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LOS NIñOS DE IRENA

Tilar J. Mazzeo

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Fragmento

PREFACIO
Cracovia, 2009

En 2009 fui por primera vez a Polonia. Pensé que serían unas vacaciones. Mi hermano y su esposa trabajaban para el Departamento de Estado de Estados Unidos y vivieron en Cracovia varios años. Antes estuvieron un tiempo en Breslavia y atestiguaron la integración del país a la Unión Europea y su rápida transformación poscomunista. Sus dos hijos pequeños (gemelos y entonces todavía bebés) aprendían sus primeras palabras en polaco, y mi cuñada era directora de una escuela internacional fuera de la ciudad.

Los tres crecimos católicos, aunque creo que ninguno tuvo un interés particular en la religión. A diferencia de Varsovia, Cracovia escapó de ser bombardeada o arrasada por completo al final de la Segunda Guerra Mundial, así que su herencia católica se aprecia en toda la arquitectura de la Ciudad Vieja. Es una urbe hermosa y medieval en algunas estructuras. Pero pocas áreas son tan atmosféricas como el histórico barrio judío de Kazimierz, donde los turistas hacen peregrinaciones para ver la fábrica de Oskar Schindler y las sinuosas calles donde se filmaron partes de la película de Spielberg: La lista de Schindler. Pero si quieres imaginar cómo se veía el gueto de Varsovia en 1940 no tienes que ir hasta allá, donde sólo queda un porcentaje muy pequeño. El gueto fue arrasado en la primavera de 1943. Después del levantamiento de Varsovia, el resto de la ciudad fue destruida y sólo el diez por ciento de las construcciones quedaron de pie. En esencia, Varsovia es una ciudad moderna.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando los fui a visitar, la escuela donde trabajaba mi cuñada se encontraba en la última fase de un importante proyecto; estaban desarrollando las instalaciones y rodeándola con una cerca. Mi cuñada decía, a manera de broma, que pasaba sus días regañando a los equipos de construcción locales y que había aprendido un colorido arsenal de leperadas polacas. El sitio fue una tierra de cultivo durante años. En un extremo de la propiedad, después de las casas suburbanas y en medio de los campos, había crecido un bosque. De pie en la orilla de la arboleda, me atreví a preguntarle de forma distraída quién era el dueño del bosque y por qué lo habían dejado abandonado de manera evidente durante décadas. Tras un momento de pausa dejó escapar un suspiro y me dijo: “¿Sabes? El tren hacia Auschwitz solía pasar no muy lejos de aquí. No exactamente aquí, pero por el área”.

No había nada en el bosque, sólo un área verde. Me contó que al principio solía caminar por ahí, hasta que un primero de noviembre, que es la víspera de Todos los Santos en Polonia y la tradición consiste en prender velas en las tumbas de los muertos (en todo el país), justo la primera vez que vivió ese día feriado la carretera que rodea el extremo del bosque estaba completamente iluminada de velas. Entonces supo que algo terrible había pasado ahí.

Después, los locales le dijeron que fue en 1945, al final de la guerra, cuando el Ejército Rojo estaba haciendo retroceder la retirada alemana. La llegada del Ejército Rojo no trajo alegría a Polonia. Pocas mujeres (desde las niñas en edad escolar hasta la más anciana babcia —abuela en polaco—) escaparon de ser violadas por los soldados soviéticos que pasaron el invierno en Cracovia. Y pocos alemanes que enfrentaron a las tropas soviéticas lograron cruzar la frontera. A lo largo de Polonia hubo cientos de masacres anónimas e indescriptibles. Bajo el régimen comunista nadie se habría atrevido a prender una vela en el bosque, pero ahora las cosas han cambiado. Todavía hay ancianos, y en especial ancianas, que recuerdan. Mi cuñada dijo con tristeza: “Aquí están por todas partes. Polonia es un cementerio sin nombre, ¿y qué podemos hacer salvo dejar el pasado enterrado en silencio y tranquilidad?”

Regresamos a la escuela y las brillantes voces de alegría de los niños de primaria llegaban hasta el corredor por todas direcciones. Pensé en las muertes que ocurrieron aquí, en las vías que llevan a Auschwitz y en las historias de los niños arrancados de sus madres y arrojados contra las paredes de ladrillos para asesinarlos. Pensé en mis pequeños sobrinos y en cómo mataría a cualquiera que les hiciera daño. Días después mi hermano me preguntó si quería ver Auschwitz. Dije que no.

