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IMPERIO DE TORMENTAS (TRONO DE CRISTAL 5)

Sarah J. Maas

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Fragmento



OCASO

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Los tambores de hueso resonaban en las laderas escarpadas de las Montañas Negras desde la puesta de sol.

En una saliente rocosa, la carpa de guerra de la princesa Elena Galathynius crujía ante el embate del viento seco. Desde su posición, Elena estuvo toda la tarde observando al ejército del Señor del Terror arrasar esas montañas en oleadas color ébano. Ya entrada la noche, las fogatas de los campamentos enemigos se extendían por las montañas y el valle debajo como una manta de estrellas.

Tantas fogatas… demasiadas comparadas con las que ardían de su lado del valle.

No necesitaba valerse del don de sus oídos de hada para escuchar las oraciones de su ejército humano, tanto las pronunciadas como las silenciosas. Ella había rezado varias veces en las últimas horas, aunque sabía que sus plegarias quedarían sin respuesta.

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Elena nunca había considerado dónde moriría, nunca había considerado que pudiera ser tan lejos del verdor rocoso de Terrasen. Ni que su cuerpo se quedara sin ser incinerado, sino que lo devoraran las bestias del Señor del Terror.

No quedaría ninguna señal que le indicara al mundo dónde había caído una princesa de Terrasen. No quedaría una señal de ninguno de ellos.

—Necesitas descansar —dijo una voz masculina y áspera proveniente de la entrada de la carpa detrás de ella.

Elena volteó por encima del hombro y su cabello largo y plateado se enganchó en las escamas elaboradas de su armadura de cuero. Pero la mirada oscura de Gavin ya se había posado en los dos ejércitos que se extendían a la distancia debajo de ellos. En esa franja de demarcación estrecha y negra que pronto sería traspasada.

A pesar de insistirle en descansar, Gavin tampoco se había quitado la armadura desde que entró a la carpa unas horas antes. Los líderes de su ejército acababan de salir unos minutos antes, con mapas en las manos y desesperanza en sus corazones. Elena podía oler en ellos el miedo y el desaliento.

Gracias a todos los años que pasó recorriendo las zonas agrestes del sur, Gavin se acercó casi en silencio al sitio donde ella montaba guardia a solas; sus pasos apenas hacían crujir la tierra seca y rocosa. Elena nuevamente enfrentaba esos incontables fuegos enemigos.

Gavin dijo con voz ronca:

—Las fuerzas de tu padre todavía podrían sobrevivir.

Era una esperanza torpe. El oído inmortal de Elena escuchó todas las palabras que se pronunciaron durante las horas de debate en la carpa contigua.

—Este valle ahora es una trampa mortal —dijo Elena.

Y ella los había llevado ahí a todos.

Gavin no respondió.

—Cuando amanezca —continuó Elena— estará cubierto de sangre.

El líder militar a su lado permaneció en silencio. Era poco común que Gavin estuviera callado. No brilló ni un destello de esa ferocidad indomable en sus ojos ligeramente rasgados y su cabello castaño colgaba opaco. Elena no podía recordar la última vez que se habían dado un baño.

Gavin volteó a verla con esa mirada de franca valoración que la había despojado de todo disfraz desde el momento en que lo conoció en el salón de su padre casi un año antes. Hacía una vida.

Era un momento muy distinto, un mundo distinto, cuando las tierras aún estaban llenas de canto y de luz, cuando la magia no había empezado a apagarse en la sombra creciente de Erawan y sus soldados demonios. Se preguntó cuánto tiempo resistiría Orynth después de que la matanza terminara aquí en el sur. Se preguntó si Erawan destruiría primero el palacio resplandeciente de su padre en la cima de la montaña o si quemaría la biblioteca real, haciendo arder el corazón y el conocimiento de toda una era. Para después quemar a su gente.

—Todavía faltan varias horas para el alba —dijo Gavin con un nudo en la garganta—. Tienes tiempo suficiente para huir.

—Nos harían pedazos antes de que pudiéramos salir del paso entre las montañas...

—No me refiero a nosotros. Sólo tú —la luz de la fogata se reflejaba en el rostro bronceado de Gavin creando un relieve parpadeante—. Tú sola.

—No voy a abandonar a esta gente —respondió ella y le acarició los dedos—. Ni a ti.

La expresión de él permaneció inmutable.

—No hay manera de evadir el día de mañana. Ni el derramamiento de sangre. Sé que escuchaste lo que dijo el mensajero. Anielle es un matadero. Nuestros aliados del norte se han ido. El ejército de tu padre está demasiado lejos. Moriremos antes de que el sol haya terminado de salir.

—Todos moriremos algún día de todas maneras.

—No —dijo Gavin y le apretó la mano—. Yo voy a morir. Esa gente que está allá abajo, ellos van a morir. Por la espada o con el paso del tiempo. Pero tú... —su mirada se posó en las orejas delicadamente puntiagudas de Elena, la herencia de su padre—. Tú podrías vivir por siglos. Milenios. No eches eso a la basura por una batalla que está condenada a fracasar.

—Preferiría morir mañana que vivir mil años con la vergüenza de una cobarde.

Pero Gavin miró al otro lado del valle nuevamente. A su gente, la última línea de defensa contra la horda de Erawan.

—Quédate detrás de las líneas de tu padre —dijo con sequedad— y continúa la lucha desde allá.

Ella tragó saliva.

—No tendría caso.

Lentamente, Gavin volteó a verla. Después de todos estos meses, todo este tiempo, ella confesó:

—El poder de mi padre está fallando. Está cerca, a unas décadas, de desvanecerse. Cada día que pasa, la luz de Mala se apaga en su interior. No puede pelear contra Erawan y ganar.

Las últimas palabras de su padre antes de que ella saliera en esta misión maldita varios meses antes fueron: “Mi sol se está poniendo, Elena. Tienes que encontrar una manera de que el tuyo pueda salir”.

El rostro de Gavin se drenó de color.

—¿Escogiste este momento para decírmelo?

—Esperé hasta ahora, Gavin, porque tampoco hay esperanza para mí, aunque huya esta noche o luche mañana. El continente caerá.

Gavin se movió hacia la docena de carpas que estaban en la saliente. Sus amigos.

Los amigos de ella.

—Ninguno de nosotros saldrá de aquí caminando mañana —dijo.

Y la manera en que se le quebró la voz, la manera como brillaron sus ojos, hizo que ella buscara su mano nuevamente. Nunca, ni una sola vez en todas sus aventuras, en todos los horrores que habían soportado juntos, lo había visto llorar.

—Erawan ganará y gobernará esta tierra y todas las demás por toda la eternidad —susurró Gavin.

Los soldados estaban inquietos en el campamento abajo. Hombres y mujeres, murmurando, maldiciendo, llorando. Elena buscó la fuente de su terror, hasta el otro lado del valle.

Una por una, como si una gran mano de oscuridad las hubiera aplastado, las fogatas del campamento del Señor del Terror se apagaron. Los tambores de hueso empezaron a sonar con más fuerza.

Por fin él había llegado.

Erawan en persona había venido a supervisar la batalla final del ejército de Gavin.

—No van a esperar hasta que amanezca —dijo Gavin y movió la mano rápidamente hacia el sitio donde Damaris estaba enfundada a su costado.

Pero Elena lo tomó con fuerza del brazo, ese brazo con músculos como el granito debajo de su armadura de cuero.

Erawan había llegado.

Tal vez los dioses todavía estaban escuchando. Tal vez el alma de fuego de su madre los había convencido.

Tomó entre sus manos el rostro áspero y salvaje de Gavin, el rostro que ahora adoraba por encima de todos los demás. Y le dijo:

—No vamos a ganar esta batalla. Y no vamos a ganar esta guerra.

Él temblaba intentando controlarse para no salir en busca de sus guerreros, pero por respeto la escuchó. Ambos habían aprendido por las malas a escucharse.

Con su mano libre, Elena levantó los dedos en el espacio que los separaba. La magia pura de sus venas se transformaba en flama, agua, enredadera y hielo que se resquebrajaba. No era un abismo sin fondo como la de su padre, sino un don versátil de magia ágil que le había concedido su madre.

—No vamos a ganar esta guerra —repitió Elena.

El rostro de Gavin brillaba en la luz de su poder natural.

—Pero podemos retrasarla un poco. Puedo cruzar el valle en una hora o dos —dijo ella. Enroscó los dedos para formar un puño y apagó su magia.

El ceño de Gavin se arrugó.

—Lo que dices son locuras, Elena. Suicidio. Sus tenientes te capturarán antes de que logres cruzar sus líneas.

—Exacto. Me llevarán directamente con él, ahora que está aquí. Me considerarán su prisionera valiosa, no su asesina.

—No.

Era una orden y una súplica.

—Si mato a Erawan sus bestias entrarán en pánico. El caos durará lo suficiente para que lleguen las fuerzas de mi padre, se unan con lo que quede de las nuestras y aplastemos a las legiones de enemigos.

—Dices “mato a Erawan” como si eso fuera algo sencillo. Él es el rey del Valg, Elena. Aunque te lleven con él, te atará a su voluntad antes de que puedas hacer un movimiento.

Su corazón se encojió pero Elena se obligó a decir las palabras.

—Por eso… —no pudo evitar que le temblara el labio—, por eso necesito que vengas conmigo en vez de luchar con tus hombres.

Gavin se quedó mirándola.

—Porque necesito… — resbalaban lágrimas por sus mejillas— te necesito como distractor. Necesito que ganes tiempo para cruzar sus defensas internas.

