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UN PEQUEñO FAVOR

Darcey Bell

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Fragmento

Post en el blog: ¡Urgente!

¡Hola, mamás!

Ésta es una publicación diferente a todas las que he hecho hasta ahora. No es que sea más importante, ya que lo que le pasa a nuestros hijos —sus ceños fruncidos y sus sonrisas, sus primeros pasos y sus primeras palabras— es la cosa más importante en el mundo.

Digamos que esta publicación es... MÁS URGENTE. Mucho más urgente.

Mi mejor amiga desapareció, lleva dos días desaparecida. Se llama Emily Nelson. Como saben, nunca menciono los nombres de mis amigos en el blog, pero ahora, por razones que pronto entenderán, estoy dejando de lado (temporalmente) mi estricta política de respetar el anonimato.

Miles, mi hijo, es el mejor amigo de Nicky, el hijo de Emily. Ambos tienen cinco años. Nacieron en abril, así que empezaron a ir a la escuela unos cuantos meses después de lo normal y son un poco más grandes que los otros niños en su grupo. Yo diría que son más maduros. Miles y Nicky son todo lo que una madre desea. Decentes, honestos, amables; cualidades —que me disculpen los hombres, si están leyendo esto— que no son tan comunes en los chicos.

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Los niños se conocieron en la escuela. Emily y yo nos conocimos cuando íbamos por ellos a la hora de la salida. Es raro que los niños se hagan amigos de los hijos de las amigas de su mamá, o que las mamás se hagan amigas de las madres de los amigos de sus hijos. Pero esta vez sucedió. Emily y yo tuvimos suerte. Por algo que tenemos en común, no somos las mamás más jóvenes. Tuvimos nuestros hijos a los treinta y tantos, ¡cuando nuestro reloj biológico estaba caducando!

A veces Miles y Nicky inventan obras de teatro y las actúan. Yo dejo que las graben con mi celular, aunque usualmente soy cuidadosa con el tiempo que los niños dedican a los aparatos electrónicos, que son un gran reto para la crianza moderna. Hicieron “Las aventuras de el Incomparable Dick”, una asombrosa comedia de detectives. Nicky era el detective; Miles, el delincuente.

—Soy el Incomparable Dick, el detective más inteligente del mundo —dijo Nicky.

—Soy Miles Mandíbula, el delincuente más malvado del mundo —respondió Miles, actuando de villano en un melodrama victoriano, en el que se reía con voz grave muchas veces. Se persiguieron alrededor del jardín fingiendo que se disparaban (¡sin pistolas!) con los dedos. Estuvo fantástico.

¡Sólo deseé que el papá de Miles —Davis, mi difunto esposo— hubiera podido verlo!

A veces me pregunto de dónde sacó Miles sus habilidades actorales. Supongo que de su papá. Una vez observé a Davis mientras daba una presentación a unos clientes potenciales, y quedé sorprendida de lo energético y animado que era. Pudo haber sido uno de esos guapos actores jóvenes encantadoramente bobos con cabello lacio y brillante. Conmigo era diferente. Más él mismo, supongo. Callado, amable, divertido, atento, aunque bastante testarudo, sobre todo cuando discutíamos sobre los muebles. Pero eso parecía natural, después de todo era un diseñador y arquitecto exitoso.

Davis era un ángel perfecto. Excepto alguna ocasión, quizá dos.

Nicky dijo que su mamá les ayudó a inventar a el Incomparable Dick. A Emily le encantan las historias de detectives y los thrillers. Los lee en el tren suburbano MetroNorth rumbo a Manhattan, cuando no tiene que estudiar para una junta o una presentación.

Yo solía leer antes de que Miles naciera. De vez en cuando agarro algo de Virginia Woolf y leo unas cuantas páginas para recordar quién solía ser —quién soy todavía, espero—. Debajo de las fiestas infantiles, los desayunos escolares, las tempranas horas de dormir, está la chica que vivía en Nueva York y trabajaba en una revista. Una persona que tenía amigos, que los fines de semana salía al brunch. Ninguno de esos amigos tiene hijos, nadie se ha mudado a los suburbios. Perdimos comunicación.

