Loading...

FUE

Vicente Herrasti  

0


Fragmento

El Ambracia

Bienvenido era el silencio que, tras su partida, legaban los cormoranes y las gaviotas a los miserables del Ambracia. Un ocaso idéntico a otro medio centenar acompañaba la retirada de las aves y pronto —bien lo sabían aquellos que habían aprendido a mantenerse despiertos por las tardes— el muelle de Kibotos quedaría vacío de portadores, bestias, desempleados, guías y bribones. Como siempre, sobrevenía entonces el último atisbo de sol entre dorados y lilas que clausuraban la jornada. Después, estacionados en las aguas calmas del puerto de Eunostos a una distancia ya insoportable de la costa, la tripulación y los pasajeros del barco sólo distinguían las hogueras de la guardia y el cuerpo de inspectores. Acaso una procesión funeraria aderezaba la oscuridad del litoral en su trayecto a la necrópolis, pero escasos eran los muertos que transgredían la costumbre de quedar sepultos en el curso del día. Desde el Gran Puerto, al norte de la ciudad, o en las aguas del de Piratas, en Pharos, el espectáculo era más variado. Otros tendrían la suerte de presenciarlo. A ellos, hasta la panorámica de palacios u obeliscos les negaban. “Tal vez mañana”, murmuró un salador de pescados con el ánimo desvenado mientras jugaba a arrancar una astilla del tablado de popa. Y la nada venidera le bastaba para hacerse de palabras con Sepet, su astro preferido, o para embriagarse discreto con vino de cebada. No era el único absorto en nimiedades semejantes: conformes con la inminencia de la segunda luna nueva, la vecindad de otro carguero y un buque de guerra impasible, los más en el Ambracia se entregaban a la observación mecánica del cielo estrellado sin lograr sacudirse el espejismo de esa Alejandría en lontananza que, orgullosa y precavida, se negaba a recibirlos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Razones de peso para tal determinación imaginaban en su fiel languidecer los de a bordo, aunque aparte del miedo a un brote de fiebres contagiosas por vapores envenenados de hombres o ganado manso, ninguna otra se les ocurría. Los condenados que las autoridades usaban como emisarios para comunicarse con el buque poco o nada podían aclarar sobre los verdaderos motivos que habían llevado a imponer la cuarentena. En varias ocasiones los solitarios remeros negaron que una pandemia hiciera estragos en tierra o que alguna plaga equivalente hubiera sido anunciada en otra provincia cercana. Lo cierto era que la medida se aplicaba a cuanto navío divisaban las flotas romanas o los imponentes cercuri egipcios que patrullaban las aguas costeras, independientemente del puerto de origen. Aún más extraña era la novedad reportada por un mensajero griego en el sentido de que incluso las embarcaciones que realizaban navegación de cabotaje, sin intención de tocar puerto en las inmediaciones, habían sido obligadas a estacionarse con la amenaza de ser echadas a pique por los celosos arietes. Absurdas resultaban las versiones de los condenados, pero de ninguna otra disponían los ahora moradores del Ambracia debido a la ausencia de comunicados escritos que abundaran en las anomalías o las causas de la situación. Las tentativas por obtener tan elemental información parecían no haber llegado a las manos indicadas en las garitas de Kibotos. Once cartas había confiado el capitán a otros tantos emisarios sin obtener respuesta. Ni siquiera una propina generosa servía para garantizar la entrega, pues los improvisados estafetas retornaban a la costa sabiendo que su ejecución era inminente terminada la encomienda. Cabizbajos por desdicha remaban los moribundos hacia un destino cierto tras descargar la provisión de agua potable, cerveza y víveres que enviaban las autoridades puntualmente. Por otra parte, no faltaban los desesperados que, con voz apenas audible, sugerían planes de escapatoria, pero estos eran abortados en los estadios iniciales por la presencia del cercuri que custodiaba a los enviados y a las embarcaciones detenidas. Nada ni nadie podría enfrentarlo o evadirlo para alejarse de las aguas de Eunostos que, convertidas en una suerte de lazareto, albergaban esa noche sólo a nueve de las cuatrocientas doce naves que el Ambracia encontrara a su llegada. ¿Por qué no levantaban la prohibición para ellos si el plazo se había cumplido de sobra? Algo tendría que ver el cuerpo. El maldito cuerpo.

