Loading...

BATMAN: NIGHTWALKER

Marie Lu  

0


Fragmento

Prólogo

La sangre bajo las uñas le molestaba.

«Malditos guantes, baratos e inútiles», pensó la chica, cabreada. Aquella noche había llegado a ponerse dos pares, pero un navajazo perdido había traspasado ambas capas y la sangre le había llegado a las manos. «Estúpida.» Cualquier otra noche se habría detenido y limpiado, lenta y minuciosamente, los restos escarlata de debajo de las uñas, una a una. Pero ahora no tenía tiempo.

«No hay tiempo, no hay tiempo.»

La luz de la luna se proyectó en el suelo de la mansión, iluminando parte del cuerpo desnudo de un hombre. Comparado con los demás, este sangraba de forma extraña, pensó la chica. La sangre formaba un charco perfectamente circular, igual que el glaseado de una tarta.

Suspiró de nuevo, metió el bote de pintura roja en la mochila y recogió algunos de los trapos que había por el suelo. Junto a ella, en la pared, se veía el símbolo que acababa de dibujar a toda prisa.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Aquella noche todo había ido a destiempo, desde las complicaciones que les había dado el sistema de seguridad al entrar en la mansión de sir Grant hasta el asombroso hecho de que él los viese primero, en lugar de estar profundamente dormido. Estaban retrasándose. Y ella odiaba los retrasos.

Se apresuró a recoger sus herramientas y las metió en la mochila. El resplandor lunar fue iluminándole las facciones a intervalos regulares a medida que pasaba frente a la hilera de ventanas. Su madre le decía siempre que tenía rasgos de muñeca, desde que era un bebé: ojos grandes y oscuros como la pez; pestañas largas, mucho; la nariz fina, los labios de rosa y la piel de porcelana. Las cejas se alargaban, rectas y suaves, sobre su frente, dándole un aspecto permanentemente vulnerable.

Ese rasgo era lo que la definía. Nadie reparaba en lo importante hasta que era demasiado tarde. Hasta que ella se manchaba las uñas con su sangre.

Con las prisas, se le había soltado el pelo, que le caía en una cascada negra sobre los hombros. Se paró a recogérselo. Sin duda habría un par de cabellos suyos por ahí, lo que dejaba a la policía una pista que seguir. Pero daba igual, si lograba escapar a tiempo. Menuda huida más torpe, tan poco propia de ella.

«Voy a matarlos», pensó amargamente. «Que me hayan dejado aquí para limpiar esto...»

Desde la oscuridad le llegó el ulular de las sirenas.

Se quedó rígida, con la cabeza vuelta en dirección al ruido, escuchando con atención. Instintivamente se llevó una mano a una las navajas del muslo. Y se puso a correr. Las botas no hacían ruido alguno. Se movía como una sombra, solo se oía el golpeteo de la mochila contra su espalda. Mientras avanzaba, se cubrió la mitad inferior de la cara con el pañuelo negro, ocultando la nariz y la boca, y se colocó el visor sobre los ojos. A través de él, la mansión se transformó en una malla de señales térmicas y líneas verdes.

Las sirenas se acercaban a gran velocidad.

Se detuvo a tomar aliento, a la escucha. Venían de direcciones distintas. Iban a rodearla. «No hay tiempo, no hay tiempo.» Se lanzó escaleras abajo, su silueta quedó oculta por entero entre las sombras; al llegar abajo giró abruptamente para dirigirse no a la puerta principal, sino al sótano. Habían reconectado el sistema de seguridad a fin de sellar desde dentro la cerradura de la puerta, pero el sótano había sido su vía de escape, con las alarmas apagadas y los seguros de las ventanas a su merced.

Al llegar al sótano, el ulular de las sirenas se volvió ensordecedor. La policía había llegado.

