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LA GUERRA DE LOS ZETAS (VERSIóN ACTUALIZADA)

Diego Enrique Osorno  

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Fragmento

PRÓLOGO
El clan de la última letra

Juan Villoro

En la zona menos documentada de México, Nuevo León y Tamaulipas, el rincón noreste del país, se encienden velas negras para pedir por las “cosas difíciles”. ¿Quién responde a esas plegarias? La dama de los desiertos vacíos: la Santa Muerte.

Con excepcional valentía, Diego Enrique Osorno recorrió la región donde la fe depende de una deidad armada de guadaña. En 2010 el ejército siguió la misma ruta a lo largo de 200 kilómetros de terregales para destruir los altares de la Santa Muerte; ya que no se puede acabar con un enemigo incierto, se busca aniquilar sus símbolos. Pero una y otra vez, las flamas vuelven a encenderse.

En un país donde los cadáveres amenazan con transformarse en mera estadística, Osorno busca historias, claves de sentido. Convencido de que la construcción de la esperanza pasa por comprender el tamaño del mal, indaga sus causas.

Con inquietante astucia, el Mefistófeles de Goethe reveló que también el infierno tiene lógica. ¿Hay forma de entender la devastación de los últimos años? La “suave patria” a la que cantó Ramón López Velarde se ha transformado en un sembradío de cuerpos mutilados, y registrar la sangre derramada puede ser peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, estamos en el sitio más inseguro para ejercer el periodismo. El trabajo de Osorno representa un atrevimiento, pero también, sobre todo, una búsqueda profunda y racional. No estigmatiza ni simplifica a sus informantes. En cada diálogo confirma que sólo el que escucha a los otros puede descifrarlos.

En medio de la barbarie, Osorno toma notas. Estamos ante un cronista que favorece las camisas de inspiración vaquera, habla con la respetuosa voz de un maestro que no quiere dejar de ser alumno y despliega la extraña bondad de las personas corpulentas que no desean ostentar su fuerza. Con este aspecto campechano, un testigo de excepción investiga turbulencias.

El cronista nació en Monterrey y ahí pudo ver la transformación de una metrópoli próspera, donde el crimen era mítico, en una urbe criminal, donde la prosperidad es mítica. Registrar ese proceso representó para él una dolorosa educación: el sueño de su ciudad convertido en pesadilla.

Después de trabajar en medios locales, perfeccionó su oficio en las páginas del periódico Milenio. Miles de reportajes lo acreditan como alguien que, sencillamente, no conoce la pausa. Ningún problema grave le es ajeno: de los mineros muertos en Pasta de Conchos a la insurrección en Oaxaca, pasando por el cártel de Sinaloa y los niños calcinados en la Guardería ABC.

Pero no es el tremendismo lo que guía su prosa, sino el deseo de entender con empatía el destino de las víctimas. Sus recursos se han afinado con los años. Sin abandonar las técnicas básicas del reportaje (el conocimiento de los datos, las voces de los testigos, la importancia noticiosa de los hechos), ha ampliado su registro para narrar de manera más intensa y analítica sirviéndose de técnicas literarias y ensayísticas. La guerra de Los Zetas confirma a un cronista en plenitud de sus facultades.

Para ser fiel a una realidad despedazada, Osorno ha escrito un libro fragmentario, un caleidoscopio cuya unidad depende de la fuerza articuladora de la reflexión: de manera asombrosa, la disolución del país puede tener explicaciones de conjunto.

En su vertiente más narrativa, La guerra de Los Zetas lleva a las guaridas de los capos y a pesquisas de las que se excluye a otros reporteros que posiblemente informan a los criminales; reconstruye las polvosas rutas del narcotráfico, y entrega entrevistas con políticos, testigos protegidos, sociólogos, colegas del periodismo, soldados y una representante de la Asociación del Rifle en Estados Unidos. Un insólito sondeo de lo que ocurre en la impunidad. Pero el libro también ofrece una vertiente reflexiva. El autor desea entender ese incendio que llamamos “realidad”. Leer La guerra de Los Zetas es un singular acto de conocimiento.

En su retrato de grupo, Osorno ha seguido el precepto del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo: “Para descubrir lo invisible hay que prestar atención a lo visible”. El cronista no cierra los ojos y levanta el inventario de los daños; luego procede, como hacía Álvarez Bravo, a la revelación de un misterio: lo más extraño del mal es que tiene una razón.

