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EL DESBARRANCADERO

Fernando Vallejo

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Fragmento

I

EL HADA, EL CABALLERO Y EL DONCEL

Ya había sonado, en el campanario robusto de Lusignan, capilla del priorato de Nuestra Señora, el toque de Vísperas, y el castillo y el pueblo flotaban en la vaguedad que precede al tintineo de Completas, la última hora canónica del día, la hora en que los monjes, reunidos en las salas de los Capítulos, iniciarán la salmodia que despide a la tarde. Pronto, quien aguzara el oído escucharía a través de Francia, de una a otra catedral, de uno a otro monasterio, en las ciudades y en el corazón de los bosques, el gangoso susurro de abejas de los largos latines, y los dominios feudales, las tierras de amigos y de enemigos, se transformarían una vez más, con esa vibración, a medida que avanzaba, sobre el olor y el temblor del verano, la suave incertidumbre del crepúsculo, en otras tantas colmenas sagradas.

Recuerdo que me asomé a las aberturas de la torre fundada por Hugo IV, entre las campanas cuya función esencial aspira tanto a mantener alerta la piedad de los hombres débiles como a espantar a los ejércitos del Diablo, y que mis Ojos, atravesando las piedras de la fortaleza que yo misma había comenzado a construir, siglos atrás, y que era un prodigio militar de fosos, de murallas y de baluartes, o girando la visión sobre la breve cúpula eclesiástica, escamosa como una cola de sirena o de serpiente —como mi propia cola célebre, sin ir más lejos—, se distraían con los verdes y los oros que subrayan el curso del Vonne y el valle de la fuente de Cé. El momento logra, en esa época del año, un esplendor singular, mientras las luces del cielo se encienden y ceden paso al azul y a la plata, que son, por otra parte, los colores heráldicos de los Lusignan, cual si mis príncipes levantaran a un tiempo sus escudos en la penumbra, para proteger a los suyos del horror de la noche. Entonces las estrellas dibujan sus mensajes, secretos y exactos como los signos del Zodíaco que decoran los portales de algunos santuarios de la región y que siempre (aun cuando significan que la Iglesia tiene delante de ella a la eternidad de los siglos) me alarmaron un poco, a causa de su origen infiel, pues en Oriente oí decir que una de las glorias de Alá finca en haber creado esas astrológicas figuras y las casas lunares. Pero en el abrigo materno del Poitou, la angustia y la maravilla del Oriente resultaban tan irreales, a pesar de los relatos de quienes volvían de la Cruzada, que si de algo teníamos que ocupamos no era de las invenciones de Alá sino, durante el invierno, de los lobos que aullaban a nuestras puertas blancas de nieve, y durante los meses cálidos, de las plagas que combatían a las cosechas, cuyos frutos —cuando Dios había sido benigno— se amontonaban en los carros rebosantes de coles y de heno, de infinitas tonalidades sutiles, que al rodar plañideramente hacia las ferias, con muchachos despatarrados, semidormidos encima de la carga, parecían arrastrar en su bamboleo el triunfo de los tapices señoriales sembrados de hierbas y de flores misteriosas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Los rumores cesaron uno a uno. La brisa estremeció con leve suspiro la pálida humareda de los árboles; un pastor invisible prolongó en su caracola, erguida hacia la paz de la luna, su extraña queja, insinuándonos viejísimas cadencias de mar y de mitología, que callaron de súbito; rechinaron en el castillo goznes y cerrojos; onduló unos segundos, alrededor de mi torre, el canto de una mujer que apaciguaba a un niño; y el silencio —aguardando al instante en que el vigía reiteraría con voz indiferente, como si no se tratara de algo muy grave, su pedido ritual de una oración para los muertos— se instaló entre nosotros, enorme, sofocándonos, de suerte que se dijera que un ave gigantesca estaba incubando, en la extática noche que nacía, a las fortificaciones y al caserío de Lusignan, y que, apretados bajo su peso, sólo alcanzábamos a distinguir la iluminación celeste a través de sus plumas grises.

Me eché a dormitar —también las hadas duermen—, cubierta por el baldaquín metálico que formaba la comba de una campana, y mi antiguo sueño, el sueño de mi adolescencia famosa, escandalosa, tornó a visitarme. Pienso que debo narrarlo en seguida, para que el lector aprecie con exactitud la jerarquía excepcional de quien escribe para él. Pero, puesto que ese repetido sueño y la historia de mi vida constituyen un todo inseparable, referiré, concretamente, en las primeras páginas de este libro que será sin duda extenso y curioso, mi vida, mi vida que semeja un sueño, porque así lo quiso la incalculable fantasía de Dios, y el lector sabrá a qué atenerse. Por lo demás, es una anécdota harto conocida. Los aldeanos la narran, junto al fuego, sin tantos pormenores; las madres —acaso esa madre que arrullaba a su pequeño, cerca de la torre de Lusignan— la cuentan y cantan admirablemente a sus hijos; los poetas la exaltaron con más o menos eficacia; y los estudiosos especialistas la han analizado con paciencia, sin conseguir, empero, todavía, y eso que su esfuerzo ha sido notable, acumulando las fichas tristemente folklóricas y las búsquedas en las que la filología sagaz rivaliza con el erudito candor, despojarla de un lirismo dramático que me enorgullece y me asusta y que hasta hoy demuestra ser más fuerte que sus metódicos embates sabios.

Es la historia de un hada, la vida de un hada; que quien no crea en las hadas, cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo reduzca al papel suntuario de relleno de su biblioteca, lamentando el precio seguramente substancioso que habrá pagado por su gruesa estructura. Al proceder así y al no tener en cuenta que todo, absolutamente todo, en este mundo inexplicable, funciona por razones que se nos escapan, su escepticismo anticuado, que tacharía de victoriano, de no mediar mi respeto por esa gran reina, lo privará de enterarse de asuntos de interés trascendente. Lo siento de antemano por él: hay distintos modos de ser un pobre de espíritu; hay distintos modos de andar por la Tierra tildándola de insípida, aburriéndose, dejándose morir de monotonía y de tedio; y uno de ellos —tal vez el más tonto— consiste en negarse a probar la sal y la pimienta ocultas que la sazonan de magia.

En cuanto a la idea de rechazar la existencia de las hadas, hadas malas y hadas buenas... es menester ser ciego para no verlas, para no reconocerlas, pues su enjambre pulula doquier. Por obvias razones, me unen a cada una de ellas lazos de afecto o de aversión. Las hay ricas, extravagantes, que derrochan en Venecia, en Montecarlo. Son esas fabulosas, inmemoriales mujeres, cuyas edades, rentas y procedencias se ignoran, que les imponen a las ruletas malabarismos estupendos, como la sospechosa complacencia de reincidir en el mismo número más vueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de fichas con ademanes indolentes y expelen el humo de sus largas boquillas. 0 esas otras que, de la noche a la mañana, decoran sus departamentos de París y de Nueva York con tapices góticos desconocidos, soberbios, asombro y desesperación de los marchands, que ellas conservan de su propia belle époque medioeval, en subterráneos arcones de abandonados castillos y abadías. 0 las que, fieles a su vocación primordial, se dedican a sacudir las mesas del espiritismo y a organizar el trajín de las casas embrujadas. 0 aquellas, caritativas, que ayudan a la gente, pero de una manera fantástica, a menudo arbitraria o errónea. Y las zalameras que no renuncian a sus características de sempiternas enamoradas sensuales y, como cuando revoloteaban sobre el Valle Sin Regreso de la floresta de Brocelianda, donde Morgana enclaustró al bello caballero Guyomar y a muchos amantes perjuros, o sobre la isla de Avalon, a donde un hada se llevó secuestrado al doncel Lanval (y fueron felices), siguen dándose maña, a pesar de su ancianidad evidente, para raptar jovencitos que ansían progresar económicamente, quienes luego desfilan de su brazo, bien vestidos y enjoyados, por los halls de los hoteles internacionales. O aquellas, más aplicadas, más respetables, densas de generosa voluntad científica, que zumban y soplan sobre las cabezas fatigadas de los inventores y les sugieren ideas pasmosas, pero que ahora se van quedando atrás, sumergidas por el alud de las cifras, de las fórmulas y de las máquinas electrónicas, y miran multiplicarse en torno las expresiones que no entienden y que convulsionan a un mundo que se les desliza entre las manos aéreas y que no les pertenece ya. Y así sucesivamente. Hay hadas y hadas y hadas. Cuchichean, ronronean, como insectos impalpables, por los caminos de la Tierra estúpida. Yo soy una de ellas.