La escritora favorita de Emily es Patricia Highsmith. Puedo entender por qué le gustan sus libros; son adictivos. Pero muy estresantes. El personaje principal usualmente es un asesino, un acosador o una persona inocente evitando ser asesinada. El que yo leí era sobre dos tipos que se encuentran en un tren. Ambos acuerdan cometer un asesinato para hacerse un favor uno al otro.

Estaba dispuesta a dejarme atrapar por el libro pero no lo terminé. Aun así, cuando Emily me preguntó al respecto, le dije que me encantó.

La siguiente vez que fui a su casa, vimos en DVD la película de Hitchcock basada en la novela. Al principio me preocupé, ¿y si Emily quería hablar de las diferencias entre la película y el libro? Pero la película me cautivó. Una escena, en la que un carrusel está fuera de control, me pareció demasiado escalofriante para verla.

Emily y yo estábamos sentadas en lados opuestos de su enorme sofá, nuestras piernas estaban estiradas, había una botella de buen vino blanco en la mesa de centro. Cuando ella me vio mirando la escena del carrusel a través de la separación entre mis dedos, me sonrió y levantó su pulgar. Disfrutaba verme asustada.

Yo no podía dejar de pensar: “¿Y si Miles estuviera en ese carrusel?”.

Después de que terminó la película le pregunté a Emily:

—¿Crees que la gente haga cosas así en la vida real?

Emily rio.

—Dulce Stephanie, te asombrarías de lo que la gente puede hacer. Cosas que nunca admitirían ante nadie, ni siquiera ante ellos mismos.

Quería decirle que yo no era tan dulce como ella pensaba, que también había hecho cosas malas. Pero estaba demasiado sorprendida para hablar, sonaba demasiado parecida a mi madre.

Las mamás saben qué difícil es pasar una noche de buen descanso sin tener historias de miedo repicando en nuestras cabezas. Siempre le prometí a Emily que leería más libros de Highsmith, pero ahora desearía no haber leído ese. Uno en el que la víctima de asesinato era la prometida de otro chico.

Y cuando tu mejor amiga desaparece, no es algo en lo que quieras pensar demasiado. No es que piense que Sean, el esposo de Emily, podría lastimarla. Obviamente ellos tenían problemas. ¿Qué matrimonio no los ha tenido? Y Sean no es mi persona favorita. Pero básicamente es un tipo decente —creo.

Miles y Nicky van al mismo jardín de niños, la excelente escuela pública de la que he blogueado varias veces. No la escuela de nuestro pueblo que tiene problemas de financiamiento debido a que la población (envejecida) local votó por bajar el presupuesto escolar, sino el mejor colegio, en el pueblo de al lado, no muy lejos de la frontera de Nueva York y Connecticut.

Debido al reglamento de urbanismo nuestros hijos no pueden tomar el autobús escolar. Emily y yo los llevamos en la mañana. Yo recojo a Miles todos los días. Los viernes, Emily trabaja medio día, así que puede recoger a Nicky; a menudo ella, yo y los chicos hacemos cosas divertidas, como ir por una hamburguesa o a jugar minigolf los viernes por la tarde. Su casa está a diez minutos de la mía en auto. Somos prácticamente vecinas.

Me encanta estar en la casa de Emily, estirarme en su sofá, desde el que una de las dos se levanta frecuentemente para verificar que los niños estén bien. Me encanta la manera en que mueve las manos mientras habla. La forma en la que la luz parpadea sobre su hermoso anillo de diamante y zafiro. Hablamos mucho sobre la maternidad. Nunca se nos terminan los temas de conversación. Es tan emocionante tener una amiga de verdad que a veces olvido lo solitaria que estaba antes de conocerla.

Durante el resto de la semana Alison, la niñera de medio tiempo, recoge a Nicky de la escuela. Sean, el esposo de Emily, trabaja hasta tarde en Wall Street. Emily y Nicky tienen suerte si alguna vez Sean llega a tiempo para cenar con ellos. En esos días raros en los que Alison se enferma, Emily me manda un mensaje y yo la remplazo. Los chicos van a mi casa hasta que Emily pueda regresar a la suya.