—Abrir ventana A —murmuró al micrófono que llevaba junto a la boca. En el otro extremo de la habitación, la ventana trucada se abrió con un chasquido suave y obediente. La policía se arremolinaría ante las puertas principal y trasera, pero jamás se les ocurriría mirar, por ahora, hacia el lateral de una casa tan enorme, no cuando ignoraban que había un ventanuco minúsculo a ras de suelo, hacia el que se precipitó.

Se coló por él y salió como una serpiente en menos de un segundo. Oyó a un agente que gritaba por un megáfono en el jardín delantero, y vio las siluetas térmicas de al menos doce guardias fuertemente armados agachados en el perímetro de la mansión, con las caras ocultas tras los cascos y los rifles de asalto apuntando a la puerta.

Se agachó en la oscuridad, se levantó las gafas de visión nocturna y se dispuso a escapar como una bala.

Un rayo de luz cegadora se abatió sobre ella.

—¡Manos arriba! —Varias voces le gritaban a la vez. Oyó los chasquidos de las armas cargadas y los furiosos ladridos de los perros policía, a duras penas sujetados por los agentes—. ¡De rodillas! ¡Ya!

La habían atrapado. Quiso maldecirlos. «No hay tiempo, no hay tiempo.» Era demasiado tarde. Al menos sus compañeros ya habían huido. Durante una décima de segundo pensó en sacar los cuchillos y lanzarse contra el agente más cercano, a fin de utilizarlo como escudo.

Pero había demasiados, y la luz la había cegado de tal modo que no veía bien. No tenía tiempo de poner en práctica una jugada así sin que la policía le azuzase a los perros, y no quería que la matasen a dentelladas.

De modo que en vez de resistirse, levantó las manos.

Los agentes la tiraron violentamente al suelo; se golpeó la cara contra la hierba y la tierra. Vislumbró su reflejo en los cascos opacos de los policías y los cañones de las armas que la apuntaban directamente a la cara.

—¡Es nuestra! —gritó uno al transmisor, con la voz ronca de emoción y miedo—. ¡La hemos cogido! ¡Mantengan sus...!

«Soy vuestra», se dijo para sus adentros mientras notaba cómo le cerraban las frías esposas en torno a las muñecas. Aunque tuviera la mejilla aplastada contra el suelo, se permitió esbozar bajo el pañuelo negro una sonrisa leve y burlona.

«Soy vuestra... por ahora.»

1

Si había un coche hecho a la medida de Bruce Wayne, era aquel: un Aston Martin personalizado y totalmente nuevo, sencillo, elegante, negro como el carbón, adornado con una franja metalizada y brillante que recorría el techo y el capó.

Llevó el coche al límite, complaciéndose con el rugido del motor, con la forma en que respondía al más mínimo toque, mientras se ceñía a las calles de las afueras de Gotham City hacia el crepúsculo. El vehículo era un regalo de WayneTech y estaba equipado con los avances de seguridad más punteros de la empresa: era una colaboración histórica entre el legendario fabricante de automóviles y el emporio Wayne.

Los neumáticos protestaron con un chirrido cuando Bruce tomó otra curva cerrada.

—Lo he oído —dijo Alfred Pennyworth desde la pantalla táctil del coche, fulminando a Bruce con la mirada—. Más despacio en las curvas, señor Wayne.

—Los Aston Martin no han sido diseñados para ir despacio, Alfred.

—Y tampoco para acabar hechos un amasijo de hierros.

Bruce dirigió una media sonrisa a su protector. El sol poniente centelleó en sus gafas de aviador mientras enfilaba de nuevo hacia los rascacielos de Gotham City.

—Alfred, no tienes ninguna fe en mí —se burló, sonriente—. Te recuerdo que fuiste tú quien me enseñó a conducir.

—¿Le enseñé a conducir como un loco?

—Un loco con maña —apuntó Bruce. Giró el volante con suavidad—. Además, es un regalo de Aston Martin, equipado hasta los topes con la seguridad de WayneTech. Únicamente lo conduzco para alardear de su nivel de seguridad en la gala de esta noche.

Alfred suspiró.

—Sí, ya recuerdo.