Hay ángeles también. Que el sensible lector se convenza: hay, como en la Edad Media, hadas y ángeles, que eso fue la Edad Media: el Hada y el Ángel. Y el Demonio. Pero no me extenderé por el momento sobre el tema del ángel. Aunque es justo que, al pensar fugazmente en ellos, copie aquí la frase que he murmurado en ocasiones innúmeras: ¡todo ha cambiado tanto!

Cuando yo tenía a mi cargo los deberes inherentes a la joven señora de Lusignan, y también cuando se producían los acontecimientos que más adelante describiré, era habitual que las hadas nos encontráramos con los ángeles, mientras cumplíamos nuestras respectivas tareas. La similitud de ciertas raras consignas nos hacía recorrer itinerarios iguales. En esa época, una topaba con ángeles en lugares inesperados: en las encrucijadas de un bosque, en las cocinas de un convento. Pasaban, filosos, tímidos, tendidos los delgados dedos bendicientes, alzándose las claras vestiduras. Iban a visitar a un ermitaño, portándole una cesta con tortas dulces, o a recibir, de labios de una duquesa beata, las preces que recogían en sus mantos como un aroma de incienso. Nosotras, como ellos, teníamos mucho que hacer. Nos cruzábamos, afanosos, incorpóreos para los demás, y si bien la etiqueta exigía que fingiéramos, por ambas partes, que no captábamos nuestras mutuas esencias, que ni siquiera nos veíamos, a veces eran tan hermosos y recordaban de tal modo a los señores adolescentes que nosotras espiábamos y socorríamos, que no podíamos evitar que una sonrisa iluminase nuestras caras. Entonces ellos se inclinaban un poco, casi nada, y proseguían su marcha suave y solemne. Pero ya lo dije: ¡todo ha cambiado tanto! Los ángeles, si todavía ambulan por el mundo, se han modificado de tal manera que ni aun nosotras, que los comprendíamos bien y que participábamos de algunos —sólo de algunos— de sus rasgos sutiles, somos capaces de reconocerlos. En la época que evoco —el año 1174— un ángel vivía, me atrevo a asegurar que permanentemente, en la torre principal del castillo. Durante los trabajos agrícolas del mes de marzo, cuando los aldeanos podaban las viñas, descendía al campo ondulado y secundaba su tarea, sin que ellos se percataran. Luego regresaba al castillo, que no era todavía tan complicado como se lo detalla en la miniatura de las “horas” (trés riches) del duque de Berry, pero no carecía de grandeza imponente, y yo, desde mi refugio del campanario, lo atisbaba ir y venir, en lo alto de su celda, leyendo, a la luz temblona de una candela, un libro de devoción. Con ser vecinos y los únicos habitantes sobrenaturales de Lusignan, no nos hablamos nunca.

Me llamo Melusina y la sola mención de mi nombre debería bastar. Pero no hasta ¡ay! nada basta en un siglo como el actual en que los escolares deben aprender tantas cosas difíciles e inútiles que no les queda ya tiempo para las fundamentales.

Mi padre, Elinas, que otros apellidan Thiaus (pero eso no importa), era rey de Albania, es decir de Escocia; mi madre, Presina, era un hada. Por aquel entonces, quien no gozaba del privilegio de ser hijo de un rey, se enfrentaba en la vida con serios obstáculos, singularmente con el de que no lo tomaran en cuenta: la prueba es que la mayoría de los grandes personajes de la naciente literatura fueron hijos de reyes. Sin embargo, mi desgracia eterna procede del hecho de ser la hija de un rey. Y de un hada; no olvidemos al hada, causa principal del infortunio que padezco. También el parentesco con las hadas más inusitado y arduo de obtener que las consanguinidades monárquicas, y más preciado por eso mismo (lo destaca Proust), fue un timbre que en aquellas centurias reclamaron para sí ciertos próceres de alto refinamiento, causando bastantes dolores de cabeza a los genealogistas. Su mención se halla en textos responsables y me limito a copiarla: Conn, rey de Tara, casó con un hada en segundas nupcias: Bertrand du Guesclin eligió a un hada por señora, lo mismo que el sire de Bourlemont, dueño del Árbol de las Hadas, a cuya sombra Juana de Arco danzaba de niña. Yo fui hija de un hada y de un rey, supremo enlace, máxima pretensión, supongo, de los que afirman su orgullo en las prerrogativas hereditarias; pero yo hubiera preferido ser el fruto de una alianza menos espectacular que la resultante de la conjunción de la corona y de la mágica varita: eso me hubiera permitido transitar brevemente por el mundo, como cualquier mortal, sin pena ni gloria, y no tendría que permanecer aquí para siempre, contra mi mucho más modesta, burguesa y sana voluntad.

Mi familia se completó con dos hermanas, no tan célebres como yo, aunque parejamente movedizas: Palatina y Meliás. Nos entendíamos muy bien. Nos entendíamos, sobre todo, en lo que se refiere al encono que nos inspiraba nuestro padre. Los motivos exactos de ese rencor no vienen al caso: será suficiente que el lector se informe de que el rey Elinas no cumplió la promesa que le formuló a mi madre en sus bodas y que nosotras, mujeres al fin (no obstante ser mujeres excepcionales) hicimos causa común, desde la infancia, con el bilioso y ofendido punto de vista materno. Así que cuando juntas nos entreteníamos en Inis Vitrin, la Isla Perdida de Avalon, donde nos educaron, como corresponde a los retoños de un hada linajuda separada de su marido, de tanto en tanto suspendíamos nuestros juegos y, en lugar de distraernos con la compañía del rey Artús, que convalece en esa isla de cristal de las lesiones recibidas en la batalla terrible de Camelon, aprestándose a volver un día, rabie quien rabie, a asentar el dominio de Bretaña sobre el mundo, o en vez de conversar didácticamente con Roldán, Gauvain, Perceval y los demás caballeros que allá residen, y a quienes la gente desacertada cree muertos, o de participar de las fiestas feéricas —palabra justa— ofrecidas en su honor por Morgana, con despilfarro de prestidigitación, música de arpa del hada Thyten, banquetes raros, etc., mis hermanas y yo nos reuníamos a comentar la perfidia de nuestro progenitor y a conspirar contra su suerte.

