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ANéCDOTAS DE ENFERMERAS

Elisabeth G. Iborra  

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Fragmento

Mucho más que poner vacunas

o extraer sangre

A.L. lleva ejerciendo su profesión veinticuatro de sus cincuenta años y es jefa de enfermería en un centro de salud.

Me gustaría que se escribiera sobre la labor de la enfermería, porque si bien la enfermera de hospital es muy conocida a la de Atención Primaria se le quita toda la importancia, los pacientes conocen muy poco nuestras funciones aunque sean muy relevantes en cuanto a prevención y curación. Siempre les pregunto a mis enfermos para qué creen que sirvo y me responden que para ponerles un inyectable o vacunas, o para curar heridas o hacer extracciones. Sin embargo, les informo de que les puedo ayudar si les preocupa cualquier tipo de problemas de pareja, o están pasando un duelo, o quieren dejar de fumar. De normal, puedo ocuparme de estos problemas y, si no encuentro la solución, puedo orientarles y dirigirles hacia el profesional adecuado. De mis sondeos, solo un paciente me dijo que las enfermeras de primaria le ofrecíamos más confianza para contar sus problemas porque somos, de todo el personal sanitario, más cercanas, lo cual me sorprendió mucho.

Esta es una profesión apasionante pero desconocida, yo siempre he luchado mucho por defenderla, pero desconozco por qué, creo que no se quiere potenciar tanto como el estamento médico, donde no paran de crearse puestos de trabajo a pesar de resultar mucho más caros.

En nuestras consultas de enfermería veo más problemas del alma que de salud, aquí quizás tenemos más tiempo para escucharles y sacamos mucha información, nos damos cuenta de que hay mucho dolor en el alma por los hijos, por un fracaso matrimonial, por la familia… y todo eso se somatiza. Muchas veces he pensado que ahora nos cuentan lo que antes la gente contaba a los curas.

Esta zona siempre ha tenido fama de ser una zona marginal pero yo siempre he trabajado aquí y es una población muy reivindicativa, pide mucho… pero es gente estupenda, hay más mito que otra cosa. Es curioso porque es más bien un matriarcado, la mujer tiene mucho poder, manda mucho. Y acuden mucho al ambulatorio, son muy demandantes porque les hemos incitado a venir por cualquier minucia. Si los niños se caen y se hacen un rasguño, no los cura la madre con agua, jabón y desinfectante, sino que vienen a que les curemos aquí. Diría que eso es generalizado en todos sitios, no se asume ninguna responsabilidad y se acude al médico por si acaso, lo cual a veces nos desborda cuando llega un enfermo más urgente y no damos abasto con tantos casos intranscendentes.

Tenemos, por supuesto, un sector en el que hay de todo, desde el que se quiere integrar hasta el que te roba los cuadros de las paredes, que aún se aprecian las marcas del hueco dejado, o el papel de secarse las manos del baño o incluso la escobilla. A una compañera mía le entró en la consulta una chiquita que venía a hacerse un electro y le dijo:

—Mira, voy a salir un momentito, vigílame el chiringuito que aquí hay mucho gitano y no vayan a entrar a robar algo.

—Es que yo soy gitana…

—Ay, mágica, lo siento…

—No, si me pasa muchas veces, y ya se sabe que en todas partes hay personas de una manera y de otra.

Lo aceptó como algo normal, pero es que de verdad que en muchas ocasiones sales un momento, dejas la sala abierta y cuando vuelves, te ha desaparecido algo. Hay que cerrar todo con llave.

LA FALTA DE HIGIENE ES UNA PLAGA

Tuvimos a un paciente con una infección horrorosa en la pierna porque tenía muchas úlceras y le aconsejábamos venir a curarse todos los días pero no había manera de convencerlo, con lo cual, cuando acudía, le salían hasta gusanos de la herida y nosotros allá con las batas blancas, los guantes, el desinfectante intentando matar todas esas larvas. Echaba un olor tremendo porque, al fin y al cabo, lo que tenía ahí era tejido necrótico y el gusano ocasionaba la descomposición del organismo.

Una vez entró a la consulta una señora que acababa de estar en el baño y volvía con la falda levantada por la cintura, con el papel higiénico sucio de caca colgando agarrado de la braga. Pero eso no era más que un despiste, resulta mucho peor cuando te vienen sucios, como un señor que, cuando se levantó el jersey no se le veía ni el ombligo, de la cantidad de restos epiteliales que se van acumulando ahí por las secreciones y la descamación de la piel junto con la suciedad, la grasa, el sudor; salían pelotillas y un olor insoportable.

