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MORIRE BESANDO A SIMON SNOW (CARRY ON)

Pablo Arribas  

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Fragmento

1
SIMON

Voy solo a la estación de autobuses.

Siempre arman muchísimo lío con mis papeles cuando me voy. Durante el verano, ni siquiera me dejan ir al supermercado Tesco sin un acompañante y permiso de la mismísima reina de Inglaterra. Pero, cuando llega el otoño, simplemente firmo el documento de salida del centro de menores, y me dejan irme.

—Él va a un colegio especial —le explica una de las señoras de la secretaría a la otra cuando me voy.

Están sentadas sobre una caja de poliespan y yo les devuelvo mis papeles deslizándolos a través de una ranura en la pared.

—Es una escuela para jóvenes delincuentes —susurra.

La otra mujer ni siquiera levanta la cabeza.

Esto se repite cada mes de septiembre, a pesar de que nunca repito centro de menores.

El Hechicero en persona vino a buscarme para llevarme a la escuela la primera vez, cuando tenía once años. Pero, al año siguiente, me dijo que podía llegar a Watford yo solo.

—Has sido capaz de matar a un dragón, Simon. Seguramente serás capaz de caminar un poco y coger un par de autobuses.

Yo no quería matar a aquel dragón. No creo que quisiera hacerme daño. (A veces todavía sueño con eso. El modo en que el fuego lo consumió de dentro hacia fuera, como una quemadura de cigarrillo consumiendo un trozo de papel.)

Llego a la estación de autobuses y me como una chocolatina de menta marca Aero mientras espero el primer autobús. Después tengo que coger otro. Y luego un tren.

Cuando estoy instalado en el tren, intento dormir con la maleta en el regazo y los pies apoyados en el asiento de enfrente, pero un hombre un par de filas atrás no deja de mirarme. Siento sus ojos trepando por mi nuca.

Podría ser un simple pervertido.

O un policía.

O podría ser un cazarrestos que sabe cuánto le pagarían por mi cabeza.

—Se llaman cazarrecompensas —le dije a Penelope la primera vez que nos enfrentamos a uno de ellos.

—No, se llaman cazarrestos —respondió ella—. Porque son tus restos, tus dientes y tus huesos, más concretamente, lo que se quedan de ti si te pillan.

Me cambio de vagón y ni siquiera intento volver a dormirme. A medida que me acerco a Watford, me voy poniendo cada vez más nervioso. Todos los años considero la opción de saltar del tren en marcha y así lograr evitar el resto del camino a la escuela, aunque eso signifique quedarme en coma.

Podría hechizar el tren con un ¡Date prisa!, pero es un hechizo arriesgado, y los primeros hechizos que conjuro a principios de curso no suelen salirme bien. Se supone que, durante el verano, debería practicar con hechizos pequeños, predecibles, cuando nadie me vea. Como encender farolas. O transformar manzanas en naranjas.

—Practica abrochándote los botones de la camisa, o atándote los cordones —sugirió la señorita Possibelf—. Ese tipo de cosas.

—Solo tengo un botón que abrocharme —le dije y, luego me sonrojé cuando ella bajó la vista hacia mis vaqueros.

—Entonces, usa tu magia para hacer las tareas domésticas —dijo—. Para fregar los platos. Para sacarle brillo a la cubertería de plata.

No me molesté en decirle a la señorita Possibelf que los platos en los que como en verano son desechables y los cubiertos son de plástico (solo tenedores y cucharas, nunca me dejan usar cuchillos).

Ni siquiera me he molestado en practicar mi magia este verano.

Es aburrido. Y no tiene sentido. Y no sirve de nada. No consigo ser mejor mago a base de práctica, lo único que consigo es cabrearme y perder el control.

Nadie sabe por qué mi magia es así. Por qué se dispara como una bomba en lugar de fluir a través de mí como un maldito arroyo o como narices les funcione a los demás.