Justo como la batalla del día siguiente ganaría tiempo.

Porque Erawan se lanzaría primero contra Gavin. El guerrero humano que había sido un bastión contra las fuerzas del Señor Oscuro por tanto tiempo, quien había peleado contra él cuando ningún otro lo haría… El odio de Erawan por el príncipe humano sólo era comparable con el odio que sentía por el padre de Elena.

Gavin la estudió por un momento y luego estiró la mano para limpiarle las lágrimas.

—No es posible matarlo, Elena. Sabes lo que susurró el oráculo de tu padre.

Ella asintió.

—Lo sé.

—E incluso si logramos contenerlo o atraparlo —Gavin eligió bien sus palabras—, sabes que lo único que lograríamos sería posponer la guerra para que la libre alguien más, quien sea que algún día gobierne estas tierras.

—Esta guerra —dijo ella en voz baja— es apenas la segunda movida en un juego que se ha estado jugando desde esos días antiguos del otro lado del mar.

—Lo postergamos para que alguien más lo herede si él es liberado. Y eso no evitará que masacren a aquellos soldados de abajo mañana.

—Si no actuamos, no habrá nadie que herede esta guerra —dijo Elena. La mirada de Gavin titubeó—. Incluso en este momento —continuó ella—, nuestra magia ya está fallando, nuestros dioses nos están abandonando. Están huyendo de nosotros. No tenemos aliados del pueblo de las hadas más allá de los que están en el ejército de mi padre. Y su poder, al igual que el de él, está desvaneciéndose. Pero tal vez, cuando ese tercer movimiento llegue… tal vez los participantes de nuestro juego inconcluso sean distintos. Tal vez habrá un futuro en el cual las hadas y los humanos luchen lado a lado, plenos de poder. Tal vez ellos encuentren una manera de terminar con esto. Así que perderemos esta batalla, Gavin —dijo Elena—. Nuestros amigos morirán en ese campo de batalla al amanecer y nosotros los utilizaremos como distracción para contener a Erawan y así ganar un futuro para Erilea.

Él apretó los labios y sus ojos color zafiro centellearon.

—Nadie debe saberlo —dijo ella con la voz entrecortada—. Aunque tengamos éxito, nadie debe saber lo que hacemos.

El rostro de él estaba surcado por líneas profundas de duda. Ella le apretó la mano con más fuerza.

—Nadie, Gavin.

La agonía recorrió sus facciones. Pero asintió.

De la mano, miraron hacia la oscuridad que cubría las montañas, los tambores de hueso del Señor del Terror retumbaban como martillos sobre hierro. Muy pronto el sonido de esos tambores quedaría sobrepasado por los gritos de los soldados moribundos. Muy pronto los valles serían esculpidos por ríos de sangre.

—Si vamos a hacer esto, necesitamos irnos ya—dijo Gavin y su atención volvió a concentrarse en las carpas cercanas. No habría despedidas ni últimas palabras—. Le daré a Holdren la orden de dirigir a las tropas mañana. Él sabrá qué decirle a los demás.

Ella asintió y eso fue confirmación suficiente. Gavin le soltó la mano y se dirigió a la carpa junto a la suya, donde su amigo más querido y el más leal de sus líderes militares estaba aprovechando sus horas finales con su nueva esposa.

Elena apartó la vista antes de que los hombros amplios de Gavin pasaran por la apertura de la carpa.

Ella miró por encima de las fogatas, al otro lado del valle, hacia la oscuridad que se posaba frente a ellos. Podría jurar que la oscuridad la miraba, podría jurar que escuchaba las miles de rocas que las bestias del Señor del Terror usaban para sacar filo a sus garras llenas de veneno.

Levantó la vista hacia el cielo manchado de humo, las estelas se abrieron un segundo para dejar entrever la noche estrellada.

El Señor del Norte brillaba sobre ella. Tal vez era el regalo final de Mala a estas tierras, al menos en esta era. Tal vez era un agradecimiento a la misma Elena, y una despedida.

Porque por Terrasen, por Erilea, Elena caminaría hacia la oscuridad eterna que aguardaba del otro lado del valle para conseguirles a todos una oportunidad.

Elena elevó una última oración sobre una torre de humo que ascendía desde el fondo del valle para pedir que los vástagos nonatos y remotos de esta noche, los herederos de una carga que condenaría o salvaría a Erilea, la perdonaran por lo que estaba a punto de hacer.

PARTE UNO

LA PORTADORA DE FUEGO

CAPÍTULO 1

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El aliento de Elide Lochan le quemaba la garganta con cada inhalación entrecortada mientras cojeaba hacia la cima de una colina empinada en el bosque.

Debajo de las hojas húmedas que cubrían el suelo de Oakwald había rocas grises sueltas que volvían peligrosa la pendiente. Las ramas de los robles enormes estaban demasiado altas como para que se pudiera sostener de ellas en caso de caer. Elide optó por arriesgarse a una caída potencial a cambio de la velocidad, así que subió con dificultad por el borde de la cima escarpada a pesar de que su pierna vibraba de dolor. Se dejó caer de rodillas.

Las colinas boscosas se extendían en todas direcciones, los árboles eran como los barrotes de una jaula interminable.

Semanas. Habían pasado semanas desde que Manon Picos Negros y sus Trece la habían dejado en este bosque, cuando la Líder de la Flota le ordenó que se dirigiera al norte para encontrar a su reina perdida, que ahora ya era mayor de edad y muy poderosa, y para encontrar también a Celaena Sardothien, quienquiera que fuese, para pagar la deuda que había contraído con Kaltain Rompier.

Semanas después, sus sueños seguían plagados de esos momentos finales en Morath: los guardias que habían intentado arrastrarla para que le implantaran una cría del Valg, la masacre absoluta que realizó la Líder de la Flota, y el acto final de Kaltain Rompier: sacar esa piedra extraña y oscura del sitio donde la tenía cosida en su brazo y ordenarle a Elide que se la entregara a Celaena Sardothien.

Justo antes de que Kaltain convirtiera a Morath en ruinas humeantes.

Elide colocó la mano sucia y temblorosa sobre el bulto que traía guardado en el bolsillo. Todavía traía puesta la ropa de cuero que le había dado Manon. Podría haber jurado que un latido apenas perceptible hacía eco en su piel, un contrapunto con su propio corazón acelerado.

Elide sintió que se estremecía bajo la luz del sol que se filtraba entre las copas verdes de los árboles. El verano descendía con pesadez sobre el mundo. El calor era tan oprimente que el agua se había convertido en su bien más valioso.

Así había sido desde el principio, pero ahora todo su día, toda su vida, giraba alrededor de ella.

Afortunadamente, Oakwald estaba lleno de riachuelos gracias al descenso serpenteante de las últimas nieves de las cumbres. Desafortunadamente, Elide había aprendido por las malas cuál agua podía beber.

Estuvo tres días cercana a la muerte con vómito y fiebre después de beber agua turbia de un estanque. Pasó tres días tiritando tan fuerte que pensó que se le resquebrajarían los huesos. Pasó tres días llorando silenciosamente, miserable y desesperada pensaba que moriría sola en ese bosque infinito y que nadie se enteraría jamás.

Y durante todo ese tiempo, la piedra en el bolsillo sobre su pecho vibraba y latía. En sus sueños febriles, podría haber jurado que le susurraba y que le cantaba canciones de cuna en idiomas que probablemente las lenguas humanas no pudieran pronunciar.

No la había escuchado desde entonces, pero seguía cuestionándose. Se preguntaba si la mayoría de los humanos habrían muerto.

Se preguntaba si llevaría un regalo o una maldición hacia el norte. Y si esa Celaena Sardothien sabría qué hacer con él.

“Dile que puedes abrir cualquier puerta, si tienes la llave”, le había dicho Kaltain. Elide con frecuencia estudiaba la roca negra e iridiscente cuando se detenía a descansar. Ciertamente no parecía una llave: era áspera e irregular, como si la hubieran sacado de un trozo de roca más grande. Tal vez las palabras de Kaltain eran un acertijo dirigido únicamente a su receptora.

Elide se descolgó la mochila demasiado ligera de los hombros y apartó bruscamente el trozo de lona que funcionaba como tapa. Se le había terminado la comida hacía una semana y había tenido que empezar a alimentarse de bayas en el bosque. Todas le eran desconocidas, pero un vago recuerdo de los años que estuvo con su nana, Finnula, le había advertido que las frotara primero en su muñeca para comprobar que no le provocaran alguna reacción.

La mayor parte del tiempo, demasiadas veces, sí lo hacían.

Pero de vez en cuando se topaba con algún arbusto lleno de las bayas correctas y se atragantaba de ellas antes de llenar su mochila. Buscó en el fondo de la lona teñida de rosa y azul, sacó el último puñado, envuelto en su camisa de repuesto que ahora estaba llena de manchas rojas y moradas.

Un puñado, lo último hasta que encontrara su siguiente alimento.

El hambre la acosaba, pero Elide se comió sólo la mitad. Tal vez encontraría más antes de detenerse a dormir.

No sabía cazar y la idea de atrapar otro ser vivo, romperle el cuello o aplastarle el cráneo con una roca… Aún no alcanzaba ese nivel de desesperación.

Tal vez eso significaba que en realidad no era una Picos Negros, a pesar del linaje oculto de su madre.