Llegó el día que nos graduamos de bachilleres en ciencia mágica y, merced a un encanto, encerramos a nuestro padre Elinas en la montaña de Brumbeloy, para más precisión en el frío condado de Northumberland, tierra de mineros, donde hoy fabrican locomotoras. No calculamos los efectos de nuestra imprudencia. Inexperimentadas, no previmos que quien se inmiscuye en las querellas de los amantes, a la larga es el único perdedor. No imaginamos que nuestra madre, acaso irritada porque no se le había ocurrido a ella el sencillo procedimiento eliminatorio, o enternecida por el recuerdo de los ejercicios distantes que compartiera con el rey Elinas y que nos trajeron a nuestras cunas, pactaría con el esposo vejado y reaccionaría contra nosotras que, al cabo de cuentas, actuábamos por sugestión suya, exasperadas por las cuitas que nos había confiado desde que nos nutriera con sus nigrománticos pechos, esas cuitas cuya enumeración terca había operado como un alimento más, pero corrosivo. Se puso furiosa, ante nuestro sincero estupor de hijas solidarias, y transformada, sin previo aviso, de nuestra colérica cómplice en nuestro inflexible y traidor verdugo, nos impuso castigos memorables. A la pobre Meliás la condenó a cuidar un gavilán, hasta el día del juicio, idea absurda, aunque entiendo que dicho animal ha sido perfectamente amaestrado y puede servir de ejemplo a los especialistas; y a Palatina, a vigilar el tesoro de su padre, hasta que un caballero, descendiente de mi estirpe, se apodere de sus riquezas para liberar con ellas al Santo Sepulcro. Llamo la atención hacia lo exagerado de las penas. Mi madre fue —es, pues todavía andará quién sabe por qué rincones, perturbando a los hombres con sus caprichos— muy tornadiza y con ella no se podía contar. A la postre, no me parece tan insoportable la fugaz reclusión del rey Elinas en Northumberland. Más bien tuvo el tono de una broma que el de un escarmiento: un ensayo de sortilegio realizado por muchachas incompetentes. En cuanto a mí, el correctivo que se me asignó merece párrafo aparte, tanto por tratarse de mí como por su originalidad esmerada. Reconozco que Presina era una hechicera de pies a cabeza. Yo lo fui más tarde, sin conquistar nunca su técnica madurez.

Me sentenció a metamorfosearme, los sábados, en un monstruo mitad mujer y mitad serpiente. Mi marido —si me casaba— no debería verme bajo ese aspecto desazonante; aun más, debería ignorar que esa transmutación semanal existía, pues de lo contrario yo sufriría para siempre, como mi desdichada hermana Meliás, la insoportable penitencia de la inmortalidad... que es la que ahora me aflige y me veda el descanso absoluto al cual aspiro, el inmóvil sueño sin límites bajo una piedra tumbal, en la misma iglesia de Lusignan donde escribo estas líneas, mirando de hito en hito el vacío espacio que ocupaba el castillo pintado por los hermanos Limbourg en una página del devocionario del duque de Berry, mi castillo amado y execrado, el castillo que era como una fiesta de bombas y de luces de artificio, con sus cúpulas agudas, sus almenas y sus estandartes, y que ha sido reemplazado municipalmente por un paseo de provincia y por una escuela.

Obsérvense las circunstancias de la condena que se me fijó. Mi madre me lanzó a encarar coyunturas semejantes a las que suscitaron su propio descalabro hogareño. Su infelicidad derivaba de una condición que le había establecido a su esposo y que, no cumplida por éste, acarreó su separación del rey Elinas, la cárcel de ese príncipe y las tribulaciones fatales de sus tres hijas; y sin embargo quiso que yo también lo conminara a mi cónyuge probable a satisfacer una formalidad, una cláusula extravagante, de la cual dependería mi ventura. Pero en mi caso las consecuencias podían resultar más graves todavía, pues a ellas —al hecho de que mi marido me viera o no convertida en mujer-serpiente— estaría subordinada la eventualidad de que se modificara mi humana esencia, volviéndome hada, es decir un ser inmortal, un ser indiscutiblemente anormal, y eso es lo que yo más aborrecía, ya que mi anhelo. de entonces —y de ahora— fincaba en poseer las mediocres características de una mujer como cualquier otra, una mujer de su casa, tranquila, común. Tuve que aguardar a que Sigmund Freud apareciera en nuestro oscuro mundo para comprender, en parte, los motivos de la reacción desproporcionada de la autora de mis días, de su venganza loca que, ejercida sobre mí, apuntaba en realidad a su destino frustrado.

Me despedí, pues, con lloros y promesas, de Meliás y de Palatina, quienes partían hacia sus respectivos porvenires quietos, de guardianas de un gavilán y de un tesoro, mientras yo me echaba a arrostrar mi sino exótico, melancólicamente circense, de mujer serpentígera. Palatina me arrancó el juramento de que me casaría pronto, ya que a mi posteridad estaba sometido, como se recordará, el acontecimiento de su propia emancipación. Cuanto antes debía empezar la siembra de mis vástagos por el mundo, para que Palatina se redimiera de su cárcel junto al tesoro paterno. Declaro que en aquel instante, joven y cándida, sentí que un vértigo me hacía vacilar, frente a la perspectiva del árbol de mi linaje abriéndose en ramas y subramas, con minúsculos blasones y nombres caligrafiados sobre sus hojas que ascendían hacia el cielo de los siglos.

Elegí al Voitou por morada. Prefería, al lirismo dramático de Escocia, la grácil ternura de sus bosques, de sus arroyos irisados de hierbas flotantes, de sus ciénagas, de sus valles por los cuales discurren, como empeñadas en serios monólogos, las vacas lentas; de sus riberas en las que los pescadores arrojan las líneas con ademanes estatuarios; de sus caminos por los cuales iban, cargadas de bloques pétreos que se reservaban para las construcciones religiosas, las carretas de las cuales tiraban varias yuntas de bueyes, o a las que se habían uncido nobles y villanos, cantando las laudes de Nuestro Señor, y que seguían enguantados obispos de mitras deslumbrantes y báculos con dragones —como símbolos de la derrota del Mal— en sus volutas de policromo marfil; y de sus ríos también, por los que se deslizaban, al impulso de firmes pértigas, las barcazas perezosas que acarreaban antiguas columnas con fragmentos de inscripciones del tiempo de los procónsules y de los emperadores romanos, para incorporarlas a los pórticos y las naves catedralicias, y que resplandecían de gloria cristiana y pagana, bajo las estrellas, en medio de escuadrones de gansos albos, elegantes y dignos como cisnes.

Allí podría encontrar, tal vez, las plantas secretas que las hadas recogen al claro de luna, las mezclas que exigen los filtros que yo había estudiado en la isla de Avalon: el beleño, la primavera, el selago de los druidas, el céltico samolum, el trébol y la verbena, y con ellas las que sahuman, en la alegría de mayo, a la Provenza vecina, el espliego, el tomillo, el eucalipto, la mimosa, a fin de perfumarme y ser más bella y gustar y tentar. No he aludido hasta ahora a mi hermosura. Era muy hermosa. Perdóname la vanidad, lector, pero ¿cómo no ceder al placer incomparable de hablar de mí misma? Hablar de uno mismo, analizarse, explicarse —y, en consecuencia, hacer que hablen los otros— es una voluptuosidad tan vieja como la historia del mundo, y los pequeños progresos que hemos logrado en la Tierra, desde que por ella transitamos, le deben mucho al afán ingenuo e ilustre, desesperadamente compartido por insignificantes y por grandes, de autodifusión perpetuadora. El día aciago en que dejemos de hablar de nosotros mismos, nos habremos quedado sin el sentido de nuestra eternidad y el mundo se derrumbará entre cenizas tristes. El arcángel exterminador aprovechará esa hora propicia.

Sí, yo era muy hermosa. Me inclinaba sobre las fuentes, sueltas y abiertas las trenzas castañas en los círculos del agua, como otras flores, y me hallaba hermosa. Los sábados, la anunciada mutación inexorable se producía. Me desnudaba y me hundía en un arroyo, esperando el momento en que un ingrato, repelente escozor, me estremecía el cuerpo. Entonces mis piernas se afinaban, se alargaban, hasta formar una cola ondulante, y se cubrían de escamas blancas y azules, colores futuros de los Lusignan, mientras crecían sobre mis hombros dos alas esmaltadas de los mismos tintes. Con estas últimas no había contado; no me las anunció mi madre; acaso se le antojó después completar mi horrible disfraz. En esas oportunidades cuidaba de que no me vieran los pescadores o los que andaban de cacería. Me sumergía, nadando entre los finos peces, o verificaba unos vuelos bajos, protegida por el follaje. Cuando recuperaba mi traza, rompía a llorar. Sufrí mucho. Imaginaba que era imposible sufrir más... y me faltaba por ascender todavía la verdadera escala del sufrimiento.

