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GUSANO DE SEDA, EL

Robert Galbraith  

0


Fragmento

1

PREGUNTA: ¿De qué os alimentáis?

RESPUESTA: De sueños rotos.

THOMAS DEKKER, The Noble Spanish Soldier

—Más vale que se haya muerto alguien famoso de verdad, Strike —dijo una voz ronca desde el otro extremo de la línea.

Aún no había amanecido. El hombre corpulento y sin afeitar que caminaba con el teléfono apretado contra la oreja sonrió.

—Por ahí va la cosa.

—¡Son las seis de la mañana, joder!

—Las seis y media, pero, si esto le interesa, tendrá que venir a buscarlo —dijo Cormoran Strike—. No estoy muy lejos de su casa. Hay una...

—¿Cómo sabe dónde vivo? —quiso saber su interlocutor.

—Me lo dijo usted mismo —contestó Strike conteniendo un bostezo—. Me comentó que va a vender su piso.

—Ah, sí —repuso el otro, más calmado—. Tiene buena memoria.

—Hay una cafetería que abre las veinticuatro...

—¡Ni hablar! Venga más tarde a mi despacho.

—Escuche, Culpepper, no he pegado ojo en toda la noche y esta mañana tengo una cita con otro cliente que me paga mejor que usted. Si lo quiere, tendrá que venir a buscarlo. Ahora mismo.

Un gruñido. Strike oyó el susurro de unas sábanas.

—Más vale que sea la hostia.

—Smithfield Café, en Long Lane —dijo Strike, y colgó.

Su ligero balanceo al andar se hizo más pronunciado cuando empezó a descender por la calle que desembocaba en el mercado de Smithfield, monolítico en la oscuridad invernal: un templo victoriano enorme, rectangular, dedicado a la carne, donde todos los días laborables, como venía haciéndose desde hacía siglos, a partir de las cuatro de la madrugada se descargaban reses muertas, y la carne se cortaba, empaquetaba y vendía a los carniceros y restaurantes de todo Londres. En la penumbra, Strike distinguía voces, gritos que daban instrucciones, y los gruñidos y pitidos de los camiones al dar marcha atrás para descargar las piezas. Cuando entró en Long Lane, se convirtió en uno más de aquellos hombres envueltos en varias prendas de abrigo que iban de un lado para otro, decididos, ocupándose de sus tareas de lunes por la mañana.

Bajo el grifo de piedra que montaba guardia en la esquina del edificio del mercado, un corrillo de mensajeros con chaquetas reflectantes se calentaba las manos enguantadas con tazas de té. En la acera de enfrente, vivo como una chimenea encendida en medio de la oscuridad circundante, estaba el Smithfield Café, una cafetería abierta las veinticuatro horas, un cuchitril del tamaño de un armario que ofrecía calor y comida grasienta.

La cafetería no tenía baño, pero sí un acuerdo con los corredores de apuestas de Ladbrokes, unas puertas más allá. Como todavía faltaban tres horas para que abrieran, Strike se desvió por un callejón y, ante un portal oscuro, vació la vejiga, rebosante de todo el café aguado que se había tomado durante la noche, que había pasado trabajando. Agotado y hambriento, con ese placer que sólo conoce quien ha puesto su resistencia física al límite, entró por fin en el local, en cuya atmósfera casi podía palparse la grasa de innumerables huevos fritos con beicon.

Dos individuos con forro polar y pantalones impermeables acababan de dejar libre una mesa. Strike maniobró por el reducido espacio y se sentó con un gruñido de satisfacción en una de las sillas de madera y acero. Antes incluso de que lo pidiera, el dueño de la cafetería, que era italiano, le puso delante una taza alta y blanca llena de té que venía acompañada de pan blanco con mantequilla cortado en triángulos. Al cabo de cinco minutos, tenía ante sí un desayuno inglés completo servido en un gran plato ovalado.

Strike no desentonaba con aquellos tipos corpulentos que entraban y salían de la cafetería con andares bruscos. Era alto y moreno; su pelo, corto, rizado y tupido, empezaba a ralear un poco en la frente, alta y abultada, que sobresalía por encima de una nariz ancha de boxeador y unas cejas pobladas y hoscas. Iba sin afeitar, y unas ojeras moradas engrandecían sus oscuros ojos. Comía con la mirada perdida en el edificio del mercado, al otro lado de la calle. La entrada en arco más cercana, la número dos, iba adquiriendo relieve a medida que disminuía la oscuridad: una cara de piedra de expresión severa, antigua y barbuda, lo miraba fijamente desde lo alto del portal. ¿Existiría el dios del ganado para despiece?