Años más tarde mi cuñada fue una de las primeras personas en contarme la historia de “la mujer Schindler”, Irena Sendler (o Irena Sendlerowa, porque en polaco los apellidos de las mujeres adoptan una terminación femenina). Desconectadas en espacio y tiempo, estas dos conversaciones fueron el origen de este libro. Nunca pude separar los lazos que conectan la historia de Irena Sendler con aquella experiencia del bosque polaco abandonado y las voces de los niños de la escuela. Como escritora, dejé de intentarlo.

En la actualidad, en su nativa Polonia, Irena Sendler es una heroína, aunque esta admiración surgió recientemente, después del comunismo. Su historia, como muchas otras, fue enterrada en silencio durante décadas. Con sus amigos y un equipo de colaboradores, Irena Sendler sacó de contrabando a niños del gueto de Varsovia en maletas y cajas de madera, lejos de los guardias alemanes y los traidores judíos. Extrajo del gueto a niños de todas las edades a través de las alcantarillas apestosas y peligrosas de la ciudad. Trabajó con los adolescentes judíos (muchas eran chicas de catorce o quince años) que lucharon con valentía y murieron en el levantamiento del gueto. Y a lo largo de todo esto se enamoró de un judío, a quien escondió con mucho cuidado durante la guerra. Era una persona pequeña con espíritu de acero: medía 1.50 m y tenía veintitantos años cuando empezó el conflicto. Peleó con la ferocidad e inteligencia de un general experimentado y organizó, a través de la ciudad de Varsovia y a pesar de las diferencias de religión, a docenas de personas normales como soldados de infantería.

Antes de ser arrestada y torturada por la Gestapo, Irena Sendler salvó las vidas de más de dos mil niños judíos. Con un riesgo inmenso guardó una lista con sus nombres para que sus padres pudieran encontrarlos después de la guerra. Obviamente, no podría haber sabido que más del noventa por ciento de sus familias morirían, la mayoría en las cámaras de gas de Treblinka. Tampoco (como izquierdista radical y socialista de toda la vida) que después de la guerra sus niños serían acosados por el comunismo soviético debido a sus acciones en tiempos de guerra.

Aunque es innegable que Irena Sendler fue una heroína (una mujer con un coraje moral y físico inmenso, casi insondable), no fue una santa. Hacer de ella una santa en la narración de su historia sería, al final, un tipo de deshonor a la verdadera complejidad y dificultad de sus elecciones humanas. De vez en cuando, durante mis investigaciones y entrevistas en Israel y especialmente en Polonia, aquellos que sobrevivieron ese periodo en Varsovia me dijeron lo mismo: “No me gusta hablar sobre aquellos años con alguien que no los vivió, porque, a menos que estuvieras ahí, no puedes entender las razones por la que la gente tomó ciertas decisiones o los tipos de precios que tuvieron que pagar por ellas.” El amor por la vida de Irena fue anárquico, caótico y rebelde, y luchó con la consciencia de no haber sido una buena esposa o una buena hija. Puso a su madre delicada y enferma en peligro de muerte y le ocultó el conocimiento de esos riesgos. Era imprudente y a veces miope, puso lo abstracto antes de lo concreto e incluso, en ocasiones, fue egoísta en su altruismo. Cuando llegó el momento de ser madre, básicamente estuvo ausente y distraída la mayor parte del tiempo. Fue una heroína (aunque despreciaba esa palabra) y al mismo tiempo una persona con errores. Pero también fue alguien dotada con un sentido de propósito y justicia tan poderoso que, con su ejemplo, logró persuadir a otros a su alrededor para ser mejores de lo que habrían sido de otra manera, y juntos hacer algo sorprendente, decente, respetable y valiente.

Durante la escritura de este libro, me impresionó y me hizo ser más humilde el valor de esos “otros”: las docenas de hombres y, en mayor parte, mujeres que se le unieron de forma silenciosa. Irena dijo que en cada rescate un promedio de diez personas en Varsovia arriesgaban sus vidas en el proceso. Sin el valor y sacrificio de aquellos que se le unieron, nunca habrían tenido éxito. Para los que ayudaron a Irena, las posibilidades eran monstruosas. El castigo por ayudar a un judío empezaba con ejecutar a tu familia frente a ti, iniciando por los hijos pequeños. Para cualquiera que ame a un niño, es trillado y frívolo describir lo que significa el dolor en presencia de la fragilidad de la vida, y la gran mayoría de los que ayudaron a Irena tenían hijos pequeños. Pero ni una sola vez alguna de esas personas (docenas de ellas) se negó a ayudar a Irena en su misión. Una ocasión, Irena dijo que nadie, nunca, se rehusó a cuidar alguno de los niños judíos.

