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LAS ESPOSAS DEL CáRTEL

Mia Flores

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Fragmento

ELENCO DE PERSONAJES PRINCIPALES*

(en orden alfabético)

Tomás Arévalo Rentería. Apodado Tommy. Era de Sinaloa y se volvió el mejor amigo de Junior Flores. En Chicago fue el primer proveedor de los gemelos desde México y no tardó en trabajar para ellos. Los gemelos Flores ayudaron más tarde a asegurar su consignación.

Alfredo Beltrán Leyva. Apodado Mochomo. Es el hermano menor de Arturo y, junto con sus cuatro hermanos, fundador de la Organización Beltrán Leyva (OBL), uno de los principales cárteles de México. Fue capo de la OBL junto a su hermano Arturo. La cooperación de los hermanos Flores constituyó un factor decisivo para que Alfredo no fuera a juicio. El 23 de febrero de 2016 se declaró culpable de cargos de conspiración y está cumpliendo cadena perpetua.

Arturo Beltrán Leyva. Apodado el Barbas y autoproclamado Jefe de Jefes. Junto con sus cuatro hermanos, fue uno de los fundadores de la OBL, uno de los cárteles mexicanos más poderosos. La OBL estuvo aliada con el Cártel de Sinaloa hasta que se declararon la guerra en 2008. Arturo fue la cabeza del cártel hasta que fue asesinado por la Marina Armada de México durante una redada el 16 de diciembre de 2009.

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Joe Bonelli. El eterno abogado de Peter y Junior Flores, que defendió a su hermano Adrian de cargos de tráfico de drogas y tomó el caso de los gemelos cuando decidieron convertirse en informantes federales. Durante el encarcelamiento de los hermanos, Joe sintió que podría sufrir represalias por parte de los cárteles, por lo cual solicitó que nunca se usara su nombre. Ha sido eliminado de todos los documentos públicos.

Ruben Castillo. Presidente de la Corte Estadounidense del Distrito Norte de Illinois. Supervisó los casos federales de Peter y Junior Flores.

David. Abogado de Junior Flores. Es un litigante de élite en Chicago, contratado mientras Junior negociaba su alegato de culpabilidad.

Eric. Agente especial para la oficina de Chicago de la Drug Enforcement Administration (DEA). Se convirtió en uno de los principales agentes en supervisar el caso de los hermanos Flores cuando éstos se convirtieron en informantes.

Manuel Fernández Valencia. Apodado la Puerca o el Animal. Colaborador del Cártel de Sinaloa y de la OLB, controlaba varios túneles de Mexicali a Calexico y se convirtió en socio de confianza de los hermanos Flores. Fue capturado y arrestado a finales de 2010.

Adrian Flores. Hermano mayor de Pedro y Margarito Flores Jr. Fue arrestado por conspiración relacionada con drogas en agosto de 1998. A pesar de la constante presión que ejerció sobre sus hermanos para que se ganaran la vida honestamente, su arresto dejó un vacío financiero en la familia, lo que causó que los gemelos construyeran su propia narcoempresa.

Amilia Flores. Viuda de Margarito Flores Sr. Tuvo siete hijos con su esposo.

Daniela Flores. Esposa de Adrian Flores. Huyó de México en 2008 junto con el resto de la familia Flores.

Margarito Flores Jr. Apodado Junior. Él y su gemelo idéntico, Pedro, nacieron el 12 de junio de 1981 en Chicago; fueron los benjamines de siete hijos. Él y su hermano se convirtieron en dos de los más importantes colaboradores en la historia de Estados Unidos y su salida de prisión está programada a más tardar en 2021.

Margarito Flores Sr. Nació en el centro de México en 1937. Padre de doce hijos, dejó la escuela en tercero de primaria, se casó en 1959 y migró a Chicago en 1969. En 1981 fue sentenciado a diez años de prisión por posesión de sustancias controladas y, tras su liberación, enseñó a traficar droga a sus hijos. Volvió a México en 2009 y no se volvió a saber nada de él.

Mia Flores. Nació en Chicago en 1980. Es hija de un oficial de las unidades especiales del Departamento de Policía de Chicago. Se casó con Peter Flores en 2005 y ahora vive escondida con sus dos hijos.

Olivia Flores. Nació en Chicago en 1975. Es hija de un oficial de policía de esa ciudad. Se casó con Margarito Flores Jr. en 2005 y ahora vive escondida con sus dos hijos.

Pedro Flores. Apodado Peter. Él y su gemelo idéntico, Margarito Jr., nacieron el 12 de junio de 1981 en Chicago; fueron los benjamines de siete hijos. Él y su hermano se convirtieron en dos de los más importantes colaboradores en la historia de Estados Unidos y su salida de prisión está programada a más tardar en 2021.

Kevin Garcia. Conocido por la mayoría de la gente como K. Este alto miembro de los Latin Kings fue el segundo esposo de Olivia Flores. Fue asesinado a tiros por miembros de una pandilla rival en Chicago en junio de 2003.

Sergio Gomez. Informante pagado por el Departamento de Policía de Chicago desde finales de la década de 1990. Gomez estuvo detrás del secuestro, en Chicago, de Peter Flores, en 2003. Con la asistencia de policías corruptos, se calcula que secuestró y asaltó por lo menos a otros veintinueve narcotraficantes. En 2015 fue sentenciado a cuarenta años de prisión.

Joaquín Guzmán Loera. Apodado el Chapo. Hijo de una familia ganadera pobre. Nació en Sinaloa el 4 de abril de 1957 y ascendió hasta convertirse en la cabeza del Cártel de Sinaloa y en el capo más poderoso y buscado del mundo.