Elide se lamió los dedos con todo y tierra para limpiar el jugo de las bayas, y siseó al ponerse de pie sobre sus piernas engarrotadas y adoloridas. No duraría mucho tiempo sin alimento, pero no podía arriesgarse a entrar a un poblado con el dinero que le había dado Manon, ni acercarse a las fogatas de cazadores que había visto en las últimas semanas.

No… ya había tenido suficiente de la amabilidad y la misericordia de los hombres. Nunca olvidaría cómo se rieron esos hombres de su cuerpo desnudo, ni tampoco el motivo por el cual su tío la había vendido al duque Perrington.

Con una mueca de dolor, Elide se echó la mochila al hombro y empezó a descender la colina con cuidado por el lado más lejano, abriéndose camino entre rocas y raíces.

Tal vez había dado la vuelta en dirección equivocada en alguna parte. ¿Cómo sabría cuando cruzara la frontera de Terrasen?

¿Y cómo encontraría a su reina, y a su corte?

Elide apartó esos pensamientos y se limitó a avanzar entre las sombras evitando las zonas donde brillaba el sol. Eso sólo haría que le diera más calor y más sed.

Encontrar agua antes de que anocheciera, tal vez eso era más importante que las bayas.

Llegó al pie de la colina e intentó reprimir un gemido al ver el laberinto de madera y roca.

Al parecer ahora estaba en el lecho seco de un río que serpenteaba entre las colinas. Adelante viraba bruscamente hacia el norte. Dejó escapar un suspiro entrecortado. Gracias a Anneith. Al menos la Señora de las Cosas Sabias no la había abandonado todavía.

Seguiría el lecho del río lo más posible, con dirección al norte y luego…

Elide no supo exactamente cuál de sus sentidos lo percibió. No fue el olfato, ni la vista, ni el oído, porque nada aparte de la podredumbre del lodo, la luz del sol, las rocas y el susurro de las hojas en lo alto parecía fuera de lo ordinario.

Pero… ahí, como si se hubiera atorado un hilo en un gran tapete, su cuerpo se quedó inmóvil.

Un instante después el murmullo del bosque enmudeció.

Elide miró hacia las colinas que subían desde el lecho del río. Las raíces de un roble en la colina más cercana sobresalían del costado lleno de pastos y proporcionaban un techo de madera y musgo sobre el arroyo muerto. Perfecto.

Cojeó en esa dirección. Su pierna arruinada iba quejándose intensamente y las piedras rodaban bajo sus pies y torcían sus tobillos. Casi había llegado a las puntas de las raíces cuando se escuchó el retumbar de un estallido hueco.

No era un trueno. No, nunca olvidaría este sonido en particular porque también la perseguía en sus pesadillas dormida y despierta.

Era el batir de poderosas alas de cuero. Guivernos.

Y tal vez más peligroso que eso: las brujas Dientes de Hierro que los montaban con sentidos tan afilados y poderosos como los de sus monturas.

Elide se lanzó hacia la saliente de raíces gruesas mientras los sonidos de las alas se acercaban. El bosque estaba silencioso como un cementerio. Las piedras y los palos le lastimaban las manos desnudas y sus rodillas chocaron contra la tierra rocosa cuando se apretó contra la colina y miró hacia arriba por el entretejido de las raíces.

Un aletazo y luego otro ni siquiera un instante después. Estaban lo suficientemente sincronizados como para que quien los escuchara en el bosque pensara que sólo era un eco, pero Elide lo sabía: se trataba de dos brujas.

Había aprendido lo suficiente durante el tiempo que pasó en Morath para saber que las Dientes de Hierro tenían órdenes de mantener en secreto sus números. Volaban en una formación perfectamente alineada para que quienes estuvieran vigilando reportaran sólo un guiverno.

Pero estas dos, quienes quiera que fueran, eran descuidadas. O tan descuidadas como podían ser las brujas inmortales y letales. Tal vez eran miembros de bajo rango de algún aquelarre. En una misión de reconocimiento.

“O cazando a alguien”, le dijo una voz pequeña y petrificada en su mente.

Elide se presionó más contra la tierra. Mientras monitoreaba el cielo, sentía que se le enterraban las raíces en la espalda.

Y ahí estaba la mancha que indicaba que una figura rápida y enorme volaba justo por encima de las copas de los árboles, sacudiendo las hojas. Un ala membranosa de cuero con la punta curvada en una garra llena de veneno destelló bajo la luz del sol.

Era raro, muy raro, que salieran durante el día. Lo que fuera que estuvieran cazando, debía ser importante.

Elide no se atrevió a respirar demasiado fuerte hasta que se desvaneció el sonido de las alas en dirección al norte.

Hacia el Abismo Ferian, donde Manon había dicho que acampaba la otra mitad del contingente.

Elide no se movió hasta que los zumbidos y parloteos del bosque volvieron a escucharse. Se había quedado quieta tanto tiempo que sus músculos estaban acalambrados y gimió al estirar las piernas, los brazos, y después empezó a mover los hombros en círculos.

Interminable: este viaje era interminable. Daría lo que fuera por un techo seguro sobre su cabeza. Y una comida caliente. Tal vez valdría la pena arriesgarse para encontrar eso, aunque sólo fuera por una noche.

Empezó a caminar cuidadosamente a lo largo del río y logró avanzar dos pasos antes de que ese sentido que no era un sentido volviera a advertirle, como si una mano cálida y femenina la hubiera detenido del hombro.

El bosque enredado seguía murmurando. Pero ella lo podía sentir, podía sentir algo cerca.

No eran brujas ni guivernos ni bestias. Pero alguien la estaba observando.

Alguien la estaba siguiendo.

Elide sacó discretamente el cuchillo de pelea que Manon le había dado al irse de ese bosque miserable.

Deseaba que la bruja le hubiera enseñado a matar.

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Lorcan Salvaterre llevaba ya dos días huyendo de esas malditas bestias.

No las culpaba. Las brujas estaban molestas de que se hubiera metido a su campamento en el bosque a media noche, de que hubiera matado a tres de sus centinelas sin que ellas, ni sus monturas, se dieran cuenta, y de que se hubiera llevado arrastrando a una cuarta hacia los árboles para cuestionarla.

Le había tomado dos horas lograr que la bruja Piernas Amarillas se rindiera, ocultos en las profundidades de una cueva donde hasta sus gritos habían quedado contenidos. Dos horas, pero luego empezó a soltar todo.

Había ejércitos gemelos de brujas listos para tomar el continente: uno estaba en Morath, el otro en el Abismo Ferian. Las Piernas Amarillas no sabían nada sobre el poder que poseía el duque Perrington, no sabían nada sobre lo que Lorcan estaba cazando: las otras dos llaves del Wyrd, las hermanas de la que traía colgada en una cadena larga alrededor del cuello. Tres astillas de roca talladas de un portal maldito del Wyrd, cada una de ellas con un poder tremendo y terrible. Y cuando las tres llaves estuvieran reunidas… podrían abrir un portal entre los mundos. Destruir esos mundos o llamar a sus ejércitos. Y cosas mucho, mucho peores.

Lorcan le concedió una muerte rápida a la bruja.

Desde entonces, sus hermanas lo estaban cazando.

Lorcan observó a la chica agachado entre unos arbustos y vio cómo salía de entre las raíces. Él se había ocultado ahí, escuchó el escándalo de sus pasos torpes, y observó cómo se tropezaba y cojeaba cuando al fin escuchó lo que se acercaba a ellos.

Era de complexión delicada, suficientemente pequeña como para que él pensara que apenas había tenido su primer sangrado de no ser por los senos grandes debajo de su traje de cuero ajustado.

Esta ropa le había llamado la atención de inmediato. Las Piernas Amarillas usaban algo similar, todas las brujas la usaban. Pero esta chica era humana.

Y cuando miró en su dirección, esos ojos oscuros escudriñaron el bosque con una atención que era demasiado antigua, demasiado ensayada, para pertenecerle a una niña. Por lo menos tendría dieciocho, tal vez más. Su rostro pálido estaba sucio y demacrado. Probablemente llevaba un tiempo en el bosque, luchando por encontrar alimento. El cuchillo que traía en la mano temblaba lo suficiente para sugerir que probablemente no tenía idea de qué hacer con él.

Lorcan permaneció oculto, mirándola estudiar las colinas, el arroyo, las copas de los árboles.

Ella, de alguna manera, sabía que él estaba ahí.

Interesante. Cuando él decidía permanecer oculto, pocos lo podían encontrar.

Todos los músculos de la chica estaban tensos, pero terminó de buscar en la zanja, sopló suavemente entre los labios apretados y continuó su camino. Alejándose de él.

Cojeaba con cada paso. Probablemente se había lastimado al caer entre los árboles.

Su trenza le golpeaba la mochila que traía a la espalda. Su cabello oscuro y sedoso se parecía al de él. Más oscuro. Negro como una noche sin estrellas.

El viento cambió de dirección, sopló su aroma hacia él y Lorcan lo respiró, permitiendo que sus sentidos de hada, los que había heredado del hijo de puta de su padre, evaluaran, analizaran, como lo habían hecho por más de cinco siglos.

Humana. Definitivamente humana, pero…

Conocía ese olor.

Durante los últimos meses había matado a muchas, demasiadas criaturas con ese olor.

Bueno, esto era conveniente. Tal vez era un regalo de los dioses: alguien útil a quien interrogar. Pero después, cuando ya hubiera tenido la oportunidad de estudiarla. De conocer sus debilidades.

Lorcan salió de entre los arbustos sin mover siquiera una ramita al pasar.

La chica poseída por el demonio iba cojeando río arriba con ese cuchillo inútil desenvainado, sosteniéndolo de una manera completamente equivocada. Bien.