—¿Cómo voy a jactarme de verdad sin haber comprobado lo que es capaz de hacer esta maravilla?

—No es lo mismo presentar la tecnología de WayneTech en una gala que utilizarla para desafiar a la muerte —replicó Alfred más seco que nunca—. Lucius Fox le ha pedido que lleve el coche a la fiesta para que la prensa pueda hacerle una crítica favorable.

Bruce tomó de nuevo una curva muy cerrada. El coche reconoció de inmediato la carretera que tenía delante, y en el parabrisas aparecieron y se desvanecieron una serie de números transparentes. Con precisión asombrosa, el coche respondía y se sincronizaba a la perfección con el terreno circundante, hasta en el menor detalle.

—Y eso estoy haciendo —insistió Bruce, con inocencia—. Trato de llegar a tiempo.

Alfred negó con la cabeza histriónicamente mientras quitaba el polvo de un alféizar en la Wayne Manor y el sol le doraba la tez pálida.

—Voy a matar a Lucius por pensar que esto era buena idea.

Una sonrisa afectuosa afloró en el rostro de Bruce. A veces su protector se parecía extraordinariamente a un lobo, con su mirada atenta, hastiada, de azul invernal. En los últimos años algunas canas habían salpicado su cabello y las patas de gallo se habían acentuado. Bruce se preguntó si sería por su causa. Al pensarlo, frenó solo un poco.

Era esa hora de la tarde en que se atisba a los murciélagos que vuelan hacia la noche para cazar. Cuando Bruce se adentraba en la ciudad, vio una bandada de ellos recortarse contra el cielo crepuscular; salían de los rincones oscuros para unirse al resto de su colonia.

Bruce sintió la punzada, ya conocida, de la nostalgia. En el pasado, su padre había convertido las tierras que rodeaban Wayne Manor en uno de los mayores refugios de murciélagos de la ciudad. Bruce aún guardaba recuerdos de su niñez, cuando se acuclillaba sobrecogido en el césped de delante de la mansión, sin acordarse de sus juguetes, mientras su padre señalaba a las criaturas que se dirigían a millares hacia el crepúsculo, recorriendo el cielo en una franja ondulante. Eran muchos, había asegurado su padre, y sin embargo de algún modo sabían moverse como si fuesen uno solo.

Al recordar, las manos de Bruce se aferraron con fuerza al volante. Su padre debería estar allí, sentado en el asiento del copiloto, contemplando a los murciélagos con él. Pero aquello era imposible, claro.

Las calles se volvieron cada vez más sucias a medida que Bruce se acercaba al centro, hasta que los rascacielos taparon el sol poniente y cubrieron de penumbra los callejones. Pasó como un rayo ante la Wayne Tower y el Seco Financial Building, junto al cual se alzaban algunas tiendas de campaña, en las callejas: qué contraste drástico, la pobreza junto a un ejemplar y próspero centro financiero. En las cercanías se hallaba el Gotham City Bridge, el puente a medio repintar. Unos cuantos hogares ruinosos y de pocos recursos se apiñaban debajo, sin orden ni concierto.

Bruce no recordaba que la ciudad tuviera ese aspecto cuando él era pequeño. Guardaba memoria de Gotham City como una impresionante selva de asfalto y acero, repleta de coches caros y porteros con abrigos negros; recordaba el olor a cuero nuevo, a colonia de hombre y perfume de mujer; las recepciones en los hoteles de postín, la cubierta de un barco frente a las luces de la ciudad, que iluminaban el puerto.

Junto a sus padres, no había visto más que lo bueno: ni los grafitis, ni la basura en las bocas de las alcantarillas, ni los carritos abandonados ni la gente que se juntaba en los rincones sombríos con vasos de papel en que tintineaban monedas. Como niño protegido, solo había visto lo que Gotham City enseña a uno cuando paga bien y nada de lo malo cuando paga mal.

Todo aquello había cambiado una fatídica noche.