Ésta es la historia de Irena Sendler, de los niños que salvó y de las docenas de valientes “otros”. También es la historia del pueblo polaco, complicada y a veces oscura, pero valerosa. Si te parece que hay demasiados nombres al principio de este libro, recuerda que te estoy narrando las historias de una pequeña fracción de todos aquellos a quienes ayudó. Y considera que, conforme el libro avanza, los nombres tristemente van disminuyendo. Dejo aquí sus historias para hacer un pequeño homenaje a todos ellos. Sus vidas y, a veces, sus muertes hablan de lo que somos capaces, como gente común, al enfrentar el mal y el horror.

PRÓLOGO
Varsovia, 21 de octubre de 1943

Aleja Szucha. Irena Sendler sabía su destino. La puerta se cerró de golpe y la negra prisión móvil se puso en movimiento con una sacudida. Sólo le habían dado unos minutos para vestirse. Su cabello rubio y corto estaba alborotado.

Janka Grabowska bajó corriendo hacia el patio de enfrente y le dio sus zapatos en el último momento, desafiando los violentos caprichos de los soldados. Irena no pensó en amarrarse los cordones. Estaba concentrada en una sola cosa: permanecer calmada y mantener su rostro inexpresivo, tranquilo. Nada de caras tristes. Ése era el último consejo que les daban las madres judías a sus hijos cuando los dejaban a cargo de extraños. Irena no era judía, pero aun así sabía que en verdad las caras tristes eran peligrosas.

No deben pensar que tengo razones para estar asustada. No deben pensar que tengo razones para estar asustada, se repetía en silencio. Si sospechaban lo que estaba ocultando, sería mucho más difícil lo que vendría.

Pero sí estaba asustada. Muy asustada. En el otoño de 1943, en la Polonia ocupada por los nazis, no existieron palabras más terroríficas que “Avenida Szucha.” Tal vez no hubo palabras más temidas en ningún lado durante la guerra en Europa. Era la dirección del cuartel general de la Gestapo en Varsovia. El brutalismo de su exterior parecía ajustado con crueldad al objetivo de los alemanes. Adentro del complejo de edificios invadidos, los corredores repetían el eco de los gritos de los interrogados. Después, quienes sobrevivieron recordarían el olor nauseabundo de orina y miedo. Dos veces al día, justo antes del amanecer y en la tarde,1 unas camionetas negras regresaban de las celdas de la prisión de Pawiak para recoger los cuerpos magullados y rotos.

Irena adivinó que apenas eran pasadas las seis de la mañana, tal vez seis treinta ya. Pronto el tardío sol de octubre se levantaría sobre Varsovia. Pero Irena llevaba horas despierta. Igual que todos en el edifico de departamentos. Esa noche Janka, su enlace de confianza y querida amiga, había ido a una pequeña celebración familiar por el festejo de santa Irena. Después de comer muchos embutidos y rebanadas de pastel, la débil madre de Irena y la tía de visita se fueron a su recámara. Janka ya había perdido el toque de queda, así que tendría que quedarse a pasar la noche. Las jóvenes mujeres acamparon en la sala, se acomodaron en los sillones y platicaron mientras compartían té y digestivos.

Después de medianoche, Irena y Janka por fin dormitaban. A las tres de la mañana dormían profundamente en catres improvisados. Pero en el cuarto de atrás la madre de Irena, Janina, estaba intranquila. ¡Cuánto había disfrutado escuchar el despreocupado murmullo de las voces de las chicas! Sabía por la tensa mandíbula de su hija que Irena estaba arriesgándose y tenía una gran preocupación de madre. El dolor le dificultaba dormir y se dejó llevar por sus pensamientos. Entonces, en la oscuridad, llegó un sonido que sabía que estaba mal. El ruido sordo de las pesadas botas resonaba desde algún punto del cubo de la escalera. ¡Irena! ¡Irena!, siseó Janina con un susurro tan apremiante que penetró los sueños de Irena. Despertada de repente, Irena sólo escuchó la ansiedad en el tono de su madre y en un instante supo lo que significaba. Esos pocos momentos que tuvo para aclarar su cabeza fueron la diferencia entre la vida y la muerte para todas ellas.