Así que Lorcan empezó su cacería.

CAPÍTULO 2

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El golpeteo de la lluvia cayendo entre las hojas y la niebla baja del bosque de Oakwald casi ahogaba el borboteo del arroyo crecido que atravesaba las salientes y los pequeños valles.

Aelin Ashryver Galathynius, agachada al lado del arroyo, con los odres olvidados en las orillas musgosas, extendió su mano llena de cicatrices sobre la corriente rápida y permitió que la canción de la tormenta de la mañana la envolviera.

El crujir de las nubes de tormenta y la respuesta quemante de los rayos habían alcanzado un ritmo enfurecido antes de la madrugada, pero se estaban espaciando cada vez más, calmando su furia, al igual que Aelin aplacaba su propio corazón ardiente de magia.

Respiró la niebla fría y la lluvia fresca, llevándolas hasta el fondo de sus pulmones. Su magia respondió con un chisporroteo, como si estuviera bostezando para darle los buenos días y se hubiera quedado nuevamente dormida.

En el campamento, que le quedaba apenas al alcance de la vista, sus compañeros aún dormían, protegidos de la tormenta por el escudo invisible de Rowan y del frío del norte, que persistía incluso en medio del verano, por una fogata alegre color rubí que ella mantuvo encendida toda la noche. Era difícil mantener viva esa fogata mientras intentaba al mismo tiempo invocar al pequeño don de agua que su madre le había dejado.

Aelin extendió los dedos sobre el arroyo y los movió como si quisiera atraer el agua.

Del otro lado, sobre una roca llena de musgo escondida entre los brazos de un roble retorcido, un par de dedos diminutos y blancos como el hueso se extendieron y tronaron en un movimiento igual al que ella estaba haciendo.

Aelin sonrió y dijo en voz tan baja que apenas se escuchó sobre el sonido del arroyo y la lluvia.

—Si tienes alguna sugerencia, amigo, me encantaría escucharla.

Los dedos delgados rápidamente se escondieron detrás de la roca que, al igual que muchas en estos bosques, estaba tallada con símbolos y espirales.

La Gente Pequeña los había estado siguiendo desde que cruzaron la frontera hacia Terrasen. Escoltando, insistía Aedion siempre que veían los ojos grandes y sin fondo que parpadeaban desde los arbustos o que se asomaban entre un montón de hojas sobre alguno de los famosos árboles de Oakwald. Nunca se habían acercado lo suficiente para que Aelin los pudiera ver bien.

Pero habían dejado pequeños regalos justo fuera de la frontera de los escudos nocturnos de Rowan, depositados de alguna manera sin que se diera cuenta ninguno de los que montaba guardia.

Una mañana, apareció una corona de violetas del bosque. Aelin se la dio a Evangeline, quien la usó en su cabello dorado rojizo hasta que se desbarató. A la mañana siguiente, había dos coronas, una para Aelin y una más pequeña para la niña con las cicatrices. Otro día, la Gente Pequeña dejó una réplica del halcón de Rowan creada con plumas de ruiseñor, bellotas y caparazones de escarabajo. Su príncipe hada sonrió discretamente cuando lo encontró y desde entonces lo llevaba en su alforja.

Aelin sonrió con ese recuerdo. Aunque saber que la Gente Pequeña los iba siguiendo a cada paso, que los iban escuchando y observando, había hecho un poco… difíciles las cosas. Aunque no era en realidad tan importante, escabullirse entre los árboles con Rowan ciertamente era menos romántico sabiendo que tenían público. En especial cuando Aedion y Lysandra se hartaban de sus miradas silenciosas y llenas de fuego e inventaban cualquier excusa para que ellos se perdieran de su vista y de su olfato por un rato: ella había dejado caer su pañuelo inexistente en el camino imaginario de atrás; necesitaban más leña para una fogata que no necesitaba madera para encenderse.

Y, en lo que respectaba al público presente…

Aelin separó los dedos sobre el arroyo y permitió que su corazón se aquietara tanto como un estanque calentado por el sol, dejó que su mente se liberara de sus limitaciones normales.

Un listón de agua subió desde el arroyo, grisáceo y transparente, y Aelin lo hizo pasar entre sus dedos extendidos como si estuviera tejiendo en un telar.

Inclinó la muñeca, admirando la manera en que podía ver su piel a través del agua y la dejó escurrir por su mano y enroscarse alrededor de su muñeca. Le dijo al hada pequeña que la veía desde el otro lado de la roca:

—No te estoy dando mucho que informarle a tus compañeros, ¿verdad?

Las hojas mojadas crujieron detrás de ella y Aelin supo que Rowan había provocado el ruido deliberadamente porque quería que lo escuchara acercarse.

—Cuidado o te dejarán algo mojado y frío en tu saco de dormir la próxima vez.

Aelin se obligó a soltar el agua de regreso al arroyo antes de mirar por encima de su hombro.

—¿Crees que acepten pedidos? Porque ahora mismo daría mi reino a cambio de un baño caliente.

Los ojos de Rowan bailaron cuando ella se puso de pie. Ella retiró el escudo que se había puesto alrededor para mantenerse seca y el vapor de la flama invisible se mezcló con la niebla a su alrededor. El príncipe hada arqueó la ceja.

—¿Debería preocuparme de que estés tan platicadora a esta hora de la mañana?

Ella puso los ojos en blanco y miró en dirección a la roca donde el hada pequeña había estado estudiando sus intentos torpes por dominar el agua. Pero sólo quedaban hojas relucientes de lluvia y jirones de niebla.

Unas manos fuertes se deslizaron sobre su cintura, la acercaron a su calor y los labios de Rowan le rozaron el cuello, justo debajo de la oreja.

Aelin se arqueó hacia atrás acercándose a él mientras la boca de Rowan recorría su garganta, calentando la piel fresca por la niebla.

—Buenos días a ti también —dijo Aelin.

El gruñido con el cual respondió Rowan la hizo enroscar los dedos de los pies.

No se habían atrevido a detenerse en una posada, ni siquiera después de cruzar a territorio de Terrasen hacía tres días. No se arriesgarían cuando tenían la mirada de tantos enemigos fija en los caminos y las posadas. No cuando todavía había filas de soldados de Adarlan saliendo de las tierras de ella gracias a los decretos de Dorian.

En especial ahora que esos soldados podrían venir de regreso, ahora que podrían elegir aliarse con el monstruo que aguardaba en Morath en vez de hacerlo con su rey verdadero.

—Si tienes tantas ganas de darte un baño —le murmuró Rowan en el cuello—, encontré un estanque a medio kilómetro. Podrías calentarlo, para los dos.

Ella le recorrió el dorso de las manos y los antebrazos con las uñas.

—Herviría a todos los peces y ranas que viven ahí. No creo que sea muy agradable para ellos.

—Al menos tendríamos ya preparado el desayuno.

Ella rio en voz baja y los colmillos de Rowan le rascaron el punto sensible donde el cuello se une al hombro. Aelin le enterró los dedos en los músculos poderosos de sus antebrazos, saboreando la fuerza que había ahí.

—Los lords no llegarán hasta la puesta del sol. Tenemos tiempo.

Pronunció esas palabras sin aliento, apenas poco más que un suspiro.

Al cruzar la frontera, Aedion había enviado mensajes a los pocos lords en quienes aún confiaba y había coordinado una reunión para ese día, en el claro donde estaban, el cual Aedion mismo había usado para reuniones secretas de los rebeldes en el pasado.

Llegaron temprano con el fin de reconocer las ventajas y desventajas del terreno. No dejaron ningún rastro humano: Aedion y el Flagelo siempre se habían asegurado de eliminar toda evidencia en caso de que pasaran por ahí ojos enemigos. En la última década, su primo y su legendario ejército habían hecho mucho para conservar la seguridad de Terrasen. Pero seguían sin arriesgarse, ni siquiera contra los lords que alguna vez habían sido los abanderados de su tío.

—Aunque es muy tentador —dijo Rowan mordisqueándole la oreja de una manera que le dificultaba pensar—, necesito salir en una hora.

Tenía que estudiar el terreno que les quedaba al frente para asegurarse de que no hubiera amenazas. Unos besos ligeros como plumas le acariciaron la mandíbula, la mejilla.

—Y lo que dije sigue siendo cierto. No voy a hacerte mía por primera vez contra un árbol.

—No sería contra un árbol… sería en un estanque.

Una risa oscura vibró contra la piel ardiente de su espalda. Le costaba trabajo no tomar una de las manos de Rowan y llevarla hacia su pecho, rogarle que la tocara, que la tomara, que la probara.

—Sabes, estoy empezando a pensar que eres un sádico.

—Créeme, para mí tampoco es fácil.

Tiró de ella con un poco más de fuerza para acercarla y le permitió sentir la evidencia que se presionaba con exigencia impresionante detrás de ella. Aelin casi gime también al sentirlo.

Entonces Rowan se alejó y ella frunció el ceño ante la pérdida de su calor, la ausencia de esas manos y ese cuerpo y esa boca. Se dio la vuelta y vio que sus ojos color verde pino estaban fijos en ella y una emoción recorrió su sangre con más vivacidad que cualquier magia.

Pero él dijo:

—¿Por qué estás coherente tan temprano?

Ella le sacó la lengua.

—Relevé la guardia de Aedion porque Lysandra y Ligera estaban roncando con tanta fuerza que despertarían a los muertos —dijo Aelin encogiéndose de hombros y la boca de Rowan empezó a formar una sonrisa—. No podía dormir de todas maneras.