Mark Jones. Novio de Mia Flores en la preparatoria y la universidad. Se convirtió en policía de barrio del DPC. En 2012, en lo que fue un gran escándalo de corrupción policial, se declaró culpable de haber robado efectivo a presuntos narcomenudistas y a otros ciudadanos de Chicago. Debido a su trabajo encubierto, sólo fue sentenciado a dos meses de prisión.

Leo. El primer esposo de Olivia Flores. Proporcionó información al fiscal acerca del plan de Sergio Gomez para secuestrar a los padres de su esposa, con la esperanza de obtener una sentencia más leve.

Matthew. Agente especial de la DEA en la oficina de Milwaukee. Dirigió una redada en las casas de los hermanos Flores en 2004, un suceso que los obligó a convertirse en fugitivos. Trabajó estrechamente con Eric en el caso de los hermanos Flores cuando se convirtieron en informantes.

El Músico. Mano derecha de Arturo Beltrán Leyva y lugarteniente supremo de la OBL.

Germán Olivares. Ejecutivo en jefe y mano derecha del Chapo. Controlaba la plaza de Juárez.

Rubén Oseguera Cervantes. Apodado el Mencho. Temido líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación. Una vez bloqueó Guadalajara con barricadas y prendió fuego a bancos, autobuses y gasolineras, acción que después subió a YouTube. Es conocido por asesinar a soldados del Ejército mexicano y por derribar helicópteros militares con lanzacohetes sostenidos en el hombro. Tras la captura del Chapo, él es el capo más buscado de México.

Pablo. Conocido como Tío Pablo por Peter y Junior Flores. Era un viejo amigo de la familia y socio del Cártel de Sinaloa que durante muchos años les sirvió de proveedor. Estuvo detrás del secuestro de Peter Flores en abril de 2005, y el de Margarito Flores Sr. en diciembre de ese mismo año. Después de traicionar al Chapo y no saldar sus deudas con él, fue secuestrado y asesinado por sus sicarios.

Paco. Uno de los amigos más cercanos de Junior Flores. El Músico era su jefe en la OBL. Era compadre del Chapillo Lomas. Era encargado de recolectar quinientos mil dólares diarios, que pagaba a funcionarios mexicanos para que abrieran rutas de narcotráfico.

Rambo. Sicario principal del Chapo y cabeza de una célula de asesinos a sueldo en Jalisco, México.

Tom. Abogado asistente para el Distrito Norte de Illinois de 2004 a 2015. Tom dirigió la investigación y el proceso de los hermanos Flores y las docenas de consignaciones subsecuentes que surgieron de su caso. Dejó el servicio público para abrir un despacho privado en febrero de 2015.

Alfredo Vázquez Hernández. Compadre y viejo amigo del Chapo con quien los hermanos Flores se asociaron para abrir una compañía de transporte de muebles que los ayudaría a trasladar drogas en secreto en vagones de tren. En noviembre de 2014 se declaró culpable de conspiración relacionada con drogas, por lo que fue sentenciado a veintidós años de prisión.

Ismael Zambada García. Apodado el Mayo. Nació en el año nuevo de 1948. Es uno de los fundadores y líderes del Cártel de Sinaloa, junto con el Chapo Guzmán. Actualmente está bajo consignación de Estados Unidos y México, con más de cinco millones de dólares de recompensa por su captura. Tras el encarcelamiento del Chapo, es la actual cabeza del Cártel de Sinaloa.

Ismael Zambada Imperial. Apodado Mayito Gordo. Es hermano menor de Vicente y el Mayito Flaco. Este narcojunior, hijo menor del Mayo, fue arrestado cerca de Culiacán en noviembre de 2014 y será extraditado a San Diego bajo cargos de narcotráfico.

Vicente Zambada Niebla. Apodado el Vicentillo o el Niño. Uno de los hijos del Mayo. Vicente ascendió hasta convertirse en el número tres del Cártel de Sinaloa. Fue arrestado en 2009 y extraditado a Estados Unidos en 2010, donde se convirtió en informante. Actualmente espera sentencia por narcotráfico.

Ismael Zambada Sicairos. Apodado Mayito Flaco. Es hermano menor de Vicente y hermano mayor del Mayito Gordo. Su consignación por narcotráfico fue revelada en San Diego en enero de 2015. Ahora es fugitivo.


* Dado su origen binacional, se ha respetado la ortografía sin tildes de los nombres de los personajes nacidos en Estados Unidos. A quienes nacieron en México, a sus apelativos se les han puesto las tildes faltantes en el original. [N. del T.]

Introducción

Para los amigos de nuestros hijos sólo somos mamás futboleras comunes y corrientes. Pero en realidad somos las esposas de gemelos idénticos que son responsables casi únicos del despegue meteórico de los narcóticos en Estados Unidos durante las últimas dos décadas. De 1998 a 2008, nuestros esposos, Pedro y Margarito Flores Jr., se convirtieron en traficantes de alto impacto que dejaron un rastro de fuego y drogas a lo largo de la frontera de México y aumentaron significativamente el volumen de cocaína, heroína, metanfetamina y marihuana que cruzaba la línea limítrofe, pasaba por su base, en Chicago, y luego se esparcía por casi una docena de ciudades importantes de Estados Unidos y Canadá.