EL SAFARI COMO PSICOANÁLISIS

“No sé cuántos elefantes he tenido que matar para ser yo mismo”, comenta Mauricio Fernández Garza, alcalde del municipio más rico de México, San Pedro Garza García, zona residencial de Monterrey.

Para la mayoría de las personas, el inconsciente está en su cabeza. El singular Fernández Garza tuvo que viajar a África y abatir paquidermos para encontrar su mundo interior. Como los niños que cantan “Un elefante se balanceaba…”, ha perdido la cuenta de sus presas. Sin embargo, entre la pólvora de sus disparos emerge algo más que el capricho de un millonario. El ávido coleccionista que compra los huesos de un dinosaurio y cuadros de Julio Galán, el carismático hombre de acción que aborda temas delicados con desafiante franqueza norteña, el alcalde más raro del mundo, tiene una misión. Cuando un elefante entra en su mira y jala del gatillo, se llena de energía para volver al país donde su hija estuvo a punto de ser secuestrada y en el cual abandonó las comodidades del plutócrata para circular en una camioneta blindada buscando soluciones para la violencia.

Fernández Garza es tan heterodoxo que incluso inquieta a sus allegados. Sin embargo, Osorno comenta que las contradicciones del alcalde son las de Monterrey mismo. Y no sólo eso: el estrafalario Mauricio Fernández Garza es ya un personaje típico del momento mexicano. En su peculiar mezcla de riqueza, simpatía, audacia, sinceridad suicida e irresponsabilidad resume las contradictorias emociones desatadas por la violencia y por el deseo de combatirla.

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”, pregunta Mario Vargas Llosa al inicio de Conversación en la Catedral; lo mismo podemos decir de México. ¿Qué pasó para llegar a una realidad donde el alcalde que mejor entiende el problema del narcotráfico se encontró a sí mismo en un cementerio de elefantes?

¿QUIÉN QUIERE SOPA MARUCHAN?

El 1 de diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón se sirvió de un truco de asaltabancos para asumir la presidencia de la república ante el Congreso de la Unión. El recinto estaba tomado por diputados de la oposición y las puertas se habían cerrado. El mandatario entró por un acceso trasero y tomó un pasillo que semejaba un túnel. En un santiamén llegó al podio, juró respeto a la Constitución, recibió la banda tricolor y desapareció como había llegado.

Sus posibilidades de gobernar eran exiguas. El propio Tribunal Federal Electoral había criticado la desigual contienda en la que la presidencia y el Consejo Coordinador Empresarial tuvieron una participación indebida. En forma curiosa, los jueces electorales actuaron como sociólogos: cuestionaron la realidad sin impartir sanciones. Aun así quedó claro que incluso las instituciones más formales cuestionaban la elección que había dividido a México.

Calderón tenía dos salidas para la crisis de gobernabilidad: promover alianzas que cicatrizaran heridas y crearan consenso, o correr una espesa niebla sobre el asunto. La segunda alternativa requería de una acción dramática

A diferencia del alcalde de San Pedro, el mandatario michoacano no es un hombre expresivo que confiese que mata elefantes para conocerse mejor. Resulta difícil saber lo que pasa por su mente. Lo cierto es que a once días de haber asumido la presidencia se puso uniforme militar y anunció la guerra contra el narcotráfico. ¿Fue un impulso cuyas consecuencias ignoraba o un frío cálculo para reforzar su legitimidad a través de un despliegue armado?

El observador dispone de ciertos datos incontrovertibles. Antes de ese momento no hubo indicios de que la estrategia militar estuviera en el imaginario de Calderón. Durante su campaña a la presidencia, el tema de la seguridad nacional apenas formó parte de su agenda, y cuando resolvió sacar el ejército a las calles no buscó el respaldo de su partido ni el consenso de la sociedad. Planeada o impulsiva, la estrategia fue, claramente, una iniciativa personal. A partir de entonces, y durante seis años, la guerra de Calderón ha arrojado el siguiente saldo rojo: una muerte violenta por hora.

Según señala Mauricio Fernández Garza, es muy posible que el número de muertos en el sexenio aumente a medida que se descubran más narcofosas y se confirme el deceso de desaparecidos. Todo parece indicar que el legado del Presidente de la Sangre rebasará los cien mil cadáveres.

Como al destino le gusta ser irónico, la mayor narcofosa del estado de Nuevo León apareció en un sitio de nombre emblemático: la Hacienda Calderón.

Para justificar seis años de obsesión militar, el Poder Ejecutivo se ha

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