Marineros y viajeros atribuían a ese cuerpo la prolongación de la cuarentena y sus ya incontables penurias, mas ninguno atinaba a explicar las circunstancias sin caer en contradicciones rayanas en la estupidez. Hombres y mujeres coincidían en que el extinto había abordado el barco en Laodicea poco antes de soltar las amarras, pero dejando atrás este punto de acuerdo los pormenores variaban hasta derivar en versiones tan dudosas como las que los remeros sentenciados ofrecían en sus visitas cotidianas. El grumete insistía en que el pasajero lindaba los sesenta años, mientras que la esposa de un peletero tripolino afirmaba que el señor, galante y bien parecido, tendría a lo más treinta y cinco. El capitán, no obstante haber negociado el costo del traslado hasta Alejandría, confesaba haber olvidado arrugas o lozanía, por lo que respecto a la edad del susodicho aducía reserva y desmemoria; seguro estaba, eso sí, de que el extraño cargaba un perrillo de lanas blanco, ya que, para sacar el dinero de entre sus ropas y liquidar los costes, fue menester que él mismo le sostuviera al chucho por un momento. Quien lo negara era un insensato y tal negativa adquirió, durante la primera discusión, la jerarquía de grave insulto, por lo que nadie volvió a cuestionar el asunto (so pena de despertar la ira del mandamás) a pesar de que ni rastro del perro recordaban la tripulación o los viajeros. En otro particular disentían el capitán y el resto: aquél pretendía que un acompañante había registrado un baúl mediano y cierto paquete envuelto en muselina para ser depositados en la bodega junto con la carga habitual, en tanto que los demás recordaban al ahora muerto solo en su abordaje, con las manos entrelazadas a la altura del pecho, sin bolsa, atado o equipaje. Una búsqueda exhaustiva en la bodega dio la razón a la mayoría, por lo que el capitán, estupefacto, optó por refugiarse en el puente comiendo almendras bañadas con miel de dátil para paliar el desaliento. Aprovechando su ausencia, uno de los pinches apuntó un hecho irrefutable: el anciano o galante caballero o lo que fuera jamás compartió la mesa de los principales ni fue servido en su minúsculo camarote desde su abordaje hasta el día del incidente.

*

Cincuenta y cuatro días habían transcurrido desde el inicio de la cuarentena. El tedio, los juegos de azar y la conversación menuda no bastaron para aplacar un remedo de algarabía que invadió al Ambracia cuando, reunidos en la proa, sus moradores contemplaron una interminable procesión de antorchas que iluminaban el cielo cual si el sol, desdiciéndose de una retirada intempestiva, enmendara a tiempo el error para solazarse con los cantos provenientes de Rhakotis, el barrio griego. Una humareda difusa compuesta de incienso, asados, confites y fuegos ceremoniales descendía lenta, burlándose de las murallas para internarse en la plácida negrura del Eunostos. Y hasta el barco parecían llegar la bruma festiva, la música de flautas, de trompetas, el retintín de los címbalos, el rumor de los tambores, asiéndose imperceptible pero firmemente a la barandilla. Una bellísima ingenuidad dominaba a los más emotivos que, sintiéndose partícipes de la honra anual a Serapis como si en tierra firme departieran, entonaban cada cual su himno, su plegaria, fundiéndose en la intención del coro aquel. Los silentes estiraban el cuello para entrever la magnificencia alejandrina de que se hablaba en todo punto cardinal y sus rincones con familiaridad improbable, con nostalgia imposible o, en casos aislados, con experiencia inobjetable.