En 2008, en la cima de su empresa criminal, Peter y Junior, como los conocemos y los llamaremos en este libro, tomaron la difícil decisión de cooperar con el gobierno federal, convertirse en informantes y, finalmente, entregarse a la justicia. Fue una decisión de familia, tomada una noche por los cuatro, sentados en torno de la mesa de la cocina. Y la tomamos para ahorrar a nuestros hijos los horrores de las recientes narcoguerras mexicanas, con su tortura, sus asesinatos y su destrucción total de muchas comunidades y familias. Además, necesitábamos romper el ciclo del crimen en el que habían nacido nuestros esposos: no queríamos que nuestros hijos comprometieran su futuro. Nunca usamos drogas y nuestros esposos no estaban —y nunca lo estuvieron— orgullosos de su trabajo cotidiano. Lo hacían porque era la única forma de vida que conocían. En su familia, las drogas no sólo eran normales y aceptadas; también constituían el oficio que les habían enseñado sus padres. Incluso en Estados Unidos —la supuesta tierra de las oportunidades—, cuando uno como mexicano es pobre y sin educación, el narcotráfico suele ser la única forma de sobrevivir.

Después de convertirse en informantes y confesar a la fiscalía de Estados Unidos todos los detalles de su carrera criminal, Peter y Junior pasaron casi todo el año 2008 grabando en secreto conversaciones con los miembros más encumbrados de los cárteles mexicanos, incluyendo al infame narcocriminal Joaquín el Chapo Guzmán. Su colaboración sin precedentes ayudó a asegurar la consignación de sesenta y nueve figuras importantes del narcotráfico, incluidos los arquitectos que construían los túneles para cruzar la frontera y los jefes de varios cárteles, que prácticamente controlaban México. Además, asistieron en once consignaciones subsecuentes que atraparon a más de cien personas. Hoy en día no todas esas personas están en la cárcel, pero gracias al testimonio de nuestros esposos, pronto lo harán. Y algunos de los peores están muertos, a manos de quienes ayudaron a alimentar.

En 2015 Peter y Junior fueron sentenciados por sus crímenes y enviados a prisiones especiales de la Unidad de Seguridad de Testigos y nosotras pasamos a la clandestinidad. Ahora vivimos en espacios confinados con nuestros hijos, visitamos a nuestros esposos en la prisión los fines de semana y las vacaciones, y mentimos a nuestros amigos y vecinos acerca de nuestra identidad. Mientras nos formamos en la fila de automóviles para recoger a nuestros hijos de la escuela, nos preguntamos si será hora de cambiar nuestros celulares por segunda vez en el mes, pues nos preocupa que el próximo testimonio de nuestros maridos en contra de la cabeza de un cártel propicie que un sicario nos rastree, y tratamos de imaginar un futuro en el que nuestras familias queden reunidas bajo el ojo avisor del Programa de Protección de Testigos.

Aunque nunca hayas tenido contacto con las drogas, te cambian la vida. Te des cuenta o no, los narcóticos están por todos lados y alteran la materia del mundo en el que vivimos. Puede ser que ese cajero de aire inocente de la tienda de abarrotes de tu barrio esconda un kilo de cocaína detrás del mostrador, o que la viejecilla dulce y silenciosa sentada junto a ti en un avión traiga un globo lleno de heroína en el estómago. El sonriente padre de familia que te saluda en el baile de secundaria de tu hijo podría estar luchando en secreto contra una adicción a los analgésicos.

Nuestros esposos almacenaban millones de dólares en cocaína y heroína en una lujosa casa adosada en la calle donde se encuentran los Harpo Studios, y hacían lo mismo en un hogar en Tony Calabasas, a unos kilómetros de la residencia de las Kardashian. Sin embargo, ninguno de los vecinos de esos lugares sospechaba nada. Míranos a nosotras. Le decíamos a la gente que sólo somos amas de casa, separadas de sus maridos, pero en realidad nos tuteábamos con hombres que les metían balas en la nuca a otras personas. Mientras la mayoría de las madres reciben en casa a la tropa de niños exploradores los domingos por la noche, nosotras regresamos de visitar a nuestros esposos en la prisión federal.

Una puede culpar de muchas cosas a la ubicuidad de las drogas en Estados Unidos, pero la verdad es que Peter y Junior Flores, dos gemelos idénticos, mexicanos-estadounidenses con cara de bebés del lado oeste de Chicago, están detrás de gran parte del asunto. Aunque nosotras los conocíamos —y conocemos— como los hombres dulces, cariñosos y corteses que nos trataron siempre con amor y respeto, la ley los tiene como los narcoinformantes más importantes de la historia de Estados Unidos.

De niños, Peter y Junior aprendieron el negocio de su padre. De adolescentes, comenzaron a vender droga en las calles de Little Village, la zona mexicanizada de Chicago en la que crecimos. Durante los siguientes años establecieron contacto con el Cártel de Sinaloa y se graduaron para convertirse en distribuidores, luego de haber sido vendedores. Instalaron su negocio, lo manejaron como una máquina bien aceitada y no tardaron en convertirse en los traficantes más prominentes de Chicago.

Entonces su negocio funcionaba estrictamente en Estados Unidos. Pero cuando huyeron a México, en 2003, incursionaron en la escena internacional. En pocos años se hicieron amigos de los principales líderes de los cárteles y se encargaron de cientos de toneladas de narcóticos que cruzaban la frontera y se distribuían en Estados Unidos y Canadá. Luego enviaban dos mil millones de dólares en efectivo de vuelta a los cárteles mexicanos. Durante los cinco años que vivieron en México no se integraron a ningún cártel, pero eran los únicos capos estadounidenses que podían trabajar directamente con los jefes del Cártel de Sinaloa —encabezado por Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, e Ismael Zambada García, el Mayo— y con la Organización Beltrán Leyva (OBL), administrada por parientes y enemigos declarados del Chapo, Arturo y Alfredo (Mochomo) Beltrán Leyva. Eran mayoristas que compraban a crédito vastos volúmenes de narcóticos a los cárteles y luego organizaban su transporte de México a Los Ángeles y Chicago. Tomaban un negocio de toneladas y lo vaciaban en un negocio de kilos, y luego enviaban el dinero de vuelta a sus proveedores. Sin embargo, sus operaciones no se detenían cuando las drogas llegaban a Estados Unidos: tenían hombres en Chicago para procesar el dinero y asegurarse de que los narcóticos llegaran a su destino en Estados Unidos y Canadá.

