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NEGRO COMO EL MAR

Mary Higgins Clark  

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Fragmento

1

El magnífico crucero Queen Charlotte estaba listo para comenzar su viaje inaugural desde el atracadero del río Hudson. Muchos comparaban aquel barco, considerado la quintaesencia del lujo, con el primer Queen Mary e incluso con el Titanic, el no va más de la opulencia hacía cien años.

Uno a uno, los pasajeros subieron a bordo, se registraron y fueron invitados al Gran Salón, donde camareros con guantes blancos les ofrecieron una copa de champán. Cuando embarcó el último huésped, el capitán Fairfax pronunció unas palabras de bienvenida.

—Les prometemos el viaje más elegante que jamás hayan disfrutado ni disfrutarán —aseguró con un acento británico que añadía aún más brillo a sus palabras—. Verán que sus suites se han amueblado según la tradición de los transatlánticos más espléndidos de antaño. El Queen Charlotte fue construido para alojar exactamente a cien huéspedes. Los ochenta y cinco miembros de la tripulación están para servirles en cuanto necesiten. Les ofreceremos espectáculos dignos de Broadway, el Carnegie Hall y la Metropolitan Opera. Se celebrarán conferencias muy diversas en las que los oradores serán novelistas famosos, antiguos diplomáticos, expertos en Shakespeare y en gemología.

Recibe antes que nadie historias como ésta

»Los mejores chefs del mundo elaborarán creaciones culinarias con productos traídos directamente del campo a la mesa. Y ya sabemos que un crucero da mucha sed. Para resolver el problema, sumilleres reputados organizarán una serie de catas de vino. De acuerdo con el espíritu de este crucero, un día se celebrará una conferencia sobre el libro de Emily Post, legendaria experta en la vida social de hace un siglo que nos iluminará acerca de las encantadoras costumbres del pasado. Estas son solo algunas de las numerosas actividades que les ofrecemos.

»Para terminar, los menús se han elaborado con recetas de los mejores cocineros. Una vez más, les doy la bienvenida al que será su nuevo hogar durante los próximos días.

»Y ahora quiero presentarles a Gregory Morrison, el armador del Queen Charlotte. Él quiso que este barco fuese perfecto en todos sus detalles, y gracias a ello disfrutarán del crucero más lujoso que existe.

Gregory Morrison, un hombre robusto, de rostro rubicundo y pelo canoso, dio un paso adelante.

—Bienvenidos a bordo. Hoy se hace realidad el deseo del muchacho que era yo hace más de cincuenta años. Acompañaba a mi padre, capitán de un remolcador, mientras ayudaba a entrar y salir del puerto de Nueva York a los cruceros más espléndidos de su época. A decir verdad, mientras mi padre miraba hacia delante, yo volvía la vista y contemplaba pasmado los espectaculares cruceros que surcaban con elegancia las grises aguas del río Hudson. Ya entonces, hace tanto tiempo, supe que algún día construiría un barco aún más impresionante que aquellos que tanto admiraba. El Queen Charlotte, con toda su majestuosidad, es mi sueño hecho realidad. Tanto si van a pasar cinco días con nosotros hasta llegar a Southampton, como si se quedan noventa días para dar la vuelta al mundo, espero que la jornada de hoy marque el comienzo de una experiencia que nunca olvidarán. —Tras alzar su copa, añadió—: Leven anclas.

Se oyeron unos cuantos aplausos y, a continuación, los pasajeros se volvieron hacia sus compañeros más cercanos para iniciar una charla trivial. Alvirah y Willy Meehan, que celebraban su cuadragésimo quinto aniversario de boda, disfrutaban de su gran fortuna. Antes de que les tocara la lotería, ella limpiaba casas y él reparaba inodoros desbordados y cañerías rotas.

Ted Cavanaugh, de treinta y cuatro años, aceptó una copa de champán y miró a su alrededor. Reconoció a algunos de los presentes: los presidentes de General Electric y Goldman Sachs y varias parejas famosas de Hollywood.