La mandíbula de Rowan se tensó y miró hacia donde estaba oculto el amuleto, debajo de su camisa, con la chaqueta de cuero oscuro encima.

—¿Te está molestando la llave del Wyrd?

—No, no es eso.

Había empezado a usar el amuleto después de una ocasión en que Evangeline revisó sus alforjas y se puso el collar. Lo descubrieron sólo porque la niña regresó de lavarse con el Amuleto de Orynth orgullosamente colgado sobre su ropa de viaje. Gracias a los dioses habían estado en las profundidades de Oakwald en ese momento, pero Aelin no se arriesgaría más.

En especial porque Lorcan aún creía que él portaba el amuleto verdadero.

No habían vuelto a saber del guerrero inmortal desde que salió de Rifthold y Aelin se preguntaba con frecuencia qué tan lejos habría llegado hacia el sur, si se habría dado cuenta ya de que llevaba una llave del Wyrd falsa dentro de un Amuleto de Orynth igual de falso. Si habría descubierto dónde habían ocultado las otras dos el rey de Adarlan y el duque Perrington.

No Perrington, Erawan.

Un escalofrío le recorrió la espalda, como si la sombra de Morath hubiera tomado forma detrás de ella y le hubiera pasado una garra a lo largo de la columna.

—Es que… esta reunión —dijo Aelin con un aspaviento—. ¿No deberíamos haberla hecho en Orynth? Aquí en el bosque parece muy… clandestina.

Los ojos de Rowan volvieron a mirar el horizonte, hacia el norte. Al menos les quedaba una semana de viaje antes de llegar a la ciudad, al corazón antes glorioso del reino de Aelin. De este continente. Y cuando llegaran, habría una serie interminable de consejos y preparativos y decisiones que sólo ella podría tomar. Esta junta que había organizado Aedion era sólo el principio.

—Será mejor entrar a la ciudad con aliados establecidos que entrar sin saber qué podrías encontrar —dijo Rowan al fin. La miró con ironía y después posó la mirada en Goldryn, que colgaba envainada en la espalda de Aelin, así como en los diversos cuchillos que traía colgados del cuerpo—. Y además, pensé que “clandestina” era tu término preferido.

Ella le hizo una seña obscena.

Aedion fue muy cuidadoso con sus mensajes cuando organizó la reunión. Seleccionó el lugar alejado de posibles víctimas u ojos curiosos. Y a pesar de que confiaba en los lords, de quienes le había hablado a Aelin durante esas semanas, todavía no les había informado cuántos lo acompañaban ni cuáles eran sus talentos. Por si acaso.

No importaba que Aelin llevara un arma capaz de borrar del mapa todo el valle y las montañas Staghorn a su alrededor. Y eso contando solamente su magia.

Rowan estaba jugando con un mechón de su cabello, que otra vez le había crecido casi hasta los senos.

—Estás preocupada porque Erawan no ha hecho ningún movimiento todavía.

Ella se mordió los labios.

—¿Qué está esperando? ¿Somos unos tontos por estar esperando la invitación para empezar? ¿O nos está permitiendo juntar fuerzas, me está permitiendo regresar con Aedion para juntar al Flagelo y reunir un ejército más grande solamente para poder saborear nuestra completa desesperanza cuando fracasemos?

Rowan dejó de mover los dedos entre su cabello.

—Escuchaste al mensajero de Aedion. Esa explosión se llevó un buen trozo de Morath. Tal vez esté reconstruyendo también.

—Nadie se ha adjudicado la explosión. No confío en eso.

—No confías en nada.

Ella lo miró a los ojos.

—Confío en ti.

Rowan le rozó la mejilla con un dedo. La lluvia volvió a arreciar y el sonido suave de las gotas era lo único que se oía en kilómetros.

Aelin se puso de puntas. Percibió la mirada de Rowan sobre ella todo el tiempo, sintió cómo su cuerpo se quedaba quieto con la concentración de un depredador mientras ella le besaba la comisura de los labios, el centro, el otro lado.

Besos suaves y provocadores. Diseñados para ver quién de los dos cedía primero.

Fue Rowan.

Inhaló rápidamente, la tomó de la cadera y tiró de ella para acercarla mientras colocaba la boca sobre la suya, profundizando el beso hasta que las rodillas de Aelin amenazaron con doblarse. Rozó su lengua con la de ella, roces lentos y hábiles que le decían con precisión qué era capaz de hacer en otros lugares.

Las brasas empezaron a chisporrotear en su sangre y la lluvia que caía en el musgo bajo sus pies silbaba al convertirse en vapor.

Aelin terminó el beso con la respiración entrecortada, satisfecha de darse cuenta de que el pecho de Rowan subía y bajaba a un ritmo irregular. Esto que había surgido entre ellos, aún era tan nuevo, tan… crudo. La consumía por completo. El deseo era solamente el inicio.

Rowan hacía que su magia cantara. Y tal vez eso se debía al vínculo carranam que compartían pero… su magia quería bailar con la de él. Y por la escarcha que brillaba en los ojos de Rowan, Aelin supo que la magia de él exigía lo mismo.

Rowan se inclinó hasta recargar su frente en la de ella.

—Pronto —prometió con voz áspera y baja—. Vayamos a un sitio seguro, un sitio que se pueda defender.

Porque su seguridad siempre sería prioritaria. Para él, mantenerla protegida, mantenerla viva, siempre sería la prioridad. Lo había aprendido por las malas.

Ella sintió una tensión en el corazón y retrocedió un poco para tocarle la cara a Rowan. Él pudo leer la suavidad en los ojos y el cuerpo de Aelin y su ferocidad de guerrero se convirtió en una suavidad que pocos verían jamás. Ella sintió un nudo en la garganta por el esfuerzo de mantener las palabras dentro.

Ya llevaba un tiempo enamorada de él. Más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Intentaba no pensar en eso, no pensar en qué pensaría él. Esas cosas, esos deseos, estaban hasta el final de una lista de prioridades muy, muy larga y sangrienta.

Así que Aelin besó suavemente a Rowan y sintió cómo él volvía a apretarla de la cadera.

—Corazón de fuego —le dijo en la boca.

—Zopilote —le murmuró ella.

Rowan rio y el eco de su risa retumbó en el pecho de Aelin.

Desde el campamento se escuchó la voz dulce de Evangeline que canturreaba entre la lluvia:

—¿Ya es hora de desayunar?

Aelin resopló con una risa. Y, dicho y hecho, Ligera y Evangeline ya estaban sacudiendo a la pobre de Lysandra, que en la forma de leopardo de las nieves estaba recostada al lado de la fogata inmortal que chisporroteaba. Aedion, del otro lado del fuego, estaba tan quieto como una roca. Ligera probablemente le saltaría encima después.

—Esto no va a terminar bien —murmuró Rowan.

Evangeline aulló:

—¡Comiiiiidaa!

El aullido de Ligera le hizo eco un instante después.

Luego se escuchó el gruñido de Lysandra que hizo enmudecer a la niña y a la perra.

Rowan volvió a reír y Aelin pensó que tal vez nunca se cansaría de escuchar esa risa. De ver esa sonrisa.

—Deberíamos ir a hacer el desayuno —dijo y dio vuelta en dirección al campamento—, antes de que Evangeline y Ligera destrocen todo el lugar.

Aelin rio pero miró por encima de su hombro al bosque que se extendía hacia las montañas Staghorn. Hacia los lords que esperaba estuvieran marchando en dirección al sur para decidir cómo procederían con la guerra… y con la reconstrucción de su reino destruido.

Cuando devolvió la mirada hacia el campamento, Rowan ya llevaba la mitad del camino recorrido, el cabello rojizo dorado de Evangeline brillaba mientras corría entre los árboles mojados rogándole al príncipe que preparara pan tostado y huevo.

Su familia… y su reino.

El viento del norte le revolvió el cabello y se dio cuenta de que eran dos sueños que hacía mucho tiempo había creído perdidos. Que haría cualquier cosa —arruinarse, venderse—, para protegerlos.

Aelin estaba a punto de dirigirse hacia el campamento para salvar a Evangeline de la cocina de Rowan, cuando notó que había un objeto encima de la roca del otro lado del arroyo.

Cruzó el arroyo de un salto y estudió con cuidado lo que había dejado el hada pequeña.

Había hecho un guiverno diminuto e inquietantemente real con ramitas, telarañas y escamas de pescado. Tenía las alas extendidas y rugía con su boca llena de dientes de espinas.

Aelin dejó el guiverno donde lo encontró, pero su mirada se dirigió hacia el sur, hacia el flujo antiguo de Oakwald y hacia Morath más allá. Hacia Erawan renacido, esperándola con su ejército de brujas Dientes de Hierro y sus soldados del Valg.

Y Aelin Galathynius, reina de Terrasen, supo que pronto llegaría el momento de demostrar exactamente cuánta sangre estaba dispuesta a derramar por Erilea.

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Aedion Ashryver pensó que era conveniente viajar con dos personas con el don de la magia. En particular cuando el clima era tan malo.

Las lluvias continuaron durante el resto del día mientras se preparaban para la reunión. Rowan había volado dos veces hacia el norte para averiguar cómo avanzaban los lords, pero no los había visto ni los había olfateado.

Nadie se atrevía a recorrer los famosos caminos lodosos de Terrasen con ese clima. Pero Aedion sabía que Ren Allsbrook estaba en el grupo de lords y sabía que probablemente permanecerían ocultos hasta que se pusiera el sol. A menos que el clima los hubiera retrasado. Lo cual también era una posibilidad.