Nadie en México hacía lo que ellos hacían —o no lo hacía tan bien como ellos—, así que el Chapo Guzmán, el Mayo Zambada y los hermanos Beltrán Leyva competían pacíficamente por sus servicios. ¿Qué mejor manera de introducir miles de millones de dólares de drogas a Estados Unidos que con el genio de unos gemelos que ya habían construido un imperio allá, conocían las entrañas del narcotráfico estadounidense y, lo mejor de todo, eran ciudadanos estadounidenses que vivían en México?

Sin embargo, todo cambió a principios de 2008. El Cártel de Sinaloa se embarcó en una guerra con la OBL y el promedio de homicidios relacionados con drogas en México se disparó de doscientos a quinientos al mes. Junior y Peter trabajaban en un ambiente en el que se volvió normal que rodaran cabezas a los pies de la gente que departía en los bares de barrio y que aparecieran familias enteras muertas a tiros en las calles de Guadalajara. Nuestros esposos vieron hombres tirados de cara al sol abrasante, atados a los árboles y desollados vivos. De pronto, el narcotráfico en México se había convertido en un juego de revanchas a gran escala. Sinaloa y la OBL querían destruirse, lo cual implicaba deshacerse de cualquiera que estuviera en el bando opuesto. Desafortunadamente para nuestros maridos, se convirtieron en elementos indispensables para ambos grupos y, en consecuencia, súbitamente se vieron entre la espada y la pared.

Entonces nuestros esposos poseían almacenes, bodegas que eran manejadas por sus empleados y negocios legítimos —por ejemplo, compañías de envíos— como fachadas de sus transacciones ilícitas. Sus libros de contabilidad eran tan complejos y extensos que cuando los entregaron a las autoridades estadounidenses, tuvieron que contratar a un equipo de contadores forenses para analizarlos. Un funcionario aseguró que administraban su negocio como si fuera una compañía Fortune 500, y que si no hubieran sido narcotraficantes, podrían haber sido presidentes ejecutivos de grandes corporaciones legítimas. De 2006 a 2008 —cenit de sus carreras— cada mes transportaron de novecientos a mil trescientos sesenta kilogramos de cocaína, lo que equivalía a aproximadamente cincuenta millones de dólares, esto es, casi seiscientos millones al año.

Pero estaban atrapados entre dos facciones en guerra y no les gustaba el ejemplo que les daban a sus familias. Así que mejor renunciaron.

Cuando lo hicieron, pasaron la mayor parte de 2008 realizando funciones de informantes, grabando todas las conversaciones de negocios que sostenían con sus clientes y entregando envíos masivos de drogas que habían cruzado la frontera bajo su vigilancia. Después se entregaron voluntariamente a los agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA) en el aeropuerto internacional de Guadalajara y fueron enviados de inmediato a Chicago. Durante los siguientes seis años los mantuvieron en custodia protectora. Debido a su testimonio, Chicago nombró al Chapo su enemigo público número uno, título que sólo había sido asignado a Al Capone. El 27 de enero de 2015 los sentenciaron a catorce años de encierro en una cárcel de máxima seguridad, tomando en cuenta los seis años que ya habían cumplido en custodia.

Si tenemos suerte —y si seguimos con vida—, saldrán libres en 2021, cuando nuestros hijos sean prácticamente adultos.

Mientras están tras las rejas ellos no pueden contarle al mundo los horrores que todos hemos presenciado y la redención que sus esposas hemos buscado. Pero nosotras sí.

Nos hemos mantenido en silencio durante los ocho largos años desde que nos despedimos de las playas mexicanas, huyendo de vuelta a Chicago hacia nuestro nuevo e inexplorado porvenir. Ahora nosotras sólo podemos confiar la una en la otra, pues definitivamente no podemos contarles nada a nuestros vecinos ni a nuestras familias. Muchas veces valoramos la posibilidad de conceder entrevistas a la prensa, pero queríamos esperar a contar nuestra historia completa y sin limitaciones. Queremos que ustedes sepan por lo que han pasado nuestras familias de nuestra propia boca.

No escribimos este libro para lucrar. Hemos sido más ricas de lo que habíamos imaginado y la verdad no extrañamos el dinero. De haber querido que nuestras vidas siguieran igual, les habríamos rogado a nuestros esposos que nos quedáramos en México, donde conducíamos automóviles de lujo, vivíamos en penthouses, vacacionábamos en Puerto Vallarta cada vez que se nos antojaba y teníamos más dinero en efectivo del que se habían imaginado nuestras familias. Pero era dinero sucio, con rastros de sangre. Habríamos hecho cualquier cosa por tener esposos que trabajaran honestamente de nueve a cinco, como nuestros padres. Pero por razones indescifrables nos enamoramos de criminales. Y este libro no servirá para justificar ese hecho, pero sí nos gustaría contarles cómo y por qué sucedió así.

Nuestras vidas están deslustradas y transcurren en secreto, y nuestros pasados son vergonzosos. No obstante, queremos contar nuestra historia. Hemos tenido un acceso a los cárteles que ningún ciudadano estadounidense puede presumir, así que podemos ofrecer una ventana de cómo funcionan, el daño que han causado y por qué es tan difícil neutralizarlos.

En cuanto al lado personal de esta historia, queremos ofrecer, con base en nuestra experiencia, una explicación acerca de por qué la gente se involucra en el ámbito del crimen. Desafortunadamente hay muchos hombres, sobre todo trabajadores mexicanos pobres, que piensan que ésa es su única opción.

