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PERIODISMO ESCRITO CON SANGRE

Javier Valdez Cárdenas

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Fragmento

Prólogo


La escritura perdurable de Javier Valdez

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla,
cuando menos se espera su turbia cuchillada.

MIGUEL HERNÁNDEZ

El 15 de mayo de 2017, bajo un sol implacable en la ciudad de Culiacán, fue ejecutado el periodista Javier Valdez Cárdenas. Obvio es decir que el asesinato fue un gesto salvaje de la delincuencia organizada para callar la voz incómoda que señaló con el mismo rigor y valentía los ajustes de cuentas y ejercicio sanguinario de quienes participan en la guerra del narco, así como las alianzas con policías, funcionarios, políticos y demás miembros de esa estructura implacable que responde con balas al razonamiento.

El cuerpo de Javier fue captado por numerosas cámaras y pronto llegó a muchísimos lugares del mundo, en plena calle, muy cerca de donde se encontraban las oficinas del periódico en el que trabajaba y del cual fue fundador, Ríodoce, abatido, con su sombrero tan cerca de él como el dolor, su cuerpo explica, corrobora, que decir la verdad es un acto de justicia y también la posible firma de la sentencia de muerte. El cuerpo de Javier entre la sangre y la tristeza también revela más cosas:

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Por desgracia no es el primero ni el último de los periodistas muertos en nuestro país por mostrar verdades crueles e incómodas a la sociedad. Días antes su amiga y también corresponsal de La Jornada, Miroslava Breach fue asesinada, meses antes Max Rodríguez, Rubén Espinosa, Regina Martínez… los motivos y los nombres son interminables. Es lamentable que la indiferencia se adelante a la justicia para enfrentar la barbarie, Javier Valdez y los suyos ahora son una cifra más, un expediente que nació gastado, sucio, muerto. Son ahora un número ascendente de periodistas, reporteros, fotoperiodistas, analistas sociales, críticos de una realidad política manchada por la corrupción y los excesos baleados o desaparecidos; un número más de periodistas muertos en este país donde prevalece la violencia, la impunidad y la desfachatez política.

Conocí a Javier Valdez en 2009. El primer contacto fue telefónico, nos enlazó la editora y novelista Orfa Alarcón, con la aprobación de nuestra gerente editorial, Patricia Mazón, buscábamos una voz que atendiera a las mujeres que participaban en el narco o sufrían su marcha fúnebre, mujeres que vivieran en las entrañas de esta barbarie como esposas, narcas, madres, víctimas, justicieras, levantadas, torturadas. Queríamos ir más allá de las amantes de los narcos, sus compañeras excelsamente maquilladas, sus novias impulsadas al cielo infernal por la ayuda de cosméticos y cirugías. Queríamos saber de seres humanos más terrenales, mujeres que abrieran su corazón para decir su verdad: en qué momento advirtieron la amenaza, cuándo fue que su hermano se metió al tráfico de drogas, a quién mató su novio, qué le hicieron los policías, dónde perdieron sus sueños, o mejor, dónde fueron levantados, violados, torturados…

La valentía y el impecable oficio periodístico de Javier Valdez fue quien reveló esas voces y esos ámbitos dolorosos.

Semanas después de nuestra comunicación por teléfono visitó la Ciudad de México y nos encontramos. De inmediato su presencia y simpatía llenaron el ambiente; sencillo, encantador, malhablado, travieso, era un niño grande, muy grande. Al verlo no pensabas que ese hombre cubría ejecuciones y levantones, la desolación de madres en busca de sus hijos, la derrota de los hermanos al descubrir el cadáver del padre. No imaginabas que en ese ser de alegría y abrazos había un lugar para la pesadilla, el horror de nuestra cotidianidad marcada por la violencia, y la muerte.

Con el equipo de Editorial Aguilar, entonces del grupo Santillana, trabajamos muy de cerca Miss Narco, el libro de Javier Valdez Cárdenas que lo posicionó como un periodista notable, implacable y conmovedor. El éxito del libro nos entusiasmó a todos, se desmarcaba de la frivolidad de algunas publicaciones que se ocupaban de la mujer en el narco para exaltar las operaciones al cuerpo femenino, sus avatares eróticos y los desenlaces fatales de estas mujeres voluptuosas. Miss Narco se hacía a un lado de ese contexto, incluso cuando habló de las reinas de belleza prevaleció la amargura, la desolación detrás de los reflectores y mostró los rostros de jóvenes soñadoras, de hermosa sencillez, ilusionadas, abolidas, abolladas, algunas muertas.