A continuación vino el ruido de once agentes de la Gestapo golpeando la puerta y exigiendo entrar. El miedo trajo un sabor extraño y metálico a la boca de Irena, y bajo su pecho el terror iba y venía en ataques que se sentían como descargas de electricidad. Durante horas los alemanes lanzaron amenazas y agresiones, destruyeron las almohadas y registraron los rincones y alacenas. Levantaron la duela del piso y rompieron los muebles.2

Pero no encontraron las listas de los niños.

Las listas eran lo único que importaba. Sólo eran delgados y endebles pedazos de papel para liar cigarros, pero en ellos, con un código de su propia invención, estaban escritos los nombres y las direcciones de algunos de los miles de niños judíos a quienes Irena y sus amigos habían salvado de los horrores de la persecución nazi (niños que todavía estaban escondidos y apoyados en locaciones secretas por toda la ciudad de Varsovia y más allá). En el último momento posible, antes de que la puerta saliera volando para dar paso a la porra y la paliza, Irena tomó las listas de la mesa de la cocina y se las lanzó a Janka, quien con descarado aplomo las metió en su generoso brasier, justo debajo de la axila. Si registraban a Janka, todo habría terminado. Pero Dios sabe que habría sido mucho peor si registraban su departamento, porque allí había judíos escondidos. Irena no podía creer lo que veían sus ojos cuando se dio cuenta de que los mismos alemanes taparon la evidencia incriminatoria más importante: observaba hipnotizada cómo enterraron la pequeña bolsa de documentos de identidad falsos y montones de dinero ilegal bajo los escombros de un mueble destruido. Quiso caer de rodillas en ese momento. Y cuando entendió que la Gestapo no arrestaría a Janka ni a su madre, sino sólo a ella, se sintió invadida por un sentimiento positivo. Sabía que la risa que surgía en su interior estaba teñida de manera peligrosa con histeria. Vístete, pensó. Vístete y sal de aquí rápido. Se puso la falda desgastada que había doblado sobre el respaldo de la silla de la cocina sólo unas horas antes, abotonó su suéter tan rápido como pudo para acelerar su partida antes de que los agentes tuvieran oportunidad de reconsiderar y salió del departamento caminando descalza en la fría mañana de otoño. Ni siquiera lo había notado hasta que Janka llegó corriendo.

Ahora, mientras el carro-prisión se tambaleaba en cada esquina de la calle, tenía tiempo de reflexionar en su dilema. Sin duda tarde terminaría su historia. La gente no regresaba de Aleja Szucha ni de la prisión Pawiak, donde los arrestados eran presa de unos interrogatorios devastadores. Nadie regresaba de campos como Auschwitz o Ravensbrück, donde deportaban a los “sobrevivientes” inocentes de la Gestapo. Además, Irena Sendler no era inocente.

El vehículo giró con fuerza hacia la derecha cuando se dirigió al sureste, cruzando una ciudad todavía dormida. La ruta más directa los llevaría hacia las anchas avenidas de preguerra, primero rodeando por el este y luego por el sur el terreno desértico que una vez fue el gueto judío. Durante los primeros años de la ocupación nazi, Irena entraba y salía del gueto tres o cuatro veces al día (siempre arriesgándose a un arresto o una ejecución inmediata), tratando de ayudar a salvar a algunos de sus antiguos amigos de escuela, sus profesores judíos… y miles de niños pequeños. Ahora, a finales de 1943, sólo había ruinas y escombros. Era un campo de matanza, un cementerio infinito. El gueto fue destruido después del levantamiento judío de esa primavera, y su amiga Ala Gołąb-Grynberg desapareció dentro de ese infierno. Los rumores clandestinos susurraban que Ala seguía viva en el campo de concentración de trabajos forzados de Poniatowa, donde un grupo de jóvenes partidarios planeaban su escape en secreto. Irena esperaba que, cuando la barbárica guerra terminara, Ala regresara por su pequeña hija Rami al orfanato donde la había escondido.

