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EMA LA CAUTIVA

César Aira  

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Fragmento

 

 

Una caravana viajaba lentamente al amanecer, los soldados que abrían la marcha se bamboleaban en las monturas medio dormidos, con la boca llena de saliva rancia. Cada día los hacían levantar unos minutos más temprano, según avanzaba la estación, de modo que dormían durante muchas leguas, hasta que salía el sol. Los caballos iban hechizados, o aterrorizados, por el ruido lúgubre que producían los cascos al tocar la llanura, no menos que por el contraste de la tierra tenebrosa con la hondura diáfana del aire. Les parecía que el cielo se iluminaba demasiado rápido, sin darle tiempo de disolverse a la noche.

Del cinto les colgaban sables sin vaina; el paño de los uniformes había sido cortado por manos inhábiles; en las cabezas rapadas, los quepis demasiado grandes los volvían pueriles. Los que fumaban no estaban más despiertos que los demás; llevarse el cigarrillo a los labios, inhalar con fuerza, eran gestos del sueño. El humo se disolvía en la brisa helada. Los pájaros se dispersaron en la radiación gris, sin hacer ruido. Todo era silencio, resaltado a veces por el grito lejano de un tero, o los resoplidos ansiosos, con una nota muy aguda, de los caballos, a los que sólo el adormecimiento de sus dueños les impedía echarse a correr hasta la disolución, tanto era el espanto que les producía la tierra. Pero de aquellas sombras no salía nada, excepto una liebre trasnochada que huía por la hierba, o una polilla de seis pares de alas.

Los bueyes, en cambio, bestias de patas muy cortas a los que la media luz hacía parecer orugas contoneándose en un pantano, eran totalmente mudos y nadie les había oído proferir siquiera un murmullo. Sólo el ruido del agua en el interior, porque bebían cientos de litros por día; estaban llenos, intoxicados de agua. Cuatro yuntas tiraban de cada carreta, grandes como inmuebles. Tan lenta era la marcha, y tanta la cantidad de fuerza empleada para moverlas, que se deslizaban con facilidad imperturbable. La falta de accidentes del campo contribuía, y sobre todo el diámetro desmesurado de las ruedas, de madera roja, con una bola hueca de metal en el eje, que llenaban dos veces al día con grasa de color de miel. Las primeras carretas tenían toldos e iban llenas de cajas, todas las demás eran abiertas y una multitud heterogénea apiñada en ellas dormitaba o movía con tedio los miembros encadenados, para mirar algún horizonte vacío y remoto.

Pero la luz sepia y bistre no siguió aumentando indefinidamente. Llegado cierto momento comenzó a decaer, como si el día se rindiese a una noche de eterna impaciencia; y para completar el cuadro pronto estuvo lloviendo oscuramente. Los soldados se cubrieron con los ponchos que llevaban enrollados en las sillas, con gestos no menos aletargados que la lluvia indecisa que les mojaba las manos y hacía subir del pelo de los caballos un olor penetrante. Los hombres y las mujeres de las carretas no se movieron. Apenas uno que otro alzaba la cara al agua suspendida para lavársela como un muerto. Y nadie hablaba. No todos habían abierto los ojos. Poco a poco volvió la claridad, y las nubes se pusieron blancas. La falta de viento hacía irreal la escena del viaje.

Al cabo de tres o cuatro horas la lluvia cesó como había empezado, dejando el suelo cubierto de reflejos, vuelto otro cielo, y no menos temible para los pusilánimes caballos; al final de la caravana se arrastraba una tropilla de doscientos lobunos de refresco, delgadísimos, de grandes cabezas expresivas y ojos cargados; ya habían debido sacrificar una gran cantidad de los que montaban, y seguirían haciéndolo, de modo que a todos los de la retaguardia les llegaría el turno de ser utilizados: aturdidos y casi ciegos como iban, el menor tropiezo, o la mordedura inocua de un sapo bastaban para inutilizarlos. Por supuesto, y a modo de justicia poética, se los comían.

Tan invariable era la configuración de la pampa que en el curso de toda la mañana sólo tuvieron que desviarse unos cientos de metros de la línea recta marcada por los baqueanos, para evitar el único accidente: unas profundas cañadas excavadas en el suelo quién sabe en qué antiguas perturbaciones geológicas, muros calizos de un blanco y pardo recién lavados por la lluvia, en los que brillaban como el ónix los huecos de las vizcacheras. De los bordes colgaban trémulos ramos de junquillos con las flores secas, y un gran chingolo solitario se sacudía la humedad de las plumas con aleteos vigorosos. Frente a las cortadas los soldados parecieron salir del entresueño. Uno de ellos, hirsuto y desaliñado, se adelantó hasta el teniente y pidió permiso para cazar vizcachas para el almuerzo. El oficial se limitó a encoger los hombros sin ocultar lo poco que le importaba lo que hicieran o dejaran de hacer.

Hubo unos gritos, y una decena de soldados se desprendió de la tropa en dirección a las barrancas. Lo imprevisto del galope puso en estado de horror supremo a los caballos, que agitaban las patas al azar en una parodia de carrera, las cabezas sacudidas y los ojos velados de lágrimas sanguinolentas. Pero afortunadamente para ellos, aunque no lo sabían, la caza se practicaba a pie.

Era una operación vivaz y hasta colorida, dentro de los límites de neutralidad opresiva de la escena general. El hombre acercaba la cara a la boca de una cueva y soltaba un grito seco. Las vizcachas, que a esa hora dormían profundamente, saltaban afuera sin pensarlo y eran degolladas de inmediato. Debían trabajar a dos manos, con el sable y una daga que llamaban «facón», tanta era la cantidad de animales que brotaban de la profundidad, más difíciles de alcanzar, una vez que salían al exterior, cosa que lograban cuando dos pasaban el umbral a la vez; en ese caso las acuchillaban cuando iban trepando los murallones,

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