Sólo un pasajero mostraba indiferencia ante los jirones del festival. El anónimo de edad incierta perdía la mirada a estribor sin que prodigio alguno justificara el extravío. A no ser por el vaivén hipnótico de mástiles y palos menores, difícil era explicar la fijeza y el nulo parpadeo de sus ojos verdipardos, las cejas enarcadas. Entre la borda y su inmovilidad mediaban dos codos al menos, lo que aunado a sus tobillos apretados y a la evidente falta de apoyo, daba al extraño la apariencia de un monumento inanimado que entrecruzara en arrobo las manos sobre el esternón para no salir ya de ese estado nunca más. Una paradoja en sí constituía su equilibrio perfecto en la postura antedicha, considerando que las aguas, aunque calmas, reavivaban por momentos su natural de mar abierto. Todo esto observaba Kerit, un imberbe que, con su nombre de afluente y quince años a cuestas, se parapetaba tras un par de velámenes rotos para no importunar. En tres ocasiones se había topado con el imperturbable durante el viaje sin que éste reparara en la hermosura que los infieles del barco destacaban como su atributo principal. Indiferente a los halagos, no lo era Kerit ante la fiera autosuficiencia y el mutismo sistemático con que el extraño rechazaba cualquier intercambio. Ya se tratara de una amable invitación a la merienda o de la noticia infausta de la cuarentena, el hombre se limitaba a sonreír antes de volver la espalda para desaparecer por días enteros en su camareta, pero en aquella incipiente noche de Serapis la sonrisa característica había desertado el rostro llevándose consigo la amenaza implícita en el gesto. Cuánta razón tenía el rabino de la Santa Casa al decir que el soberbio sin desdén semeja ánfora quebrada. Así de frágil se le antojaba el impávido al muchacho que, animado por el vino escanciado en la proa, decidió por fin salir de su escondrijo dispuesto a conversar. Con las manos a la espalda y la parsimonia de un noctámbulo que busca en el aire fresco el antídoto al insomnio, Kerit se aproximó fingiendo naturalidad. Tras saludar amablemente sin obtener respuesta, hizo una pausa para luego apoyarse en la barandilla y darse a la tarea de contar las naves visibles desde ese costado del Ambracia. En las más cercanas logró distinguir grupos de espectadores entretenidos con la procesión de Rhakotis, rito idólatra cuyo encanto despreciaba el joven sin miramientos.

—Quiera Dios que la espera termine pronto —insistió Kerit en hebreo esta vez, deseando que el desconocido reaccionara favorablemente.

—Dos lunas, ni un día más, hermano del Jordán —escuchó el mozo inquietado por el aire casual y la seguridad con que el hombre había mencionado el río.

Y es que Kerit debía su nombre precisamente al torrente, situado al este del Jordán, en que Elías se refugió siguiendo el mandato de Dios, pero el joven no tardó en darse cuenta de que la frase bien podía hacer referencia llana y simple a su origen judío. Sintió un dejo de vergüenza por el resquemor que el comentario le había provocado. Se disponía a presentarse formalmente cuando el extraño, con la mirada aún perdida y moviendo apenas los labios, prosiguió: “Calla, hijo de Manóaj”. Kerit palideció al escuchar el nombre de su padre carnal. “¿Quién es usted?”, inquirió sin lograr que el hombre volviera a articular. Confundido, el joven se retiró a su dormitorio obviando la despedida.

Fue el segundo quien, a la mañana siguiente, se percató de que el anónimo había olvidado extinguir la tea situada junto a la puerta de su camarote. Vaya descuido. Menos mal que el soporte era seguro y en esas latitudes el viento no variaba su curso a capricho. Dispuesto a reconvenir al culpable, el segundo llamó a la puerta una, dos, tres veces. Nada. No se atrevió a irrumpir en el habitáculo sin antes obtener la autorización del capitán que, en ese momento, pinchaba garbanzos con una espeta echado en su camastro. Alarmado por la premura a que su subordinado impelía, de mala gana aceptó acompañarlo. “Sal y espera a que me lave”, ordenó pensando menos en la tea que en la segura indigestión que el imprevisto acarrearía. Concluidas las abluciones, el dueño del Ambracia se echó encima los vestidos del día anterior y acudió al encuentro de su segundo. El vientecillo fresco del amanecer le recordó, no por su debilidad sino por su aroma, a los etesios que soplaban en el Nilo, pero el ensueño se disipó al constatar que, por muy fuerte que golpearan la puerta de la camareta, nadie replicaba desde el interior.

—Consigue una palanca.

—Aquí la tengo, señor —contestó el segundo ofreciendo la herramienta al capitán.