Cayó un relámpago tan cerca que los árboles se estremecieron. Destelló inmediatamente después y cubrió las hojas mojadas con una capa de plata; el fulgor fue tal que sus sentidos de hada quedaron cegados. Pero al menos estaba seco. Y sin frío.

Habían intentado mantenerse lejos de la civilización tanto tiempo, que Aedion no había podido ver ni llevar cuenta de cuántas personas con el don de la magia habían salido de sus escondites ni quién estaba ahora disfrutando ya del regreso de sus dones. Sólo había visto a una niña, de no más de nueve años, tejiendo listones de agua sobre la única fuente de su poblado para entretener y deleitar a un grupo de niños.

Los rostros serios y llenos de cicatrices de los adultos miraban desde las sombras, pero nadie había interferido ni para bien ni para mal. Los mensajeros de Aedion les confirmaron que la mayoría de la gente ya sabía que el rey de Adarlan había usado sus poderes oscuros para reprimir la magia en los últimos diez años. Pero a pesar de eso, Aedion dudó que quienes habían perdido sus dones y vivido la exterminación de los suyos estuvieran dispuestos a revelar pronto y despreocupadamente sus poderes.

Al menos hasta que la gente como los de su grupo y esa niña en la plaza le mostraran al mundo que se podía hacer con seguridad. Que una niña con un don de agua podía estar segura de que prosperaran su pueblo y sus tierras cultivadas.

Aedion frunció el ceño al ver el cielo que estaba oscureciéndose. Hizo girar la espada de Orynth entre las palmas de sus manos. Incluso antes de que desapareciera la magia, existía un tipo de poder que era más temido que todos los demás, que convertía a quienes lo poseían en parias, o en los peores casos, los llevaba a la muerte. Las cortes de todas las tierras los buscaron como espías y asesinos durante siglos. Pero su corte...

Un ronroneo satisfecho y ronco se escuchó por todo su pequeño campamento y Aedion dirigió su mirada a la dueña de sus pensamientos. Evangeline estaba hincada en su bolsa de dormir y canturreaba para sí misma mientras peinaba a Lysandra con el cepillo del caballo.

A Aedion le había tomado días acostumbrarse a la forma de leopardo de las nieves. Los años que pasó en las montañas Staghorn le habían dejado grabado en la mente un terror primitivo a esos felinos. Pero ahí estaba Lysandra, con las garras retraídas, extendida sobre la panza mientras su pupila la peinaba.

Espía y asesina, sí. Una sonrisa tiró de sus labios al ver los ojos verde pálido y los párpados que se le cerraban de placer al leopardo. Seguramente los lords se sorprenderían al verla en la reunión.

La metamorfa había aprovechado esas semanas de viaje para intentar asumir nuevas formas: aves, bestias, insectos que tenían la tendencia de zumbarle en el oído o picarlo. Rara vez, muy rara vez, Lysandra asumía la forma humana en la que la había conocido. Con todo lo que le habían hecho y todo lo que la habían obligado a hacer en ese cuerpo humano, a Aedion le parecía perfectamente entendible.

Aunque tendría que asumir una forma humana pronto, cuando la presentaran como una dama de la corte de Aelin. Aedion se preguntó si usaría ese rostro exquisito o si encontraría otra piel humana que le gustara más.

Además, con frecuencia se preguntaba qué se sentiría poder cambiar huesos y piel y color, aunque no le había preguntado. Básicamente porque Lysandra no había estado suficiente tiempo en su forma humana como para poderlo hacer.

Aedion miró a Aelin que estaba sentada del otro lado de la fogata con Ligera recostada sobre las piernas, jugando con las orejas largas de la perra, esperando, como todos. Sin embargo, su prima estaba estudiando la espada antigua, la espada de su padre, que Aedion hacía girar tan poco ceremoniosamente y que se pasaba de mano a mano. Cada centímetro de la empuñadura de metal y del pomo de hueso cuarteado le eran tan familiares a él como su propio rostro. Pudo ver un destello de dolor, en el rostro de Aelin, rápido como el rayo en el cielo aunque desapareció de inmediato.

Ella le devolvió la espada cuando salieron de Rifthold y eligió empuñar a Goldryn. Él había intentado convencerla de que se quedara con la espada sagrada de Terrasen, pero ella había insistido en que permaneciera en sus manos, que él se merecía el honor más que cualquier otra persona, incluida ella.

Se había vuelto más callada conforme avanzaban hacia el norte. Tal vez las semanas de viaje la habían agotado.

Después de esa noche, dependiendo de lo que los lords les informaran, intentaría encontrarle un sitio tranquilo para descansar por uno o dos días antes de empezar con el último trecho del recorrido a Orynth.

Aedion se puso de pie, envainó la espada junto al cuchillo que Rowan le había regalado y caminó hacia su prima. La cola peluda de Ligera se azotó contra el piso a modo de saludo cuando él se sentó al lado de su reina.

—Te vendría bien un corte de pelo —dijo ella. Era cierto, su cabello había crecido más de lo que acostumbraba—. Está casi del mismo largo que el mío —continuó frunciendo el ceño—. Parece que nos pusimos de acuerdo.

Aedion rio y acarició la cabeza de la perra.

—¿Y qué si lo hubiéramos hecho?

Aelin se encogió de hombros.

—Si también quieres empezar a usar ropa coordinada, por mí está bien.

Él sonrió.

—El Flagelo nunca me lo perdonaría.

Su legión estaba acampando justo en las afueras de Orynth, donde les había ordenado que reunieran las defensas de la ciudad y esperaran. Esperar a matar y morir por ella.

Y con el dinero que Aelin había logrado sacarle a su exmaestro después de todos sus planes en la primavera, tenían los recursos necesarios para comprarse un ejército que los siguiera detrás del Flagelo. Tal vez incluso mercenarios.

La chispa en la mirada de Aelin se apagó un poco, como si ella también estuviera considerando todo lo que implicaba comandar a su legión. Los riesgos y los costos, no en oro, sino en vidas. Aedion podría haber jurado que la fogata del campamento se había apagado un poco también.

Ella había masacrado, peleado y casi muerto una y otra vez durante los últimos diez años. Sin embargo, él sabía que ella vacilaría a la hora de enviar soldados, de enviarlo a él, a la batalla.

Eso, más que cualquier otra cosa, sería su primera prueba como reina.

Pero antes de llegar a eso… tenían la reunión.

—¿Te acuerdas de todo lo que te dije sobre ellos?

Aelin lo miró sin expresión.

—Sí, me acuerdo de todo, primo.

Le enterró un dedo con fuerza en las costillas, justo donde todavía sanaba el tatuaje que Rowan le había hecho tres días antes. Todos sus nombres, entrelazados en un complejo nudo de Terrasen junto a su corazón. Aedion se encogió de dolor cuando ella tocó la carne adolorida y le dio un manotazo para apartarla. Aelin empezó a recitar:

—Murtaugh es el hijo de un campesino pero se casó con la abuela de Ren. Aunque no nació de la línea Allsbrook, de todas maneras él es el dueño del puesto, a pesar de la insistencia para que Ren adopte el título —miró al cielo—. Darrow es el terrateniente más acaudalado después de tu servidora y, sobre todo, tiene influencia en los pocos lords que sobrevivieron, principalmente por los años que pasó tratando con cuidado a Adarlan durante la ocupación.

Miró a su primo con ojos que podrían haber cortado piel.

Aedion levantó las manos.

—¿Te molesta que quiera asegurarme de que todo marche sin problemas?

Ella se encogió de hombros pero no lo atacó.

—Darrow era el amante de tu tío —añadió él y estiró las piernas hacia el frente—. Lo fue por décadas. Nunca me ha hablado de tu tío pero… eran muy cercanos, Aelin. Darrow no estuvo de luto públicamente cuando murió Orlon más allá de lo que se requiere después de que muere un rey, pero después de eso se convirtió en un hombre muy distinto. Ahora es un bastardo muy duro, pero sigue siendo justo. Mucho de lo que ha hecho ha sido por su amor inquebrantable a Orlon y a Terrasen. Sus propias maniobras consiguieron que nosotros mismos no termináramos muertos de hambre y en la ruina. Recuerda eso.

En verdad, Darrow llevaba mucho tiempo en esa fina línea entre servir al rey de Adarlan y despreciarlo.

—Ya. Lo. Sé —dijo ella secamente.

Aedion estaba presionando demasiado. Ese tono era su primera y última advertencia de que estaba empezando a hacerla enojar. Había pasado muchos de los kilómetros que viajaron en esos días hablándole de Ren, Murtaugh y Darrow. Aedion sabía que era probable que ella ahora le recitara todas las tierras que poseían, qué cultivos y qué ganado tenían, sus ancestros y miembros —vivos y muertos— de sus familias en la última década. Pero él debía presionarla una última vez, confirmar que ella lo supiera… No podía acallar sus instintos que le pedían que se asegurara de que todo marchara bien. No ahora que había tantas cosas en juego.

Desde el sitio donde se había posado en una rama alta para vigilar el bosque, Rowan hizo un sonido con el pico y aleteó en la lluvia. Después entró en su escudo como si éste se abriera para él.

Aedion se puso de pie, miró el bosque y prestó atención. Lo único que le llegaba a los oídos era el sonido de la lluvia sobre las hojas. Lysandra se estiró y dejó ver sus dientes largos al hacerlo. Sus garras afiladas como agujas se liberaron y destellaron en la luz de la fogata.