El carro-prisión pasó unas cuantas cuadras al norte de la que alguna vez fue la Universidad Libre de Polonia. La institución era otra víctima de la guerra. Irena estudió trabajo social al otro lado de la ciudad, en la Universidad de Varsovia, pero en 1930 visitaba mucho el campus de la Libre de Polonia, y fue allí, gracias a la profesora Helena Radlińska, donde formó su célula de resistencia. Casi todas sus integrantes fueron alumnas de la doctora Radlińska en los días anteriores a la ocupación. Ahora eran parte de una red bien organizada e intrépida, y la profesora también había sido la inspiración para eso. Era una red de interés urgente para sus captores. Ahora Irena andaba por los treinta años, pero su apariencia de niña abandonada y femenina era engañosa. La Gestapo acababa de capturar a una de las figuras más importantes de la clandestinidad polaca. Ella sólo podía tener esperanzas de que los alemanes no lo supieran.

Al su lado, un soldado con botas altas de piel, un látigo enredado y una porra bajó la guardia. Era el final del turno de la noche de terror. Irena se sentó en el regazo de otro joven recluta y adivinó que el chico no tendría más de dieciocho o diecinueve años. Le pareció que dormían. El rostro de Irena estaba tranquilo, pero su mente viajaba a toda velocidad. Había tanto que pensar y tenía tan poco tiempo.

Janka sabía muy bien lo importantes que eran estas listas (y qué tan peligrosas). Si las descubrían, se activaría una cadena de ejecuciones. La Gestapo perseguiría y cazaría a los niños judíos. Asesinarían a los hombres y mujeres polacos que los habían cuidado y escondido. Zofia y Stanisław. Władysława e Izabela. Maria Palester. Maria Kukulska. Jaga. Y matarían a la madre de Irena, a pesar de que la frágil señora, postrada en la cama, apenas podía adivinar el alcance de las actividades ocultas de su hija. Los alemanes seguían una política estricta de castigo colectivo. Familias enteras eran ejecutadas a tiros por las transgresiones de un solo miembro. Irena no podía ayudar sin sentir que era una mala hija. Sabía que siempre había sido más parecida a su padre, impetuosamente idealista.

Si las listas se perdían o Janka las destruía como medida de seguridad, surgiría otro dilema agonizante. Cuando Irena muriera, no habría nadie para reconstruirlas. Irena era el general en este ejército de ciudadanos y la única que conocía los detalles grabados en ellas. Prometió a las madres y a los padres enviados a Treblinka que les diría a sus niños quién los había amado. Si ella moría, nadie sería capaz de cumplir esa promesa.

También había otra pregunta que la angustiaba: ¿Quién le diría a Adam Celnikier? Adam. Su Adam. Su esposo, Mietek Sendler, estaba en algún lugar de los campos de prisioneros de guerra alemanes, y tardaría semanas o tal vez meses en que le llegaran los rumores de su ejecución. Si es que todavía estaba vivo. Pero ella y Mietek se habían separado antes de la guerra, y era a Adam a quien amaba (y a quien sus amigos escondían bajo un nombre falso y una nueva identidad). Adam era uno de los pocos sobrevivientes judíos de Varsovia, cuya vida estaba en constante peligro.

El motor del vehículo de la Gestapo resonaba a través de la mañana silenciosa en las calles de Varsovia. Con cada turno los soldados se animaban un poco. Ahora Irena debía prepararse para lo que vendría después. Tenía que hacerlo para no revelar nada, sin importar qué tortura le infligieran. Demasiadas vidas dependían de eso. Había arriesgado la suya para mantener a los niños escondidos. Ahora estaba más determinada que nunca para morir con y por sus secretos. ¿Y si no era lo suficientemente fuerte para hacerlo? Y si el dolor era demasiado grande, ¿traicionaría el escondite secreto de Adam? Ahora se preguntaba cuánto soportaría. En los días que siguieron, cuando le fracturaron los huesos con porras y mangueras, ese pensamiento la obsesionaría.

Era una mañana fría y el miedo también la estaba congelando. El carro rodó con suavidad hacia el este por la amplia avenida, tomando velocidad en el tramo final del viaje. Pronto llegarían a Aleja Szucha, su último destino. Ahí la desnudarían, registrarían, golpearían e interrogarían. Ahí habría amenazas e intimidación. Ahí habría latigazos, agonía y crueles tormentos que hasta el momento eran inimaginables. Cosas más frías estaban por venir. Irena deslizó las manos en los bolsillos de su abrigo para calentarlas por unos instantes.