Probablemente le sorprenda al lector que sigamos en relación con nuestros maridos, y créannos que comprendemos su asombro. Pero nuestra experiencia no ha sido fácil. Además, la idea de que alguno de nuestros hijos se case con alguien que esté involucrado en cualquier actividad ilegal —ya no el narcotráfico— es muy estresante.

No pretendemos que sientan afecto por Peter y Junior. De hecho, pueden desear que pasen el resto de sus vidas en la cárcel por todo el daño que han causado. Nosotras no tratamos de salvar su reputación; sólo queremos abrir una ventana para que el lector conozca una vida que no le deseamos ni a nuestros peores enemigos y buscamos esclarecer cómo y por qué las personas terminan involucradas en el narcotráfico, cómo las arruina y cómo es vivir el resto de la vida bajo la losa de los errores cometidos en el pasado.

PRIMERA PARTE

EL SUEÑO AMERICANO

1

Olivia

Yo nací en 1975 en Pilsen, un barrio predominantemente mexicano-estadounidense en el oeste de Chicago, a unos cinco kilómetros y medio del Loop.

Pilsen era un lugar de lo más marginal que había en Chicago y de pequeña yo creía que era normal que hubiera pandilleros en la esquina de mi casa. Suponía que en todas partes era así. Pero ahora que soy adulta, lo entiendo. Mi esposo y yo tuvimos una conversación hace poco. Él me dijo:

—Pilsen es un barrio de bajos ingresos.

Y yo:

—No, es clasemediero.

—Nena, tú no eras de clase media.

—Sí, creo que tienes razón.

Ni siquiera me había dado cuenta de aquello hasta que él lo dijo. En mi mente, vivíamos en un barrio genial porque mis padres hicieron todo lo posible por que mi hermana y yo nos sintiéramos cómodas. Mi abuelo llegó de México cuando mi papá tenía siete u ocho años, y luego ahorró suficiente dinero para traer a su familia. El proceso de inmigración no fue fácil y le tomó algunos años porque decidió hacerlo legalmente. Pero era un hombre honesto y trabajador, y no lo habría hecho de otra forma.

Papá llegó a Pilsen sin hablar nada de inglés y cuando creció su mentalidad fue la misma que la de su padre: trabaja duro, construye un patrimonio y ahorra, ahorra, ahorra. Papá estaba decidido a ser alguien de quien su familia estuviera orgullosa, así que consiguió su primer empleo a los catorce años, trabajó horas extras, regresó a la escuela y se volvió ciudadano estadounidense. Luego se convirtió en oficial de policía de Chicago y patrulló las calles todo el día, portando con valor su uniforme azul.

Él y mamá querían que tuviéramos lo mejor de lo mejor, así que nos enviaron a una escuela católica. Nos pusieron brackets en la secundaria cuando nadie más los tenía. Ahorraban todo el año, y cuando había suficiente en el banco, nos llevaban de vacaciones a Disney World. A todas luces vivíamos el sueño americano.

Al igual que papá, mamá siempre quería más. Vendía abrigos de piel en Marshall Field’s y le daban descuento en muebles de diseñador; por eso llenó nuestra casa con ellos. Era una casa pequeña, pero mamá era una gran decoradora, tanto que me hacía sentir que teníamos mucho dinero. Mamá también era superlista. Era muy decidida, muy resuelta, y tan fuerte y poderosa que casi siempre conseguía lo que quería. Era única en mi barrio. Era puertorriqueña, tenía un cuerpo hermoso y mantenía la cabeza en alto: cuando entraba a algún lado todos sabían que ella estaba ahí. Era glamorosa y siempre iba bien vestida: maquillaje, tacones y buena joyería, aunque fuera barata. Pero lo más importante era que tenía un corazón a la medida. Siempre quería algo distinto para nuestro barrio y soñaba con una vida mejor para su familia.

En casa, yo era muy tímida y, en realidad, no podía ser yo misma. Mi hermana era mi mejor amiga y mi mayor maestra: había comenzado a practicar las tablas de multiplicar conmigo cuando yo estaba en el kínder y ella en segundo de primaria. Me cuidaba y yo la seguía como si fuera su sombrita. Era una niña de papi: me aferraba a él y sólo le mostraba a mi mamá lo que quería ver o le decía lo que quería oír. Tenía la mecha tan corta y era tan controladora que, si la hubiera hecho enojar, no me la habría acabado. Pero fuera de la casa era lo opuesto. Imitaba a mi mamá: hablaba fuerte y me mostraba imponente y ecuánime. Era la niña cool de la escuela y tenía todo bajo control.

Conocí a mi primer novio en la secundaria, y aunque él tuviera dieciséis, no le importaba que yo apenas tuviera catorce. Tenía un cuerpazo y eso me hacía sentir muy segura, tratando de ser tan madura y sofisticada como mi mamá. Era virgen, pero estaba tan enamorada de mi novio que no me asustó mucho que nos volviéramos activos sexualmente desde el principio. ¿Qué sabía yo a los catorce? Pensaba que iba a pasar el resto de mi vida con ese tipo.

Después de unos meses de salir con él, comencé a vomitar y no me llegó la regla. No me alarmó: no me fijaba en esas cosas. Pero cuando descubrí que estaba embarazada, me asusté. Recuerdo haber pensado: ¿cómo pudo pasarme esto? Era de buena familia, estudiaba como loca y siempre había sacado puros dieces.

Aunque mamá promoviera la comunicación abierta con sus hijas, estaba muy asustada y avergonzada como para confesárselo. Mi hermana siempre le contaba todo, pero yo era tan tímida que me tapaba los oídos cada vez que mamá hablaba de sexo. Por eso me costó mucho trabajo hacerme de valor para decirle que estaba embarazada. Cuando por fin lo hice, ella se mostró herida y decepcionada.

