tiempo, después de la operación, no quise saber nada de mi pasado: no deseaba recordarme como Saúl ni hacer memoria de mi infancia, cuando fui ese niño que aprendió a llevar una doble vida. No quería tener nada que ver con el cuerpo anterior. Durante una temporada pensé que dejar en el olvido treinta y dos años de vida sería lo mejor para mí. De eso hace muy poquito, apenas cinco años. Y una vida no se forma en cinco años.

A partir de 2012 he sido Morganna de manera total y completa, aunque este libro no se limita a contar los cinco años de esa vida, pues sería muy corto; este libro es para contar cómo, durante treinta y dos años, construí el camino que me trajo hasta la que soy ahora. Tuve que bucear en aguas profundas, sumergirme para extraer mis recuerdos, los más dolorosos, los más extraños, aquellos que me daban más vergüenza y hubiera querido olvidar. Y aquí están, en estas páginas.

Hablaré de mí, y eso implica que a veces voy a hablar de un niño cuya historia es casi la de otra persona, alguien que no soy yo, que nunca fui yo y, por lo tanto, es “él”: un niño que fue y ahora forma parte de otra vida, como un personaje creado por alguien más. También hablaré de mí como si fuera una niña, aunque haya sido Saúl y toda mi familia, todos mis amigos de la escuela, me hayan visto como un niño y ese niño forme parte de mí.

Me habrán quitado el pene, mas no mi pasado ni la vida, y aunque me duela recordar muchas cosas que le sucedieron a Saúl y muchas que me sucedieron a mí, sé que ésas son las piedras que forman el camino que he recorrido y sobre las que he caminado para llegar aquí.

Por lo tanto, Saúl es “él” y soy “yo”, y en ese “yo” caben “él” y “ella”. Durante años tuve que vivir como él —afuera— y ella —adentro— en un mismo ser, y me costó mucho integrar esas dos partes en una sola persona para llegar a ser sólo Morganna.

Si en esta historia no se la pongo fácil a todo el mundo, es porque tampoco ha sido fácil para mí.

Quiero ser ella

A simple vista, mi infancia —la infancia de Saúl, ese niño alegre de ojos brillantes— parece idílica, aunque al fijarse con más cuidado se descubren las aristas y las partes oscuras. En cierto modo esa etapa se ve tan linda porque el escenario era tranquilo, de la provincia mexicana, con mamá, papá, hermanos, abuelos, tías, tíos, primos, muchas actividades al aire libre y deportes. Mientras crecía, Saúl tuvo mucho contacto con la naturaleza. En la escuela se llevaba bien con las maestras porque siempre sacaba buenas calificaciones y, además, cantaba muy bonito.

Como cualquier niño, Saúl vivía aventuras reales y ficticias, pero él aprendió desde muy pequeño a vivir dividido, como un habitante de dos mundos: uno era el común y corriente, donde jugaba a lo que juegan los niños comunes y corrientes; el otro era el de fantasía, que se parecía muy poco al de los demás, porque no imaginaba “cosas de niños”. Saúl quería jugar con muñecas, ponerse vestidos y pasar las tardes en actividades más delicadas. No le gustaban los juegos bruscos ni las tareas que le imponía su padre, aunque fuera lo que se esperaba de un “hombrecito”.

En una familia tradicional como la suya no había espacio para comportamientos fuera de la norma, de manera que Saúl creció lleno de secretos y con el intenso deseo de no ser el niño que era.

Nací y pasé la primera parte de mi vida en San Miguel de Allende, una ciudad bellísima, con arquitectura colonial y un ritmo tranquilo. Fui el segundo de cuatro hijos: mi hermano mayor me lleva un año con once meses, y al que me sigue le llevo seis años. Dicen que, cuando va a nacer un bebé, el hermano inmediato se pone muy mal. Yo no me puse mal, sino lo que sigue: estaba superchípil. Lo bueno es que, cuando llegó el más chico, ya ni lo sentí, porque nos llevamos nueve años.