Después atrapó los criterios del mundo editorial con otro libro “premonitorio”, de amargos presagios: Los morros del narco. Justo cuando conversábamos sobre el segundo libro de Javier en editorial Aguilar y discutíamos la pertinencia de hablar sobre la participación de los niños y adolescentes en esta actividad extrema, se dio la detención de un niño narco dedicado a ejecutar al enemigo. Un niño de trece años más o menos, capaz de decapitar, dar muerte con la adrenalina en cada poro en cada cabello, en cada espacio de piel temblorosa, un niño verdugo.

Hablamos con Javier, estábamos ante una zona minada, un territorio de guerra creciente. Resultaba trágico y lamentable atender la vida de estos niños cuya inocencia vacilaba entre habitar el trauma o navegar en el estupefaciente. Así armó Valdez Cárdenas su segundo libro con nosotros, retrató a niños sicarios, se acercó a criaturas cuyos ojos extraviados buscaban en la sequedad del barrio la fe muerta, ofreció a los lectores los perfiles de tantos niños desdichados y con ello la certeza que nos deja helados: en ese contexto de abandono, miseria, promiscuidad y carencia es muy difícil, tal vez imposible que los niños elijan el colegio, la lectura, la esperanza de una vida mejor. Si vieron a su madre ultrajada, a su padre violento y alcoholizado, si a la mano está la droga, sin duda la puerta al abismo es más grande y no se requiere pasaporte al inframundo, a la noche más oscura del alma.

Después, con la incorporación al equipo de Aguilar de los editores David García y Andrea Salcedo, quienes también trabajaron directamente con él y aprobaron en cada libro su destreza y aciertos no sólo en la pluma –cada vez más afinada, puntual y emotiva–, también en los conceptos y rumbo de sus crónicas/reportajes/retratos de inmensa calidad humana, aun en las zonas más áridas, surgieron los libros: Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco y Narcoperiodismo. La mención de sus títulos me permite acercar a los lectores algunas consideraciones útiles para comprender la labor periodística de Javier Valdez Cárdenas: su evolución como periodista y los temas que destacan en su oficio.

El perfil del narcotraficante ha cambiado, hace algunas décadas eran hombres de vida discreta, lejos del mundanal ruido, ocupados en sus negocios y mantener un bajo perfil social, ajenos a la ostentación y los escándalos. Ya su vida era al límite como para tentar los reflectores y la posibilidad de delatarse o los delataran. Aquella vieja guardia creció y dio paso a otros integrantes. Muertos los padres, tíos, abuelos narcos, los jóvenes vieron la oportunidad de asentarse en los negocios de la familia, en el tráfico de drogas, la red de contactos, los acuerdos con narcos y políticos, con funcionarios y representantes de la ley. Con el asentamiento de cárteles llegaron las divisiones, la creación de otros grupos de narcos, las venganzas, la lucha por el territorio. Los miembros de las bandas, con cada vez más jóvenes en sus filas, dejaron el perfil en la penumbra que mantenían sus mayores y con actos de venganza, mantas, pintas, música alegórica de su nuevo territorio infernal, dejaron que las personas vieran su rostro. El mundo es de los jóvenes, dicen, y los narcos incendiaron la aldea social.

No haré una exégesis del fenómeno del narcotráfico pues Luis Astorga, Eduardo Buscaglia, José Reveles, Diego Enrique Osorno, Guillermo Valdés y tantos otros han realizado una tarea muy completa al respecto, sólo apunto algunas características que permiten situar a Javier Valdez Cárdenas en este orden del caos: la violencia no tiene límites, las ejecuciones se multiplican sin importar la luz del día o que los sitios de los asesinatos sean concurridos. A cualquier lugar que se dirija la mirada en este país, en mayor o menor grado, la delincuencia organizada tiene su despacho, suntuoso o humilde, luminoso o macabro, todo lo abarca el crimen, todo lo devora y su amenaza es implacable, indetenible, un botón de muestra: en alguna ciudad, en algún poblado es asesinado un periodista, los encargados del orden ofrecen protección a la familia y disponen de algunos elementos para resguardar la seguridad de los deudos. Y sí. En esa calle donde vivía la periodista o el reportero, a un lado, enfrente, a unos pasos, en la esquina… vive un narco al que todo mundo conoce; enfrente hay una casa de seguridad, patrullas hechizas recorren las calles con diabólica lentitud.

