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LA ISLA DE ARTURO

Elsa Morante

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Fragmento

1

En la madrugada sonó mi teléfono dos veces: primero escuché una risa nerviosa y después un grito seguido de un gimoteo sin fin, de una mujer que parecía estar sufriendo demasiado para continuar viviendo o de alguien que ya había terminado de vivir. Corté ambas llamadas teniendo la certeza de que algo pasaba, aunque fuera dentro de una pesadilla, pero sabiendo que no era una pesadilla. El tercer sonido fueron unos golpes a la puerta dados por una mano que suponía que tenía que despertar al hombre que dormía en esa casa. Yo ya estaba despierto y encendí la luz. Miré por la ventana y entre la neblina vi las balizas azules de un auto de la policía estacionado al frente. Hacía frío, pero la urgencia por saber qué ocurría me hizo bajar la escalera en jeans y polera, sin zapatos. Antes de salir del dormitorio miré el celular en el velador, pero no recuerdo si pensé algo.

—Su hijo está muerto —me dijo un tipo vestido con una casaca, luego de preguntarme el nombre y enseñarme su identificación. Y me miró de arriba abajo temiendo quizás que me desmayara o terminara por sucumbir al frío del amanecer. De la boca del tipo salía un vaho caliente que se enfriaba enseguida.

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—¿Qué está diciendo? —le pregunté mirando las balizas azules que seguían girando en el techo del auto, donde había otro hombre que hablaba por la radio palabras que entendí a medias. Había oído lo que el tipo me dijo, perfectamente, pero me hice el sordo o el despistado o el choqueado porque necesitaba estar seguro.

—Su hijo está muerto —repitió el hombre con esa voz sin matices.

—¿Ah?

—Lo siento, señor.

Miré las casas del otro lado, las de mis vecinos, pero en ninguna había luz. Miré el cielo, pero el cielo no se veía por culpa de la neblina. Por último volví a mirar al policía, un hombre de unos treinta y cinco años, con un bigote que le sentaba mal y la niebla convertida en gotitas que le brillaban en las sienes.

—No entiende… —dije.

—¿Quiere entrar a su casa? —me preguntó él e hizo amago de subir el primer escalón para tomarme del brazo y guiarme hacia el interior. O algo así, lo primero que se le ocurre a alguien que viene a darle una noticia oscura a un hombre de cincuenta años.

—No entiende —insistí con alguna desesperación, fingida o no—. No sabe usted lo del teléfono.

—¿Qué teléfono?

—Oí una risa y después un grito.

—Por favor, señor, explíquese.

Lo miré a los ojos preguntándole por qué él podía ser tan ignorante y por qué un ignorante era el encargado de venir a comunicarme la muerte de mi hijo.

—Antes de que ustedes llegaran sonó mi celular, dos veces —le expliqué—. La primera vez oí una risa y la segunda un grito de una mujer. ¿Comprende?

—Claro.

—Sucedió hace media hora.

—La señorita está en el Servicio Médico Legal —le tocó explicarme—. El joven murió en su casa, por eso lo llamó a usted, pero no fue capaz de dar el mensaje.

Recién entonces me atreví a preguntarle:

—¿Cómo fue?

—Se cortó las venas en el baño de la casa de la señorita —dijo sin ninguna emoción. ¿Por qué no decía la mujer?

—¿Cuándo?

—Eso tendrá que determinarlo el informe de la autopsia.

En ese instante me arropó el frío del amanecer, una manta de hielo que me cayó sobre los hombros. Una pálida franja comenzaba a pintarse tras los cerros, una claridad que tristemente asocié con la blancura de los muertos, aunque no estaba triste, eso es lo curioso o lo repudiable en mi conducta.

—¿Estaba drogado, mi hijo?

—Eso tendrá que determinarlo el informe de la autopsia —repitió el hombre mirándome a los ojos.

—¿Y ella?

—Usted la verá en el Servicio Médico Legal.

—¿No puede adelantarme nada?

El policía sacudió la cabeza y luego dijo, como en plan de súplica:

—Póngase algo, señor, se puede resfriar. Póngase zapatos.

Me puse zapatos, chomba y un chaquetón encima; me eché al bolsillo el celular y apagué las luces de la casa. Me acomodé en el asiento trasero del auto, saludé al otro policía y partimos. La ciudad amanecía de a poco y con neblina, aunque la mayoría de las casas continuaba a oscuras. Las luces anaranjadas del alumbrado público le otorgaban un aire espectral a las calles, más todavía cuando nos cruzamos con dos buses que se dirigían al sur. Buses cerrados con la bruma líquida a modo de aletas en los costados.

Minutos después nos estacionamos frente al edificio del Servicio Médico Legal, pintado de blanco y con una luz a la entrada que iluminaba una puerta de aluminio con cristales opacos. Antes de ingresar me volví para mirar la franja de palidez y ver si había ensanchado o cambiado de color, pero no tuve suerte porque la neblina, más espesa de pronto, la había hecho desaparecer.

En silencio caminamos por un pasillo hecho de baldosas rojas y paredes desnudas, y que al final se abría a una especie de sala de espera con varios asientos y dos puertas cerradas.

—Puede sentarse si gusta —me dijo el policía.

—Estoy bien así —respondí.

—Por favor, evite fumar.

Me miró antes de dirigirse a una de las puertas donde golpeó apenas. Alguien le abrió y él entró. La puerta volvió a cerrarse, pero casi al mismo tiempo se abrió la otra y pude ver a dos mujeres. Una estaba vestida de blanco, de unos cuarenta años; la otra, que no aparentaba más de veinte, lucía demacrada y con el pelo ...