Bruce ya sabía que ese día en que iba a concedérsele el acceso a su fondo fiduciario, se lo iba a pasar pensando en sus padres. Por mucho que se preparase, los recuerdos lo herían en lo más profundo de su ser.

Enfiló por la carretera en dirección a Bellingham Hall. Desde la acera, una alfombra roja ascendía por las escaleras. Una manada de paparazzi se había agrupado al otro lado de la calzada, los flashes de las cámaras destellaban sobre su coche.

—Señor Wayne.

Bruce se dio cuenta de que Alfred seguía hablándole de la seguridad.

—Te escucho, Alfred —dijo.

—Cuánto lo dudo. ¿Ha oído lo que le he dicho sobre concertar una cita con Lucius Fox para mañana? Va a pasarse el verano trabajando con él, así que al menos debería ir trazando un plan detallado.

—Sí, señor.

Alfred se quedó callado y lo miró con severidad.

—Y esta noche compórtese. ¿De acuerdo?

—Pienso quedarme quieto en un rincón sin decir ni mu.

—Qué gracioso, señor Wayne. Le tomo la palabra.

—¿No me felicitas por mi cumpleaños?

Al oírlo, una sonrisa apareció por fin en la cara de Alfred, relajando sus rígidos rasgos.

—Feliz decimoctavo cumpleaños, señor Wayne. —Asintió—. Es usted un hijo digno de su madre, Martha, por ser el anfitrión de este evento. Estaría orgullosa de usted.

Al oír mencionar a su madre, Bruce cerró los ojos un momento. En lugar de celebrar su cumpleaños, su madre cada año organizaba un evento benéfico, cuya recaudación se destinaba al City Legal Protection Fund de Gotham City, institución dedicada a la defensa de quienes no podían permitirse un abogado. Aquella noche, Bruce perpetuaría la tradición, puesto que cargaba con la responsabilidad de la fortuna familiar.

«Es usted un hijo digno de Martha.» Bruce se encogió de hombros ante el cumplido; no estaba seguro de cómo tomárselo.

—Gracias, Alfred —contestó—. No me esperes despierto.

Colgaron.

Bruce se detuvo frente a la entrada y, por un instante, permaneció sentado controlando sus emociones mientras los fotógrafos le gritaban al otro lado de las ventanillas.

Desde pequeño había estado en el candelero y había soportado años de titulares sobre sí mismo y sus padres. BRUCE WAYNE, DE OCHO AÑOS, ÚNICO TESTIGO DEL ASESINATO DE SUS PADRES. BRUCE WAYNE HEREDA UNA FORTUNA. BRUCE WAYNE SE CONVIERTE, A LOS DIECIOCHO AÑOS, EN EL ADOLESCENTE MÁS RICO DEL MUNDO. Etcétera.

Alfred había interpuesto varias órdenes de alejamiento contra algunos fotógrafos por enfocar las ventanas de la Wayne Manor con sus grandes objetivos, y en una ocasión Bruce había llegado del colegio llorando, aterrado por los reporteros que casi los habían embestido con los coches. Se pasó los primeros años de su vida tratando de escapar de ellos, como si al esconderse en su cuarto la prensa sensacionalista no pudiera seguir inventando chismes.

Al final, o rehúyes la realidad, o te enfrentas a ella. Con el tiempo, Bruce se había forjado un escudo y negociado una tregua tácita con la prensa.

Se dejaría ver, haciendo gala de un comportamiento cuidadoso e impecable, y les permitiría que le sacaran todas las fotos que les apeteciera. A cambio, destacarían en las páginas de los periódicos lo que él quisiera. En este caso, la labor desempeñada por WayneTech para aumentar la seguridad en Gotham City: desde la tecnología nueva para las cuentas bancarias locales, hasta los androides de asistencia del Departamento de Policía o las mejoras en seguridad que lanzarían gratuitamente para todos los fabricantes de coches, con licencias de código abierto.