—No lo sé —me dijo Penelope cuando le pregunté qué experimenta ella con la magia—. Supongo que podría describirlo como un pozo en mi interior. Tan profundo que ni siquiera alcanzo a ver el fondo. Pero en lugar de bajar cubos para sacarla, lo único que tengo que hacer es tirar de ellos para que afloren a la superficie. Y, entonces, simplemente aparece la cantidad necesaria que necesite mientras consiga concentrarme.

Penelope siempre consigue concentrarse. Además, ella es poderosa.

Agatha no lo es. No tanto, al menos. Y a Agatha no le gusta hablar de su magia.

Pero una vez, en Navidad, conseguí mantenerla despierta hasta que estuvo tan cansada y atontada que logré que me confesara que, para ella, lanzar un hechizo es como flexionar un músculo y mantenerlo en esa posición.

—Igual que en el croisé devant —me dijo—. ¿Sabes lo que es?

Negué con la cabeza.

Estaba tumbada sobre una alfombra de piel de lobo delante de la chimenea, acurrucada como una preciosa gatita.

—Es un paso de ballet —dijo ella—. Es como tener que mantener una posición el máximo tiempo posible.

Baz dice que, para él, es como encender una cerilla. O apretar un gatillo.

En realidad, no tenía intención de contármelo, pero se le escapó cuando tuvimos que luchar contra la quimera en el bosque en quinto. La quimera nos tenía acorralados, y Baz no era lo suficientemente poderoso como para combatir solo contra ella. (Ni siquiera el Hechicero tiene poder suficiente para luchar solo contra una quimera.)

—¡Hazlo, Snow! —me gritó Baz—. ¡Hazlo! Libérala ahora, joder.

—No puedo —intenté explicarle—. No funciona así.

—Claro que funciona así, maldita sea.

—No puedo activarla sin más —respondí.

—Inténtalo.

—Que no puedo, mierda.

Yo estaba blandiendo mi espada a mi alrededor; a los quince años ya la manejaba bastante bien, pero la quimera no era corpórea. (Así es mi mala suerte, casi siempre. En cuanto empiezas a manejarte con la espada, todos tus enemigos se vuelven niebla y telarañas.)

—Cierra los ojos y encience una cerilla —me dijo Baz.

Los dos estábamos intentando escondernos detrás de una roca. Él lanzaba un hechizo tras otro; prácticamente los estaba cantando.

—¿Qué?

—Eso era lo que solía decirme mi madre —comentó—. Enciende una cerilla en tu corazón, y luego sopla sobre la hojarasca.

Para Baz, todo está relacionado con el fuego. Me cuesta creer que todavía no me haya incinerado. O quemado en un hoguera.

Cuando estábamos en tercero, le divertía amenazarme con un funeral vikingo.

—¿Sabes qué significa eso, Snow? Una pira en llamas, a la deriva, en el mar. Podríamos hacer la tuya en Blackpool, para que todos tus amigos Normales chungos puedan venir.

—Vete a la mierda —respondía yo, tratando de ignorarlo.

Yo nunca he tenido amigos Normales, ni chungos ni de ningún tipo.

En el mundo de los Normales, todo el mundo huye de mí si puede evitarlo. Penelope dice que perciben mi poder y me evitan instintivamente. Como los perros que no establecen contacto visual con sus amos. (Que no es que yo sea el amo de nadie, no quiero que suene así.)

De todas maneras, con los magos me pasa justo al revés. Les encanta el olor de la magia. Tengo que esforzarme mucho para conseguir que me odien.

A no ser que el mago en cuestión sea Baz. Él es inmune. Después de compartir habitación conmigo durante siete años, semestre tras semestre, quizá haya desarrollado cierta tolerancia a mi magia.

Aquella noche que estuvimos luchando contra la quimera, Baz estuvo gritándome hasta que perdí el control y estallé.

Los dos despertamos unas horas más tarde en un agujero renegrido. La roca detrás de la que nos habíamos estado escondiendo se convirtió en polvo, y la quimera en vapor. O, tal vez, simplemente desapareciera.