En ese mundo de vértigo y bruma, de calor agobiante o lluvia sucia se movía Javier Valdez Cárdenas. Su propósito: darle voz a los desposeídos, a las mujeres rendidas, a los huérfanos, a las madres que se resisten a enterrar, con los restos de su hijo, a la justicia. En este contexto Valdez Cárdenas, “El bato”, como le decían sus amigos, buscaba a las rastreadoras, entraba en su dolor; le preguntaba a los niños en qué ocupaban sus horas de orfandad; conversaba con policías receptores de tres, cinco, siete o más balazos, quienes aún se preguntan cómo sobrevivieron; aguardaba la respuesta de los drogadictos mientras miraba en sus pupilas la angustia, el trastorno existencial, el abandono, la desilusión…

A esas madres valientes se acercó Javier, mujeres que iban del forense a la comandancia, las que bebían rabiosas sus lágrimas para no olvidar; también a los taxistas que en busca del sustento para sus hijos vieron asomarse en la madrugada, de una troca silenciosa y lenta, la majestad de un cuernos de chivo; a los hermanos del levantado, del muchacho que no pudo pagar la deuda, no se puso a mano con “el bueno” y ahora muerde y remuerde el gusto amargo de la tierra, seco y reseco entre hierbajos, muerto y vuelto a morir arrumbado en cualquier pedazo del monte; a los padres de la enfermera alegre y de gran corazón cuya ayuda desinteresada la distinguía entre sus compañeros, a esa joven de mirada brillante cuya bala indiferente anidó en su cabeza para cerrar sus ojos tan llenos de luz…

Tres temas son esenciales en la obra de Javier Valdez Cárdenas: la infancia sin amparo, desolada y ahogada en los vicios, en la pobreza y la desesperanza; la condición femenina desde el punto de vista de la madre del narco, la hija del narco o la pareja del traficante, y la fractura familiar, los agujeros en el alma que deja no sólo la ráfaga en los cuerpos, también el enfrentar la muerte del padre, el hijo, el ser amado, cercano o no, delincuente o no, la ruptura familiar con su larga lista de complicaciones que van del dolor profundo y perdurable a las necesidades económicas si el padre, la madre o el hijo eran los surtidores.

Dos libros dedicó Javier a la condición infantil y sus tribulaciones: Los morros del narco y Huérfanos del narco. Además en sus otros volúmenes asomaban su tragedia niños desamparados, niños asesinos, niños drogados, niños inmersos en la vida miserable, la violencia y el destino fatal. Valdez Cárdenas, padre también, padre amoroso, lograba rescatar del rostro triste e infantil un perfil de honda aflicción, el encuentro con los niños resultaba devastador y de una ternura amarga, difícil de digerir.

Ocurría lo mismo cuando se acercaba a la joven que estuvo metida en el espejo de la fascinación violenta, cuando hablaba con la esposa del narco que la llenó de lujos, de celulares y perfumes caros, de ropa y bolsas de marca, que la llenó de relojes, alhajas carísimas, que la llenó de moretones, humillaciones y golpes al cuerpo y al alma; doblegaba la tristeza cuando atendía la voz de las madres ahogadas en su lucha por encontrar a sus hijos ejecutados o levantados, desaparecidos en el humo de los fusiles, en la sonrisa del sicario. Javier Valdez entraba en los rencores de las mujeres, en sus deseos marchitos, en las pasiones estrujadas de aquellas muchachas en flor que la delincuencia organizada redujo a cenizas, llanto y resentimiento.

Periodista y padre de familia, fue testigo del quiebre de ese núcleo frágil que constituye la familia, si moría el hijo, la sombra negra entraba en el hogar para llover desgracia sin freno, si la víctima era la hija, la dulzura dejaba su paso al resquemor, el odio, la sequedad del pastizal más seco en lugar de corazón. Los padres no conciben la vida sin sus hijos y la muerte de una hija los invitaba a morirse en vida, a dejar su espíritu en la tumba de su pequeña. Javier Valdez Cárdenas sabía lo que implicaba la fractura familiar, el suplicio del huérfano, el cuchillo existencial del hombre que no pudo salvar a su hermano porque ante todo, más allá de justicias y ausencias, al morir el ser querido arrastra hacia la tumba también a quienes compartieron con él o ella la comida, la construcción de la casa, el sueño de una vida mejor y menos dolorosa, el polvo, el terregal, el cuerpo arrastrado por los sicarios, el momento culminante de la ejecución.