Quizás una vez al mes, Emily tiene que quedarse hasta tarde en el trabajo. Y dos veces, tal vez tres, ha tenido que estar fuera de la ciudad durante una noche completa.

Como esta vez. Antes de su desaparición.

Emily trabaja en relaciones públicas en Manhattan para un diseñador de modas famoso, cuyo nombre es prudente no mencionar. De hecho ella es la directora de relaciones públicas de un diseñador de modas muy famoso. Intento ser consciente y no mencionar marcas en el blog, debido a que eso genera problemas de confianza; mencionar marcas para impresionar es una actitud muy desagradable. También por eso me he negado a aceptar publicidad.

Incluso si ella está retrasada o en una junta, me escribe cada par de horas, suele llamar cuando tiene un minuto libre. Es ese tipo de mamá. No es posesiva, ni controladora, ni cualquier otra expresión negativa que la sociedad usa para juzgar y castigarnos por amar a nuestros hijos.

Cuando Emily regresa a la ciudad después del trabajo, siempre va directo de la estación hacia mi casa para recoger a Nicky. Tengo que recordarle que maneje dentro del límite de velocidad. Cuando su tren está retrasado, me manda un mensaje. ¡Constantemente! En qué estación va, su tiempo estimado de llegada, hasta que le contesto: NO TE PREOCUPES. LOS CHICOS ESTÁN BIEN. LLEGA AQUÍ CUANDO SEA. BUEN CAMINO.

Han pasado dos días en los que ella no ha aparecido, ni se ha comunicado conmigo, ni siquiera ha respondido mis mensajes o llamadas. Algo terrible ha sucedido. Ha desaparecido. No tengo idea de dónde esté.

Mamás, ¿Emily les parece el tipo de madre que dejaría a su hijo y desaparecería durante dos días sin escribir, ni llamar, o contestar a mis mensajes o a mis llamadas? Algo está mal, ¿no les parece?

Bueno, tengo que irme, huelo galletas de chispas de chocolate quemándose en el horno. Pronto les contaré más.

Las quiere,

Stephanie

Post en el blog: ¿Dónde vivimos ahora?

¡Hola, mamás!

Hasta ahora he intentado no mencionar el nombre de nuestro pueblo. La privacidad es tan valiosa y escasa en estos días. No quiero sonar paranoica pero incluso en un pueblo como el nuestro podría haber cámaras escondidas observando qué marca de tomates enlatados compramos. Especialmente en nuestro pueblo. La gente asume que es un pueblo rico porque está en la zona privilegiada de Connecticut, pero no es tan rico. Emily y Sean tienen dinero. Yo tengo suficiente para vivir con lo que mi esposo Davis me dejó. Otra de las razones por las que puedo permitirme bloguear sin que se trate de un negocio.

Pero la desaparición de Emily lo transforma todo y porque alguien cerca de nosotros pudo haberla visto, así que estoy frenética y siento que necesito decirlo: Warfield. Warfield, Connecticut. Está a dos horas de Manhattan en MetroNorth.

La gente se refiere a la zona como un suburbio, pero yo, que crecí en los suburbios y viví en la ciudad, siempre he sentido que es el campo. He blogueado sobre cómo Davis me arrastró desde la ciudad hasta aquí mientras yo pataleaba y gritaba. Pasé años intentando salir de los suburbios. He blogueado sobre cómo me enamoré de mi vida de campo. Sobre lo fantástico que se siente despertar con el sol entrando por una ventana colonial que Davis restauró sin tener que sacrificar ninguno de los detalles de la época; y cómo me encanta beber té mientras la máquina para hacer arcoíris que mi hermano Chris nos dio como regalo de bodas esparce luminosidad por toda la cocina.

A Miles y a mí nos encanta este lugar. O bueno, nos gustaba.