Primero vivimos con mis abuelitos en el centro de San Miguel, hasta que yo tenía unos cinco años. Luego nos mudamos a la casa de mis papás, en la salida a Querétaro. En la planta baja estaban la mueblería de mi papá —que trabajaba muy bonito la madera—, la cocina y, atrás, los cuartos; después construyeron la parte de arriba y un piso más. No éramos ricos, y hubo temporadas en las que nos las vimos muy duras, aunque mis papás siempre se ocuparon de que sus cuatro hijos viviéramos bien.

Conservo muchas y muy buenas memorias de paseos familiares al monte, al río y a los balnearios. Salíamos en bola con la familia paterna, que es muy numerosa, o sólo mis papás y nosotros. Mi papá nos inculcó el amor por el campo y los paisajes agrestes y abiertos. Esos paseos influyeron demasiado en mí. Por ejemplo, cuando era pequeño exclamaba:

—¡Qué rico huele el aire!

Todavía me encanta sentir el viento, pues es algo mágico que entra y sale de mí.

Otro elemento siempre presente ha sido mi amor por el agua, primordial en el paisaje de mi infancia: ir a las piscinas me causaba una enorme felicidad. Allí imaginaba que era una sirena, con cuerpo de mujer y cola de pez; para simularlo, cruzaba las piernas al nadar y jugaba a que vivía en el fondo del mar.

Mi hermano mayor y yo nos la pasábamos juntos. Regresábamos de la escuela y nos sentábamos a la mesa para hacer la tarea cerca de mi mamá. Mi papá se iba a trabajar a su taller y casi no estaba en casa; a veces llegaba tarde, medio tomado, y hablaba conmigo quién sabe de qué cosas. Yo nada más pensaba: “No entiendo nada de lo que me dice”. Después de un rato se iba a dormir. Había temporadas en que mi mamá se enojaba a cada rato con él, justo porque andaba tomado, y como ellos se iban a pelear a su cuarto, mi hermano y yo nos entreteníamos con la tele. También nos encantaba jugar en el lodo. Teníamos un jardín muy chico, donde echábamos agua en la tierra para trazar carreteras y túneles. Ahí poníamos los monos que nos traían los Reyes, que a él le daban mucha emoción y a mí no tanta. Yo habría preferido jugar con muñecas y vestidos, que obviamente no tenía.

Entre mis numerosos recuerdos de la niñez hay dos en especial que me marcaron y determinaron mi vida secreta, uno de mi casa y otro del kínder.

Alrededor de los cuatro años me di cuenta de que algo no andaba del todo bien, porque tenía un miembro entre las piernas y se me hacía muy raro. Durante un buen tiempo pensé que lo podía desatornillar o que luego se me caería como los dientes de leche… con la salvedad de que éstos se caen para dar paso a los reales, mientras que yo esperaba que aquello se desprendiera y ya no me volviera a salir.

Un día me senté frente al tocador de mi mamá para maquillarme. Mi cara era igual a la de otros niños, pero yo quería verme como ella o como las chicas de la tele. Así que tomé las sombras, el rubor, el rímel y me pinté, igual que las niñas que fantasean con ser grandes: saben que no lo son, pero de todos modos lo hacen. Cuando mi mamá vio lo que hacía, me arrebató los polvos coloridos y me regañó muy fuerte; me dijo que eso no lo hacen los niños, pues son “cosas de niñas”. Yo no recuerdo los detalles, pero la reprimenda me quedó muy marcada. Hace poco tiempo me platicó lo que había pasado y me pidió perdón por su reacción tan violenta; dijo que me había tallado muy fuerte la cara para limpiármela—. Supongo que estaba más desconcertada que enojada.

Ahora que lo veo a la distancia, el episodio me reveló una certeza: yo era un niño y eso me separaba de las niñas de un modo insalvable. El momento exacto en que me reprendieron por hacer algo “de niñas” inauguró para mí la entrada al mundo del género: la idea de que, si uno nace con un cuerpo, se debe apegar a éste, aceptarlo y vivir bajo las leyes que, según la sociedad, aplican para esa anatomía —marcada por el resultado de una biología fuera de su propio control—. Esa toma de conciencia no me ayudó y resultó un estorbo durante años. Tampoco me quitó el deseo de verme bonita, llevar el pelo largo o jugar con muñecas en vez de coches de carreras. Sin embargo, aquel deseo sembró en mí la sensación de vergüenza: si estaba tan mal que hiciera cosas de niña, entonces estaba igual de mal que sintiera ganas de hacerlas. En el fondo siempre se me hizo raro que tuviera que aceptar, así como así, la idea de que yo no podía “ser” más allá de mi anatomía, y esto me dejó claro que cualquier anhelo en la dirección contraria debía quedar sepultado en el campo del secreto.