Hasta que Rowan les dijera que todo estaba despejado, hasta que llegaran esos lords y nadie más, los protocolos de seguridad que habían establecido seguirían en pie.

Evangeline se acercó a la fogata, como le enseñaron. Las flamas se abrieron como cortinas para permitir que ella y Ligera, que percibía el miedo de la niña y se acercó, entraran a un anillo interior que no las quemaría, pero que derretiría los huesos de sus enemigos.

Aelin apenas miró en dirección a Aedion para darle una orden en silencio y él caminó hacia el lado oeste de la fogata. Lysandra ocupó un punto en el lado sur. Aelin tomó el del norte pero miró al oeste, en la dirección donde Rowan se había alejado volando.

Una brisa seca y cálida fluía en su pequeña burbuja y las chispas bailaban como luciérnagas en los dedos de Aelin, que colgaban despreocupadamente a su costado. Con la otra mano sostenía a Goldryn. El rubí de la empuñadura brillaba como una brasa encendida.

Se escuchó movimiento de hojas y el tronar de algunas ramas. Cuando Aedion la desenvainó, la espada de Orynth brilló con tonalidades doradas y rojas bajo las flamas de Aelin. En la otra mano, empuñó la daga antigua que Rowan le había regalado. Durante esas semanas, Rowan le había dado clases a Aedion —a todos, en realidad— sobre las Antiguas Costumbres. Sobre las tradiciones y los códigos del pueblo de las hadas olvidados hacía mucho tiempo, incluso en la corte de Maeve. Pero renacerían ahí, y se pondrían en práctica, conforme fueran adoptando los roles y deberes que habían discutido y decidido para sí mismos.

Rowan salió de la lluvia en su forma de hada, con el cabello plateado pegado a la cabeza, el tatuaje realzado en su rostro bronceado. No había señal de los lords.

Pero Rowan sostenía su cuchillo de caza contra la garganta desnuda de un hombre joven de nariz fina y lo escoltaba hacia la fogata. El desconocido traía la ropa sucia y empapada tras el recorrido pero se distinguía el escudo de armas de Darrow: un tejón en posición de ataque.

—Un mensajero —gruñó Rowan entre dientes.

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Aelin decidió justo en ese momento que no le gustaban las sorpresas.

Los ojos azules del mensajero estaban muy abiertos, pero su rostro mojado y pecoso permaneció tranquilo. Sereno. Incluso cuando vio a Lysandra con los colmillos reflejando la luz de la fogata. Incluso cuando Rowan lo empujó para que avanzara con ese cuchillo cruel aún pegado a su garganta.

Aedion movió la barbilla en dirección a Rowan.

—No creo que pueda dar un mensaje si tiene un cuchillo en la tráquea.

Rowan retiró su arma pero no la volvió a envainar. No se alejó más de treinta centímetros del hombre.

—¿Dónde están? —Aedion exigió saber.

El hombre le hizo una reverencia rápida al primo de Aelin.

—En una taberna, a seis kilómetros de aquí, general…

Sus palabras murieron cuando Aelin al fin apareció detrás de la fogata. La estaba haciendo brillar con fuerza ya que Evangeline y Ligera estaban escondidas dentro. El mensajero dejó escapar un grito ahogado.

La reconoció. Por la manera en que miraba a Aelin y a Aedion, observando los mismos ojos, el mismo color de cabello… lo supo. Y como si la revelación lo hubiera golpeado, el mensajero hizo una reverencia.

Aelin estudió la manera en que el hombre bajó la mirada, la parte trasera de su cuello expuesta, su piel que brillaba con la lluvia. Su magia resplandeció en respuesta. Y esa cosa, el poder horrendo que colgaba entre sus senos, pareció abrir un ojo antiguo ante todo el escándalo.

El mensajero se tensó, con los ojos como platos al ver que Lysandra se aproximaba en silencio con los bigotes vibrando mientras olfateaba su ropa mojada. Tuvo inteligencia suficiente para permanecer quieto.

—¿Se canceló la reunión? —preguntó Aedion tenso y miró hacia el bosque de nuevo.

El hombre se encogió un poco.

—No, general, pero quieren que ustedes vengan a la taberna donde se están quedando. Por la lluvia.

Aedion puso los ojos en blanco.

—Ve a decirle a Darrow que arrastre su esqueleto para acá. El agua no lo va a matar.

—No es por lord Darrow —dijo el hombre rápidamente—. Con todo respeto, lord Murtaugh se ha visto muy cansado desde el verano. Lord Ren no quería que estuviera fuera en la oscuridad y en la lluvia.

El viejo había cabalgado a través de los reinos como un demonio salido del infierno en la primavera, recordó Aelin. Tal vez eso le había pasado factura en su salud. Aedion suspiró.

—Sabes que primero necesitaremos ir a inspeccionar la taberna. Esta junta tendrá que ser más tarde de lo que ellos quieren.

—Por supuesto, general. Ellos lo saben.

El mensajero se encogió un poco cuando por fin vio a Evangeline y Ligera dentro del anillo de seguridad de la flama. Y a pesar del príncipe hada armado a su lado, a pesar del leopardo de las nieves con las garras fuera que lo estaba olfateando, lo que lo hizo palidecer como la muerte fue contemplar el fuego de Aelin.

—Pero los están esperando —dijo—, y lord Darrow está impaciente. Se pone nervioso si está fuera de las paredes de Orynth. A todos nos pone nerviosos estos días.

Aelin resopló suavemente. “Vaya que sí”.

CAPÍTULO 3

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Manon Picos Negros permaneció firme en uno de los extremos del puente largo y oscuro que llevaba a Morath y miró al aquelarre de su abuela descender desde las nubes grises.

Incluso con las columnas y torres de humo que salían de las incontables fraguas, las ropas voluminosas color obsidiana de la Bruja Mayor del Clan de Brujas Picos Negros eran inconfundibles. Nadie más se vestía como su matrona. Su aquelarre salió de la capa gruesa de nubes y se mantuvo a una distancia respetuosa de la matrona y la jinete que iba a su lado sobre un guiverno enorme.

Manon, y sus Trece en formación detrás de ella, no se movieron mientras los guivernos y sus jinetes aterrizaban en las rocas oscuras del patio del otro lado del puente. Muy abajo, rugía un río sucio y arruinado cuyo sonido competía con el raspar de las garras y el batir de las alas que se iban cerrando.

Su abuela había llegado a Morath.

O a lo que quedaba de él, ya que una tercera parte estaba reducida a escombros.

Asterin inhaló con fuerza cuando la abuela de Manon desmontó con un movimiento fluido y frunció el ceño a la fortaleza negra que se elevaba detrás de Manon y sus Trece. El duque Perrington ya la esperaba en su sala de consejo y Manon no dudaba que su mascota, lord Vernon, haría lo posible por menospreciarla y sorprenderla en toda oportunidad. Si Vernon intentara deshacerse de Manon, lo haría en ese momento, justo cuando su abuela viera con sus propios ojos lo que Manon había logrado.

Y en lo que había fallado.

Manon conservó la espalda recta mientras su abuela cruzaba el amplio puente de roca. Los pasos de la matrona no se alcanzaban a escuchar por el sonido del río, el batir de alas a la distancia y esas fraguas que no dejaban de trabajar ni de día ni de noche para equipar al ejército. Cuando alcanzó a ver la parte blanca en los ojos de su abuela, Manon hizo una reverencia.

El crujir de la ropa de cuero de sus Trece le indicó que ellas estaban haciendo lo mismo.

Cuando Manon levantó la cabeza, su abuela estaba delante de ella.

Muerte, crueldad y malicia habitaban en esa mirada de ónix con oro.

—Llévame con el duque —dijo la matrona a modo de saludo.

Manon sintió que sus Trece se tensaron. No por las palabras, sino por el aquelarre de la Bruja Mayor que ahora la venía siguiendo. Era muy raro que ellas la siguieran, que la vigilaran.

Pero ésta era una ciudadela de hombres… y de demonios. Y esta estancia sería larga, si no es que permanente, a juzgar por el hecho de que su abuela había llegado con la hermosa bruja joven de cabello oscuro que compartía su cama. Hubiera sido insensato de parte de la matrona no traer protección adicional.

Aunque las Trece siempre habían sido suficiente. Deberían haber sido suficiente.

Representaba un gran esfuerzo mantener sus uñas de hierro enfundadas al percibir esa amenaza.

Manon volvió a inclinar la cabeza y se dio la vuelta hacia las puertas altas y abiertas de Morath. Las Trece se separaron para dejar pasar a Manon y a la matrona y después cerraron filas tras ellas como un velo letal. No se arriesgarían, no ahora que se trataba de la heredera y la matrona.

Los pasos de Manon eran casi silenciosos mientras conducía a su abuela por los pasillos oscuros. Las Trece y el aquelarre de la matrona venían siguiéndolas de cerca. Los sirvientes, ya sea porque estaban espiando o a causa de algún instinto humano, no se veían por ninguna parte.

La matrona habló cuando subieron la primera de muchas escaleras en espiral en camino a la nueva sala de consejo del duque.

—¿Algún informe?

—No, abuela.

Manon reprimió la necesidad de mirar a la bruja de soslayo, de mirar su cabello oscuro con mechas plateadas, las facciones pálidas talladas con odio antiguo, los dientes oxidados permanentemente visibles.

El rostro de la Bruja Mayor que había marcado a la Segunda de Manon. La que había tirado al fuego a la cría de bruja de Asterin cuando nació muerta, negándole el derecho a cargarla una vez. La que después había golpeado y destrozado a su Segunda y la había arrojado a la nieve para que muriera, quien después de eso le había mentido a Manon durante casi un siglo.