—¿Qué quieres decir? —dijo—. ¡Apenas tienes quince años! ¡Te metí a una escuela privada! ¡Te di todo!

Cuando mi papá se enteró, me abrazó fuerte, con lágrimas en el rostro.

—Olivia, tu mamá me dijo que estás embarazada. Te amo; haré lo que sea por ti. No quiero que te asustes. No importa qué decidas hacer, tu mamá y yo estamos contigo.

Mi hermana, que estudiaba la universidad, tomó a un autobús y vino a casa conmigo. Mamá y papá siempre habían dejado claro que la familia era lo más importante, así que decidieron que iban a apoyarme, a pesar de todo.

Sin embargo, en mi mente se forjó la idea de que ese bebé me iba a convertir en mujer. Por fin iba a ser yo misma. Mi mamá ya no iba a controlar mi vida y yo no iba a acatar más reglas. Iba a tener a mi bebé, terminar la escuela y pasar el resto de mi vida con mi novio. Estaba enamorada, era madura y mi mamá no podía decirme un carajo al respecto.

Eso no pasó. Cuando tuve a Xavier, detesté el trato estricto que me impusieron mis padres: me hicieron seguir las mismas reglas de siempre y me dieron la misma mesada. Mi novio venía a casa a visitar a nuestro hijo y mi mamá me gritaba:

—¡No puedes sentarte en sus piernas en mi casa! ¡No pueden estar juntos solos en un cuarto!

Las cosas no habían cambiado un carajo.

Pero gracias a Dios que no fue así, gracias a Dios que aún tenía la estabilidad del hogar, porque mi novio comenzó a pintarme el cuerno. Cuando le dije que quería cortar con él, me dio un puñetazo en la cara. Era la primera vez que alguien me alzaba la mano. Les mentí a mis papás y les dije que me habían dado en el ojo con una bola de nieve; permanecí con mi novio dos años más porque creí que era lo mejor para mi hijo. Ahí estaba yo, una mujer adolescente supuestamente fuerte y madura, dejándome controlar por ese hombre.

Quien por fin me salvó fue Xavier, de apenas dos años de edad. No podía dejar que viera que me derrumbaba, así que corté con su papá y nunca me arrepentí de haberlo hecho. No sentía sino enojo contra mi ex, pero mamá siempre me aconsejó que, por el bien de mi hijo, nunca hablara mal de él.

—Si rebajas al papá de Xavier, se va a sentir un fracasado. Como madre, tu responsabilidad es protegerlo siempre.

Mi mamá era muy sabia y por eso acaté sus consejos. No quería influir en los sentimientos de Xavier, así que pronto aprendí a controlar mis sentimientos por su padre. Quería que fuera el papá que Xavier necesitaba, sin mi influencia. Era lo correcto.

Mis papás prácticamente fueron unos santos durante esos primeros años con Xavier. Yo trabajaba en Dunkin’ Donuts o en alguna otra chamba donde ganaba el salario mínimo y gastaba toda mi quincena en pañales, esforzándome mucho por ser responsable. Mamá prometió que metería a mi hijo a una escuela privada cuando llegara el momento. Mi papá se convirtió en una verdadera figura paterna para él: lo inscribió a t-ball y pasaba tiempo con él cada vez que podía.

—Es mi hombrecito —decía, y subía a mi hijo a su asiento del coche para ir al parque juntos.

Yo siempre fui la niña de sus ojos, y fue igual de dulce con mi hijo.

Aunque tengan quince o cuarenta años, todas las mamás queremos lo mejor para nuestros hijos, pero no somos perfectas. Todas tenemos puntos de quiebre. A la mitad de la prepa yo tuve el mío.

Justo antes de tener a Xavier le rogué a mamá que me inscribiera a una escuela pública.

—Es una gran prepa —dije—. Está cambiando mucho. Tiene muchos programas nuevos y estaré más cerca de casa para atender al bebé.

Por primera vez en su vida, mamá cedió y dejó que me saliera con la mía. Tal vez sí me creyera, o tal vez estuviera cansada de pelear. De cualquier manera, creo que fue la peor decisión de su vida.

Era una escuela de gueto. Estaba infestada de pandillas. Plagada de drogas. El Departamento de Policía de Chicago la patrullaba y había tanta gente armada con navajas que instalaron detectores de metal a la entrada. Nadie iba a clase nunca. En vez de eso, asistían a fiestas diurnas.

Durante mi primer y segundo años fui muy responsable y me mantuve al margen de todo aquello. Por otra parte, era la primera chica de la prepa que comenzaba el primer año de estudios embarazada y desde entonces me había partido el lomo para ser una buena mamá. Me iba directamente de la escuela al trabajo y de ahí a la casa para meter a mi bebé a la cama; pero después de un tiempo ya no podía soportar esa rutina. Siempre le había dado prioridad a mi hijo, pero era joven y egoísta, así que deseaba divertirme.

Comencé a relacionarme con los pandilleros y con los que vendían drogas, y de pronto ya estaba rodeada de autos elegantes, dinero y joyas. Me encantó. Pero cuando llegaba a casa, todo lo que hacía con mamá era pelear, pelear, pelear.

—Yo no te crié así —decía—. ¡Xavier te necesita!

Yo se la volteaba y le reprochaba lo estricta que siempre había sido conmigo.

—¿Qué esperas de mí? Soy joven y también necesito tener mi vida. ¡Además, sigo sacando puros dieces!

Tal vez tuviera ausencias porque solía irme de pinta y me la pasaba de fiesta todo el día, pero sacaba buenas calificaciones en esa escuela de mierda.