Hasta hoy, cuando me sentía tan ansiosa por Emily, todos —las mamás en la escuela, la buena Maureen en la oficina postal, el chico que empaca la comida— me parecieron siniestros, como en esas películas de terror en las que todos en el pueblo forman parte de un culto o son zombis. Le pregunté a una pareja de vecinos, fingiendo un tono casual, si habían visto a Emily y me dijeron que no, sacudiendo la cabeza. ¿Fue mi imaginación o me miraron con extrañeza? Ahora ustedes, mamás, pueden darse cuenta de lo enloquecedor que es esto.

Mamás, discúlpenme, me distraje y empecé a parlotear, como siempre.

¡DEBÍ ESCRIBIR ESTO ANTES!

Emily mide 1.75 metros. Tiene el cabello rubio con mechas oscuras (nunca pregunté si eran reales) y ojos café oscuro. Probablemente pesa alrededor de 55 kilos. Son suposiciones. Una no le pregunta a sus amigas: “¿Cuánto mides?, ¿cuánto pesas?”. Aunque conozco a algunos hombres que piensan que las mujeres nunca hablamos de otra cosa. Tiene cuarenta y un años pero parece de treinta y cinco, a lo mucho.

Tiene una marca de nacimiento oscura debajo de su ojo derecho. Yo sólo la noté cuando me preguntó si debería removerla. Respondí que no, que se veía bien, las mujeres en la corte francesa (lo leí) se pintaban lunares.

Emily siempre usaba un perfume, supongo que podría decir que era su esencia distintiva. Decía que estaba hecho por monjas italianas con azucenas y lilas; lo encargaba a Florencia. Me encanta eso de Emily, todas las cosas elegantes y sofisticadas que sabe y que nunca hubieran cruzado por mi mente.

Nunca he usado perfume. Siempre he pensado que es poco atractivo que las mujeres huelan a flores o especias. ¿Qué están escondiendo? ¿Cuál es el mensaje que quieren enviar? Pero me gusta el perfume de Emily. Me gusta distinguir por su esencia si ella está cerca o si estuvo en un cuarto. Puedo oler su perfume en el cabello de Nicky, si ella lo ha sostenido con fuerza y abrazado. Me ha ofrecido que pruebe su perfume, pero me parecía demasiado raro, demasiado íntimo, que ambas oliéramos como dos gemelas terroríficas.

Siempre trae puesto el anillo de zafiro y diamante que Sean le dio cuando se comprometieron. Y como mueve mucho las manos cuando habla, el anillo parece una criatura brillante con vida propia, como Campanita volando enfrente de Peter Pan y los niños perdidos.

Emily tiene un tatuaje, una de esas delicadas coronas de espinas alrededor de la muñeca. Eso me sorprendió. No parecía alguien que se hiciera un tatuaje, especialmente uno que no pudiera cubrirse, a menos que usara manga larga. Al principio pensé que estaba relacionado con la industria de la moda, pero cuando sentí que la conocía lo suficiente como para preguntar, Emily me aclaró:

—Ah, eso me lo hice cuando era joven y alocada.

—Todos fuimos jóvenes y alocados. Hace mucho tiempo.

Me sentí bien al decirle algo que nunca podría haberle dicho a mi esposo. Si él me hubiera preguntado a qué me refería con “alocados” y yo le hubiera contestado, la vida como la conocíamos hubiera terminado. Claro que de todos modos la vida terminó. La verdad tiene una manera de salir a la luz.

Esperen, el teléfono está sonando. Quizás es Emily. Pronto les contaré más.

Con cariño,

Stephanie

Post en el blog: Pequeños favores

¡Hola, mamás!

No era Emily la que estaba llamando. Era una máquina contestadora que me decía que gané un viaje gratis al Caribe. ¿En qué estaba? Ah, claro.

El verano pasado nos bronceábamos en la alberca del vecindario mientras los niños chapoteaban en la piscina para bebés, Emily dijo:

—Siempre te estoy pidiendo favores, Stephanie. Estoy tan agradecida. Pero ¿puedo pedirte sólo uno más? ¿Podrías cuidar a Nicky para que Sean y yo podamos ir de viaje el fin de semana por el cumpleaños de Sean, a la cabaña de mi familia? —Emily siempre la llama “la cabaña” pero imagino que la casa de vacaciones familiar en la orilla del lago al norte de Míchigan es un poco más sofisticada que eso—. Sorpresivamente Sean aceptó y quiero asegurar esto antes de que cambie de parecer.