—¿No estará usted emparentado con el embajador Mark Cavanaugh? —preguntó una voz a su lado—. Guarda un parecido asombroso con él.

—Sí. —Ted sonrió—. Soy su hijo.

—Sabía que no me equivocaba. Permita que me presente. Soy Charles Chillingsworth.

Ted reconoció el nombre del embajador en Francia, ya retirado.

—De jóvenes, su padre y yo trabajamos juntos como agregados —le explicó Chillingsworth—. Todas las chicas del consulado estaban enamoradas de él. Yo le decía que nadie merecía ser tan guapo. Si no recuerdo mal, ocupó el cargo de embajador en Egipto para dos presidentes y luego se trasladó al Reino Unido.

—Así es —confirmó Ted—. A mi padre lo fascinaba Egipto. Y yo comparto su pasión. De pequeño pasé muchos años allí. Nos trasladamos a Londres cuando lo nombraron embajador en Gran Bretaña.

—¿Ha seguido usted sus pasos?

—No. Soy abogado, pero me dedico sobre todo a recuperar antigüedades y objetos robados en sus países de origen.

No dijo que la razón concreta por la que hacía ese viaje era entrevistarse con lady Emily Haywood y convencerla para que devolviese el famoso collar de esmeraldas de Cleopatra a su legítimo propietario, el pueblo de Egipto.

El profesor Henry Longworth no pudo evitar escuchar la conversación y, con ojos chispeantes de interés, se acercó un poco más para no perderse una palabra. Como reconocido experto en Shakespeare, lo habían invitado a bordo para que impartiese una de sus reconocidas conferencias, en las que siempre recitaba algunos pasajes que hacían las delicias del público. Longworth, de estatura media y con poco pelo, tenía algo más de sesenta años y era un orador muy apreciado en cruceros y universidades.

Devon Michaelson permanecía un tanto apartado de los demás huéspedes. No necesitaba ni deseaba la charla banal que constituía el resultado inevitable de un primer encuentro entre extraños. Como el profesor Longworth, acababa de cruzar la frontera de los sesenta años y no destacaba por su altura ni por sus rasgos faciales.

También estaba sola Celia Kilbride, de veintiocho años. Su elevada estatura, su cabello negro y sus ojos azul zafiro atraían las miradas de admiración de los demás pasajeros. Sin embargo, la joven no parecía darse cuenta y, de haberlo hecho, tampoco le habría importado.

La primera escala del viaje alrededor del mundo sería Southampton, Inglaterra, donde ella desembarcaría. Al igual que el profesor Longworth, viajaba en calidad de conferenciante invitada. Era gemóloga, y el tema de su ponencia sería algunas de las joyas más famosas de la historia.

La pasajera más eufórica de la sala era Anna DeMille, una divorciada de Kansas de cincuenta y seis años que había ganado el viaje en un sorteo patrocinado por la parroquia. Su pelo y sus cejas teñidas de negro destacaban en un rostro y un cuerpo muy delgados. Rezaba para tener la oportunidad de conocer a su hombre ideal. ¿Por qué no?, se preguntaba. Gané el sorteo. Puede que este sea mi año. Por fin.

A sus ochenta y seis años, lady Emily Haywood, famosa por su riqueza y filantropía, se encontraba rodeada de sus invitados: Brenda Martin, que llevaba veinte años siendo su fiel asistente y compañera; Roger Pearson, su albacea y gestor de inversiones, y la esposa de este, Yvonne.

En una entrevista, lady Emily había declarado que pensaba llevar al crucero el legendario collar de esmeraldas de Cleopatra y lucirlo en público por primera vez.

Cuando los pasajeros empezaron a dispersarse, deseándose mutuamente buen viaje, no podían imaginar que al menos uno de ellos no llegaría vivo a Southampton.