A lo largo de los años, Bruce se había pasado incontables noches encorvado en el escritorio de su habitación, rastreando obsesivamente las frecuencias de radio de la policía e investigando por su cuenta los casos abiertos. Docenas de bombillas se habían fundido mientras él desentrañaba los prototipos de WayneTech bajo la lámpara, a oscuras, antes del amanecer; mientras sostenía brillantes microchips y articulaciones artificiales; mientras estudiaba a conciencia la tecnología creada por su empresa para que la ciudad fuese más segura.

Si para seguir adelante tenía que salir en las noticias, en fin, que así fuera.

Cuando un mozo se acercó a abrirle la puerta, Bruce disimuló su incomodidad, salió del coche con un rápido movimiento elegante y dirigió a los periodistas una sonrisa perfecta. Las cámaras incrementaron el ritmo de los flashes. Dos guardaespaldas trajeados de negro y con gafas de sol iban apartando a la multitud y abriéndole paso, pero los periodistas seguían agolpándose, acercándole los micrófonos y preguntándole a gritos:

—¿Le hace ilusión graduarse?

—¿Cómo lleva lo de su recién adquirida fortuna?

—¿Qué se siente al ser el millonario más joven del mundo?

—¿Con quién estás saliendo, Bruce?

—¡Eh, Bruce, mira hacia aquí! ¡Sonríe un poco!

Bruce los complació y les sonrió con naturalidad. Sabía que era fotogénico: alto y esbelto, los ojos azules oscuros como el zafiro que contrastaban con su tez blanca, el pelo negro impecablemente engominado hacia atrás, el traje hecho a medida y los zapatos de piel relucientes.

—Buenas noches —saludó deteniéndose un momento ante el coche.

—¡Bruce! —le gritó un fotógrafo—. ¿El coche es lo primero que te has comprado? —Le guiñó un ojo—. Ya le has sacado partido al fondo, ¿eh?

Bruce se limitó a mirarlo sin desviar la vista, negándose a morder el anzuelo.

—Este es el Aston Martin más moderno del mercado, equipado totalmente con tecnología de seguridad de WayneTech. Pueden examinar el interior esta noche, en exclusiva y por primera vez.

Señaló con la mano el vehículo mientras uno de los guardaespaldas abría la puerta para que los reporteros echasen un vistazo.

—Gracias por cubrir hoy la gala de mi madre. Significa mucho para mí.

Siguió hablando acerca de las obras de caridad que se llevarían a cabo con los beneficios que se obtuvieran aquella noche, pero todo el mundo comentaba cada vez más alto, y hacían caso omiso de sus palabras. Bruce los miró con hastío y, por un momento, se sintió solo y muy inferior en número. Desvió la vista de los fotógrafos de la prensa sensacionalista y buscó a los periodistas de la seria. Ya se imaginaba los titulares del día siguiente: Bruce Wayne se gasta un millón en un coche nuevo, ¡el pequeño Wayne no pierde un minuto! Esperaba que entre aquellos reporteros hubiera algunos profesionales de verdad, que explicarían los pormenores del trabajo de WayneTech. Aquello sí que importaba. Se quedó allí, soportando la sesión de fotos.

Tras los estallidos de los flashes, Bruce se encaminó hacia la entrada. En lo alto de la escalera se encontraban más invitados: miembros de la clase alta de Gotham City, el concejal de turno y grupitos de admiradores. Bruce se dio cuenta de que estaba metiendo a toda aquella gente en categorías. Era una estrategia defensiva aprendida tras la muerte de sus padres. Estaban los que lo invitarían a cenar para intentar sacarle algún cotilleo; los que traicionarían a sus propios amigos por ganarse su amistad; el típico compañero de clase acaudalado que difundiría rumores por pura envidia; los que harían cualquier cosa por conseguir una cita con él y a la mañana siguiente airearían los detalles entre todo el mundo.

Sin embargo, mantuvo el tipo y saludó a la gente con educación. Solo unos pasos más y llegaría a la entrada. Lo único que tenía que hacer era franquearla y por fin podría...