Al ceder la puerta, el hombre demudó y la palanca de hierro se le escapó de las manos. El cadáver yacía boca arriba sin acusar agonía prolongada ni huella de violencia. “Maldita sea”, dijo el capitán golpeando con el puño en la mesita de noche. “Tenemos que deshacernos del cuerpo para que nadie sospeche que murió en el Ambracia; si llega a saberse en Kibotos sin duda quemarán la nave. Envuélvelo en la sábana y manda a reparar la puerta. ¡Rápido!”, vociferó el contrariado marinero dudando en su interior de que la sabanilla bastara para fungir como sudario. Entretanto, el segundo se adelantaba a los hechos consternado por la indispensable alteración de la bitácora y los azotes a que serían sometidos si los romanos se percataban de la enmienda —con egipcios, griegos o judíos podía negociarse, pero los romanos eran inflexibles.

—Convendría echarlo al agua desnudo, capitán. La mortaja sería una pista si se inicia una investigación. Por mucho calor que haga, la descomposición no será problema si lo arrojamos esta misma noche —sugirió el subalterno—. Y no hay que olvidar la bitácora…

—Mejor, mucho mejor, Histapes —aceptó el capitán acariciando suavemente el lóbulo de su oreja derecha, manía que denotaba un estado de reflexión intensa—. Lo que sea con tal de que no descubran el desacato al edicto. Arregla esta puerta y que nadie más se entere.

El edicto aludido establecía que, bajo ninguna circunstancia, las embarcaciones podían arrojar despojos humanos a las aguas marítimas o fluviales. Con esta medida, el favor de los dioses devolvería la abundancia a las aguas del imperio, mancilladas sobremanera por la sangre romana derramada durante las campañas de Agripa y Sexto Pompeyo en la costa este de Sicilia. La referencia a estos ilustres movía a risa, dado que su enfrentamiento databa de unos sesenta años atrás. Sin embargo, la risa se apagaba al adentrarse en la cuarentena obligatoria que el edicto proclamaba. Aunque los oficiales del Ambracia conocían sólo de oídas el contenido y —por fuentes de nula fiabilidad— sabían que contravenirlo acarrearía una sentencia sumaria de muerte. En cualquier caso, los entendidos y los no tanto se preguntaban qué relación justificaba la inclusión de las cuitas entre Agripa y Sexto Pompeyo en una declaratoria de cuarentena regional. Sólo el emperador Tiberio podría aclarar sus motivos y ninguna intención de hacerlo había mostrado; hasta el Senado desconocía los antecedentes, el sustento y las verdaderas intenciones de la determinación cuando de epidemia o amenaza emparentada ni traza se conocía en esos territorios.

Histapes obedeció. En su apremio, omitió apagar la tea que había facilitado el hallazgo y se alejó en busca de un desocupado digno de confianza. Al posar un pie en la escalinata que conducía a los dormitorios generales bajo la cubierta, el segundo fue avisado de que el bote de aprovisionamiento se acercaba más temprano que de costumbre. “Vaya momento para madrugar”, musitó de mala gana el oficial despidiendo al mensajero harapiento que ya sudaba a pesar de que el calor tramaba apenas su agobio de mediodía. Antes de encontrarse con el nuevo condenado se cercioró de que nada fuera de lo común pudiera verse desde el bote y, seguro de ello, se dirigió rápidamente a estribor. Justo en el sitio ocupado por el muerto la noche anterior, observó el segundo a dos marineros que, en vez de preparar el cordaje para izar la carga, se entretenían como chiquillos en un juego de manos. El buen humor de la tripulación le tranquilizó; no estaban las cosas como para disciplinar por boberías, así que ignoró la falta anudando él mismo el primero de los ganchos a las cuerdas.

—Ni se moleste, señor. No hay carga que subir —comentó uno de los ayudantes en un griego lamentable, difícil de achacar en exclusiva a la falta de dientes que no fueran muelas.

—¿Entonces de qué se trata? —preguntó Histapes dejando caer el gancho.

—Traen un mensaje para el capitán, señor —dijo el otro marinero abriendo paso al segundo que, sin dilación, asomó medio cuerpo por la borda para echar un vistazo al bote.

—¡Buena ventura allá abajo! —saludó cortés el oficial—. ¿Qué nueva nos tienen esta mañana?