Un día —no era un sábado sino uno de mis días buenos— me puse a bailar en torno de la fuente de Cé, la fuente de la Sed, la misma que ahora contemplo, elevándome sobre mi campanario. Bailaba y bailaba, con la inconsciencia de la juventud matadora del tiempo, como Juana de Arco cuando lo hacía alrededor del Árbol de las Hadas. Y ya sabemos lo mal que a la larga le fue. Era casi de noche y en otoño. De repente, a la distancia, oí pasar, destrozando ramas, entre relinchos, ladridos y toques de olifante, la algazara de una cacería. Pensé en la mesnada diabólica, la fantasmal Chasse Gallerye, que a veces atraviesa al galope enfurecido y que conducen monteros degollados, hasta que un caballero la detiene con su espada, como Ronsard refiere en bonitos versos, y se desvanece en el aire. Pero no siempre se encuentra un caballero en estas espesuras, así que comencé a temblar. Pronto, sin embargo, me percaté por sus gritos de que aquellos eran seres humanos y renació mi calma. Hasta que súbitamente el estrépito cesó. Calculé que habrían cobrado la pieza, el feroz jabalí, el lobo cruel, o por fin ese monstruo de patas cortas que siempre gira en redondo y que nadie consigue hallar. Un clamor enorme, doloroso, sucedió al silencio, y con él tornó mi inquietud. Me retiraba ya cuando como en el teatro se abrió el follaje y un hombre, un muchacho, apareció a mi vista. Venía cubierto de sangre y era extraordinariamente hermoso. Yo no sé qué pasa con los hombres actuales, porque en la época a la cual hago referencia —la literatura de entonces abunda en testimonios de ello— una se cruzaba con hombres hermosos en todas partes. Quizás haya que atribuirlo a la vida al aire libre, al mucho ejercicio. Los hombres de aquel tiempo no fumaban ni bebían mezclas turbulentas. Se acostaban y se levantaban temprano. Eran higiénicamente hermosos. Y el que surgió frente a mí lo era en especial. Lo creí herido y me adelanté para socorrerlo, pero me dijo que no había sufrido ni un rasguño. Me reduje, pues, a mirarlo, y él me miraba también, en tanto que en la fuente de Cé lavaba sus manos y sus ropas bermejas. Se me ocurrió que sería un asesino y que debía temerle, mas la admiración, rotunda e inmediata, sobrepasó con mucho a la probabilidad del miedo. Para limpiarse, debió despojarse de la cota, de la camisa de mangas flotantes y de las bragas estrechas, ceñidas Así desvestido, comprobé, pese a mi inexperiencia y a que se refugió para la tarea detrás de un arbusto, el minucioso esplendor de su hermosura. Lavaba con cuidado, seriamente, como una mujer, pero nadie hubiera podido negar (y menos que nadie yo, luego de mi inspección íntima) que se trataba de un hombre. Encendió fuego y tendió su indumentaria a secar. Sólo en ese momento me refirió su historia; sólo en ese momento advertí que estaba llorando, que la humedad que iluminaba su rostro no procedía de las salpicaduras de la fuente, sino de sus propias lágrimas. Y deduje que no cabía el dilema de que fuese malo.

Era, como siempre, el hijo de un rey; en este caso, del rey de los bretones; y se llamaba Raimondín. Había salido de caza con su tío Aimery, conde de Poitiers y, persiguiendo a un jabalí, había dado muerte a su tío por accidente, pues su acero resbaló sobre el pelaje lustroso de la bestia y se hundió en las entrañas, más accesibles, del conde. A raíz de esa desgracia se alzó, en la floresta de Coulombiers, el clamor de los cazadores al que reemplazó un espantado mutismo en momentos en que los monteros descubrieron, acuchillado y a medias moteado por las hojas áureas que sacudía el otoño, el cuerpo inánime de su señor. Raimondín, cuya participación en ese desastre ignoraban, rompió a correr, gimiendo, aullando, como un demente o como otro animal que acosan, manchando de sangre la fronda que sus manos trémulas apartaban, hasta que desembocó en el calvero del bosque donde cantaba la fuente. Mientras tartamudeaba su relato entrecortado de sollozos, no me cansaba yo de valorar la gracia de su apostura, la tierna delicia de su piel, la natural nobleza de sus ademanes, el prodigio de su boca, la lisa perfección del pelo oscuro que le caía sobre la cara y de vez en vez recogía con tres dedos finos, y muy notablemente la rareza de sus ojos de dos colores, uno azul y otro rojizo —que trajeron a mi mente lo que el provenzal Alberic de Briancon cuenta sobre Alejandro Magno, al describir al héroe en su poema y apuntar que tenía un ojo negro, como el de un grifo y el otro azul, como el de un dragón—, unos ojos sin cuya singularidad su cara hubiese sido atrayente, sin duda, pero hubiera carecido del aditamento único que la distinguía de todas y le otorgaba una seducción que actuaba con principal firmeza sobre quien, como yo, era graduada en fantasía.

Lo consolé, lo tranquilicé como pude y presto noté que mi propio hechizo obraba sobre su desazón mejor que cualquier bálsamo o discurso. Al verlo más sereno, tomé el asunto entre manos con esa rápida eficiencia que entonces me destacó, y lo convencí de que no debía extraviar el juicio, ya que su desdicha se reducía a un accidente. Lo mejor sería atribuir la muerte al puerco salvaje que ya había sido ultimado por el filo de diez dagas y por las dentelladas de los canes. Ante esa perspectiva, Raimondín se sosegó por completo. Entonces yo consideré oportuno celebrar nuestro encuentro con un pequeño espectáculo. Batí palmas y varias hadas vagabundas se presentaron en el claro del bosque, pero yo me cuidé bien de revelarle a mi amado —que ya lo era— lo excepcional de esas jóvenes, y dejé que las tomara por mis doncellas, mientras que las muchachas se prestaban amablemente a la superchería, como corresponde a ex compañeras de escuela en los cursos de la Isla Perdida de Avalon, y en un abrir y cerrar de ojos secaron y plancharon su ropa, lo revistieron con ella (yo intervine en esa operación y aproveché para deslizar mis yemas sobre la delgada solidez de su cintura) y fijaron encima de su yelmo, circundándolo como una corona, el rosario de esmeraldas que se le había caído en su fuga y que una de ellas había recogido en la floresta de Coulombiers, la cual encierra muchas maravillas —como esa abadía de los agustinos cuyos capiteles son demonios que hacen muecas atroces—, pero, ninguna tan adorable como los ojos bicolores de Raimondín y su erguida cabeza bajo las esmeraldas. Y así nos fuimos, conversando, hasta Poitiers, de suerte que cuando el doncel se adelantó por el atrio de Nuestra Sefiora la Grande, rodeado de muchachas, la espada limpia al cinto y las piedras relampagueantes en la frente, fue como si avanzara en medio de una doble guirnalda que ondulaba entre las antorchas. Allí le aguardaba la sorpresa, que yo había organizado con mis compañeras, de que el jabalí ya estaba quemándose frente al portal, por obra de la población a la que irritaba la muerte de su príncipe, y de que los monteros acogían con vítores al hijo del rey de los bretones, a quien suponían destrozado por la fiera. La escena se desarrolló divinamente y nadie se enteró de la verdad. Raimondín y yo nos miramos una vez más, al resplandor chirriante de la hoguera, en el chisporroteo del cerdo asado con su pelaje duro. Había entre nosotros el lazo de un secreto. Pero él desconocía aún que, si como yo esperaba, se decidía a casarse conmigo, tendría que hacer frente a las dudas de un secreto bastante más grave.