Por supuesto dije que sí. Sabía qué problema era para ella sacar a Sean de su oficina.

—Con una condición —advertí.

—Lo que sea —dijo ella—. Dime.

—¿Puedes poner bronceador en esa parte de mi espalda difícil de alcanzar?

—Con gusto —Emily rio. Mientras sentí el roce de su mano pequeña y fuerte frotando el aceite en mi espalda recordé lo divertido que era ir a la playa con mis amigos en la preparatoria.

El fin de semana que Emily y Sean se fueron, Miles, Nicky y yo la pasamos muy bien. La alberca, el parque, una película, hamburguesas y vegetales en el asador.

Emily y yo somos amigas desde hace un año, cuando nuestros hijos se conocieron en el kínder. Aquí hay una fotografía de ella que tomé este verano en Six Flags, aunque no se puede ver muy bien; es una selfie de los cuatro, hijos y mamás. Quité a los niños con un escáner. Saben que me opongo rotundamente a publicar fotografías de los hijos.

No sé qué traía puesto el día que desapareció. No la vi cuando dejó a Nicky en la escuela. Ella iba un poco retrasada ese día. Usualmente los autobuses llegan y descargan a todos al mismo tiempo. Los maestros tienen muchas cosas que atender, saludar a los niños, acarrearlos para que entren. No los culpo por no fijarse en cómo iba vestida Emily, o si notaron algo diferente en su estado de ánimo, que es alegre por lo regular, o si estaba ansiosa en cualquier sentido.

Probablemente, Emily se veía como siempre cuando va a la oficina: una ejecutiva a la moda (suele comprar la ropa de diseñador con un gran descuento) que va a trabajar a la ciudad. Me llamó temprano esa mañana.

—Por favor, por favor Stephanie, necesito tu ayuda, otra vez. Surgió una emergencia en el trabajo y me tengo que quedar hasta tarde. Alison tiene una clase. ¿Puedes recoger a Nicky en la escuela? Iré por él en la noche, a más tardar a las nueve.

Recuerdo haberme preguntado: “¿Qué significa una emergencia en la industria de la moda? ¿Los ojales son demasiado pequeños?, ¿alguien cosió un cierre al revés?”.

—Por supuesto —dije—, me encanta poder hacerte un favor.

Un pequeño favor. El tipo de pequeño favor que las mamás nos hacemos unas a otras todo el tiempo. Los chicos estarán encantados. Estoy segura de recordar que le pregunté a Emily si quería que Nicky se quedara a dormir. Y estoy segura de que dijo “no, gracias”. Ella quería verlo al final de un día difícil, aun si estaba dormido.

Recogí a Nicky y a Miles después de la escuela. Estaban felices. Se quieren como un par de cachorros. Se llevan mejor que si fueran hermanos, pues no pelean.

Jugaron en el cuarto de mi hijo y en los columpios, donde los podía cuidar desde la ventana. Les preparé un platillo saludable para cenar. Como saben, soy vegetariana pero Nicky sólo quiere comer hamburguesas, y eso fue lo que cociné. No puedo contar las veces que he blogueado sobre lo mucho que me esfuerzo para balancear las cosas nutritivas con lo que les gusta. Los chicos platicaron de un incidente en la escuela: un chico fue enviado a la oficina del director por no escuchar a la maestra aun después de que le dieron tiempo para reflexionar.

Se hizo tarde. Emily no llamó, lo que me pareció extraño. Le escribí y no me contestó, lo que parecía todavía más extraño.

Bueno, dijo que se trataba de una emergencia. Quizás algo pasó en una fábrica de alguno de los países en los que se hace la ropa. Cosida por esclavos, según mi impresión, pero eso jamás debe ser mencionado. Tal vez hay otro escándalo que implica a su jefe, Dennis, quien ha tenido episodios de abuso de sustancias muy bien publicitados. Emily ha hecho un gran trabajo de control de daños. Acaso estaba en una junta y no pudo salir, estaba en algún sitio sin recepción celular. Quizá perdió su cargador.