El otro suceso importante ocurrió en la escuela Fray Pedro de Gante, donde los alumnos llevábamos suéter guinda y pantalón gris. Desde entonces yo estiraba los suéteres para que me alcanzaran hasta los muslos y pudiera fantasear con que usaba falda —por cierto, las que sí eran niñas se levantaban la falda y les veíamos los calzones—; otro uso que algunos niños les dábamos era escondernos debajo para darnos de besos entre nosotros —besos secretos a los cuatro o cinco años—. Entonces no sabía qué era eso ni qué estaba haciendo, pero se sentía bonito y me encantaba. No sé a cuántos niños besé. Es posible que nos escondiéramos porque pensábamos que era malo hacerlo —no es que lo supiéramos, sino que había como una intuición—; también es posible que nos ocultáramos porque no era algo de niños, sino de gente grande. Una cosa es segura: desde los cuatro años me di cuenta de que las niñas se besan con los niños, pero los varones no se besan entre sí.

Un día, debajo de una banca, un compañero me pidió que le chupara el pene. Sin saber muy bien qué hacía, acepté y acto seguido ejecuté el primer sexo oral de mi vida. Lo raro vino después, cuando le dije:

—Bueno, ahora tú a mí —y él ya no quiso.

No fue una experiencia fea ni nada por el estilo. Incluso la recuerdo como algo agradable. Ignoro por qué sabíamos que debíamos mantenerla en secreto, aunque siempre tuve la certeza de que eso no se compartía ni se platicaba ni era un juego que pudiera replicar con otros niños. En ese momento tampoco parecía un asunto demasiado fuera de lo común, aunque la escena se quedó para siempre en mi paisaje de infancia.

Ahora que lo miro con ojos adultos, tengo la certeza de que no fue un accidente. De seguro ese niño vivía o percibía cosas que lo impulsaron a pedírmelo. Besarnos era una cosa, una exploración inocente, pero escondernos para chuparnos los genitales ya suena a algo más cabrón. No sé qué viviría ese compañerito en su casa o con los adultos, pero no me parece un juego inocente.

Es curioso que hace un par de años me haya encontrado a ese mismo compañero en San Miguel. Yo iba con Sara y David, justo después de que pasaron la película de la que hablaré más adelante. Estaba muy sexy, con uno de los vestidos que Noé Roa, un amigo diseñador, me había enviado de León. Nos dirigíamos hacia un antro de mala muerte cuando alguien me gritó desde la banqueta de enfrente:

—¡Qué guapa! ¿Te acompaño? —y cuando se acercó se dio cuenta de que era yo.

En la prepa él tenía unas piernas muy bonitas; ahora le faltaba pelo, estaba subido de peso y se veía muy descuidado. Lo reconocí de inmediato y le dije que íbamos juntos a la escuela. No sé si se acordaría de ese episodio en particular, pero me dijo:

—He seguido tu vida y te admiro mucho, y mi esposa te admira mucho también.

Fue un poco extraño topármelo treinta años después. En sentido estricto, con él ocurrió mi primer encuentro sexual, aunque a los cuatro o cinco años de edad no fuera más que un juego.

Una vez acostumbrado a vivir en dos mundos paralelos, crecí sumergido en un universo de fantasía, pero a la vez descontento e incómodo. No era una incomodidad intensa, o tal vez con el tiempo me acostumbré y no me lo parecía —eso tendría que resolverlo un psicólogo—. Sin embargo, desde entonces comencé a esforzarme en grande para complacer a los demás. ¿Cómo? Haciendo lo que esperaban de mí. Al principio bastaba con seguir las indicaciones de mi papá, y se acentuó en la adolescencia cuando enfrenté el acoso de otros alumnos.