Le comuniqué mi condición, no bien me requirió en matrimonio: la condición artera del hada Presina, según la cual debía renunciar a verme, cada semana, desde el alba del sábado hasta el alba del domingo; un requisito tremendamente arduo de cumplir, pues no se vincula tanto, como se pensará, con el sentido más convencional del honor, que obliga a los hombres a estar muy instruidos de la actividad de sus esposas, cuanto se relaciona con los primarios celos y sobre todo con la primaria curiosidad inherente a la naturaleza humana. Raimondín tuvo en cuenta sólo a mi mareante belleza y no extremó las reflexiones. De haberlo hecho, es obvio que no hubiese aceptado. Y aceptó. A mi vez, puse en acción los poderes que de mi madre había recibido y que había afinado en Avalon, y sin ningún esfuerzo hice brotar, en un día, la capilla que mis descendientes, con Hugo IV el Rojo a la cabeza, completaron después. No peco de vanidad si proclamo que me salió muy bien, particularmente la armonía de la nave y la proporción —para atenerme a las descripciones arquitectónicas que se redactaron luego— de sus columnas géminas, bajo la comunidad de un ábaco moldurado. La cripta donde sueño en tumbarme a descansar, es admirable. Y resulta increíble, pero así fue, que Raimondín, cegado por su entusiasmo, no prestara atención a una proeza tan sobrenatural, que debía haber abierto sus ojos inocentes hacia las excéntricas características de su novia. La boda se desarrolló soberbiamente y los festejos duraron seis días. Se ha hablado de muebles de oro y de tapices bordados con diamantes, pero esas son exageraciones de Juan de Arrás, novelista que, trazando mi historia en el siglo XIV para el duque de Berry, señor de Lusignan, juzgó discreto extremar los lujos inventados, pues nada conceptuó bastante para halagar a un príncipe pródigo de cuyo humor dependía y que confiaba en esos detalles para exaltar su propia magnificencia. Fíjese el lector que hubiera estado en mis manos la producción de dichos enseres decorativos —posteriormente logré obras harto más complicadas—, mas no consideré ni de buen gusto ni prudente descubrir de entrada la extensión de mis facultades. Con todo, repito, la boda tuvo un tono opulento: hubo torneos, cacerías —pese a que algunos habrán barruntado que la inclusión de batidas en pos de jabalíes era una gaffe, recordando el fin truculento del conde Aimery de Poitiers—, conciertos y bailes. Lo único que nubló vagamente mi alegría fue la presencia de un hermano de mi marido, el conde de Forez, agrio, caviloso y envidioso, que con cualquier pretexto insinuaba ironías desagradables, fundado en la necesidad mundana de mantener su prestigio de hombre de ingenio a toda costa. Transcurrieron varios años y cuando la experiencia me permitió ver claro, deduje que ya durante las nupcias había procurado inficionar el ánimo del dulce Raimondín, urgiéndole que averiguara la causa de mis semanales reclusiones, tal vez sugiriéndole que ellas se debían al hecho de ser yo una bruja y de consagrar esos días a la excursión hasta los dólmenes y menhires del Sabat, como las hechiceras que provocaron la reacción del Concilio de Letrán y que de noche cabalgan con Diana y con Herodías, sobre una escoba en la que ni una fibra ha de cruzarse, al puño un sapo en lugar de un halcón haciendo mofa así del arte señorial de los cetreros. Pero mi esposo no le prestó oídos. No tenía oídos, lengua, brazos y demás, sino para mí. Y fuimos felices.

Yo correspondí con holgura a su confianza. De segundón, de muchacho agraciado y sin rentas, con la mácula de la muerte de Aimery en su breve pasado, lo convertí en hombre de posición descollante. Me lancé a lograrlo con estruendoso júbilo. Nada me pareció suficiente para consolidar la pujanza que compartíamos. Hice derroche de magia. De ese período datan mis grandes construcciones, comparables, en el Poitou, con los trabajos cumplidos dentro de la isla de Noirmoutier, por las clásicas bacantes, que en una noche erigían y demolían un templo. Las bacantes, ya se sabe, eran locas, irresponsables; procedían porque sí, porque la lujuria las sacaba de quicio; yo no; yo actué con orden, como una administradora prolija, y no di puntada sin nudo.

En una quincena cavé los fosos del castillo de Lusignan; perfilé sus barbacanas, cortinas y torreones; establecí sus patios, prisiones y bodegas; cultivé su huerto; ubiqué su aceitado puente levadizo; soplé en sus chimeneas para que circulara el humo airoso, en cuyas columnas se enredaban los duendes y las hadas pequeñitas multipliqué sus pinturas murales; afirmé las bóvedas de sus escalinatas. Una maravilla. Nadie podría imaginar hoy lo que fue, luego de las demoliciones imbéciles, insensatas, del duque de Montpensier y de Luis XIII. No me cansaré de pregonarlo: una maravilla. Había que verme en aquellos tiempos de frenesí. Claro que ninguno podía verme. Pero yo iba en el temblor de la brisa y del viento, más tenaz que toda fatiga, convencida de la trascendencia familiar y estética de mi misión, transportando en mi delantal listado del Poitou, como si fueran brazadas de ramas secas, las peñas inmemoriales; los dólmenes, los monolitos arcanos en torno de los cuales se reúnen los forestales geniecillos; las losas de los sarcófagos de las necrópolis merovingias y carolingias; las piedras de los derruidos puentes que elevaron las legiones de Roma; y las dejaba caer aquí y allá, con la puntería exacta de un jugador de bolos, desgajando con metódico estropicio los árboles sacros que plantaron los druidas, para edificar la gloria del castillo de Raimondín y para que —así como Raimondín era, a mi juicio, el más hermoso de los humanos— su castillo fuera el más hermoso también. Y Raimondín (pero le encarezco al lector que lo tache de ingenuo, de distraído, de propenso a admitir la sencillez del milagro, y no de tonto) estaba tan plenamente embargado por el alborozo de mi amor, reiterado noche a noche por mí con fresco arrebato, sin preocuparme de la lasitud propia de un esfuerzo notable, que, como cuando alcé para él la capilla de Lusignan, ni se le pasaba por la mente una sospecha, una duda. Vivíamos en la Edad Media; lo insólito se revestía de bendita naturalidad; nuestros contemporáneos (como los actuales, pues todo es cuestión de costumbre, que con igual llaneza no se pasman ante la perspectiva de viajar a la Luna) intimaban con la pirotecnia de los prodigios; y mi marido era así, despreocupado, adorable. Se iba a pescar con amigos, con servidores, siguiendo el curso del Vonne, del Clain o del Vienne, o a probar halcones en los sitios donde Clodoveo derrotó al visigodo Alarico y donde Carlos Martel derrotó al emir de España —esos halcones de picos afilados y cascabeles rabiosos que a veces me rozaban en la bruma de nubes por la que volaba, invisible, con mi cosecha de rocas sujeta entre las puntas del muy elástico delantal, y que entonces erizaban sus plumajes, frenéticos de terror, prorrumpían en hirientes quejidos y caían como muertos sobre los cazadores absortos—, y cuando Raimondín regresaba no lo sorprendía tanto como el aturdimiento enigmático de sus aves de presa, la singularidad de que su castillo dispusiese de un cuerpo más, en el que ya flameaba el banderín de plata y azur, e interrumpía el examen de las novedades que había incorporado a su fortaleza, para computar solemnemente los grifos de Vendée que había abatido y las desgarraduras de sus perros.

Sí, vivimos días fabulosos. Y no bien estuvimos instalados, me dediqué a facilitar de mil modos la carrera de mi esposo, cuyas riquezas y vasallos crecieron continuamente. Lo que a él le gustaba era tenerme en sus brazos, y lo hacía con una aplicación esmerada que compensaba de otras vaguedades; comer cabritos tiernos y quesos de cabra; beber vasos de vino azucarado con miel y saturado de pimienta, nuez moscada, clavo y jengibre; purgarse con escamonea de Siria; rodearme de cortesía, sosteniéndome las mangas galanamente, por ejemplo, cuando me lavaba las manos en las comidas; escuchar, haciendo gala de infantil paciencia, los relatos de los juglares; narrarme a su turno, abriendo como estrellas sus dos ojos distintos, los ojos de Alejandro Magno, unas historias interminables, que en ocasiones se prolongaban en nuestro lecho hasta el amanecer, poniéndome nerviosa, pues no era eso lo que yo aguardaba de su compañía, y que solían ser las mismas que acababa de oír a los juglares errabundos; y volver a cazar albatros, patos salvajes y los eternos jabalíes de fieros colmillos. Lo demás, lo práctico, corría por mi cuenta. Demasiado príncipe era Raimondín para tan artesanos desvelos. Y nos amábamos.