Javier Valdez amaba a su familia y por eso conocía del dolor de quienes pierden al pilar del hogar, a la alegría del domingo en la mañana, a la mujer emblema de unión y perseverancia, por eso escribía de niños, mujeres, familias encriptadas en la violencia más perversa para revertir los exorcismos, para mostrarnos el gesto sincero, la palabra dicha desde la angustia, la mirada de polvo y las lágrimas eternas, con eso quería acercarse a nuestra comprensión, a nuestro corazón.

Con Javier Valdez el trabajo editorial fluía y siempre resultaba aleccionador. Sus crónicas, indagaciones, entrevistas, la búsqueda del dato duro se acompañaban, insisto, de una intención profundamente humana para tomar conciencia de las injusticias y la impunidad. Era un autor ejemplar. Bondadoso y a veces sentido, como esas novias de la adolescencia a las que no respondemos de inmediato sus mensajes y en el acto preparan su berrinche. Era sentido y generoso. Divertido y bueno. Como pocos autores, la verdad muy pocos, podías bromear, comprender su tristeza infantil porque no le contestabas sus mensajes. Memorables eran los días de cierre de sus libros, una vez que nos aprobaba el texto le enviábamos para su visto bueno la cubierta de su libro con textos y fotografía de autor incluida. La revisaba de inmediato, proponía minucias y se la enviábamos de nuevo, sólo para estar de acuerdo con el cierre: minutos después sonaba el teléfono –a veces nosotros le marcábamos– y una carcajada que era una fuente de dicha se escuchaba con gozo. Envuelto por la sonoridad de su gran risa nos decía con groserías que le había gustado mucho la foto de Brad Pitt con sombrero blanco que habíamos puesto en el lugar donde iba el retrato de “El bato”.

Ese hombre feliz, festivo y generoso era Javier Valdez Cárdenas, siempre dispuesto a la broma, siempre atento a las palabras de sus interlocutores, irrespetuoso y encantador, preciso y notable en su forma de hacer periodismo, con esa energía de quien se guarda sus aflicciones –claro que las tenía–, sus preocupaciones y penas, para convidar a los demás la parte avasallante, risueña de su ser digno y valiente.

Esta antología reúne una serie de trabajos periodísticos que muestran el oficio y la evolución de este escritor tenaz y certero. Armarla no fue sencillo, hice a un lado crónicas impresionantes y reportajes entrañables, traté de verlo con ojos críticos y dejé historias memorables, profundamente humanas, todas conmovedoras. De la primera revisión salieron 800 páginas aproximadamente, después cerca de 500, este es el resultado final. Como en toda antología habrá quienes consideren que faltan textos, traté de ceñirme a sus temas y preocupaciones, al encuentro frontal y emotivo con personas que arman el escenario de la delincuencia organizada y desde varios ángulos. El orden de los textos es cronológico y al final se señala el libro de origen.

El propósito es ofrecer un ejemplo de lo que este cabrón y gran bato dejó para nosotros: la crónica desde el infierno, el retrato desde la búsqueda de los muertos, el gesto de un México bárbaro, donde la vida se derrite bajo el calor implacable o se pierde en las aceras de grandes ciudades donde los edificios ocultan el levantón, el arponazo o la ejecución… Los textos son lecciones de periodismo, de constancia en el trabajo de la escritura, de trabajo tenaz y valiente; sin duda, lecciones de vida incuestionables.

El 15 de mayo de 2017 fue asesinado en Culiacán, Javier Valdez Cárdenas, nos quedamos con sus libros valiosos, con sus testimonios intensos y esa carcajada que todo lo abarca; nos quedamos con su honestidad y bondad, con ese abrazo fuerte, celebratorio y el ejemplo de que a la escritura desde el corazón no la silencian los balazos.

Claudia


Claudia tenía 35 años. Nació en un pueblito cercano a la serranía, en un pequeño valle del municipio de San Ignacio, Sinaloa, a poco más de cincuenta kilómetros del puerto de Mazatlán. Emigró muy joven a la ciudad para estudiar la preparatoria y luego Ciencias de la Comunicación.

Su último puesto en las tareas periodísticas lo tuvo en un noticiero de radio, de emisión matutina, a mediados de los 90.