En el bote, un hombre de barba larga y blanquísima pasaba el segundo remo a una mujer vestida de negro que llevaba la cabeza cubierta; se incorporó con tiento para no alterar el equilibrio de la barcaza, inclinó la testa respetuosamente y luego de disculparse respondió que sólo le estaba permitido hablar con el capitán tratándose de un comunicado urgente. Histapes notó entonces que el barbado ostentaba en la frente, no el tatuaje de los condenados, sino una simple marca de ceniza y grasa que su esfuerzo en la remadura había escurrido hasta las cejas. El hecho de que el mensaje fuera transmitido por un sujeto a proceso y no por un condenado ameritaba la presencia inmediata de su superior. Asintió. Rehízo el camino a paso acelerado y descubrió al capitán hurgando desvergonzadamente en las pertenencias del finado. Tres rollos de calibre variable estaban dispersos en el suelo. En la mesilla, un objeto de plata relumbraba indiferente junto al recibo que el capitán expidiera como constancia de pago cuando el extraño abordó el Ambracia en Laodicea. El segundo carraspeó para llamar la atención del capitán y éste, sin disimulo, continuó su pesquisa.

—¿Y ahora qué? —preguntó el principal, sabedor de que el carraspeo no podía provenir más que de su segundo al mando.

—Ha llegado un emisario. Dice que sólo a usted puede transmitir su mensaje. Quizá se trate de algo importante. Mandaron esta vez a un sentenciado.

—¿Viste si la marca era triangular? —preguntó el capitán deteniendo con la sandalia la carrera de uno de los rollos.

—Me parece que era circular, aunque la trae desdibujada.

—Ya, ya… entonces no es un prisionero común. Vamos —ordenó el capitán atorando a su salida la portezuela maltrecha con el recibo de pago.

Un corrillo integrado por la terna de la cocina, el vigía ocioso, seis marineros y tres pasajeros hartos de mal dormir especulaban en voz baja a la espera del líder. Los optimistas, para contrarrestar la desesperanza crónica de la mayoría, defendían la tesis de que una exención se avecinaba. Por su parte, el cocinero atestiguaba complacido la voracidad que su dádiva de pan ácimo despertaba en el portavoz. “Mira qué hambre tiene el pobrecillo… si le han de aplicar el garrote o lo hunden con piedras, que sea con la barriga llena”, monologaba el piadoso al oído de su ayudante favorito cuando el capitán los apartó lo suficiente como para que él e Histapes cupieran a su diestra. El grupo acalló paulatinamente mientras el jefe esperaba a que el mensajero, embebido en la limpieza meticulosa de su barba, terminara de cazar la última migajada que, enemigo del desperdicio, se echó a la boca con un lento ademán casi teatral. “¡Ey, tú, venga ya con lo que tengas que decir!”, espetó un pasajero enardecido por la insolencia, logrando que el procesado dejara de escudriñarse la barba.

—En cumplimiento de las órdenes dictadas por el divino César Tiberio Claudius Nerón, ejecutadas por su pretor, por el alto epistratego y su alabarca, se le comunica que a partir de este momento usted, Serifón de Laodicea, como capitán del barides Ambracia y en razón de los hechos acaecidos la víspera, queda designado como depositario provisional de las pertenencias y bienes del fallecido, cualquiera que sea su nombre u origen. Es usted responsable también por la custodia del cuerpo y, en consecuencia, deberá tomar las medidas indispensables para su aislamiento a bordo del barides Ambracia hasta que las autoridades portuarias consideren conveniente. Será notificado en su momento. Dixit.

La ridícula macarronea del barbado dejó mudos al capitán y su segundo. ¿Cómo diantres se habían enterado en Kibotos de lo sucedido?

—Se equivocan —gritó divertido el cocinero adelantándose a la ya tarda respuesta de su superior—, aquí no hay cuerpo que custodiar.

—¡Imbécil! —reaccionó el capitán propinando un puñetazo en la cara al imprudente que se atrevía a hablar por él.

Los curiosos, desconcertados por la nunca antes vista explosividad del jefe, atestiguaban boquiabiertos los empeños de los ayudantes por controlar la hemorragia del cocinero. La falta, si la había, no merecía un castigo tan severo.

—Quedo enterado. Notifique a su regreso que daré cumplimiento cabal a la orden.