Los sábados se producía la consabida metamorfosis y mi marido no me molestaba. Me encerraba en mi habitación, hundida hasta la cintura en una cuba de madera cuyo fondo estaba forrado con superpuestos cendales de seda, y me bañaba durante veinticuatro horas. Obedecía de ese modo a las imposiciones de mi mutación y a las de la higiénica Edad Media: porque es justo que se sepa, por labios de quien lo experimentó, que en la Edad Media nos bañábamos con invencible entusiasmo; en la Edad Media fuimos limpios: los criados de los baños públicos anunciaban en las calles urbanas la certidumbre del agua caliente, y el hecho mismo de que la Iglesia censurara a menudo la inmoralidad de esos establecimientos, prueba que eran concurridos. El desaseo vino después. Es cosa de puritanos. Pero yo no frecuentaba los baños; tenía mi cuba. Y en ella asistía semanalmente a la transformación que ya especifiqué. Mi parte de serpiente me desesperaba, aunque hay una mala serpiente —la que según Flavio Josefo, antes de la tentación del Paraíso, comenzó siendo encantadora, con patasy sin veneno, pero que luego, escurridiza, simbolizaría la incredulidad de la Sinagoga y la falaz hipocresía de los heréticos— y una serpiente buena, tan buena que Moisés colocó su figura de bronce en una vara y llegó a encarnar la alegoría de Cristo en la cruz. Ahora bien, confieso que mi mitad serpentífera no pertenecía a esta segunda clasificación. Me atormentaba, me inspiraba agradables pensamientos réprobos, me sacudía el cuerpo con bruscos coletazos. Todavía hoy me tortura. Y mis alas de dragón idolátrico, de dragón destinado a retorcerse a los pies de la Virgen María, me importunaban también, porque escapaban a mi dominio físico y azotaban al aire con sus membranas de murciélago, como mi cola serpentina revolvía el agua del tonel, salpicando las pinturas del aposento, cuyas imágenes, debidas a esa escuela del Poitou de tonos ocres que evoca el arte bizantino popular y que alcanza tantos triunfos en los frescos de Saint Sauvin-sur-Gartempe, reproducían con la buena voluntad de la adulación cariñosa, los imprecisos episodios memorables de la vida de Raimondín de Lusignan.

Nacieron nuestros hijos, fruto de las noches en que Raimondín apaciguaba su elocuencia narratoria, y con ellos otras construcciones que extendieron nuestra potestad: Melle, Van vant, Saint-Maxent, Parthenay, La Rochelle, Pons; las torres que perviven en los bosques de castaños y de encinas, entre asfódelos, como la Torre Vidame de Triffauges. Debo decir que esas obras de mis manos, ese leve acarrear de bloques colosales, con el que me reduje a imitar a damas tan opuestas como las bacantes que ya mencioné y a Santa Radegunda, me dieron resultados harto mejores que las primicias de mi carne. Evidentemente, la cólera temosa de mi madre no se apartó de mi lado, y pese a que, cuando cada uno de mis diez vástagos veía la luz, le puse en los dedos anillos con piedras de sapo, para ampararlo de las hadas malignas, cada uno de ellos fue un modelo de fealdad, y a uno, el octavo, que apodaron con razón el “Horrible” y que nació con tres ojos, no hubo más remedio que suprimirlo en la cuna, a fin de defender a los Lusignan futuros. El mayor, Guy, heredó los ojos de Raimondín, el ojo azul y el de tenue reflejo dorado, pero fue espantoso. No abundaré en pormenores cuitados a propósito de los demás: el largo diente de Geoffroy; la mancha de piel de topo sobre la nariz de Froimond, etc., porque el mero catálogo de esas miserias me estremece. ¡Y Raimondín y yo éramos tan hermosos! Giraban las cabezas a nuestro paso; sembraban pétalos de rosas provenzales en nuestro camino. ¿De qué nos servía?

Creo que la sostenida monstruosidad de sus inmediatos sucesores terminó por llamar la atención de mi marido (especialmente cuando le descubrí, entre sábanas perfumadas, al niño de triples pupilas y párpados, que ya insinuaba una mandíbula implacable) y que lo que no habían logrado mis maravillas ingenieriles y económicas —puesto que el señor de Lusignan alardeaba en medio de los próceres magníficos de Francia— lo consiguió nuestra desdichada galería de fenómenos. Por fin anidaron en su pecho viril, veteado de vello pulcro, la Curiosidad y la Sospecha, y concluyó una ventura que los nacimientos aludidos, en lo que a mí respecta, no habían desbaratado, dado que los quise mucho, muchísimo, a mis hijos grotescos y deformes (¿acaso no me identificaba con ellos mi pasajera condición de mujer-serpiente?), y sólo cuando apareció el octavo aprobé pesarosamente su eliminación eutanásica. Pero el carácter de Raimondín se modificó. De simple y manso, se tornó melancólico, suspicaz, áspero y hasta grosero. La visita de mi cuñado el conde de Forez, añadió al fuego su combustible. Me rondaba, entre obsequioso y burlón; secreteaba con su hermano y me acechaba maliciosamente.

A esta altura de nuestra relación se produjo la gran escena del cuento de hadas. Los contactos de las hadas y los hombres, si bien a menudo atractivos, suelen volverse difíciles. Díganlo si no las complicaciones del vínculo del doncel Lanval con su hada bonita; las de Gauvain con Morgana; las de Morgana con el gigante Rainouart, hijo del emir de Córdoba, que por culpa de su feérica esposa (puesto que casó con Morgana en su isla impalpable) terminó vistiendo el sayal de los monjes; las de Arma con Marc Pen Ru, el Caballero Blanco, quien halló en ese amor su aniquilamiento, ya que las tenues camaradas de su amiga, asustadas por un gesto de Marc, soltaron los bordes de la capa en la que lo sostenían por las nubes volanderas y lo dejaron caer, rotando, rotando como un huso en el vacío terrible, hacia el abismo de la muerte; las de Madoine con el caballero Laris, a quien raptó el Olvido; las del paladín Guingamor, que pasó tres días en el palacio de las hadas y, comiendo una manzana, envejeció apresuradamente trescientos años; las de tantos mortales, amantes efímeros de mis compañeras, que casaron con pobres mujeres para sucumbir poco después... ¡Y yo misma, yo misma, que ofrezco quizás el ejemplo más trágico, entre las incontables doncellitas magas, ataviadas de verde, color de los bosques, y entre los reservados, silenciosos caballeros-hadas que avanzaban en el relámpago de sus verdes armaduras, como extraños lagartos de hierro, a través del fragor de los combates! ¡Ay, cómo quisiera morir, cómo quisiera haber muerto entonces! Pero nosotras no morimos. Sé que en Escocia hay cementerios de hadas, uno en el sudoeste; sé que en Cornualles han visto sus funerales nocturnos, que han visto sus pequeños ataúdes cubiertos de blancas flores, llevados, en la oscilación temblona de las velas diminutas, por personajes que enristran como lanzas las ramas de mirto. Y aunque mi padre Elinas fue rey de Escocia, no puedo morir. Debe ser a causa de la ciudadanía francesa. He vivido en el Poitou demasiado tiempo y las imperecederas son, para aflicción mía, las hadas de Francia.