Baz estaba convencido de que le había chamuscado las cejas, pero a mí parecía que estaba perfectamente, ni un solo pelo fuera de su sitio.

Típico de Baz.

2
SIMON

Durante los veranos, no me permito el lujo de pensar en Watford.

Después del primer curso allí, cuando tenía once años, me pasé el verano entero pensando en ello. Pensaba en toda la gente que había conocido en la escuela: Penelope, Agatha, el Hechicero. En sus torres y sus jardines. En la hora del té. En los postres. En la magia. En el hecho de que yo también era mágico.

Llegué a ponerme enfermo de tanto pensar y soñar con la Escuela Mágica de Watford, hasta que empecé a sentir que solo era un sueño. Una simple fantasía con la que pasar el tiempo.

Como cuando solía soñar con que algún día sería futbolista y que mis padres, mis padres biológicos, volverían a por mí…

Imaginaba que mi padre sería fútbolista profesional. Y mi madre una modelo de alta costura. Y me explicarían que tuvieron que abandonarme porque eran demasiado jóvenes para ocuparse de un bebé, y porque tenían que sacar adelante sus carreras.

—Pero siempre te echamos de menos, Simon —me dirían—. Te hemos estado buscando.

Y me llevarían a su mansión.

La mansión de un jugador de fútbol… Un internado mágico…

A la luz del día, en el mundo real, ambas fantasías eran igual de mierda. (Sobre todo si te despiertas en una habitación con otros siete chavales abandonados por sus familias.)

Aquel primer verano ya casi había reducido a polvo el recuerdo de Watford cuando me llegó el billete de autobús y mis documentos, junto con una nota del Hechicero en persona…

Real. Todo era real.

Así que, durante el verano siguiente, después de mi segundo año en Watford, no me permití pensar en absoluto en la magia durante meses. Simplemente, fue como si me desconectara de ella. No la eché de menos, no me apeteció usarla.

Decidí dejar que la Escuela Mágica llegara como un gran regalo sorpresa en septiembre, si es que llegaba. (Y llegó. Hasta el momento, siempre lo ha hecho.)

El Hechicero solía decir que quizá algún día me dejaría pasar los veranos en Watford, o que tal vez incluso podría pasarlos con él, donde quiera que pase él los veranos.

Pero luego decidió que era mejor que pasara parte del año con los Normales. Para acostumbrarme a su lenguaje y mantenerme alerta:

—Deja que las dificultades te afilen, Simon.

Al principio creí que se refería al filo de mi espada, pero después me di cuenta de que se refería a mí.

Yo soy la espada. La Espada del Hechicero. No estoy seguro de que pasar los veranos en casas de acogida me «afile» de ninguna manera… Pero sí me hace sentir más… ávido. Como hambriento. Hace que quiera ir a Watford como, no sé, como si me fuera la vida en ello.

Baz y los de su calaña —las Familias Antiguas y ricas— opinan que nadie iguala su capacidad de entender la magia. Ellos creen que son los únicos a los que se les puede confiar el don de la magia.

Pero no hay nadie a quien le guste la magia más que a mí.

Ningún otro mago —ninguno de mis compañeros, ninguno de sus padres— sabe cómo es vivir sin magia.

Yo soy el único que lo sé.

Y haré cualquier cosa para asegurarme de que siempre esté aquí para mí y poder hacer de ella mi hogar.

Intento no pensar en Watford cuando estoy lejos de allí, pero este verano ha sido casi imposible no hacerlo.

Con todo lo que pasó el curso anterior, me costaba creer que el Hechicero fuera a prestarle atención a una cosa tan banal como el final de curso. ¿Quién interrumpe una guerra para mandar a los alumnos a sus casas para las vacaciones de verano?

Además, yo ya no soy un niño. Legalmente, podría haber solicitado la mayoría de edad a los dieciéis años. Podría haber alquilado un piso en algún sitio. Quizá en Londres. (Podía permitírmelo. Tenía un saco lleno de oro

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