Manon se preguntó qué pensamientos estarían pasando por la mente de Asterin mientras iban avanzando. Se preguntó que pasaría por las mentes de Sorrel y Vesta, quienes habían encontrado a Asterin en la nieve. Y la habían sanado.

Y quienes tampoco le habían dicho nada a Manon.

La niña de su abuela, eso era Manon. Nunca le había parecido algo odioso.

—¿Descubriste quién causó la explosión? —preguntó la matrona con su túnica ondeando detrás de ella cuando al fin entraron al pasillo largo y delgado que conducía a la sala de consejo del duque.

—No, abuela.

Esos ojos salpicados de dorado voltearon rápidamente hacia ella.

—Qué conveniente, Líder de la Flota, que te quejes sobre los experimentos de reproducción del duque y que unos días después las Piernas Amarillas terminen incineradas.

“Y valió la pena”, casi respondió Manon. A pesar de los aquelarres que se perdieron en la explosión, había valido la pena que se detuviera la creación de esos seres mitad Piernas Amarillas y mitad Valg. Pero Manon sintió, más que ver u oír, que la atención de sus Trece se fijaba en la espalda de su abuela.

Y tal vez algo similar al miedo recorrió a Manon.

Miedo por la acusación de la matrona… y por la línea que sus Trece estaban trazando. La que habían trazado hacía ya un tiempo.

Desafío. Eso es lo que se estaba gestando en los últimos meses. Si la Bruja Mayor se enteraba de eso, ataría a Manon a un poste y le daría latigazos en la espalda hasta que la piel le colgara en tiras. Obligaría a las Trece a presenciarlo, para demostrar que no podían defender a su heredera, y luego les daría el mismo tratamiento. Tal vez les echaría agua salada encima al terminar. Luego lo volvería a hacer, día tras día.

Manon dijo fríamente:

—Escuché un rumor de que había sido la mascota del duque, esa humana. Pero ella terminó incinerada en la explosión así que nadie lo puede confirmar. No quise perder tu tiempo con chismes y teorías.

—Ella estaba atada a él.

—Al parecer su fuego de las sombras no.

Fuego de las sombras, el poderoso don que hubiera derretido a sus enemigos en un instante si se combinaba con las torres de espejos de las brujas que estaban construyendo las tres matronas en el Abismo Ferian. Pero ahora que Kaltain ya no estaba… también había desaparecido la amenaza de la aniquilación absoluta.

Aunque el duque ya no toleraría a ningún otro superior ahora que el rey estaba muerto. Había rechazado la legitimidad del príncipe heredero.

Su abuela no dijo nada el resto del trayecto.

La otra pieza que estaba en juego en el tablero era el príncipe de ojos color zafiro que alguna vez había estado bajo el dominio de un príncipe del Valg. Ahora era libre. Y estaba aliado con esa joven reina de cabello dorado.

Llegaron a las puertas de la sala de consejo y Manon se deshizo de todos los pensamientos que tenía en la mente cuando los guardias inexpresivos les abrieron la puerta de roca negra.

Los sentidos de Manon se afilaron hasta alcanzar una calma asesina en el momento en que puso la mirada en la mesa de vidrio color ébano y en quien estaba detrás de ella.

Vernon: alto, delgado, siempre con una sonrisa burlona, vestido de verde Terrasen.

Y un hombre de cabello dorado con la piel pálida como el marfil.

No había señal del duque. El desconocido giró hacia ellas. Incluso su abuela se detuvo un instante.

No por la belleza del hombre, no por la fuerza de su cuerpo escultural ni por las ropas negras muy finas que estaba vistiendo. Sino por los ojos dorados. Iguales a los de Manon.

Los ojos de los reyes del Valg.

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Manon se fijó dónde estaban las salidas, las ventanas, las armas que podría usar cuando tuviera que pelear para salir de ahí. El instinto hizo que diera un paso frente a su abuela; el entrenamiento la hizo poner la mano sobre sus dos cuchillos antes de que el hombre de los ojos dorados pudiera siquiera parpadear.

Pero el hombre fijó esos ojos del Valg en ella. Sonrió.

—Líder de la Flota —dijo, y luego miró a su abuela e inclinó la cabeza—. Matrona.

La voz era lasciva, hermosa y cruel. Pero el tono, la exigencia que se podía percibir…

Algo en la sonrisa de Vernon parecía fingido, su tez bronceada lucía demasiado pálida.

—Quién eres tú —le preguntó Manon al desconocido en tono de orden más que de pregunta.

El hombre movió la barbilla en dirección a las sillas disponibles frente a la mesa.

—Sabes perfectamente bien quién soy, Manon Picos Negros.

Perrington. En otro cuerpo, de alguna manera. Porque…

Porque esa cosa asquerosa del otro mundo que a veces había alcanzado a observar a través de sus ojos… estaba aquí, encarnado.

El rostro tenso de la matrona le comunicó que ella ya había adivinado.

—Me cansé de estar usando esa piel fofa —dijo mientras se sentaba con gracia felina en la silla al lado de Vernon. Hizo un movimiento elegante con sus dedos largos y poderosos—. Mis enemigos saben quién soy. Es mejor que también lo sepan mis aliados.

Vernon inclinó la cabeza y murmuró:

—Mi lord Erawan, si le complace, permítame traer refrigerios para la matrona. Su viaje fue largo.

Manon miró al hombre alto y delgado. Les había dado dos regalos: respeto a su abuela y el nombre verdadero del duque: Erawan.

Manon se preguntó qué sabría de él Ghislaine, quien montaba guardia en el pasillo del otro lado de la puerta.

El rey del Valg asintió aprobatoriamente. El lord de Perranth se apresuró hacia una pequeña mesa de bufet que estaba contra la pared y tomó una jarra mientras Manon y la matrona se deslizaron a sus asientos frente al rey demonio.

Respeto: algo que Vernon no había ofrecido ni una sola vez sin una sonrisa burlona. Pero ahora…

Tal vez ahora que el lord de Perranth se había dado cuenta qué especie de monstruo lo tenía controlado, estaba desesperado por tener aliados. Sabía, quizá, que Manon podría haber participado en aquella explosión.

Manon aceptó las copas talladas en cuerno que Vernon puso frente a ellas, pero no bebió. Su abuela tampoco.

Del otro lado de la mesa, Erawan les sonrió ligeramente. No se le escapaba oscuridad ni corrupción, como si él fuera lo suficientemente poderoso para contenerla, ocultarla, excepto en esos ojos. Los mismos ojos de ella.

El resto de las Trece y el aquelarre de su abuela permanecieron en el pasillo. Solamente las Segundas se quedaron en la habitación cuando las puertas se volvieron a cerrar.

Atrapadas con el rey del Valg.

—Entonces —dijo Erawan mirándolas de arriba a abajo de una manera que obligó a Manon a apretar los labios para evitar que se salieran sus dientes de hierro—, ¿las fuerzas en el Abismo Ferian están preparadas?

Su abuela concedió una ligera inclinación de la barbilla.

—Empezarán a avanzar cuando se ponga el sol. Llegarán a Rifthold en dos días.

Manon no se atrevió a moverse de su asiento.

—¿Vas a enviar un ejército a Rifthold?

El rey demonio la miró con los ojos entrecerrados.

—Te voy a enviar a ti a Rifthold para que recuperes mi ciudad. Cuando hayas terminado tu encomienda, la legión de Ferian se quedará apostada allá bajo el mando de Iskra Piernas Amarillas.

A Rifthold. Para finalmente, finalmente, pelear. Para ver qué podían hacer sus guivernos en la batalla.

—¿Sospechan del ataque?

Una sonrisa inerte.

—Nuestras fuerzas se moverán demasiado rápido para que se alcancen a enterar.

Sin duda por eso se habían guardado la información hasta este momento.

Manon golpeó el piso de piedra con el pie, ansiosa por moverse, por dar órdenes a las demás para que empezaran con los preparativos.

—¿Cuántos aquelarres de Morath debo llevar al norte?

—Iskra sale con la segunda mitad de nuestra legión aérea. Creo que con unos cuantos aquelarres de Morath bastará.

Un desafío y una prueba.

Manon lo pensó.

—Volaré con mis Trece y dos aquelarres de escolta.

No había necesidad de que sus enemigos supieran cuántos aquelarres componían esa legión aérea, ni que viajaran todos ya que estaba segura de que sólo las Trece bastarían para arrasar con la capital.

Erawan solamente inclinó la cabeza para indicar su aprobación. Su abuela asintió de manera casi imperceptible, lo más cercano a la aprobación que jamás conseguiría de ella.

Pero Manon preguntó:

—¿Qué hay del príncipe?

Rey. El rey Dorian.

Su abuela le disparó con los ojos, pero el demonio respondió:

—Quiero que tú personalmente me lo traigas. Si sobrevive al ataque.

Ahora que su reina de fuego se había marchado, Dorian Havilliard y su ciudad estaban indefensos.

Eso le importaba poco a Manon. Era la guerra.

Debía pelear esta guerra y cuando terminara podría irse a casa, a los Yermos. Aun cuando este hombre, este rey demonio, probablemente no cumpliría su palabra.

Ya se encargaría de eso después. Pero antes… una batalla abierta. Ya escuchaba el canto salvaje en su sangre.

El rey demonio y su abuela empezaron a hablar de nuevo y Manon despejó su mente de la melodía ...