El riesgo de las conexiones pasionales entre hadas y hombres se hizo patente, una vez más, en la torre de Lusignan, un sábado a mediodía. Estaba yo en mi cuba, bañándome y peinándome, y me observaba en el agua. Jamás utilizaba un espejo. Cuando mis descendientes —entre ellos los de la Rochefoucauld, tarde, en el siglo XVII— resolvieron incorporarme a sus blasones, asomando mi torso desnudo en cimera sobre las coronas y los yelmos (y con ello evidenciaron la vanidosa importancia que otorgaban al hecho de llevar en las venas mi sangre de mito y de realidad, más rara que ninguna otra), tuvieron buen cuidado de no colocar un espejo en mi diestra. Eso queda para las sirenas, mis rivales en la historia y la heráldica, las sirenas con las cuales se me confunde, olvidando que mi cola —mi cola única— no es de pez, sino de serpiente, y que nada tengo que ver con los capiteles románicos del Poitou que repiten la figura convencional de la mujer acuática.

Estaba, en consecuencia, peinándome con un peine de oro. Me contemplaba reflejada en el agua transparente, en la que brotaban, a un tiempo, la imagen verdadera de mi cola escamosa y la imagen copiada de mis alas con garfios. Mis trenzas deshechas flotaban sobre mi cabeza, no bien me sumergía, como oscuros nenúfares. Creo recordar que murmuraba una canción que dice que el poeta no posee un castillo rodeado de murallas y que su tierra no vale lo que un par de guantes, pero que no hubo ni habrá un amante como él. Era una canción de moda, difundida por los juglares, y la empeñosa arrogancia del trovador no nos sorprendía, pues resultaba corriente que los trovadores se jactaran de sus méritos personales, tanto en lo intelectual como en lo físico. Cada uno realiza su propaganda como puede, ya erigiendo un hada-serpiente sobre su escudo, ya proclamando, a quien quiera escucharle, sus condiciones para la amatoria gimnasia. Súbitamente, mis oídos sutiles detectaron un leve ruido más, entre el chapoteo, el canturreo, las fricciones y los rumores que venían por el abierto ventanal, trayéndome los ecos soleados de la campiña, donde los paisanos sembraban el trigo de primavera bajo la algarabía de los pájaros. A pesar de que Raimondín, en el curso de los años transcurridos, me había habituado a confiar en su prudencia y su discreción, conservaba yo un alerta sentido que vigilaba el recato de mi intimidad contra intromisiones fatales.

Era aquél un chirrido delgado, apenas insinuado en el bullicio familiar, pero pronto supe, desgraciadamente, de qué se trataba. Pronto capté de qué ángulo de mi habitación procedía. Pronto, en la gruesa madera de la puerta, un brillo atrajo mis ojos despavoridos. Y en seguida reconocí la hoja de la espada de Raimondín, que pugnaba por tajarse un paso en los tablones; la reconocí porque yo misma se la había regalado, como tantas y tantas cosas, desde sus palacios hasta sus juegos de ajedrez y sus anteojos de cristal de roca y de berilo y sus grandes copas de plata tachonadas de esmaltes y de perlas. La hoja desapareció y adiviné que, por el orificio, estaban espiándome mi marido y el conde de Forez. Entonces comprendí que todo se derrumbaba, que el castillo de Lusignan seguía en pie pero, de cierto modo dramático y exquisito, se derrumbaba; que toda mi vida, sus esperanzas y sus sueños, tambaleaban en torno y se abatían. Y por primera vez lancé mi grito destinado a ser célebre, el grito de Melusina, de la Mére Lusine, la Mater Lucinia, la madre de los Lezignen, los Lusignan. No me creí capaz de tal estruendo. De mis labios dilatados se fugó un vozarrón desconocido, un baladro, un clangor de cien trompetas, un trueno de cien roncos bramidos juntos, con violencia tan insólita que los aldeanos sembradores, en leguas a la redonda, levantaron las amedrentadas frentes hacia la celeste serenidad del cielo, pensando en la locura de una tormenta repentina que arrasaría sus cosechas y sus casas, y echaron a correr, como en horas de guerra y de invasión, hacia el abrigo castellano. Pero, con ser la explosión tan atroz que me dejó casi sorda, alcancé a distinguir, a pesar del estrépito, el gemido angustiado de Raimondín que huía por las escaleras. No había ya nada que hacer. Mi esposo me había descubierto, quebrando el pacto, y el anuncio de mi madre debía cumplirse. Tampoco lograba yo retenerme, ni cesar de gritar, estremeciendo con ello hasta los subterráneos más distantes, ni impedir que mis mojadas alas de murciélago dilataran sus membranas, me levantaran por el aire y, sacándome por el ventanal, me obligaran a dar tres vueltas a los parapetos de Lusignan, gritando, gritando siempre, sorda y mareada, y a exponer mis bellos pechos, tan altos y bien modelados que nunca necesité los senos postizos que, como ahora, algunas damas usaban a la sazón, y mi cola de sierpe y mis brazos que la consternación retorcía, a las miradas atónitas de los hombres de armas, surgidos a medio vestir, de los caminos de ronda, o inclinados en las troneras, y a las miradas de las buenas mujeres que salían a las puertas de las cocinas, con un pavo o un pollo en las manos, y que arrojaban al suelo los cucharones de madera y de cuerno, y también a las miradas absortas de los paisanos que se persignaban tres veces, y ¡ay, Dios mío, Dios mío!, a las del propio Raimondín, mi pobrecito Raimondín, que se ajustaba las gafas de berilo y quedaba boquiabierto y, cada segundo más enanito, más enanito, abrazado al conde de Forez, se desmayaba ante el espectáculo de la desnudez de la hija del rey de Escocia y ese apéndice ofidio de placas móviles, y esas alas vampiras, blancas y azules, desvergonzadamente expuestas ante nuestros vasallos, mientras las campanas de la capilla y los tambores tocaban a rebato; los caballos rompían sus frenos con delirantes relinchos; los gansos del Vonne, los cisnes del Poitou, enardecían la corriente con el enajenado batir de sus plumas, y las palomas, aterrorizadas por mi presencia de mortífero dragón, escapaban en círculos trémulos que ponían sobre la ansiedad de las almenas una ancha aureola vibrátil. Fue un horror y un escándalo, y yo, el alma de Lusignan, la administradora, la organizadora de su orden, fui la inocente culpable. Un horror. Lo demás se desarrolló en forma previsible. Anduve escondida, hasta que tuvo lugar una entrevista con Raimondín, lloroso pero espantado e impertinentemente escrudiñador (¡ángel mío!), quien me rogó que lo perdonara, como yo le rogué que excusara la descortesía de mi aspecto. Cualquier tentativa de acercamiento era inútil ya. Más que lo sucedido, que su bondad y su distracción hubiesen excusado, lo vedaba mi cola de serpiente. No nos volveríamos a ver y nos despedimos tirándonos besos a distancia prudencial.

De tanto en tanto, aprovechando la negra complicidad de la noche, regresé a Lusignan, a detener mi amargura junto a las camas de mis hijos y sobre todo junto a la que había compartido con mi esposo y que había sido terreno de experiencias efusivas. Alguna vez, Raimondín despertó. El ojo azul y el ojo dorado, que la miopía entrecerraba, registraron vanamente el aposento. No podía verme. Me asilé en el campanario cuadrado de la iglesia que yo misma había construido, y velé, dentro de lo posible, sobre los míos. Mis pequeños no evolucionaron mal; si se tienen en cuenta sus estorbos físicos, el lector será indulgente. Froimond, el de la piel de topo en la nariz, ciñó el hábito humilde de los monjes de la abadía de Maillezais. Su hermano Geoffroy, aquel cuyo diente protuberante impresionaba a los huéspedes, se opuso a ese propósito santo, acusándolo de cobarde y holgazán, y como añadía a su natural violencia el sentido práctico que había heredado de mí, incendió el monasterio con sus religiosos. Pero enseguida se arrepintió; restauró a Maillezais con una arquitectónica eficacia que también procedía de su lado materno, y lo dotó de generosas rentas. Mis vástagos restantes se condujeron como caballeros sin tacha. La celada y la armadura disimulaban hasta cierto punto sus originalidades, lo que justifica, tanto como la costumbre señoril, que prefirieran el ajetreo militar al ocio mundano.