—¡Bruce!

Una voz conocida se impuso al barullo. Bruce levantó la vista hacia una chica que estaba de puntillas y le hacía señas con la mano desde los peldaños superiores. Tenía los hombros enmarcados por la cabellera negra; las luces del suelo iluminaban su piel morena y la curva perfilada de sus labios. La tela de su vestido estaba salpicada de purpurina y lanzaba reflejos de plata si se movía.

—¡Eh! —lo llamó—. ¡Aquí!

Aliviado, Bruce abandonó la actitud cautelosa. «Dianne García. Categoría: una chica sincera.»

Cuando la alcanzó, ella dio la espalda a la multitud que se agolpaba tras el cordón de terciopelo, intentando interponerse entre él y las cámaras.

—¿Es tu cumpleaños y te haces de rogar? —le preguntó sonriendo.

Él le guiñó un ojo, agradecido, y se agachó para susurrarle:

—Siempre.

—Esta gala es una locura —prosiguió ella—. El dinero que sacarás de aquí será un nuevo récord.

—Menos mal. —Le pasó el brazo por el cuello—. Si no, habría estado soportando a todos esos fotógrafos en vano.

Dianne rio. Era la misma chica que le había roto un diente a un niño de un puñetazo por haberse metido con sus amigos, la que se había aprendido de memoria el primer capítulo de Historia de dos ciudades en el último año de instituto por una apuesta, la que podía pasarse una hora leyendo la carta para acabar pidiendo la hamburguesa de siempre. Dianne le dio un empujón cariñoso, de protesta; lo cogió del brazo y lo condujo a través de las puertas abiertas, dejando atrás a los paparazzi.

El interior se hallaba a media luz, todo de un tono azul; las lámparas de araña del techo despedían luminosos destellos blancos y plateados. Había mesas larguísimas llenas de esculturas de hielo y montones de comida; en otra mesa se alineaban los objetos de la subasta, que temblaban ligeramente con las vibraciones de la música.

—¿No tenías hoy una entrevista en la universidad? —preguntó Bruce alzando la voz por encima del bullicio. Dianne tomó un trozo de pastel de limón de una de las bandejas de postres—. No es que me queje de tu presencia, claro está.

—Ya la he tenido —contestó ella con la boca llena de crema—. Tenía que estar en casa temprano, mi abuela quería que recogiese a mi hermano. Además, ¿cómo iba a privarte de mi compañía justo hoy? —Se inclinó y su voz se convirtió en un susurro que no presagiaba nada bueno—: Es mi forma de decirte que no te he traído regalos.

—¿Nada de nada? —Bruce se llevó la mano al corazón, con sorna—. Vaya golpe.

—Si quieres, puedo prepararte un pastel.

—No, por favor.

La última vez que Dianne había intentado hacer galletas había prendido fuego a la cocina de Bruce, y se habían pasado una hora tratando de ocultar las cortinas quemadas para que Alfred no se enterase. Dianne le apretó el brazo.

—Pues hoy tendrás que conformarte con la cena y nada más.

Hacía tiempo, Bruce, Harvey y Dianne habían acordado no hacerse regalos de cumpleaños pero sí salir a cenar todos los años a su hamburguesería favorita. Esa noche se verían también allí en cuanto finalizase la gala, y Bruce podría dejar de ser un multimillonario y convertirse en un muchacho que estaba a punto de terminar el instituto mientras sus amigos se metían con él por las hamburguesas y los batidos cargados de grasa que pedía. Al imaginárselo, sonrió.

—¿Y bien? ¿Qué tal la entrevista?

—El entrevistador no cayó fulminado ante mis respuestas, así que me la jugaré y diré que ha ido bien. —Se encogió de hombros.

«Así admite Dianne que ha bordado la entrevista, igual que todo lo que hace.» Bruce reconocía ese gesto que su amiga hacía cada vez que trataba de minimizar sus propios logros: las matrículas en la selectividad, que la aceptaran en todas las universidades que quisiera y pronunciar el discurso en representación de los alumnos que se graduarían el mes siguiente.