La mayoría de las familias de mis compañeros tenía dinero. La mía, no. Casi todos mis estudios los hice becado. En general me la pasé muy bien en la primaria. Me divertía, jugaba mucho con los otros niños y me iba bien con los maestros porque sacaba buenas calificaciones. Para mis papás lo más importante era que fuéramos bien en la escuela. Ahí empezó mi costumbre de dedicarle tiempo a las tareas y a estudiar. Era aplicado, aunque no tan ñoño. Echaba relajo e incluso me convertí en un pequeño líder: en quinto o en sexto ponía a los demás a marchar y allá iban todos, detrás de mí; no recuerdo por qué, pero era divertido.

Una zona oscura es que hacía muchos berrinches. Mi mamá dice que armaba un escándalo absoluto: lloraba, pataleaba, me echaba al suelo y gritaba a todo pulmón. El cuadro entero.

Algunos amigos me han dicho:

—Claro, como buena mujer, eras una berrinchuda…

Más allá del estereotipo, supongo que fue mi primera manifestación de incomodidad, aunque no estuviera consciente. El drama y el espectáculo siempre han estado en mí.

Un factor que me ayudó a pasarla bien hasta que terminó la primaria sí tiene que ver con recibir los aplausos del público: siempre participé en certámenes de oratoria, declamación, poesía y, claro, de canto. Por supuesto, gané muchísimos —incluidos todos los de canto—. ¡Desde entonces ya era una artista! Hay fotos mías con un gorrito —no sé por qué lo usaba—, pantalón y playera blancos. Cantaba “Vecinos igual que amigos” del disco Juguemos a cantar.

Cada lunes había misa en la escuela y yo estaba en el coro. Las monjas cantaban con nosotros. Las madrecitas de las Adoratrices Perpetuas Guadalupanas —la orden a la que pertenecían— se dieron cuenta de que lo hacía bien y me pusieron como solista. Regina Reyes, nuestra maestra de canto, fue quien me descubrió. Entonces me eligieron para los solos de Navidad en la iglesia de San Juan de Dios. Allí interpreté el villancico “Los peces en el río”. Todo el mundo quedó fascinado. Después hubo un concurso de la zona escolar y me tocó representar a la Fray Pedro de Gante. Las otras escuelas, con las que teníamos cierta rivalidad, nos llamaban en torno burlón los Perros Elegantes, porque así sonábamos.

Otro concurso fue en la plaza de toros de San Miguel de Allende. Había un lleno total y yo propuse cantar “La ley del monte”, aunque los jurados no querían, pues la letra era para adultos. Mi maestra Eugenia Cerroblanco se fue a pelear con ellos y al final me lo permitieron. Tengo fotos de esa tarde. Aunque había muchísima gente, no sentí nervios ni nada. Estaba sentado, jugando muy tranquilo con la tierra, hasta que me dijeron:

—Te toca —y me subí al escenario con mucha soltura.

Gané y recibí la ovación del público. ¡Ay, si hubiera mostrado esa misma seguridad durante los shows veinte años después!

En parte fue una muy buena época. Lo único desagradable era que mi papá pretendía hacerme “muy hombrecito”. Ni siquiera es que me comportara amanerado y él me quisiera corregir. Más bien se debía a su forma de ser: carácter muy fuerte, con mucha autoridad, impositivo, muy macho mexicano. Tenía una fijación con tres cosas: el trabajo, la naturaleza y el deporte. Por eso a sus hijos siempre les inculcó la actividad física, sobre todo al aire libre. En aquella época se dedicaba a la carpintería y mucho después empezó a trabajar en piedra. Hacía muebles con unas tallas preciosas. Construía sillas Luis XV a las que les ponía nombres en oro. Mis hermanos y yo los llamábamos “muebles para gente rica”. Decíamos:

—Ahí viene el cliente de Monterrey o del Distrito Federal a pedirle muebles para ricos.

Todos los peones, los ayudantes y los carpinteros nos trataban muy bien. Una vez, uno de los carpinteros, el más joven, me cachó haciendo del baño y sentí mucha vergüenza. Había entrado a hacer pipí, pero no estaba de pie; desde siemp ...