Si conocieran a Emily sabrían qué improbable es que hubiera perdido su celular. O que no encontrara una manera para llamar a casa y preguntar cómo estaba Nicky.

Nosotras, las mamás, estamos muy acostumbradas a permanecer en contacto. Saben qué se siente intentar contactar a alguien. Es como si estuvieras poseída. Llamas y mandas mensajes e intentas dejar de llamar o mandar mensajes porque acabas de llamar y mandar mensajes.

Cada vez que me enviaba al buzón de voz, escuchaba la voz profesional de Emily, animada, fresca, directo al grano: “Hola, estás llamando a Emily. Por favor, deja un mensaje breve y me comunicaré contigo en cuanto pueda. ¡Hablamos pronto!”.

Emily, soy yo, Stephanie, llámame.

Los niños tienen que irse a dormir. Emily todavía no llama. Esto nunca había pasado. Siento mariposas en el estómago por el miedo. Terror, en realidad. Pero no quiero que los niños se enteren, especialmente Nicky…

No puedo seguir escribiendo, mamás. Estoy demasiado alterada.

Con cariño,

Stephanie

Post en el blog: Fantasmas del pasado

¡Hola, mamás!

Todas recuerdan con qué frecuencia blogueé sobre no dejar que Miles viera mi dolor cuando su padre, Davis, murió en el mismo accidente que mi hermano Chris.

Era una bella tarde de sábado. Davis perdió el control de nuestro Camaro vintage y chocaron contra un auto. Nuestro mundo entero cambió en un minuto.

Perdí a dos hombres que eran importantes para mí, sin contar a mi papá, quien murió cuando yo tenía dieciocho años. Y Miles perdió a su padre y a su querido tío.

Miles tenía sólo dos años, pero podía percibir mi dolor. Tenía que ser fuerte por su bienestar y no derrumbarme hasta que él se dormía. Así que pueden decir que tuve una buena (si se le puede llamar a eso buena) preparación para no enloquecer o dejar que los niños sospecharan qué tan preocupada estaba por Emily.

Después de que acosté a los niños, tomé otra copa de vino para calmar mis nervios. A la mañana siguiente desperté con dolor de cabeza, pero me comporté como si todo estuviera bien. Vestí a los niños. Que Nicky se quedara a dormir tan seguido con nosotros ayudaba a que la situación no pareciera extraña. Nicky y Miles son del mismo tamaño, así que Nicky podía usar su ropa. Esa fue otra forma de darme cuenta de que Emily quería recoger a Nicky anoche, pues siempre manda un cambio de ropa cuando él se queda a dormir.

Emily todavía no ha llamado por teléfono. Me estaba acercando al pánico total. Mis manos temblaban tanto que cuando les serví a los niños sus Cheerios crujientes se derramaron sobre la mesa de la cocina y el piso. Nunca antes había extrañado tanto a Davis —alguien que me ayudara, me aconsejara y me calmara—.

Decidí dejar a los niños en la escuela y después intentar averiguar algo. No sabía a quién llamar. Sabía que Sean, el esposo de Emily, el padre de Nicky, estaba en algún lugar de Europa, pero no tenía su número celular.

Puedo escuchar a todas las madres pensar que rompí mis propias reglas. ¡¡¡NUNCA INVITAR A UN NIÑO A UNA PIJAMADA SIN UN TELÉFONO DE EMERGENCIA!!! El teléfono de la casa de ambos padres, el teléfono de sus trabajos y sus celulares. Un familiar cercano o alguien autorizado para tomar una decisión médica. El nombre y el número telefónico del proveedor de asistencia médica del niño.

Tenía el teléfono de la niñera, Alison. Es una persona responsable, confío en ella, aunque ustedes saben que me preocupo por los niños criados por niñeras. Según Alison, Emily le contó que Nicky se había quedado a dormir con Miles. ¡Buenas noticias! No le pregunté cuánto tiempo le había dicho que el chico se quedaría. Tuve miedo de que pareciera que yo no estaba… bien, y ustedes saben qué sensibles somos las madres con las cuestiones de competencia.

