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¿QUIéN SOY YO PARA JUZGAR?

Papa Francisco

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Fragmento

El peligro de juzgar

¿El peligro cuál es? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarles a muerte, en lugar de perdonar. ¡Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre! Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enfada con el padre que le ha acogido y hace fiesta.

Si en nuestro corazón no hay la misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios, su alegría: perdonar. ¡Nos espera siempre! Tal vez alguno en su corazón tiene algo grave: «Pero he hecho esto, he hecho aquello...». ¡Él te espera! Él es padre: ¡siempre nos espera!

Si nosotros vivimos según la ley «ojo por ojo, diente por diente», nunca salimos de la espiral del mal. El Maligno es listo, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar el mundo. En realidad sólo la justicia de Dios nos puede salvar. Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo.

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¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez por todas al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).

Os pido algo, ahora. En silencio, todos, pensemos... que cada uno piense en una persona con la que no estamos bien, con la que estamos enfadados, a la que no queremos. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, oremos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona.

Angelus, 15 de septiembre de 2013

Mirar más allá

El Evangelio que hemos escuchado de la pecadora que derrama el ungüento perfumado a los pies de Jesús (cf. Lc 7, 36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la impulsa a acercarse.

Esta mujer encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad divina para recibir el perdón. Para ella no habrá ningún juicio, sino el que viene de Dios, y éste es el juicio de la misericordia. El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la justicia.

Simón, el dueño de casa, el fariseo, al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo está calculado, todo pensado... Él permanece inmóvil en el umbral de la formalidad. Su juicio acerca de la mujer lo aleja de la verdad y no le permite ni siquiera comprender quién es su huésped. Se detuvo en la superficie —en la formalidad—, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la parábola de Jesús y la pregunta sobre cuál de los servidores había amado más, el fariseo respondió correctamente: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y Jesús no deja de hacerle notar: «Has juzgado rectamente» (Lc 7, 43). Sólo cuando el juicio de Simón se dirige al amor, entonces él está en lo correcto.

La llamada de Jesús nos impulsa a cada uno de nosotros a no detenerse jamás en la superficie de las cosas, sobre todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a centrarnos en el corazón para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen el camino para acceder a ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón.

Homilía, 13 de marzo de 2015

La misericordia antes del juicio

Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. ¡Es Él el que nos busca! ¡Es Él el que sale a nuestro encuentro!

Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánto se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum, 12, 24) Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia.

Que el atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo.

Homilía en ocasión de la apertura de la Puerta Santa,

8 de diciembre de 2015

El juicio de los pequeños

Oremos intensamente al Señor, que nos sacuda, para hacer de nuestras familias cristianas protagonistas de esta revolución de la cercanía familiar, que ahora es tan necesaria. De ella, de esta cercanía familiar, desde el inicio, se fue construyendo la Iglesia. Y no olvidemos que el juicio de los necesitados, los pequeños y los pobres anticipa el juicio de Dios (Mt 25, 31-46). No olvidemos esto y hagamos todo lo que podamos para ayudar a las familias y seguir adelante en la prueba de la pobreza y de la miseria que golpea los afectos, los vínculos familiares. Quisiera leer otra vez el texto de la Biblia que hemos escuchado al inicio; y cada uno de nosotros piense en las familias que son probadas por la miseria y la pobreza. La Biblia dice así: «Hijo, no prives al pobre del sustento, ni seas insensible a los ojos suplicantes. No hagas sufrir al hambriento, ni exasperes al que vive en su miseria. No perturbes un corazón exasperado, ni retrases la ayuda al indigente. No rechaces la súplica del atribulado, ni vuelvas la espalda al pobre. No apartes los ojos del necesitado, ni les des ocasión de maldecirte» (Eclo 4, 1-5). Porque esto será lo que hará el Señor —lo dice en el Evangelio— si nosotros hacemos estas cosas.


Audiencia General, 3 de junio de 2015

Juicio y condena

Juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía. Y Jesús define precisamente como «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar. Porque, la persona que juzga se equivoca, se confunde y se convierte en una persona derrotada.

Quien juzga se equivoca siempre. Y se equivoca, porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez. En la práctica, cree tener el poder de juzgar todo: las personas, la vida, todo. Y con la capacidad de juzgar considera que tiene también la capacidad de condenar.

El Evangelio refiere que juzgar a los demás era una de las actitudes de esos doctores de la ley a quienes Jesús llama «hipócritas». Se trata de personas que juzgaban todo. Pero lo más grave es que obrando así, ocupan el lugar de Dios, que es el único juez. Y Dios, para juzgar, se toma tiempo, espera. En cambio estos hombres lo hacen inmediatamente: por eso el que juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él. No sólo se equivoca; también se confunde. Y está tan obsesionado con eso que quiere juzgar, de esa persona —tan, tan obsesionado—, que esa pajita no le deja dormir. Y repite: «Pero yo quiero quitarte esa pajita». Sin darse cuenta, sin embargo, de la viga que tiene él en su propio ojo. En este sentido se confunde y cree que la viga sea esa pajita. Así que quien juzga es un hombre que confunde la realidad, es un iluso.

No sólo eso. El que juzga se convierte en un derrotado y no puede sino terminar mal, porque la misma medida se usará para juzgarle a él, como dice Jesús en el Evangelio de Mateo.

