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EL MURMULLO DE LAS ABEJAS

Sofía Segovia  

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Fragmento

1

Niño azul, niño blanco

En esa madrugada de octubre el llanto del bebé se mezclaba con el ruido del viento fresco circulando entre los árboles, el canto de los pájaros y la despedida de los insectos de la noche. Salía flotando de la espesura del monte, pero se apagaba a unos cuantos metros de su origen, como impedido por una brujería a salir en busca de cualquier oído humano.

Se comentaría por años cómo don Teodosio, rumbo a su trabajo en una hacienda vecina, seguramente debió pasar al lado del pobre bebé abandonado sin haber oído ni pío, y cómo Lupita, la lavandera de los Morales, cruzó el puente que la llevaría a La Petaca en busca de una poción de amor sin haber notado algo extraño: y si yo lo hubiera oído, lo habría levantado siquiera, porque por más horrible, no sé quién pudo haber abandonado a un bebé recién nacido así nomás, a morir solito, diría por la tarde a quien la quisiera escuchar.

Ése era el misterio. ¿Quién de los alrededores había mostrado un embarazo indiscreto recientemente? ¿A quién pertenecía ese bebé desafortunado? En el pueblo las noticias de indiscreciones de ese tipo se esparcían más rápido que el sarampión, así que de saberlo uno, lo sabrían todos.

Sin embargo, en este caso nadie sabía nada.

Había teorías de todo tipo, pero la que más seducía la imaginación colectiva era la de que el bebé pertenecía a alguna de las brujas de La Petaca, que como todos sabían eran libres con sus favores de la carne y que, al resultarle un crío tan deforme y extraño —castigo del Altísimo o del diablo, ¿quién sabe?—, lo había ido a tirar bajo el puente para abandonarlo a la buena de Dios.

Nadie supo cuántas horas estuvo así aquel bebé, abandonado bajo el puente, desnudo y hambriento. Nadie se explicaba cómo sobrevivió a la intemperie sin desangrarse por el cordón umbilical sin anudar o sin ser devorado por ratas, aves de rapiña, osos o pumas que abundaban en esos cerros.

Y todos se preguntaban cómo la vieja nana Reja lo encontró cubierto por un manto vivo de abejas.

Reja había escogido pasar su tiempo eterno en el mismo lugar, afuera de uno de los cobertizos que se usaban como bodega en la hacienda La Amistad, el cual era de construcción sencilla y sin ventanas, idéntico a varios otros de servicio erigidos a espaldas de la casa principal para no ser vistos por el visitante social. Lo único que distinguía a este cobertizo de los otros era su techo volado, que le permitía a la vieja permanecer a la intemperie ya fuera en invierno o en verano. Que lo tuviera no era más que una buena casualidad. Reja no había elegido ese lugar para protegerse de los elementos sino por la vista que desde ahí apreciaba y por el viento que, atravesando entre el laberinto de montes, descendía hasta ella, para ella.

Habían transcurrido muchos años desde que la vieja escogió su puesto, por lo que además de Reja ya no quedaba entre los vivos ningún testigo del día en que su mecedora llegó hasta ahí o que recordara el momento en que la nana la había ocupado para siempre.

Ahora casi todos creían que ella nunca se levantaba de ese lugar y suponían que era porque a su edad, que nadie era capaz de precisar, sus huesos ya no la sostendrían y sus músculos ya no le responderían. Porque al salir el sol la veían sentada ya, meciéndose con suavidad, impulsada más por el viento que por sus pies. Después, por la noche, nadie notaba su desaparición, porque ya todos estaban ocupados con su descanso.

Tantos años en la mecedora propiciaron que la gente del pueblo se olvidara de su historia y de su humanidad: se había convertido en parte del paisaje y echado raíces en la tierra sobre la que se mecía. Su carne se había transformado en madera y su piel en una dura, oscura y surcada corteza.

Al pasar frente a ella nadie le ofrecía un saludo, como tampoco se saludaría a un viejo y moribundo árbol. Algunos niños la miraban de lejos cuando hacían el corto viaje desde el pueblo buscando a la leyenda, pero de vez en cuando alguno tenía las agallas de acercarse de más para cerciorarse de que en verdad se trataba de una mujer viva y no de una labrada en madera. Pronto se daban cuenta de que en esa corteza había vida cuando, sin necesidad de abrir los ojos siquiera, propinaba al atrevido aventurero un buen golpe con su bastón.