Ustedes, mamás, pensarán que no sólo fue irresponsable sino una locura cuando les digo que no tenía el número del celular del papá de Nicky. No hay excusa. Sólo puedo pedirles que no me juzguen.

Cuando dejé a los niños en la escuela, le dije a la señora Kerry, su estupenda maestra de kínder, que los niños se habían quedado a dormir conmigo. Tuve un presentimiento muy extraño: metería en un problema a Emily si decía que ella no había regresado y que ni siquiera había llamado. Como si yo… como si estuviera perjudicándola. Acusándola por ser una mala mamá.

Dije que no podía contactarme con Emily… que estaba segura de que todo estaba bien. Debimos habernos confundido sobre cuánto tiempo se iba a quedar Nicky. Pero, por si acaso, ¿la escuela podría darme el teléfono de Sean, el padre de Nicky? La señora Kerry dijo que Emily había mencionado que su esposo estaba pasando unos días en Londres, por negocios.

Me caen bien los maestros de Miles. Todos leen mi blog. Aprecian que escribo positivamente de la escuela, con qué frecuencia les demuestro mi cariño por el gran trabajo que están haciendo con nuestros hijos.

La señora Kerry me dio el teléfono de Sean. Pero pude ver (por encima de mi celular) que ella me estaba mirando con una expresión ligeramente desconfiada. Me dije que estaba siendo paranoica, de nuevo; que ella estaba preocupada, mas no inquieta. Intentaba no juzgar.

Me sentí mejor cuando tuve el teléfono de Sean. Debí llamarlo inmediatamente. No sé por qué no lo hice.

Llamé a la compañía de Emily en la ciudad.

La compañía de Dennis Nylon. Ya. Para mí y para muchas de ustedes, mamás, Dennis Nylon es lo que Dior o Chanel era para nuestras mamás. Un dios todopoderoso de la moda, inaccesible, impagable.

Le pedí al joven (todos los que trabajan ahí, menos Emily, son prácticamente unos niños) que contestó el teléfono que me comunicara a la oficina de Emily Nelson. Su asistente, Valerie, me preguntó por milésima vez quién era yo exactamente. Está bien, lo entiendo. Valerie jamás me ha visto. ¿Pero hay tantas Stephanies en su vida? ¿Emily tiene tantas?

Le respondí que era la mamá del mejor amigo de Nicky. Valerie dijo que lo sentía, pero Emily había salido de la oficina por un momento. “No —dije— yo lo lamento. Nicky se quedó a dormir en mi casa anoche y Emily no ha venido a recogerlo. ¿Hay alguien con quien pueda hablar?”. Estaba pensando que todas las mamás deberían tener una Valerie. ¡Una asistente! Hacemos tantas cosas, necesitamos mucha ayuda.

Davis tenía dos asistentes, Evan y Anita. Jóvenes diseñadores talentosos. Algunas veces siento que soy la única persona en el mundo que no tiene un asistente. Por supuesto que estoy bromeando. Tenemos mucho más que la mayoría de la gente, pero aun así…

Notaba que algo no estaba bien. Valerie me dijo que alguien me llamaría pronto. Pero nadie llamó.

He blogueado sobre la división tonta e hiriente que con frecuencia se hace entre las mamás que trabajan y las mamás que se quedan en casa. Lo he mantenido en secreto, pero siempre me he sentido un poquito celosa de la carrera de Emily. El glamur, la excitación, ¡la ropa prácticamente gratis! Los números telefónicos de las celebridades que no están en la guía telefónica, las pasarelas. Todas las cosas lindas que Emily hace mientras yo estoy en casa preparando sándwiches de mantequilla de maní, limpiando jugo de manzana derramado y blogueando. No subestimo lo feliz y agradecida que estoy de poder llegar (ahora) a miles de mujeres alrededor del mundo. Sé que Emily se ha per ...