2

En lugar de retirarse a su camarote, Celia Kilbride se quedó junto a la barandilla del buque y contempló cómo la estatua de la Libertad iba quedando atrás. Pasaría menos de una semana en el barco, pero era tiempo suficiente para alejarse de la gran cobertura mediática que había supuesto el arresto de Steven durante la cena de ensayo de la boda, veinticuatro horas antes de la ceremonia. ¿De verdad habían transcurrido solo cuatro semanas?

Estaban brindando cuando los agentes del FBI entraron en el comedor privado del 21 Club. El fotógrafo les había hecho una foto juntos y otra con un primer plano del anillo de compromiso de cinco quilates que Celia lucía en el dedo.

Steven Thorne, guapo, ingenioso y encantador, había engañado a los amigos de ella para que invirtiesen en un fondo de alto riesgo creado solo para su propio beneficio y para financiar su fastuoso estilo de vida. Menos mal que lo detuvieron antes de que nos casáramos, pensó Celia mientras el barco se adentraba en el Atlántico. Menos mal.

Estaba convencida de que buena parte de la vida depende del azar. Poco después de la muerte de su padre, dos años atrás, Celia asistió en Londres a un seminario de gemología. Carruthers Jewelers le regaló un billete de avión en primera clase. Era la primera vez que no viajaba en turista.

Saboreaba la copa de vino de cortesía en su asiento del avión de regreso a Nueva York cuando un hombre muy bien vestido colocó su maletín en el compartimiento para el equipaje de mano y se deslizó en el asiento contiguo.

—Soy Steven Thorne —se presentó con una cálida sonrisa, tendiéndole la mano. Le contó que volvía a casa tras asistir a una conferencia financiera. Para cuando aterrizaron, Celia había aceptado cenar con él.

Sacudió la cabeza. ¿Cómo había podido ella, una gemóloga capaz de encontrar un defecto en cualquier piedra preciosa, juzgar tan mal a un ser humano? Inspiró hondo, y el maravilloso aroma del océano penetró en sus pulmones. Se prometió a sí misma dejar de pensar en Steven. Sin embargo, era difícil olvidar cuántos de sus amigos habían invertido un dinero que no les sobraba en absoluto solo porque ella les había presentado a Steven. Tuvo que declarar ante el FBI. Quizá pensaran que estaba implicada en la estafa, a pesar de que ella también había invertido su propio dinero.

Celia esperaba no conocer a ninguno de los demás pasajeros, pero la noticia de que lady Emily Haywood estaría en el barco se había difundido ampliamente. La aristócrata llevaba con frecuencia piezas de su vasta colección de joyas a Carruthers, en la Quinta Avenida, para su limpieza o reparación, e insistía en que Celia comprobase cada una de ellas por si presentaban mellas o arañazos. Siempre la acompañaba su asistente, Brenda Martin. También reconoció a Willy Meehan, aquel tipo simpático que acudió para comprar un anillo para su esposa, Alvirah, en su cuadragésimo quinto aniversario de boda, y que le contó con pelos y señales cómo les habían tocado cuarenta millones de dólares en la lotería.

Sin embargo, con tantas personas en el barco no debería ser difícil disponer de tiempo para estar a solas, aparte de las dos conferencias y de una sesión de preguntas y respuestas. Había dado varias charlas en buques de Castle Lines. En cada ocasión, el agente encargado de las actividades de entretenimiento le dijo que los pasajeros la habían votado como la oradora más interesante. Solo una semana antes la había telefoneado para invitarla a sustituir a un ponente que se había puesto enfermo a última hora.

La ocasión de alejarse de la compasión de algunos amigos y del resentimiento de los que habían perdido su dinero le había llegado como caída del cielo. Cuánto me alegro de estar aquí, pensó mientras se volvía y bajaba a su camarote.

Como cada centímetro cuadrado del Queen Charlotte, la suite exquisitamente amueblada se había diseñado con una meticulosa atención a los detalles. Constaba de sala de estar, dormitorio y un baño. Los armarios eran muy espaciosos, a diferencia de los barcos más viejos en los que había viajado, donde las suites más sencillas tenían la mitad de ese tamaño. La puerta se abría a un balcón en el que podía sentarse si le apetecía disfrutar de la brisa del océano en soledad.