Reja no consentía ser la curiosidad de nadie; prefería fingir que era de palo. Prefería que la ignoraran. Sentía que a sus años, con las cosas que sus ojos habían visto, sus oídos escuchado, su boca hablado, su piel sentido y su corazón sufrido, había tenido suficiente para hastiar a cualquiera. No se explicaba por qué seguía viva ni qué esperaba para irse, si ya no le servía a nadie, si su cuerpo se le había secado, y por lo tanto prefería no ver ni ser vista, no oír, no hablar y sentir lo menos posible.

Aunque ese aspecto de sus sentidos aún no lo dominaba del todo.

Existían ciertas personas que Reja toleraba a su alrededor; entre ellas la otra nana, Pola, que de igual manera había visto pasar sus mejores días hacía mucho. Toleraba también al niño Francisco porque algún día, cuando aún se permitía sentir, lo había querido con intensidad, pero apenas soportaba a su esposa Beatriz o a sus hijas. A la primera porque no tenía ganas de dejar que alguien nuevo entrara a su vida, y a las segundas porque le parecían insoportables.

No había nada que necesitaran de ella y nada que ella quisiera ofrecerles, porque la vejez la había eximido poco a poco de sus tareas como sirvienta. Llevaba años de no participar en el mantenimiento de la casa, y así se fue convirtiendo en parte de su mecedora. Tanto así, que poco se notaba ya dónde terminaba la madera de una y empezaba la de la otra.

Antes del amanecer caminaba desde su cuarto hacia el cobertizo, donde la esperaba su silla móvil bajo el techo volado, y cerraba los ojos para no ver y los oídos para no oír. Pola le llevaba el desayuno, la comida y la cena, que casi no probaba porque su cuerpo ya no necesitaba demasiado alimento. Se levantaba mucho más tarde, sólo cuando detrás de sus párpados cerrados las luces de las luciérnagas le recordaban la noche, y cuando en su cadera empezaba a sentir los empujones y los pellizcos que le daba su mecedora de madera, la cual se cansaba mucho antes que ella de tan constante cercanía.

A veces abría los ojos en el camino de regreso a su cama. No necesitaba abrirlos para ver. Luego se acostaba en fondo sobre las cobijas, sin sentir frío, porque su piel ya ni eso dejaba pasar. Pero no dormía. La necesidad de sueño era algo que su cuerpo había dejado atrás. Si era porque había dormido cuanto debe dormir un ser a lo largo de una vida o porque se negaba a dormir para no caer en el gran sueño, ella no lo sabía. Tenía mucho de no pensar en eso. Tras unas horas en la suavidad de la cama, empezaba a sentir los empujones y los pellizcos que ésta le daba para recordarle que era hora de ir a visitar a su amiga fiel, la mecedora.

Nana Reja no sabía con precisión cuántos años llevaba en esa vida. No sabía cómo había nacido ni su nombre completo —si acaso alguna vez alguien se había tomado la molestia de darle alguno—. Aunque se suponía que debió tenerla, no recordaba su infancia ni a sus padres —si alguna vez los tuvo—, y si alguien le hubiera dicho que nació de la tierra como un nogal, lo habría creído. Tampoco se acordaba de la cara del hombre que le hizo aquel crío, pero sí recordaba haberle visto la espalda mientras se alejaba para dejarla en una choza de palos y lodo, abandonada a su suerte en un mundo desconocido.

Como sea, no olvidaba los movimientos fuertes en la barriga, las punzadas en los pechos y el líquido amarillento y dulzón que brotaba de ellos aun antes de que le naciera el único hijo que tendría. No sabía si recordaba la cara de ese niño, porque quizá su imaginación le gastaba algunas bromas al juntar los rasgos de todos los bebés, blancos o prietos, a los que amamantó en la juventud.