“¿Cuerpo?”, cuestionó en voz alta uno de los pasajeros, visiblemente descompuesto ante la perspectiva de que los oficiales hubieran ocultado la llegada de una plaga. En instantes, la inquietud se generalizó sin que las dudas fueran aclaradas por el capitán, que, seguido por Histapes, abandonó al grupo a paso acelerado en pos de la tranquilidad del puente. Ahora sí tendrían que envolver al desgraciado ése e iniciar un inventario de sus pertenencias que, debido a la curiosidad, el conocimiento y la presteza de Kerit, no incluiría los rollos que desde el entablado parecían velar el cuerpo. El maldito cuerpo.

*

Extinta desde aquel momento se mantuvo la tea adosada a la puerta del camarote negro, llamado así por el aspecto que los sellos de brea y esparadrapo daban a los tablones en el afán de cubrir el resquicio, el ventanucho y cualquier otra hendidura por la que pudiera escapar el hedor. Histapes ordenó desocupar las cámaras linderas y prohibió que se deambulara en la zona para evitar el contagio, pero ni las medidas de apremio ni la vehemencia al exponer los riesgos impidieron que, la noche misma del suceso, un macedonio que vaciaba a deshoras su orinal diera la voz de alarma. “¡Fuego! ¡Fuego en la puerta negra!”, gritó con el rostro enjuto desfigurado por la urgencia en tanto se alejaba convenientemente del siniestro. Cuatro veces insistió antes de detenerse en la popa, extrañado de que nadie acudiera. Aún jadeante se debatía entre la repugnancia que el cadáver le inspiraba y el miedo de terminar abrasado cuando notó que el salador dormía al fresco sin inmutarse. Las llamas crecían segundo a segundo. Rápido. Sin pensarlo mucho tomó al salador por los hombros y lo sacudió con fuerza. Odiosa le resultaba la cerveza con que el egipcio se embrutecía a diario. Soltó los hombros del borracho y se desnudó venciendo el pudor. Con el himatión de lino en la diestra se encarreró de vuelta al fuego decidido a enfrentarlo solo. Conforme se aproximaba al camarote negro, se percató de que el resplandor ya no era tan intenso como antes. El cielo despejado le permitió observar atentamente las inmediaciones sin aproximarse demasiado. Nadie rondaba el área del incendio. El anhelado silencio de las aves mudaba ahora en una entidad corpórea, asfixiante. Qué lejos se sintió de todo aquello que en la vida normal le pertenecía, del terruño, de sus costas habituales, de las charlas casuales con que un porquerizo lo instaba a hacerse a la mar siendo un jovenzuelo. Y no llegó a recordar sus correrías preferidas por culpa de una mano áspera que le asió firme el antebrazo. El salador, tambaleante, le miraba las nalgas.

—¿Por qué vas desnudo?

El macedonio se aprestaba a contestar cuando advirtió que el fuego se había convertido en un destello casi indiscernible.

—Acompáñame —pidió el marinero sin que el ebrio dejara de apretarle.

—Perdona si te lastimo, pero hace mucho que no siento las manos. Dicen que es la sal.

—Descuida —repuso el macedonio al tiempo que retiraba el brazo para vestirse de nuevo. Mientras lo hacía, relató al salador el episodio sin omitir detalle, pero éste apenas podía tenerse en pie y muy poco comprendía. Lo mismo daba la compañía de ese amante de las estrellas que, a altas horas de la noche, ya sólo podía mirar al tablado de popa. Con el himatión bien ajustado a la cintura, avanzó hacia el camarote clausurado. Al pie de la puerta, una palmatoria ardía con llama menudísima. Escasa era la cera derramada sobre el plato e imperceptible el estrago en la madera, el cerrojo o los esparadrapos embreados. El evento y su gravedad tornaban ahora en sinsentido. ¿Había perdido la razón? ¿Se mofaban de él los dioses? Cuán gratuita resultaba la sorna para ese hombre piadoso. Menos mal que nadie había acudido a sus llamados de auxilio. Se vio a sí mismo corriendo a estribor en cueros y dando alaridos como un mono asustado. Menos mal. La reprimenda habría sido vergonzosa. Quizá la soledad carcomía el seso o la enfermedad del raro fenecido se manifestara así en principio para volverse calamidad insoportable cumplido el plazo. Y el miedo que incubaba el macedonio cedió pronto su lugar al desconcierto pues, ayudado por la luminosidad discreta que la palmatoria le ofrecía, distinguió en la parte alta de la puerta un dibujo peculiar en cal muerta. Acercó la flama. Un triángulo equilátero dentro de un círculo, toscos si se quiere, adornaban el ventanillo. “Sabios a bordo”, interrumpió el salador con la mirada entrecerrada.