Sintió la tentación de salir a la pequeña terraza en ese momento, pero decidió deshacer primero la maleta e instalarse. Daría su primera conferencia al día siguiente por la tarde y quería repasar sus notas. El tema era la historia de varias gemas raras, empezando por las civilizaciones antiguas.

Sonó su teléfono. Lo cogió y escuchó una voz familiar al otro extremo de la línea. Era Steven, que había salido bajo fianza antes del juicio.

—Celia, puedo explicártelo —empezó.

Colgó y estampó el móvil contra la mesa. Solo con oír aquella voz se sentía invadida por la vergüenza. Soy capaz de detectar el menor defecto en cualquier gema, volvió a pensar con amargura.

Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta y, con un gesto impaciente, se enjugó las lágrimas que asomaban a sus ojos.

3

Lady Emily Haywood, conocida por todos como Lady Em, permanecía sentada con la espalda recta en una bonita butaca de la suite más cara del barco. Era una mujer extremadamente delgada, con una abundante cabellera de un blanco puro y un rostro arrugado que aún conservaba signos de belleza. Resultaba fácil imaginarla como la deslumbrante primera bailarina norteamericana que conquistó a los veinte años el corazón de sir Richard Haywood, el famoso y rico explorador británico de cuarenta y seis años.

Suspiró y miró a su alrededor. Desde luego, vale lo que he pagado, decidió. El salón de la suite, donde se encontraba, contaba con un enorme televisor colgado encima de la chimenea, alfombras persas, sofás tapizados en oro pálido en los extremos de la habitación, sillas dispuestas para hacer contraste, mesitas auxiliares antiguas y una barra de bar. La suite disponía además de un dormitorio muy amplio y un baño con ducha de vapor, bañera de hidromasaje, calefacción de suelo radiante y exquisitos mosaicos de mármol adornando las paredes. Las puertas del dormitorio y del salón daban a un balcón privado. El frigorífico estaba provisto de los aperitivos que ella había escogido.

Lady Em sonrió. Había traído algunas de sus mejores joyas para lucirlas en el barco. Al tratarse del viaje inaugural, habría muchas celebridades a bordo, y quería eclipsarlas a todas. Tras reservar plaza en el crucero había declarado que, para no desentonar en tan lujoso entorno, pensaba ponerse el fabuloso collar de esmeraldas que, según se afirmaba, había pertenecido a Cleopatra. Había decidido donarlo al Instituto Smithsonian después del viaje. Su valor era incalculable y, puesto que no tenía parientes que le importaran de verdad, ¿a quién iba a dejárselo en herencia? El gobierno egipcio no cejaba en sus intentos de recuperarlo, afirmando que procedía de una tumba saqueada. Que se disputen mi collar con el Smithsonian, decidió. Este crucero será la primera y última vez que lo disfrute.

La puerta del dormitorio se hallaba ligeramente abierta, por lo que podía oír a Brenda, su asistente, moviéndose por la habitación mientras deshacía el baúl de viaje y las maletas con la ropa que la propia Lady Em había escogido de entre su amplio vestuario. Solo Brenda tenía permiso para tocar las posesiones de su señora. Ningún mayordomo ni criado estaba autorizado a hacerlo.

¿Qué haría sin ella?, se preguntó. ¡Se adelanta a mis deseos y necesidades antes de que sea siquiera consciente de tenerlos! Espero que sus veinte años de dedicación a mi persona no le hayan costado la oportunidad de tener su propia vida.

Su asesor financiero y albacea testamentario, Roger Pearson, era harina de otro costal. Lo había invitado al crucero junto a su esposa, y apreciaba su compañía. Lo conocía desde que era niño, ya que su abuelo y su padre habían sido sus asesores financieros de confianza.

Sin embargo, hacía una semana que se había encontrado con un viejo amigo, Winthrop Hollows, al que hacía años que no veía. Como ella, había sido cliente de la firma de contabilidad de Pearson.