Creía que era la onda, y nadie podía decirme lo contrario. Me votaron como “la más lista”, “la mejor vestida” y “la más popular” en mi salón, y me gradué en tres años, a la corta edad de diecisiete años. Me dieron beca completa en la Universidad de Illinois, en Chicago, y mis papás no podían estar más contentos. Pero después de mi segundo semestre tiré todo a la basura. No había manera de que yo esperara cuatro largos años hasta comenzar a ganar dinero, así que les dije a mis papás que me inscribiría a una escuela de cosmetología.

—Mi sueño es abrir una estética —les dije, tratando de venderles la idea de que por eso me saldría de la universidad.

Les rompí el corazón. Mi hermana estaba a punto de titularse y estaba buscando dónde hacer la maestría, ¡y yo quería ir a la escuela de belleza!

Al final, mi programa de cosmetología de nueve meses se extendió a dos años. No era mi prioridad: lo que veía en las calles era muy emocionante para quedarme al margen. No por las drogas sino por el dinero. Los pandilleros tienen autos elegantes con rines vistosos, aretes de diamantes y relojes finos. Se llevaban mucho dinero a casa, y no era de Dunkin’ Donuts. Era del gran estado de California.

A los diecisiete comencé a viajar a California para contrabandear hierba. Me subía a un autobús y hacía el viaje de dos días hasta allá, donde unos tipos y yo nos encontrábamos con el conecte. Los veía tomar un kilo de marihuana, meterlo en un saco de papas y comprimirlo con una máquina. La hierba se convertía en un bloque duro y cuadrado, que me entregaban para que yo lo metiera en mi maleta. Me subía a un camión de regreso, y al llegar cobraba unos diez mil dólares. Soy la chica más buenota y rica de Chicago, pensaba.

Hice varios viajes como ése y nunca tuve problemas. Pero en uno de vuelta tuve que transbordar en Denver. Cuando me bajé y busqué mi maleta en el portaequipaje del autobús, ya no estaba.

—Está en otro autobús —dijo el agente de la estación—. Estará aquí en dos días.

Me quería morir. Salí lo más rápido posible de la terminal, tomé un taxi al aeropuerto y compré un boleto de vuelta a Chicago. Cuando llegué a casa, me volví loca tratando de resolver cómo rayos recuperararía el paquete que había abandonado. Entonces decidí lanzarme. Dos días después me presenté a la estación con mi identificación en mano y recogí mi cargamento, sin que nadie hiciera preguntas.

Fui temeraria. Por eso comenzaron a respetarme. Los traficantes me veían y decían: “Esa chica le sabe”, así que decidieron confiar en mí y me dieron un ascensito. Cuando uno de ellos me pidió que viajara a México y trajera un poco de yerba en el tanque de gasolina de mi auto, no dudé en aceptar.

Antes de salir de la ciudad, les mentía a mis papás y les decía que me quedaría en casa de una amiga. Sin embargo, ellos creían que iba con mis cuates, a beber y fiestear mientras cuidaban a Xavier. Mamá siempre estaba furiosa.

—¿Cuándo rayos vas a volver? —gritaba.

—En unos días.

Nunca le dije: “Te voy a extrañar” ni “gracias por cuidar a mi hijo mientras no estoy”. Mamá no tardó en dejar de hablarme, y la única comunicación que tenía con Xavier era por medio de mi papá. Eso le rompió el corazón y, en el fondo, también a mí.

Yo trataba de convencerme de que estaba ganando dinero para mantener a mi hijo, pero en realidad era para mí. Todo lo que me importaba era mi libertad y tener una vida mejor, de una manera más inmediata, lo cual dependía de que me volviera rica. En las calles en las que pasaba el rato el dinero venía de un solo lugar: las drogas.

Fui a México varias veces durante el año siguiente. La mayor parte del tiempo las cosas salieron bien, aunque llegué a toparme con algunos problemas. En un viaje, nos interrogaron durante horas a mi amiga Maria y a mí mientras la patrulla fronteriza subió mi coche a un elevador y trató de quitarle el tanque. Maria trató de echarme la culpa:

—No es mi coche, es de ella.

No sé si fue por mi perseverancia o porque tenía el don de convencer a la gente de cualquier cosa, pero nos dejaron ir. Estaba tan furiosa con Maria que hice que se bajara en la cuneta, junto a unos animales atropellados, para que pidiera aventón de regreso. Después de quince minutos empecé a sentirme mal por haberla botado así, pero lo que más me preocupaba era que chivara. Aunque me di vuelta y la recogí, le dejé claro el mensaje: No te metas conmigo.

Ganaba buen dinero, así que me compré una camioneta negra con rines dorados y un Rólex de oro. Comencé a pavonearme con esas blusas Versace de seda que tienen monedas doradas. Todas esas cosas lindas y todo ese poder se me subieron a la cabeza y comencé a exigir más control. Quería entrar de lleno al negocio. Recluté a mis propios choferes y conseguí mi propio equipo. Entre semana armaba mis viajes, llamaba a mis choferes y volaba a México. Les pagaba diez mil dólares y me quedaba con las ganancias. Si no estaba al sur de la frontera, pasaba los fines de semana visitando discotecas, descorchando botellas y haciendo contactos de negocios. Eso validaba que era alguien importante. Antes de un viaje, mi chofer me dejó plantada. Yo podría hacerlo dormida, me dije, y decidí hacer sola el trabajo.

Por supuesto, me cacharon. Me detuvieron en un retén —no sé si fue al azar, si me veía sospechosa o si alguien había soplado— y estaba claro que esta vez no la iba a librar.

—No traigo nada —dije.

—Hágase a un lado.

No sólo había policías, sino también agentes federales, todos muy serios.

Vi a uno de los agentes llevarse mi coche al acotamiento, igual que pasó la vez que iba con Maria. Lo subió al elevador y pasó una hora tratando de quitarle el tanque.