Recordaba con claridad el día en que entró por primera vez a Linares, medio muerta de hambre y de frío, y sentía aún a su bebé en brazos, acurrucado con fuerza contra su pecho para protegerlo del aire helado de ese enero. Nunca había bajado de la sierra, por lo que era natural que nunca hubiera visto tantas casas juntas ni caminado por una calle o atravesado una plaza; tampoco se había sentado jamás en una banca pública, y eso fue lo que hizo cuando la debilidad le aflojó las rodillas.

Sabía que debía pedir ayuda aunque no supiera cómo, aunque por sí misma no lo hiciera. Pediría ayuda por el bebé que traía en brazos porque llevaba dos días sin querer mamar ni llorar.

Nada más eso la impulsó a bajar a este pueblo que a veces contemplaba a lo lejos, desde su choza en la sierra.

Jamás había sentido tanto frío, de eso estaba segura. Y quizá los pobladores del lugar también lo percibían, porque no veía a nadie caminando por ahí, enfrentándose al aire helado como ella. Todas las casas le parecían inaccesibles. Las ventanas y las puertas tenían barrotes, y detrás de éstos postigos cerrados. Así que siguió sentada en esa banca de la plaza, indecisa, cada vez más helada y temerosa por su bebé.

Ignoraba cuánto tiempo había permanecido así, y quizá ahí habría seguido, convertida en estatua de la plaza, de no haber sido porque el médico del pueblo, que era un buen hombre, se alarmó al ver a una mujer tan desgarrada.

El doctor Doria salió de su casa bajo esas condiciones porque la señora Morales moriría pronto. Hacía dos días que la mujer había dado a luz a su primer bebé, atendida por una comadrona. Ahora el marido lo había mandado llamar en la madrugada, alarmado por la fiebre de su esposa. Hubo que convencerla para que dijera dónde sentía el malestar: los pechos. La infección se manifestó con un fuerte dolor al amamantar.

Mastitis.

—¿Por qué no me lo dijo antes, señora?

—Porque me dio vergüenza, doctor.

Ahora la afección estaba muy avanzada. El bebé no dejaba de llorar porque llevaba más de doce horas sin alimento, pues su madre no soportaba darle pecho. Él nunca había visto ni sabido que mujer alguna muriera de mastitis y estaba claro que la señora Morales se moría. La piel cenicienta y ese brillo enfermizo en los ojos le indicaban al doctor que la nueva madre pronto entregaría el alma. Consternado, sacó al señor Morales al pasillo.

—Necesita dejarme examinar a su señora.

—No, doctor. Dele una medicina nada más.

—¿Cuál medicina? La señora está muriendo, señor Morales, y tiene que dejarme averiguar de qué.

—Será de la leche.

—Será de otra cosa.

Era necesario convencerlo: prometerle tocar, pero no ver; o ver, pero no tocar. Al final el marido accedió y convenció a la moribunda de dejarse palpar los pechos, y peor: dejarse ver o tocar el vientre bajo y la entrepierna. No hubo necesidad de tocar nada: el intenso dolor en la pelvis y los loquios purulentos que brotaban del cuerpo enfermo auguraban el deceso.

Algún día se descubrirían las causas de la muerte de parto y la manera de prevenirla, aunque para la señora Morales ese día llegaría demasiado tarde.

No había nada que hacer: sólo mantener a la enferma lo más cómoda posible hasta cuando Dios dijera basta.

Para salvar al bebé, el médico mandó al mozo de los Morales a buscar una cabra lechera. Mientras tanto, el doctor Doria intentó alimentarlo con una mamila improvisada llena de un suero hecho de agua y azúcar. El recién nacido no toleró la leche de cabra, por lo que de seguro moriría, en una agonía lenta y terrible.

Doria seguía preocupado durante el camino a su casa. Se había despedido del esposo y padre tras decirle que él no podía hacer más.

—Sea fuerte, señor Morales. Dios sabe por qué hace las cosas.

—Gracias, doctor.

Entonces vio a la mujer de hielo negro mientras caminaba de regreso a su casa, lo cual en sí le pareció al doctor Doria un pequeño milagro, porque estaba exhausto y porque el frío lo hacía caminar cabizbajo. La vio en la plaza, sentada justo en la placa de bronce que anunciaba que esa banca había sido donada al pueblo por la familia Morales. La compasión

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