—Felicidades. Aunque estoy seguro de que Harvey te ha dicho lo mismo.

Dianne sonrió.

—Harvey se ha limitado a pedirme que no le dé plantón en el baile. Ya sabes que le encanta moverse como un patoso.

Bruce soltó una carcajada.

—No estará solo ahora mismo en la pista, ¿verdad?

Dianne le sonrió con malicia.

—Puede aguantarse dos minutos.

El volumen de la música subió gradualmente a medida que se acercaban a la pista de baile. Al final atravesaron una serie de puertas de hoja doble hasta llegar a una balaustrada que dominaba el abarrotado salón. La intensidad de la música hacía vibrar el suelo. Una capa de humo se extendía a la altura de los pies. En el piso inferior se alzaba un intrincado escenario, con un DJ que movía la cabeza al compás. A su espalda había una imponente pantalla que llegaba al techo y en la que se veía una serie de imágenes que se repetían con intermitencia.

Dianne hizo bocina con las manos y gritó:

—¡Ha llegado!

Una ovación tan ensordecedora estalló en la pista que la música dejó de oírse. Bruce miró a la muchedumbre al tiempo que esta gritaba «¡Feliz cumpleaños!». Sonrió y saludó. A su vez, el DJ aceleró el ritmo: puso una base movida y los bailarines se convirtieron en un océano de miembros frenéticos.

Bruce se dejó llevar por la fuerza de la canción y la incomodidad que había sentido desapareció de un plumazo. Dianne y él bajaron la escalera y se mezclaron con la gente. Mientras iba saludando a los invitados, parándose de vez en cuando para hacerse fotos con algunos, perdió a Dianne entre la jungla de cuerpos. No conseguía ver más que una mezcla difuminada de caras conocidas y desconocidas cuyos contornos resaltaban con las ráfagas de neón.

«Ahí está.» Dianne había encontrado a Harvey Dent, pálido bajo las luces de la discoteca y que intentaba bailar siguiendo el ritmo. La imagen hizo sonreír a Bruce, que se encaminó hacia ellos. Le hicieron señas con los brazos.

—¡Bruce!

Al oír su nombre se volvió, pero antes de responder alguien le dio una fuerte palmada en el hombro. Logró enfocar una cara, que esgrimía una cruda sonrisa y cuyos dientes blancos resaltaban aún más en la palidez de su rostro.

—¡Hola! Feliz cumpleaños, tío.

Era Richard Price, el hijo del alcalde de Gotham City. Bruce parpadeó sorprendido. Hacía meses que no hablaban; Richard había crecido unos cuantos centímetros y Bruce tenía que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Hola —contestó—. Creía que no vendrías.

—¿Y perderme la fiesta? Eso nunca —contestó Richard—. Ha venido mi padre, está en la sala de subastas. Jamás faltaba a las galas de tu madre y ahora sigue en sus trece.

Bruce asintió, receloso. Tiempo atrás habían sido amigos íntimos. Vivían uno enfrente del otro, habían ido juntos al instituto, a fiestas y al mismo gimnasio a practicar kickboxing. Habían jugado a la consola en el cine privado de Bruce y se habían desternillado de risa hasta que les dolía la barriga. Los recuerdos le provocaron un escalofrío.

Pero las cosas fueron cambiando a medida que crecían. Bruce había encasillado a Richard en una categoría concreta: el amigo que solo llama cuando necesita algo.

¿De que se trataría?

—Oye —le dijo Richard, desviando la mirada. Su mano seguía en el hombro de Bruce pero le señalaba la salida—. ¿Puedo hablar contigo un segundo?

—Claro.

En cuanto dejaron atrás el estruendo de la pista, empezaron a pitarle los oídos. Richard se volvió y lo miró con entusiasmo. Muy a su pesar, Bruce se alegró al reparar en aquella expresión; era la misma sonrisa que le dirigía de niños, cuando Richard tenía algo emocionante que compartir con él. Quizá solo hubiera acudido para celebrar el cumpleaños de Bruce.