—Ya le dije que no traigo nada.

Estaba empezando a ponerme nerviosa, pero traté de conservar la calma. Oí un traqueteo y un repiqueteo que denotaban que al fin el agente había quitado el tanque.

Mierda, pensé. Se acabó.

Sacó un ladrillo de hierba del tanque de gasolina, lo sostuvo sobre su cabeza y se lo aventó a otro agente. Luego se quitó los guantes, se acercó a mí, me puso los brazos en la espalda y me esposó.

Creo que no sabía lo que era el miedo hasta ese instante. Toda mi soberbia, mi actitud desafiante con mamá, todas las horas que pasé en las discotecas en lugar de estar en casa cuidando a Xavier, los diamantes y las botellas de champaña que había comprado durante ese último año. Todo me había llevado hasta ahí. ¿Qué chingados estaba pensando?

El agente me obligó a entrar a la patrulla y se fue. Al mirar por la ventana, lo vi entrar a una casetita en la que había otros federales. Pero en lugar de trabajar, esos vatos tenían las caras contra la mesa, metiéndose líneas de coca por la nariz. Después de unos minutos salieron dos de ellos. Uno se puso al volante de la patrulla a la que me habían subido y el otro se colocó en el asiento trasero junto a mí. En el camino, estiró la mano y me tocó el pecho.

—Por favor no me lastime —dije en inglés, porque mi español era horrible.

Lo único que podía pensar era: Dios mío, me van a violar. Me puso la palma en el corazón, se inclinó hacia mí y me miró a los ojos.

—Tu corazón ni siquiera está acelerado. Seguro que no tienes miedo. Pero deberías tenerlo: yo no te voy a lastimar, pero alguien más sí. Te vas a ir a la cárcel mucho tiempo.

Estaba demasiado avergonzada como para llamar a mis padres, así que acudí a mi hermana. Se subió a un avión de inmediato y llegó justo a tiempo para la sentencia, que ocurrió a setenta y dos horas de mi arresto. Cuando el juez habló, ella estaba a mi lado.

Me dieron diez años de encierro en una cárcel de máxima seguridad.

Las cárceles mexicanas son tan horribles como te las imaginas, sobre todo si eres una niñita asustada como yo. Las condiciones de vida eran increíblemente sucias y desagradables, y ser estadounidense en una cárcel tercermundista fue una tortura cotidiana. Dormía en una cama de cemento rodeada de muros de cemento. No había vidrio en las ventanas, sólo barrotes, así que las cucarachas, los ratones, las arañas y hasta los gatos se metían por la noche. Comía frijoles negros con las manos porque no nos daban cuchara, y el agua de la llave que nos obligaban a beber estaba contaminada, sucia y café. Vomité o tuve diarrea prácticamente todos los días. En el Día de Acción de Gracias nos ofrecieron un festín: cinco galletas de animalitos y té, y yo pensé que eso era lo mejor del mundo.

Lentamente, pasaron tres meses. Extrañaba tanto a Xavier, que me quemaba el corazón. Tenía derecho a una llamada telefónica al mes: reuní el valor para llamar a mis padres.

—Lo siento. Estoy muy avergonzada. Lo siento muchísimo.

—Está bien, nena, te queremos. Tienes que ser fuerte.

Cuando mi hermana regresó de México, se sentía culpable por haberme abandonado. Saber que yo sufría le pesaba tanto que dormía en el frío piso de loseta, para tratar de entender mi dolor. Pero todo el amor y el apoyo de mi familia me hacía sentir indigna. Me arrepentía de todo por lo que los había hecho pasar y me odiaba por haberme tapado los oídos en lugar de haberle hecho caso a mamá.

Todas las noches me hincaba y le rezaba a la Virgen María.

—Por favor, sácame de aquí —lloraba y rogaba.

Le hice toda suerte de promesas:

—Voy a cambiar de vida. Voy a ser una buena madre.

En el suelo de concreto, mis rodillas se despellejaron y sangraron, pero yo seguía rezando todas las noches.

Antes de ir a la cárcel conocí a un tal Leo que era dueño de un taller mecánico. Yo tenía un coche elegante, con rines, muy lujoso y brillante. Cuando lo llevé a pintar conocí a Leo y supe que le gusté de inmediato. Yo era muy independiente. Tenía mi propio dinero, poseía un auto caro y vivía la vida con holgura. Para una chica de nuestro barrio eso era raro. Leo no me trataba como si fuera menos: era respetuoso y absolutamente impresionante. No tardamos en comenzar a salir.

Yo sabía que él vendía drogas porque había ido a su departamento y vi una báscula gramera y un contador de billetes, pero eso no me importaba. Me gustaban su coche y su casa lujosa. Además tenía un negocio que mis padres creían que era auténtico. Era cortés y tenía buenos modales. Se vestía bien, no superfachoso como los pandilleros con los que me juntaba cuando era más chica.

A unos meses de que comenzó mi sentencia, Leo llegó sin anunciarse.

—¡Dios mío, Leo!, ¿qué haces aquí? —dije cuando lo vi.

Había pensado un poco en él, pero no había utilizado mi llamada mensual para hablarle, ni mucho menos le había pedido que fuera. Acabábamos de comenzar a salir. Pero ahí tenía a alguien de carne y hueso de confianza, no a un federal antinarcóticos ni a un guardia pervertido. Era como una visión de la Santa Madre.

Leo se quedó un mes en la ciudad y me visitó todos los fines de semana. Tenía al alcaide en su nómina, así que hasta logró conseguir visitas conyugales una vez a la semana. Yo estaba en la parte federal de la cárcel, que era mejor que el lado estatal, donde se encontraban las asesinas y las ...