Y ¿cuál es la derrota? La de ser juzgado con la misma medida con la que él juzga, porque el único que juzga es Dios y aquellos a quienes Dios les da el poder de hacerlo. Los demás no tienen derecho de juzgar. Porque quien juzga acusa siempre. En el juicio contra los demás siempre hay una acusación. Exactamente lo opuesto de lo que Jesús hace ante el Padre. En efecto, Jesús jamás acusa sino que, al contrario, defiende.

Así, si queremos seguir el camino de Jesús, más que acusadores debemos ser defensores de los demás ante el Padre. Pero sobre todo, no juzgues, porque si lo haces, cuando tú hagas algo malo, serás juzgado. Es una verdad que es bueno recordar en la vida de cada día, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los demás, de criticar a los demás, que es una forma de juzgar.

Meditación matutina en la capilla de la Domus Sanctae Marthae,

23 de junio de 2014

Callar

El Señor es nuestro juez y si te viene a la boca una palabra de opinión sobre uno u otro, cierra la boca. El Señor nos ha dado este consejo: «No juzguéis y no seréis juzgados». Convivir con la gente con simplicidad, acoger a todos.

¿Por qué acoger a todos? Para ofrecer la experiencia de la presencia de Dios y del amor de los hermanos. La Evangelización necesita ser fuertemente acogida, necesita cercanía, porque es uno de los primeros signos de la comunión de los cuales somos testigos después del encuentro con Cristo en nuestra vida.

Discurso, 5 de septiembre de 2015

No a las habladurías

La mansedumbre en la comunidad es una virtud un poco olvidada. Dejar con mansedumbre el lugar al otro. Hay muchos enemigos de la mansedumbre, empezando por los chismes, ¿no? Cuando se prefiere hablar y hablar del otro, castigar al otro. Son cosas cotidianas que le pasan a todos, incluso a mí. Son tentaciones del maligno que no quiere que el Espíritu venga entre nosotros y nos otorgue esta paz, esta mansedumbre en las comunidades cristianas. Vamos a la iglesia, y las señoras del catecismo luchan contra las de Cáritas. Y siempre existen estas luchas. También en la familia o en el barrio. Igual entre amigos. Eso no es la vida nueva.

Cuando llega el Espíritu y nos regenera para una vida nueva, nos hace ser caritativos unos con otros. No juzgar a nadie: el Señor es el único juez. La sugerencia es callar. Y si tengo que decir algo, se lo digo a él, a ella, no a todo el barrio, sino sólo a quien puede remediar la situación.

Esto es solamente un paso hacia la vida nueva, pero es el paso de todos los días. Si con la ayuda del Espíritu logramos evitar las habladurías, será un gran paso adelante. Y será bueno para todos. Pedimos al Señor que haga tangible a nosotros y al mundo la belleza y la plenitud de esta vida nueva, del nacer del Espíritu que llega a la comunidad de los creyentes y los hace caritativos unos con otros, respetuosos, dejando con mansedumbre el lugar al otro. Pidamos la gracia para todos nosotros.

Meditación matutina en la capilla de la Domus Sanctae Marthae,

9 de abril de 2014

Si una persona es gay…

Se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga «gay» en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa, y dice: «No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad». El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos, porque éste es uno, pero si hay otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobbies. Éste es el problema más grave para mí.

Conferencia de prensa durante el vuelo de regreso de Río de Janeiro,

28 de julio de 2013

Ampliar el corazón

¿Qué significa ampliar el corazón? Ante todo, al reconocerse pecadores, no se mira a lo que hicieron los demás. Y la pregunta de fondo es ésta: «¿Quién soy yo para juzgar esto? ¿Quién soy yo para criticar sobre esto? ¿Quién soy yo, que hice las mismas cosas o peores?». Por lo demás, el Señor lo dice en el Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida generosa, colmada, remecida y rebosante será echada en vuestro delantal». Ésta es la generosidad del corazón que el Señor presenta a través de la imagen de las personas que iban a buscar el trigo y estiraban el delantal para recibir de más. En efecto, si tienes el corazón amplio, grande, puedes recibir más. Y un corazón grande no se enreda en la vida de los demás, no condena, sino que perdona y olvida, precisamente como Dios ha olvidado y perdonado mis pecados.

Es éste el camino de la misericordia que debemos pedir. Si todos nosotros, los pueblos, las personas, las familias, los barrios, tuviésemos esta actitud ¡cuánta paz habría en el mundo, cuánta paz en nuestros corazones, porque la misericordia nos conduce a la paz!

Acordaros siempre: ¿Quién soy yo para juzgar a los demás? ¡Avergonzarse y ampliar el corazón, el Señor nos conceda esa gracia!

Meditación matutina en la capilla de la Domus Sanctae Marthae,

17 de marzo de 2014

Comprensión y perdón

Comprendo a las víctimas y a las familias que no han conseguido perdonar o que no quieren perdonar…

Sí, los comprendo. Los comprendo, rezo por ellos y no los juzgo. No los juzgo, rezo por ellos. Una vez, en una de estas reuniones, me encontré con varias personas y una mujer me dijo: «Cuando mi madre se enteró de que me habían abusado, blasfemó contra Dios, perdió la fe y murió atea». Yo comprendo a esa mujer. La comprendo. Y Dios, que es más bueno que yo, la comprende. Y estoy seguro de que a esa mujer Dios la ha recibido. Porque lo que fue manoseado, lo que fue destrozad ...