En las visitas a domicilio vivimos un caso también muy desagradable de una señora que tenía cáncer de colon, y tuvo un crecimiento externo que llegó a convertirse en una especie de coliflor entera saliendo hacia fuera del abdomen. Sorprendentemente, gastaba un apetito atroz, yo no lo podía comprender, con el hedor que aquello impregnaba por toda la casa. Lo positivo fue que tardó más en afectarle al resto de los órganos, por lo que duró bastante tiempo, pero la verdad es que esa cura era para nosotros tan traumática que los compañeros nos turnábamos cada día uno en lugar de ir siempre el enfermero al que le venía asignada en su cupo.

También nos encontramos con chicas que utilizan la píldora del día después como anticonceptivo habitual. Lo sabemos porque la primera vez dicen que se les ha roto el preservativo, pero luego ves que vienen a pedirla repetidamente, algunas son bastante reincidentes.

Los que vienen a pedir una dieta también son divertidos porque pretenden que les des una pastillita que les adelgace, no quieren hacer el esfuerzo ni reconocen que comen demasiado y mal. Muchos te dicen que comen muy poco, pero es que se lo comen todo en una sola comida. Además, se justifican: «Uf, es que con el hambre que hemos pasado, ahora que tenemos para comer no vamos a hacer dieta».

La población está cada vez más informada y tiende a hacer menos burradas, sobre todo, la gente joven no es ya tan inculta como para pedirte, como antes, cita para el ginecólogo o comerse un supositorio en vez de ponérselo por vía anal… Sí que algunas todavía llaman «conchita» al pubis de sus hijas, o, en vez de «es que esputo», te dicen «es que arrojo…»; o «cuando hago mis necesidades, con perdón», o le cambian el nombre a los medicamentos…

Esto supone un problema dado que «muchos médicos confían en los pacientes para hacer un recuento preciso de qué medicamentos están tomando», pero como no lo saben, el error «podría generar interacciones medicamentosas y malos tratamientos para las enfermedades crónicas». Menos mal que con los avances informáticos en la red sanitaria ahora los profesionales pueden ver en el historial los nombres de los medicamentos y sus componentes para darles la pauta correcta.

En territorio comanche de toda la vida

De sus cuarenta y tres años D. G. E., ha estado diecinueve trabajando en varios centros de salud y ahora ejerce en un centro especializado en endocrinología, sobre todo en diabetes.

En esta zona con un poco de mala fama te encuentras con unas características socioculturales especiales, pero la verdad es que hay gente con un carisma y unos valores fantásticos y otra que no tiene valores, como en todos sitios.

En general, eres el puente entre el médico y el paciente, por confianza, porque te conocen más, te cuentan más cosas (como que el marido la está envenenando) y tú les tienes que aconsejar qué les convendría hacer. La relación se estrecha hasta el punto de que te los encuentras por la calle y te piden consejo, te consultan lo que les ha pasado y les resuelves problemas sin necesidad de acudir al centro de salud. Es que a muchos los conozco desde niños, cuando les ponía las vacunas, y luego voy por la calle, me saludan y no les reconozco, de lo crecidos que están, y ellos me recuerdan que les vacuné hace no sé cuántos años. Algunos pacientes tienen incluso detalles con nosotras, por ejemplo, es paradójico, pero los diabéticos te regalan bombones, a pesar de que ellos no pueden comerlos.

Me acuerdo de que en los años noventa, cuando había más reticencias a la vacuna de la gripe, les tenía que encandilar para que se dejaran vacunar, porque por más que les explicaba que era bueno para su salud, que les mejoraría la calidad de vida, etcétera., no había manera de convencerlos. Así que les decía a los abuelos que la vacuna rejuvenecía cinco años, e incluso una me dijo: «Ah, pues si rejuvenece, a mí póngame dos».

En cambio, hoy en día, la temporada de vacunación es muy complicada porque la gente mayor se quiere vacunar toda de golpe, siempre quieren ser los primeros, te piden todos a la misma hora… Cuando entro en la sala y veo todo el follón, les advierto que si no se ponen en fila, no se vacuna nadie. Y cuando vuelvo están todos en fila como niños, tan graciosos.

AL AMBULATORIO PARA PODER HABLAR CON ALGUIEN

Con los mayores tenemos mucho trato, porque hay algunos que no tienen nada que

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