Su corazón se congeló en el momento preciso que sus dedos tocaron algo ligero, delgado y crujiente. Papel para liar cigarros. De inmediato recordó que traía una parte de la lista. En ella estaba una dirección, lo que implicaba traicionar la vida de alguien cuyos datos había querido revisar esa mañana. La tenía ahí… entre sus dedos.

CAPÍTULO 1
CONVERTIRSE EN
IRENA SENDLER
Otwock, 1910-1932

En los cuentos tradicionales yidis, la historia de Polonia empezó durante el crepúsculo de una tranquila noche de verano. En los límites del cielo, el bosque crecía oscuro.3 Una familia exhausta colocó sus pertenencias sobre el pasto al borde del camino y se preguntó: ¿Cuánto tiempo deambularemos hasta encontrar nuestra patria? Siempre esperaban la señal que sus ancestros les dijeron que llegaría, pero no esa noche. Sus pies estaban muy lastimados y alguien lloraba en silencio, melancólico y desolado.

Entonces, en la calma del bosque, un ave cantó dos hermosas notas. Eran la señal que esperaba la familia. El pájaro gorjeó po lin, po lin. En su idioma esas palabras significaban: Vivan aquí. Aquí, en el lugar que, después de aquel día, llamarían Polonia para siempre.

¿Dónde está esa ciudad, el corazón de Polonia? Nadie lo sabe. Debió de ser un lugar muy parecido a Otwock, la población junto al río ubicada en los límites de un bosque de pinos a veinticuatro kilómetros de Varsovia. Para el siglo XIX, cuando se registraron las palabras de este cuento yidis, Otwock ya era el hogar de una comunidad judía jasídica, establecida hacía mucho tiempo.

Y no sólo los judíos jasídicos encontraron un hogar. De hecho, en 1890, Otwock se convirtió en un lugar conocido. En 1893, el doctor Józef Marian Geisler abrió un spa y una clínica para el tratamiento de la tuberculosis. Se encontraba en el margen derecho del río Vístula y estaba rodeado de altos árboles. Se creía que el aire de Otwock era particularmente saludable. En medio de este entorno campestre aparecieron docenas de cabañas construidas con un estilo alpino, con grandes pórticos al aire libre y entramados de herrería a lo largo de las cornisas. La ciudad se volvió una elección de moda para tratamientos de salud. En 1895, sólo dos años después, un tal Józef Przygoda abrió el primer sanatorio para judíos. En aquellos días, judíos y polacos vivían en mundos separados por elección propia, y esa clínica también se hizo popular. Pronto Otwock (hogar de una gran comunidad de judíos pobres)4 se convirtió en el destino de verano para la clase media-alta judía de Varsovia y otros pueblos de Polonia central.

Irena Stanisława Krzyżanowska (su apellido de soltera)5 no nació en Otwock, pero en los años venideros esta ciudad fue una parte importante de su historia. Nació el 15 de febrero de 1910 en el Hospital Católico Espíritu Santo en Varsovia, donde su padre, Stanisław Henryk Krzyżanowski era médico e investigador de enfermedades infecciosas. Para el doctor Krzyżanowski y su joven esposa, Janina, fue una historia accidentada la que los llevó a esa región campestre. La madre de Irena era una mujer muy joven, llena de vida y sin ninguna profesión; y su padre, un ferviente activista político, orgulloso de formar parte del incipiente Partido Socialista Polaco. En su juventud pagó un alto precio por sus principios.

En la actualidad, la agenda “radical” del Partido Socialista Polaco parece modesta. Stanisław Krzyżanowski creía en la democracia, en la igualdad de derechos para todos, en el acceso justo a servicios de salud, en las jornadas laborales de ocho horas y en acabar con la tradición atroz del trabajo infantil. Pero a finales del siglo XIX y principios del XX, en especial en esta región del mundo con su reciente historia feudal e imperial, ese objetivo político era un poco inquietante. Como estudiante de medicina, primero en la Universidad de Varsovia y después en Cracovia, Stanisław fue expulsado por su papel como líder en huelgas y protestas dentro del campus, en nombre de estos ideales revolucionarios. Debes levantarte contra lo que está mal en este mundo, insistía. Uno de sus dichos favoritos era: “Si alguien más se está ahogando, tiéndele una mano”.6