Acababa de atacar las salchichas cuando llegó Dominic Culpepper. El periodista era casi tan alto como Strike, pero estaba delgado y tenía la complexión de un niño de coro. Una extraña asimetría, como si alguien le hubiera dado a su cara un giro en el sentido opuesto a las agujas del reloj, impedía que su belleza pudiera calificarse de femenina.

—Ya puede valer la pena... —dijo Culpepper mientras se sentaba, se quitaba los guantes y, casi con recelo, echaba un vistazo a la cafetería.

—¿Le apetece comer algo? —le preguntó Strike con la boca llena de salchicha.

—No.

—Prefiere esperar porque aquí no tienen cruasanes, ¿verdad? —añadió Strike con una sonrisa.

—Váyase a la mierda, Strike.

Resultaba casi patético, de tan fácil, tomarle el pelo a aquel ex alumno de colegio privado que pidió té con aire desafiante, llamando «colega» al camarero (quien, para regocijo de Strike, se mostró indiferente).

—¿Y bien? —Culpepper sujetaba la taza caliente con sus largas y pálidas manos.

Strike hurgó en el bolsillo del abrigo, sacó un sobre y lo deslizó por la mesa hacia su interlocutor. Culpepper extrajo el contenido y empezó a leer.

—Joder... —murmuró al cabo de un rato. Barajó ansiosamente las hojas de papel, algunas de las cuales contenían anotaciones que Strike había añadido de su puño y letra—. ¿De dónde demonios ha sacado esto?

Strike, con la boca todavía llena de salchicha, señaló con un dedo una de las hojas, que llevaba impresa la dirección de una oficina.

—Su secretaria personal, que está muy cabreada —respondió cuando, por fin, hubo tragado—. Se la folla, como a esas otras dos que usted ya sabe. Y acaba de darse cuenta de que nunca será la próxima lady Parker.

—Pero ¿cómo demonios lo ha descubierto? —preguntó Culpepper, nervioso, mirando con fijeza a Strike por encima de las hojas, que temblaban en sus manos.

—Es lo que hacemos los detectives —contestó Strike con voz pastosa; volvía a tener la boca llena—. ¿Acaso no lo hacían también ustedes antes de empezar a recurrir a los de mi gremio? Pero ella tiene que pensar en sus futuras perspectivas de trabajo, Culpepper, de modo que no quiere aparecer en esta historia, ¿entendido?

Culpepper soltó una risotada.

—Eso debería haberlo pensado antes de robar...

Con un ágil movimiento, Strike le arrebató las hojas de la mano.

—Ella no ha robado nada. Él le ordenó que imprimiera estos documentos ayer por la tarde. Lo único malo que ha hecho ha sido enseñármelos. Pero si usted piensa airear su vida privada en los periódicos, Culpepper, me los llevo.

—¡Y un cuerno! —exclamó el periodista, e intentó recuperar las pruebas de reiterada evasión de impuestos que Strike asía con su mano velluda—. De acuerdo, la dejaremos al margen. Pero él sabrá de dónde lo hemos sacado. No es tan imbécil.

—¿Y qué va a hacer? ¿Llevarla a los tribunales para que tire de la manta y revele todas las otras irregularidades de que ha sido testigo a lo largo de cinco años?

—Está bien —concedió Culpepper tras reflexionar un momento—. Devuélvame eso. Respetaré su anonimato. Pero me dejará hablar con ella, ¿no? Necesito comprobar que dice la verdad.

—Estos documentos ya dicen la verdad. No necesita hablar con ella para nada —zanjó Strike.

La mujer temblorosa, perdidamente enamorada y amargamente traicionada a la que acababa de ver no estaría a salvo si la dejaba en manos de Culpepper. Dominada por el deseo salvaje de castigar a un hombre que le había prometido matrimonio e hijos, se perjudicaría ella misma y perjudicaría sin remedio sus perspectivas de futuro. A Strike no le había costado mucho ganarse su confianza. Iba a cumplir cuarenta y dos años; creyó que tendría hijos con lord Parker; de pronto, experimentaba una especie de sed de matar. Strike había pasado varias horas con ella, escuchando el relato de su enamoramiento, observándola mientras se paseaba, llorosa, por el salón o se mecía en el sofá apretándose la frente con los nudillos. Al final se había avenido a cometer una traición que enterraba todas sus esperanzas.

—La dejará al margen —insistió Strike, agarrando los documentos firmemente con un puño que casi doblaba el tamaño de los de Culpepper—. ¿Entendido? Sin ella ya es una historia de puta madre.

Tras un momento de vacilación, Culpepper hizo una mueca y aceptó.

—De acuerdo. Deme eso.

El periodista se metió las declaraciones en un bolsillo interior y se bebió el té; dio la impresión de que el enfado pasajero que le había provocado Strike se disipaba ante la estupenda perspectiva de destruir la reputación de un lord británico.