Respecto de los dibujos, ninguna opinión externó después el capitán. Ignorante del vínculo entre el símbolo y la cofradía, tomó a chanza el trazo argumentando que el autor tenía un pulso deleznable. En cambio, la palmatoria de plata que Histapes le mostró enseguida dio al traste con su buen talante matutino.

—No sé de dónde salió esto; la encontré ahí, muy próxima al umbral —dijo el segundo indicando el lugar preciso sin reparar en que su superior comenzaba a acariciarse la oreja.

—Déjame verla.

Antes de concentrarse en la palmatoria, retiró el cabo extinto para analizarlo a fondo. La blandura extrema y el trenzado del pabilo hacían pensar en una manufactura extranjera. A juzgar por el perfume, grasa animal no era. ¿Quién, en su juicio, optaría por gastar el triple en una vela de panal amasada con viruta de sándalo? Y de sándalo viejo debía tratarse dada la persistencia del aroma y los tonos oscuros. Olisqueó de nuevo para imaginar el sahumerio y, antes de que la ensoñación se desbocara, metió el cabo entre sus ropas. El que una vela india apareciera en el Ambracia despertaba sus sospechas, pero más le preocupaba el candelero que sostenía en la mano izquierda, pues tenía la certeza de haberlo resguardado personalmente en el arcón de su camarote.

—Es casi igual a la que hallamos en la mesa —apuntó Histapes por lo bajo, temeroso de que los denunciantes lo escucharan—. Yo diría que es la misma…

—La otra estaba sucia y fue inventariada, Histapes. No me vengas ahora con que te has creído las habladurías de tu gente —intervino el capitán—. Lo importante es que nadie vuelva a ponernos en peligro; y puesto que la prohibición de andar por aquí ha sido un fracaso, conviene que implementes una guardia.

—Llamaríamos la atención innecesariamente. Mejor pidamos a esos dos que se callen la boca. Siempre están solos, así que no les costará mucho ayudarnos a evitar rumores.

—Bien, muchacho —dijo el capitán olvidando lo mucho que el apelativo molestaba al segundo, quien, a sus cuarenta y tantos años cargaba ya con dos críos en Laodicea y al menos uno en el oasis de Siwa—. ¿Crees que sean de confianza?

—El borracho me da mala espina, pero si le ofrece un dinerillo o más cerveza que echarse al cogote, seguro que no dirá más que los buenos días al resto. El otro parece de fiar.

Sin esperar la anuencia del capitán, Histapes se dirigió al salador y al macedonio. “Muchacho…”, farfulló el segundo procurando sin éxito que su superior notara la indignación. Lejos de ello, Serifón se entregó a una superficial revisión de la palmatoria.

Absortos en una conversación evasiva y dispersa, como suele ser el intercambio entre solitarios que se reconocen, los pasajeros aludidos demoraban lo suyo en obedecer al segundo, quien los conminó de nueva cuenta desganado. El tercer exhorto distrajo finalmente al macedonio. Irresuelto, el hombre alternaba la mirada entre el segundo y las correas de sus calzas sin librarse por entero de las vaharadas ni del roce abrasante que la mano del salador imprimía al contacto con el hombro o la cintura. Nada valía la prudencia con el necio aquel. Cansado de desasirse, el macedonio consideró incluso dar un manotazo al estilo de los que propinaba cuando las prostitutas lo asediaban en las callejuelas de Rhakotis, pero la intentona fue tan débil que en nada disuadió al vehemente. Al contrario: aguijoneado por un gesto tan prosaico e infantil, el salador redobló la insistencia hasta el grado de sacudir groseramente al macedonio sin parar de increparle su indolencia; pero ni así logró que el palurdo se dignara volver la vista al puerto, donde un cuarteto de banderas, tres moradas y una roja, ondeaban de arriba abajo y de derecha a izquierda en una coreografía rematada por los destellos intermitentes que un escudo bruñido proyectaba. Y es que de marinería el macedonio sabía lo mismo que de catapultas o cálculo astrológico, por lo que el suceso se le antojaba baladí. Caso perdido. Fue entonces cuando el salador, agitado, advirtió que el segundo los conminaba todavía de buena gana, divertido por el jaloneo y por los reclamos que a sus espaldas soltaba el capitán. Olvidando por completo al macedonio, el salador agitó los brazos en alto al tiempo que exclamaba: “¡Banderas, capitán! ¡Banderas en el puerto!” Y la última sílaba del término “puerto” fue inaudible por fundirse en ese instante con la nota de un cuerno entonado desde la vecindad de las garitas. Salador, segundo, macedonio y capitán guardaron silencio como sucede cuando un estrépito imprevisto enmudece a las aves y aquieta los párpados en alto. El compás de espera terminó sucinto con la carrera que el capitán emprendió para cerciorase de que ni el salador ni sus oídos lo engañaban. El digno Histapes hizo lo propio a grandes zancadas, sin llegar al trote o a la marcha desbocada. A medio camino, el superior se volvió y preguntó si la cuarta bandera, la de la derecha extrema, era roja en verdad. Allegándose a la borda, Histapes aguzó la vista y confirmó: sí, era roja y triangular.