“Ella me decía, insistentemente, ‘si me entero que te quieren matar, te aviso. Si me entero, me llega la noticia, te llamo. Pero te tienes que ir en ese momento, a la central de autobuses, al aeropuerto. Fuera de la ciudad, del estado, del país... si me entero que te quieren a matar’ y vea lo que pasó”, contó un reportero, amigo de la víctima. La identidad de este periodista se mantiene en el anonimato, por temor a represalias.

Claudia estaba preocupada por este amigo suyo, quien había publicado reportajes sobre el narcotráfico en Culiacán: esa maraña que se extiende a servidores públicos que operan como cómplices del crimen organizado, los policías que hacen el trabajo sucio, como ajustes de cuentas, y los sicarios “sueltos” que, jóvenes y ufanos, matan por capricho o por nimiedades, en cualquier calle o plaza comercial, frente a la familia, junto a niños y mujeres embarazadas, dueños de vidas, concesionarios únicos de la muerte.

“Alguna vez”, agregó el periodista, “ella comentó que todo estaba muy podrido, y se lamentó por los altos riesgos que corre un reportero, sobre todo porque el gobierno y la policía, encargados de aplicar la ley, están al servicio del narco”.

Los ataques contra periodistas son frecuentes. Un caso es el del reportero Alfredo Jiménez, quien trabajaba en el diario El Imparcial, de Hermosillo, Sonora, y había laborado en los rotativos Noroeste y El Debate, en Culiacán. Jiménez se encuentra desaparecido desde los primeros días de abril de 2005. El periodista había publicado reportajes sobre los narcos y su complicidad con el gobierno local.

“Claudia hablaba y parecía temblar”, comentó el periodista entrevistado, “cada que se acordaba de casos como el de Jiménez, pero no lloraba, su forma de llorar era amar a sus amigos, cuidar a los suyos, solidarizarse con sus broncas, guarecerlos, abrazarlos, darles sombra y cobijo, y palabras de aliento, dinero, ride, un desayuno, una baguette, una comida, el café, el boleto para el cine.

”E insistía: ‘Hay mucha gente en la calle, desmadrosa. Ves que están matando muchos chavos. Son morros cagados, algunos de ellos de 15, 16 años. Plebes. Plebillos que no saben ni qué es la vida. Que quieren lana, mucha lana. Traer esas camionetonas. La pistola nueve milímetros fajada. El cuerno a un lado. La música en la altura de los decibeles. Las morras pegadas, encima, sobándoles las verijas. Enjoyados, con una colgadera de oro por todos lados. Borrachos, cocos, mariguanos, que le entran al cristal y a la heroína. Que les dicen a sus jefes siempre que sí. Que andan de aprontados. Son chavos que están locos. Plebes, muchachos que siempre circulan acelerados, rebasando, cruzándose en el camino, que disparan sin importar si hay algún inocente a un lado, si alguien que no tenga nada qué ver pueda ser alcanzado por los proyectiles. Ellos disparan y ya.’”

Claudia era de mediana estatura, morena clara, bien formada: caderas como mausoleos corvos, piernas firmes y torneadas, y un talle que nadie quisiera dejar de recorrer.

Quienes la conocieron aseguran que la mayor virtud de Claudia era su inteligencia: esa mirada que parecía languidecer cuando su boca se abría para expresar lo que sentía, atrapaba los ojos de otros, tiraba de sus cerebros, daba toques eléctricos en los sentidos de sus interlocutores. Claudia era segura. Tenía la seguridad que le había dado el conocimiento, sus lecturas, ese estante de libros exprimidos y esa perspectiva crítica, terca, de cuestionarlo todo, dudarlo, y sospechar. Cuando hablaba lanzaba dardos: dardos envenenados, son como virus que llegan al otro y lo contaminan, cooptan, tambalean y enferman. Palabras y conocimiento que hacen dudar. Sus interlocutores, cuentan amigos y familiares, se alejaban de ella, como heridos, trastabillando, ladeados, pensando, hurgando, y al fin cuestionando. Cuestionándolo todo.

Gabriel García Márquez y José Saramago eran sus favoritos. Pero igual llegaron a sus manos libros que disfrutó y recomendó, como aquel de Arturo Pérez Reverte, por su historia de la narca aquella, Teresa Mendoza, Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa y Rubem Fonseca.

Tenía además una preocupación social. Rabia frente a la opulencia y la frivolidad, y era generosa y solidaria ante la desgracia, la pobreza y el dolor.

“Ella pensaba que todo esto podía cambiar, que las cosas podían mejorar, pero estaba segura de que la gente debía hacer algo, asumir su responsabilidad, actuar, moverse, manifestarse, criticar, y no conformarse”, dijo uno de sus hermanos.