Por suerte las cosas fueron diferentes en la Universidad de Járkov, un semillero de radicalismo 1 120 kilómetros al este, en Ucrania. Allí, por fin, el doctor Krzyżanowski se graduó de la escuela de medicina. La ciudad de Járkov también era uno de los centros intelectuales y culturales de la vida judía y del activismo en Europa del este, y su padre no tenía paciencia para el antisemitismo que se extendía por Polonia. La gente era sólo gente. La familia Krzyżanowski tenía ciertas raíces ucranianas. También la familia de su madre, los Grzybowskis. No tenías que venir de algún lugar en particular para ser un buen polaco: así lo veía el doctor Krzyżanowski. Después de la graduación de Stanisław Krzyżanowski y de su matrimonio, él y su esposa volvieron a Varsovia. Y quizá se habrían quedado ahí de forma permanente de no ser porque Irena, con dos años de edad, contrajo un terrible cuadro de tosferina en 1912. El doctor Krzyżanowski veía cómo su pequeña hija luchaba por respirar, con sus diminutas costillas moviéndose de arriba a abajo, y sabía que los niños podían morir de esta manera. Debían sacar a Irena de la ciudad congestionada. El aire limpio del campo la ayudaría a respirar mejor. Otwock era la solución más obvia. Stanisław había nacido ahí, su hermana y cuñado tenían algunos negocios y era una locación famosa por su salubridad, así que le ofrecería muchas oportunidades a un joven y entusiasta doctor. Ese año la familia se mudó a la ciudad. El doctor Krzyżanowski, con ayuda de la compañía de bienes raíces de su cuñado,7 Jan Karbowski, abrió un consultorio privado como médico especializado en el tratamiento de la tuberculosis… y esperó a sus pacientes.

Los lugareños más pudientes y los visitantes elegantes demoraron más en confiar en él. Los granjeros trabajadores y la gran población de judíos pobres eran menos quisquillosos. Algunos médicos polacos se negaban a tratar a judíos pobres, en especial a los que no podían pagar. El doctor Krzyżanowski era diferente. Le preocupaba hacer la diferencia. Les daba la bienvenida a todos con amabilidad,8 ponía una alegre sonrisa y no se preocupaba por el dinero. Como los judíos representaban la mitad de la población local,9 había suficientes pacientes como para mantenerse ocupado. Pronto, todos en Otwock decían que el doctor Krzyżanowski era un buen hombre y mucha gente, rica y pobre, llegó a la ciudad para verlo.

Aunque el doctor Krzyżanowski era médico y muchos de sus pacientes eran pobres (porque siempre hay más pobres que ricos necesitados de la ayuda de un buen hombre), no era pretencioso. Su casa estaba abierta para cualquiera y Janina era una mujer agradable y extrovertida que disfrutaba la compañía de otros. A los dos les encantaba ver a su pequeña entablar amistad con los niños de las familias judías, las cuales aceptaban a su hija con los brazos abiertos. Cuando tenía seis años, Irena ya hablaba yidis con fluidez, sabía cuáles eran los mejores surcos para jugar a las escondidas detrás del sanatorio y cuáles eran las mejores paredes para botar una pelota. Estaba acostumbrada a ver a las madres judías10 con sus pañuelos coloridos en la cabeza y sabía que el olor a pan horneado con comino presagiaba algo delicioso para los pequeños con suerte. “Crecí con esas personas —dijo Irena—. Su cultura y tradiciones no me son ajenas.”11

Es posible que uno de los niños judíos que Irena conoció cuando tenía cinco o seis años fuera un chico llamado Adam Celnikier. Nadie está seguro de la verdadera historia de su primer encuentro. Ése sería el inicio más temprano y quizá sólo se trate de una ilusión. Tal vez Adam fuera un chico soñador, amante de los libros. Más tarde se convirtió en un hombre soñador, amante de los libros. Tenía el cabello rojizo y rizado, la piel morena y su larga y bella nariz se veía como (lo que muchos llamarían) la de un judío. Tal vez Adam fuera uno de los primeros compañeros de juego de Irena, aunque su familia era muy rica y, a diferencia de muchos judíos, hablaba un perfecto polaco. La madre de Adam se llamaba Leokadia; él tenía muchas tías, tíos y primos con nombres como Jakob o Józef. Su familia no vivía en Otwock todo el año. Poseían casas y negocios en Varsovia, pero Irena debió verlo algunas veces durante los veranos.