—Debes saber que no es igual que su abuelo o su padre —le aseguró después de preguntarle si seguía recurriendo a los servicios de Roger—. Te recomiendo que encargues a otra firma una revisión a conciencia de tus finanzas.

Cuando le exigió una explicación, Winthrop se negó a decirle nada más.

Oyó unas pisadas y se abrió la puerta del dormitorio. Brenda Martin entró en el salón. Era una mujer corpulenta, más musculosa que obesa. Tenía sesenta años, pero el corte poco favorecedor de su pelo canoso le hacía aparentar más edad. Su cara redonda aparecía limpia de un maquillaje que no le habría venido nada mal. Ese rostro adoptó una expresión de inquietud.

—Lady Em —empezó a decir con timidez—, tiene usted el ceño fruncido. ¿Hay algún problema?

Ten cuidado, se recordó a sí misma. No quiero que sepa que estoy preocupada por Roger.

—¿Tengo el ceño fruncido? —preguntó—. Pues no sé por qué.

El rostro de Brenda expresó un profundo alivio.

—¡Me alegro mucho de que nada le preocupe! Quiero que disfrute de cada momento de este viaje maravilloso. ¿Quiere que llame y pida el té?

—Eso sería estupendo —convino Lady Em—. Me interesa mucho asistir a la conferencia que Celia Kilbride dará mañana. Es increíble que una mujer tan joven sepa tanto sobre joyas. Y creo que le hablaré de la maldición del collar de Cleopatra.

—Creo que nunca me ha hablado de ella.

Lady Em soltó una risita.

—Octavio, hijo adoptivo y heredero de César, hizo prisionera a Cleopatra. Ella sabía que pensaba llevarla cautiva a Roma en su barcaza y que había ordenado que luciese el collar de esmeraldas durante el viaje. Antes de suicidarse, la emperatriz ordenó que le llevasen el collar y lanzó una maldición sobre él: «Quien lleve este collar al mar no vivirá para alcanzar la orilla».

—¡Qué historia tan terrible! —Brenda suspiró—. ¡Quizá sea mejor que guarde el collar en la caja fuerte!

—¡Ni hablar! —replicó Lady Em en tono tajante—. Ahora vamos a pedir el té.

4

Roger Pearson y su esposa, Yvonne, estaban tomando el té de media tarde en su suite del Queen Charlotte. Roger, muy corpulento, con un pelo castaño claro cada vez más escaso y unos ojos que se arrugaban cuando sonreía, era sociable y extrovertido, la clase de persona en cuya presencia se sentía a gusto todo el mundo. Solo él se atrevía a bromear con Lady Em en cuestiones de política. La dama era una ardiente republicana; él, un demócrata igual de apasionado.

Estudiaba con Yvonne la lista de actividades prevista para el día siguiente. Al ver que Celia Kilbride impartiría su conferencia a las dos y media, la mujer enarcó las cejas.

—¿No es la que trabaja en la joyería Carruthers, la que se ha visto implicada en ese fraude del fondo de inversión?

—Ese estafador de Thorne está intentando arrastrarla a ella —replicó Roger con indiferencia.

Yvonne frunció el ceño.

—Eso he oído —reflexionó—. Cuando Lady Em lleva sus joyas a recomponer o reparar, siempre habla con Celia Kilbride. Me lo contó Brenda.

Roger volvió la cabeza para mirarla.

—Entonces ¿Kilbride trabaja allí como dependienta?

—Es mucho más que eso. Leí un artículo sobre ella. Está considerada como una de las mejores gemólogas y viaja por el mundo seleccionando piedras preciosas para Carruthers. Da conferencias en barcos como este para que la gente con pasta se interese por las joyas caras e invierta en ellas.

—Debe de ser muy lista —comentó Roger, y dedicó su atención al televisor.

Yvonne lo observó. Como ocurría siempre que estaban solos, Roger había dejado a un lado su actitud de tipo simpático y prácticamente la ignoraba.