Los años transcurrieron. Murió Raimondín y mis lágrimas lo acompañaron al sepulcro. Parece mentira, pero mis hijos se casaron bien y tuvieron descendencia copiosa. Y en cada oportunidad en que uno de mi sangre fallecía, volví a lo alto de la torre mayor de Lusignan, a lanzar mi grito. Era inevitable; por más que luchara, allá me conducían las alas invencibles. Durante tres días, me asomaba al parapeto, gritando, silbando (porque juzgué oportuno intercalar un agudo silbido en mi estentóreo plañir) y agitando mis velos de viuda. Al pasar el tiempo y cambiar las modas, quise seguirlas. En el siglo XV, adopté el tocado de doble cuerno, adornado con flotantes caídas vaporosas, que figura en ciertas ilustraciones poéticas de mi existencia singular. Me resigné, lentamente, al monótono destino de los inmortales, que de niña temía con razón. Mi familia inmediata y mis vasallos desaparecieron y fueron reemplazados por otros. Perdí la cuenta de las centurias. Redújose mi vida a ir del campanario al castillo y de él a las labranzas y a los bosques, a observar el progreso de las faenas; a cumplir mi función de anunciadora fúnebre, pero después de la destrucción de Lusignan, en el siglo XVII, que me costó llantos acerbos, no me quedó ni siquiera el compromiso de esa ceremonia luctuosa, durante la cual algunos privilegiados tornaron a admirar la perfección de mis pechos descubiertos —ya que mi narcisismo, que considero disculpable, si se avalúa el desagrado de mis demás atributos, creyó que debía conservar ese encantador detalle de mi imagen nefasta— y a sobrecogerse ante mis ademanes elocuentes y mis tremendos chillidos. Me dediqué a leer. Me metí en las vecinas bibliotecas y aprendí mucha historia. Así, uniformes, se eslabonaron mis días hasta hoy; así se encadenarán los que me faltan, como a mi hermana Meliás y su gavilán doméstico, hasta que las trompetas del Juicio Final cubran mis gritos esperanzados. Mi linaje se extendió y enredó el árbol con el cual soñé de muchacha. Príncipes y reyes de Jerusalén, de Chipre, de Armenia y de Bohemia, se dividieron mi legado sanguíneo de hada catastrófica; resultó de buen tono proceder del hada Melusina y, a medida que el árbol de mi progenie alargaba sus ramas internacionales, los duques de Luxemburgo, los Pembroke ingleses, los Parthenay, los Lézé, los Eu, los Dié, los Saint-Valérien, los Saint-Gelais, los la Rochefoucauld, los Cabière d’Aragon, los Sassenage, los Candillat, los Saint-Séverin, los Châteauroux y sus alianzas innúmeras —un mundo espléndido, a la verdad, en el que hubo y hay gente deslumbrante, luz de los tronos, pilares del ejército, orgullo de las cortes, prestigio de la literatura y fundamento de los clubs exclusivos— se ufanaron de derivar de mi estirpe. Hasta a un personaje central de Notre-Dame-des-Fleurs quisieron injertarlo en mi árbol noble, pero ese es un invento de Jean Genêt. Y yo continué leyendo, con los anteojos arcaicos de Raimondín, que rescaté de su mortuoria cámara, deslizándose sobre mi nariz hacia mis manos que manejan con destreza igual las páginas del Gotha y las de las novelas actuales. Sin embargo, en el andar de tanto tiempo, algo diferente me aconteció. Fue hace casi ochocientos años. Es lo que en este libro me propongo referir.

Mi cuento de hadas ha terminado. Es triste y también es hermoso. El lector dirá. Ahora debo narrar el otro, que como éste tendrá atisbos de cuento de hadas, por el matiz ineludible que mi esencia impone a lo que me circunda, mas será un cuento harto diverso del que he narrado quizás con exuberantes pormenores: recuérdese, empero, lo que antes expresé, o sea que a los seres humanos (¿y hay alguien más humano que un hada como yo?) les es imposible no acceder a la satisfacción necesaria de hablar de sí mismos. Al fin y al cabo, sola en el campanario de Lusignan, no hablo con nadie desde el siglo XII.

Progresaba la noche, en aquel verano del año 1174. Todavía faltaban dos horas hasta las doce y el toque de Maitines, y yo dormitaba, gozando del silencio que cerraba las últimas puertas, y aguardando el instante en que la campana volvería a despertarme, porque nunca, hasta hoy, he podido habituarme al repique de los bronces suspendidos sobre mi cabeza. Se observará que debí escoger un alojamiento menos incómodo: si elegí éste fue por razones sentimentales. La capilla de Lusignan es la primera de las obras que realicé para Raimondín, y yo soy muy sentimental. Además, aquí me siento en mi casa, mi casa ruidosa pero mía.

Soñaba mi sueño de siempre. Veía, como mucho tiempo atrás, a Raimondín que apartaba la cortina de follaje de la fuente de Cé, entre el nítido sonar de los olifantes. De súbito, me desperté. He conservado un oído muy fino y algo se había deslizado en su interior que perturbaba el cotidiano cinematógrafo de las imágenes. Era un golpeteo seco y venía de la carretera. Mi instinto de perdiguero se alertó; desperezáronse mis anchas alas invisibles, e incorporándome me asomé a otear la plateada bruma, mas ni siquiera con el refuerzo de mis queridas gafas de cristal y berilo logré distinguir al productor de los intrusos rumores. Me orienté y volé hacia ellos.

Por el camino avanzaban, pausadamente, dos sombras. Me aproximé aun más y di la vuelta al desconocido grupo que embadurnaba la oscuridad, merced a un vago reflejo, con unos tintes de azabache y de laca verdinegra. Adelante, en un caballo bastante bueno, iba un caballero cuyo rostro no alcancé a detallar, pues lo tapaba un capucho. Pendía a un lado su espada, azotándole con suavidad el costado, y sobre su espinazo colgaba, sujeto por una correa al cuello, un gran escudo oblongo, pero aunque traté de inspeccionar el diseño heráldico (esas figuras, en las que la vanidad se aliaba con los fines de identificación, si bien eran todavía raras, comenzaban a difundirse), no me salí con la mía, ya que encima se estiraba, con el evidente propósito de ocultarlo, un sacudido lienzo desgarrado a medias. Lo seguía un caballo de traza menos heroica —el primero era casi un corcel de guerra y en cualquier caso lo había sido, mientras que éste no pasaba de manso rocín—, en cuyo lomo apilábase el bulto de la armadura y el reducido equipaje del jinete. No había nadie más, ni un escudero, ni un paje, ni un niño que alumbrase la senda. Todo participaba de un aire simultáneamente misterioso y deslucido, destinado a fascinarme. En su marcha salieron a un claro, entre los árboles, y entonces, como el caballero levantó la cabeza y le espolvoreó la cara el brillo de la luna, vi su rostro viejo, cansado y triste. Advertí que tenía un párpado, el derecho, algo caído, de modo que aun cuando lo mantenía abierto, le escondía parte del ojo, y que de vez en vez, obedeciendo a un tic, echaba la testa hacia atrás y alzaba la ceja correspondiente a ese ojo semitapado, lo cual le asignaba una expresión burlona y despreciativa que acaso no correspondía a la disposición de su ánimo, pero le infundía, sin disputa, la apariencia noble de uno habituado al mando. Tanta era la nobleza, en verdad, de aquella cara rugosa, que su obvia miseria no la alteraba ni en lo más mínimo. De ...