—Lord Parker de Pennywell —dijo por lo bajo, risueño—, la has cagado pero bien, tío.

—Supongo que su dueño paga esto, ¿no? —preguntó Strike cuando les llevaron la cuenta.

—Sí, claro...

Culpepper dejó un billete de diez libras encima de la mesa y salieron juntos de la cafetería. En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, Strike encendió un cigarrillo.

—¿Cómo ha conseguido hacerla hablar? —preguntó Culpepper mientras echaban a andar por la calle, esquivando las motos y los camiones que seguían entrando y saliendo del mercado.

—Escuchando —respondió Strike.

Culpepper lo miró de reojo.

—Todos mis otros detectives privados se dedican a interceptar mensajes telefónicos.

—Eso es ilegal —dijo Strike, y lanzó una bocanada de humo contra la oscuridad, que empezaba a atenuarse.

—Entonces, ¿cómo...?

—Usted protege sus fuentes y yo, las mías.

Recorrieron cincuenta metros en silencio; la cojera de Strike era cada vez más pronunciada.

—Esto va a ser la bomba. ¡La bomba! —predijo Culpepper con regocijo—. Ese hipócrita se ha pasado años quejándose de la corrupción de los empresarios, y resulta que el muy desgraciado tenía veinte millones guardaditos en las islas Caimán...

—Me alegro de que haya quedado satisfecho —dijo Strike—. Le pasaré mi factura por correo electrónico.

Culpepper volvió a mirarlo de soslayo.

—¿Leyó lo del hijo de Tom Jones en los periódicos la semana pasada? —preguntó.

—¿El hijo de Tom Jones?

—El cantante galés —aclaró Culpepper.

—Ah, ése —dijo Strike sin entusiasmo—. Es que conocí a otro Tom Jones en el Ejército.

—¿Leyó la noticia o no?

—No.

—Concedió una entrevista muy larga. Dice que no conoce a su padre y que nunca ha hablado con él. Me juego algo a que el importe de su factura es inferior a lo que él cobró por charlar un rato.

—Todavía no ha visto mi factura.

—Es un decir... A cambio de una sola entrevista, podría olvidarse de interrogar a secretarias unas cuantas noches.

—O deja de hacerme esta clase de sugerencias, Culpepper, o tendré que dejar de trabajar para usted.

—Claro que... nada me impide publicar la historia de todas formas. El hijo ilegítimo de la estrella del rock es un héroe de guerra, no conoce a su padre, trabaja de detective...

—Tengo entendido que ordenarle a alguien que intercepte teléfonos también es ilegal.

Habían llegado al final de Long Lane. Redujeron el paso, se volvieron y se miraron. Culpepper soltó una risita nerviosa.

—Entonces, esperaré a que me mande la factura.

—Me parece bien.

Se marcharon por caminos diferentes; Strike se dirigió hacia una estación de metro.

—¡Strike! —La voz del periodista resonó en la calle oscura a su espalda—. ¿Se la ha follado?

—¡Estoy deseando leerlo, Culpepper! —gritó Strike cansinamente, sin volver la cabeza.

Entró cojeando en la estación, y Culpepper lo perdió de vista.

2

¿Hasta cuándo seguiremos luchando? Pues no puedo quedarme,

¡ni voy a quedarme! Tengo asuntos que atender.

FRANCIS BEAUMONT Y PHILIP MASSINGER, The Little French Lawyer

El metro empezaba a ir lleno. Caras de lunes por doquier: decaídas, adustas, preparadas para lo peor, resignadas. Strike encontró un asiento frente a una joven rubia de párpados hinchados, tan adormilada que continuamente se le caía la cabeza hacia un lado. Una y otra vez, la chica daba un respingo y se enderezaba; entonces buscaba, angustiada, los letreros borrosos de las estaciones para comprobar que no se había pasado de parada.

El tren avanzaba traqueteando, y transportaba a toda velocidad a Strike de vuelta a las exiguas dos habitaciones y media bajo un tejado mal aislado que él llamaba su hogar. En las profundidades de su cansancio, rodeado de aquellos rostros inexpresivos y aborregados, sin darse cuenta se puso a cavilar en la cadena de accidentes que había desembocado en la existencia de cada uno de ellos. En realidad, cada nuevo nacimiento era pura casualidad. Con cien millones de espermatozoides nadando a ciegas en la oscuridad, las probabilidades de que una determinada persona llegara a existir eran escasísimas. ¿Cuántos de los pasajeros que llenaban aquel tren habían sido planeados?, se preguntó, aturdido por el cansancio. ¿Y cuántos eran accidentes, como él?

En su clase de primaria había una niña que tenía una mancha roja de nacimiento en la cara, y Strike, en secreto, siempre había sentido cierta afinidad con ella, porque desde su nacimiento ambos había

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