Ella dio otro sorbo de té y alargó el brazo hacia un delicado sándwich de pepino. Se dedicó a pensar en el conjunto que llevaría esa noche: una nueva chaqueta de cachemir estampada en blanco y negro y unos pantalones negros, todo de Escada. Los parches de cuero de los codos le proporcionaban la imagen deportiva que exigía el código de vestimenta para esa velada.

Era consciente de que no aparentaba cuarenta y tres años. Le habría gustado ser más alta, pero poseía una figura esbelta. Además, la peluquera había conseguido el tono exacto de rubio que ella quería. La última vez le quedó demasiado dorado.

El aspecto físico era muy importante para Yvonne, al igual que el nivel social, el apartamento en Park Avenue y la casa en los Hamptons. Se aburría profundamente con Roger desde hacía mucho tiempo, pero le encantaba la vida que llevaban. No tenían hijos, y su marido no estaba obligado a correr con los gastos universitarios de sus tres sobrinos, hijos de una hermana viuda. Hacía años que Yvonne y su cuñada no se llevaban bien, pero sospechaba que Roger les pagaba las facturas de la universidad de todos modos.

Siempre y cuando eso no interfiera con mis deseos, reflexionó mientras se acababa el sándwich de pepino y vaciaba su taza de té.

5

—Esto es demasiado caro, Willy, aunque sea nuestro cuadragésimo quinto aniversario de boda —protestó Alvirah paseando la mirada por la suite que su marido había reservado para la ocasión.

A pesar de sus protestas, podía percibir la ilusión en la voz de su esposa. Él estaba en la sala de estar, descorchando la botella de champán que se enfriaba en una cubitera de plata. Mientras la abría, contempló los espejos de la pared y, en el exterior, las azules aguas del Atlántico.

—No necesitábamos una habitación con balcón propio. Habríamos podido salir a cubierta para mirar el agua y sentir la brisa.

Willy sonrió.

—Cariño, seguro que en este barco cada suite dispone de su propio balcón.

Alvirah, que había entrado en el baño del dormitorio, estuvo a punto de gritar.

—Willy, ¿puedes creértelo? Hay una tele empotrada en el espejo del tocador. Todo esto tiene que costar una fortuna.

Él sonrió con indulgencia.

—Cariño, desde hace cinco años recibimos dos millones de dólares anuales brutos, y además ganas dinero escribiendo para el Globe.

—Lo sé —dijo Alvirah con un suspiro—, pero preferiría utilizar el dinero para hacer donaciones a buenas causas. Ya sabes que al que mucho se le da mucho se le reclamará.

Ay, madre, pensó Willy. ¿Qué dirá esta noche cuando le regale el anillo?

Decidió darle una pista.

—Cariño, nada me hace más feliz que celebrar nuestra vida juntos. Si no dejas que te demuestre lo dichoso que he sido contigo durante cuarenta y cinco años, me pondré muy triste. Y hay algo más que te daré esta noche. Me dolería mucho que no lo aceptaras.

Hablas como un político, se dijo.

Alvirah parecía muy afectada.

—Lo siento mucho, Willy. Claro que me alegro de estar aquí. ¿Sabes? Fuiste tú quien decidió comprar el billete de lotería aquel día. Yo dije que nos podíamos haber ahorrado el dólar que costaba. Estoy encantada de estar aquí y recibiré con ilusión todo lo que quieras regalarme.

Estaban en la puerta del balcón, admirando las vistas del océano. Willy le pasó el brazo por los hombros.

—Eso está mejor, cariño. Durante la próxima semana vamos a disfrutar cada minuto de cada día.

—Por supuesto que sí —convino Alvirah.

—Además, estás preciosa.

Otro gasto, pensó Alvirah. Su peluquera de siempre estaba de vacaciones, así que se había teñido el pelo en un salón carísimo que le había recomendado su amiga la baronesa Von Schreiber, propietaria del balneario Cypress Point, donde habían acudido justo después de que les tocase la lotería. Debería haberme imaginado que Min solo podía aconsejarme un sitio como e ...