Los primeros recuerdos de la infancia de Irena en Otwock fueron mágicos. El padre mimaba a su pequeña. Él tenía un bigote retorcido que se enroscaba más en las puntas cada vez que sonreía y cuidaba a su única hija con un gran cariño. Sus tías lo llamaban “Stasiu”, y cuando le daba abrazos y besos, le decían: “No la malcríes, Stasiu.¿En qué la vas a convertir?”12 Su padre sólo les guiñaba el ojo y la abrazaba más fuerte. Siempre les respondía: “No sabemos cómo será su vida. Tal vez mis abrazos serán su mejor recuerdo”. Y de hecho, lo fueron.

Otros niños que Irena conocía no tenían tanta suerte ni vivían en una espaciosa residencia de madera como la de sus tíos ricos. El hogar de su familia era muy grande: la casa cuadrada en el número 21 de la calle Kościuszki13 tenía veinte habitaciones y un invernadero de vidrio que brillaba con la luz del sol. Como muchos de los pacientes del doctor Krzyżanowski venían de los estratos sociales más bajos, cuando éste hacía rondas por la ciudad o cuando los pacientes iban a la clínica familiar, Irena atestiguaba la pobreza y privación desde el particular punto de vista de una niña. Poco a poco entendió que no todos los polacos en la ciudad eran como su padre. Conoció la cultura judía,14 y con el tiempo también el sufrimiento judío.

En 1916, cuando Irena tenía seis años, su padre decidió compartir ese sufrimiento. Ese año una epidemia de tifoidea arrasó con Otwock, y como diría el doctor Krzyżanowski: uno no podía escoger no ayudar porque fuera riesgoso. Los ricos se mantuvieron apartados de los lugares concurridos e insalubres, donde la infección tenía mayor presencia. La enfermedad era especialmente peligrosa en los hogares que carecían de agua limpia para beber y de un buen jabón para lavar. Los pobres debían conformarse y la enfermedad acabó con muchos de los compañeros de juego de Irena y sus familias. Stanisław Krzyżanowski continuó tratando pacientes enfermos e infectados como siempre.

A finales del otoño y principios del invierno de 1916 él sintió las primeras sacudidas y escalofríos. Sabía que era el principio de la terrible fiebre. Pronto ardía y susurraba en medio de un delirio salvaje. Sus tías armaron un revuelo. La pequeña tenía que permanecer lejos de la habitación del enfermo y no podía ver a su papá. Todo tenía que desinfectarse. Ella y su madre necesitarían quedarse con otros familiares y no habría besos ni abrazos que malcriaran a Irena hasta que se recuperara. Existía mucho riesgo de contagio para los niños.

Durante semanas, el doctor luchó contra la enfermedad y protagonizó su propia y solitaria batalla, pero nunca se recuperó. El 10 de febrero de 1917, Stanisław Krzyżanowski murió de fiebre. Cinco días después Irena cumplió siete años.

Después del funeral del padre de Irena, su madre la cargó con cuidado e intentó no llorar mucho. Pero Irena la oyó un par de veces y entendió también los susurros de preocupación que sus tías hacían cuando pensaban que ella no escuchaba. Se preguntaba si ahora serían pobres como los pacientes de papá. Eso pasaba cuando te convertías en huérfano. Con su imaginación de niña, creía que su papá se había ido porque ella se había portado mal, así que intentó ser lo más obediente que pudo para que su madre no la dejara. Janina estaba triste, y cuando la gente está triste se va. Pero era muy difícil sentarse y quedarse quieta todo el tiempo cuando lo que quería era correr y saltar por el campo. La pequeña tenía un nudo en el corazón y cargaba un gran peso sobre sus hombros.

Y de hecho, con la muerte del doctor la viuda empobreció. Vivían en una casa propiedad de la familia, pero Stanisław Krzyżanowski no dejó grandes ahorros. La madre de Irena era joven, pero ama de casa y madre, no un médico, y representaba un enorme trabajo para ella encargarse de la clínica y cuidar a su hija. Stanisław nunca se preocupó lo suficiente por los números. Nunca fue un hombre de negocios responsable, sólo un idealista. Ahora era un esfuerzo cuesta arriba. Sin ayuda Janina no podría pagar las colegiaturas para la educación de Irena. Noticias sobre la difícil situación de la viuda corrieron por Otwock y la comunidad judía llegó a una conclusión. El doctor Krzyżanowski había atendido a sus hijos cuando ellos n ...