Richard se le acercó y bajó el tono.

—Oye —le susurró—. Mi padre no me deja en paz: no para de preguntarme si este verano voy a entrar de becario en algún sitio. ¿Me echas una mano?

La esperanza de Bruce se desvaneció y dio paso a una profunda decepción. Richard necesitaba que le hiciera un favor, otra vez.

—Puedo hablarle de ti a Lucius Fox —dijo Bruce—. En WayneTech buscan becarios para...

Richard negó con la cabeza.

—No, no me he explicado. No quiero ser becario de verdad, solo... bueno, que le hables bien de mí a mi padre: que le digas que trabajaré para WayneTech en verano y que me dejes entrar en el edificio un par de veces.

Bruce frunció el ceño.

—O sea, que quieres que te ayude a fingir que eres becario para que tu padre deje de darte la tabarra.

Richard le propinó un codazo de complicidad, aunque sin mucha convicción.

—Es el último verano antes de la universidad, no quiero pasármelo trabajando. Me entiendes, ¿verdad, Wayne? Cuéntale a mi padre que trabajo con Lucius. Una mentirijilla.

—¿Y cómo conseguirás que se lo crea?

—Ya te lo he dicho: déjame entrar en WayneTech de vez en cuando. Sácame una foto en el vestíbulo, algo así. Mi padre no necesita más.

—No sé, Richard... Si Lucius se entera, se lo soltará todo a tu padre.

—Venga, Bruce, ¡vamos! Por los viejos tiempos.

No había dejado de sonreír ni un momento. Se acercó a Bruce y le puso una mano en el hombro.

—La empresa es tuya, ¿verdad? ¿Vas a permitir que el empollón ese te diga lo que tienes que hacer?

Bruce se cabreó. Cuando había conocido a Lucius, Richard se había deshecho en halagos.

—No voy a encubrirte —declaró—. Si quieres decirle a tu padre que te han contratado en WayneTech, tendrán que contratarte.

Richard soltó un gruñido.

—Pero ¿qué te cuesta?

—¿Por qué insistes?

—No tienes más que dejárselo caer a mi padre un par de veces. No te costará nada.

Bruce negó con la cabeza. Cuando eran pequeños, Richard se presentaba a menudo ante su puerta, sin avisar y hablando sin cesar al interfono, con el último juego o los últimos muñecos del mercado. En algún momento, sus encuentros pasaron a consistir en debates sobre sus películas favoritas, o en ruegos de Richard para que Bruce le dejara copiarse de sus deberes o terminara él solo los trabajos de grupo, o le recomendara para un trabajo.

¿Cuándo había cambiado? Bruce no lograba comprender en qué momento se había torcido todo, ni por qué.

—No puedo —zanjó Bruce, negando con la cabeza de nuevo—. Lo siento.

Al oírlo, la vista de Richard pareció nublarse. Buscó la mirada de Bruce, esperando hallar otra respuesta, pero al no encontrarla hizo una mueca y se metió las manos en los bolsillos.

—Bueno, da igual —murmuró, esquivando a Bruce y dirigiéndose de vuelta a la pista—. Está muy claro. Cumples dieciocho años, te haces con el mando de tu emporio y de repente eres demasiado bueno para echar una mano a tus amigos.

—Richard —lo llamó Bruce. El otro se detuvo y lo miró por encima del hombro. Bruce lo observó fijamente un instante—. ¿Habrías venido hoy a la fiesta si no necesitaras mi ayuda?

Se hizo un silencio y Bruce supo que la respuesta era «no». Richard se encogió de hombros, dio media vuelta y se alejó sin responderle.

Bruce se quedó allí plantado, completamente solo, oyendo la música frenética que procedía de la pista de baile. De repente se sintió totalmente fuera de lugar, como si aquella fiesta no fue ...