Claudia, en su calidad de comunicadora, patrulló las calles culichis con su grabadora, esa bolsa en la que cargaba su vida y la libreta para anotarlo todo. Así conoció el mundillo político local, la truculencia entre los protagonistas –periodistas, dirigentes, funcionarios, jefes policiacos, buscachambas, besamanos, culopronto y demás especímenes hedientos–, y los ubicó bien, a cada quién en su lugar, para detestarlos e incluirlos en la galería del horror, su personalísima colección de maldiciones, condenas y condenados.

Pero no se arredraba. Andaba de chile bola, de arriba para abajo, asumiendo la dinámica miserable de todo reportero, sea bueno o malo: comer a deshoras, desayunar aprisa, tomar mucho café, leer al vapor los boletines oficiales. Luego vinieron desvelos, malas pagas, dolores estomacales por la colitis, ceño fruncido por la gastritis.

“Ni modo, así es la chamba”, decía, resignada.

La ciudad de Culiacán ardía. Cuarenta y cinco grados centígrados a la sombra. El chapopote parecía derretirse. Los que esperaban la luz verde del semáforo peatonal parecían desvanecerse. Los carros, vistos a lo lejos, casi se evaporaban: derretidos, amorfos, fantasmas de metal y motor, de plásticos y fierros, gusanos de humo, con llantas y frenos, cristales y música estereofónica.

Era octubre de 2007. Sinaloa tiene un promedio diario de dos o tres asesinatos. La mayoría, por no decir que todos, están relacionados con el narcotráfico. Algunas autoridades estatales han dicho que “al menos” un 80 por ciento de estos homicidios tienen nexos con el crimen organizado, específicamente con el tráfico de drogas. Sin embargo, la cifra puede llegar al 90 por ciento. Y más.

Tierra del AK-47, también conocido como “cuerno de chivo”. Fusil dilecto y predilecto: muchas canciones en torno a esta arma se han compuesto, los gatilleros le declaran su amor y algunos, en los narcocorridos, le confieren vida propia. Primer lugar en la lista de armas homicidas: el cuerno. Y en segundo, tercero y cuarto quedan armas calibre .45, .9 milímetros y .38 súper.

Un mes antes, en septiembre, se habían sumado a las estadísticas 54 homicidios, en un estado que en promedio acumula 600 al año y que ve cómo se disparan las ejecuciones en diciembre y enero, cuando muchos que han emigrado a otros estados y países, como Estados Unidos, vuelven esperando que sus deudas hayan sido perdonadas u olvidadas. Pero no, las cuentas siguen pendientes, listas para ser cobradas.

En la entidad hay un operativo especial que se llama México Seguro, en el que participan efectivos del Ejército Mexicano, de la Policía Federal y corporaciones locales. El objetivo es bajar el índice de criminalidad, especialmente los homicidios, ganarle terreno al narco, decomisar armas y drogas.

Pese a esto fueron 54 asesinatos en un mes.

El periodista Óscar Rivera fue asesinado el 5 de septiembre después de salir de Palacio de Gobierno. Rivera se desempeñaba como vocero del operativo del ejército y las fuerzas federales. Ese día circulaba en una camioneta Suburban cuando fue atacado a balazos de carro a carro sobre la avenida Insurgentes, a una cuadra de la Unidad Administrativa, sede del gobierno estatal.

Un día antes, en El Habal, Mazatlán, un grupo de gatilleros masacró a cuatro integrantes de una familia. Los pistoleros mataron a Alfredo Gárate Patrón, a su esposa Alejandra Martínez y a sus dos hijos, ambos menores de edad.

El 6 de septiembre fue ejecutado de un balazo en la cabeza Ricardo Murillo Monge, quien era el secretario general del Frente Cívico Sinaloense, organismo ciudadano que dirige Mercedes Murillo, hermana del hoy occiso, dedicado desde la década de los noventa a promover y defender los derechos humanos.

Es el narco y sus semillas del terror. Por eso los narcomensajes y los perros decapitados que le dejaron al general Rolando Eugenio Hidalgo Eddy, comandante de la Novena Zona Militar, no sólo frente al cuartel, sino en sectores céntricos. Dos de ellas tenían la leyenda “O te alineas o te alineo. Gral. Eddy. O copela o cuello”, y “… sigues tú, Eddy”.

Son los dueños de las calles, de los restaurantes, de las chavas. Los q ...