—Benditos sean los dioses, capitán —dijo el segundo con los ojos anegados fijos en la costa. Contaba los destellos. De nuevo el cuerno.

—¡Rápido, Histapes, trae las banderas!

La compostura era de más. Ahora sí corrió el segundo cual si en ello le fuera la esperanza. No le importó que su vestido se rasgara al atorarse con el pasamanos de la escalerilla. En la intimidad del cuarto de trebejos se dio un respiro. Con la mirada perdida en los estantes, escuchó otra vez el cuerno y ya no se contuvo. Sollozó. La cuarentena era historia y el segundo era feliz.

*

Bebió en las entrañas del Ambracia para celebrar sin que nadie lo viera. Medio cuenco sin aguar y ya. Qué delicias y peligros ofrecía en cada trago ese vino aderezado con especias de las Molucas y más. La magia residía en el clavo y en el posterior reposo al que era sometido en las grutas de Catania. Se decía que, al paso de los años, cuando las barricas de limonero mohecían con tonos blanquecinos, era mandatorio agitarlas sin cesar por días hasta que la espuma generada tornara mínimo el rumor del líquido. Otro año daban los expertos para que la espuma cediera y luego, cuidando que la luz no estropeara la finura, en la cámara remota de la cueva una docena de ciegas se encargaban de retirar los tapones de cada barrica para añadir extracto de opio, flor de belladona, hojas de datura y pizcas de delicia en proporción secreta. Cosa de mujeres. Lo que pasaba en el fondo de la gruta era un misterio. Dicen que las ciegas reían, lloraban, gritaban y cantaban la noche entera, pues les era dado el lujo de beber hasta embriagarse, sólo a ellas, prebenda que envidiaban las demás cual si fuera riqueza. Los crédulos afirmaban que estas hembras veían en las paredes de la cueva lo indecible, los crímenes ocultos, los amores clandestinos, las enfermedades latentes, las desdichas, las bondades del clima y hasta la cuantía de cosechas y fortunas personales. Tenían prohibido hablar de las visiones so pena de muerte y no se sabe de ninguna que violara la ordenanza. Pasado el éxtasis, las mujeres esperaban un día entero rodando los toneles de una a otra como si de una pelota se tratara. La parte delicada consistía en aguzar el oído para escuchar atentamente los rumores crecientes de las barricas, deteniéndose antes de que las anillas comenzaran a ceder. En completo silencio, dicen, las ciegas lograban un trance, semejante quizás al que Histapes experimentaba esa mañana en el cuarto de trebejos al sentirse envuelto, refugiado por esa intimidad que el Ambracia, sus rumores y vaivenes prodigaban. Tres barricas del elixir se confundían con siete de vino corriente y ligero. El sello de Catania las diferenciaba y así el ojo entrenado, conocedor, podía distinguirlas. La versión oficial, la de Serifón de Laodicea, relataba que el vino siempre había estado ahí, desde la compra del Ambracia, pero Histapes sospechaba que el capitán había invertido en realidad una fortuna en la panacea que sólo con él compartía. Generoso era a las claras Serifón, generoso y necio.

Una sonrisa timorata, luna menguante, se dibujó en el rostro del segundo. Ajeno al ondeo de banderas y al barr ...