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ODISEA

Homero   

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

por JOAN CASAS

Dice, con muy buen tino, Fernando Gutiérrez en su prólogo que «se engañan quienes creen que para leer a Homero debe uno despojarse con la imaginación de todo lo que en nosotros hay de moderno para hacernos momentáneamente un alma antigua». ¿Cómo podríamos intentar tal cosa, para empezar? Y aunque pudiéramos hacerlo, aunque tal operación de disfraz o de ortopedia fuera posible, ¿qué sentido tendría? La lectura es una operación de la vida, y nuestra vida es irremediablemente moderna. Solo podemos acercarnos a los viejos poemas desde nuestro tiempo, como lectores modernos y, como tales, ¿qué podemos encontrar o proyectar en ellos para que un acuerdo de lectura sea posible?

Es obvio que una pregunta como esa no puede tener una respuesta única, sino en última instancia tantas respuestas como lectores posibles. Podemos aventurar sin embargo algunas líneas generales, algunas sugerencias que nos lleven de la mano.

Para empezar, y como todo el mundo sabe, con la Odisea nos enfrentamos a un relato de viajes. Y el lector moderno, un siglo más joven que Freud, sabe que todo viaje es el relato de un proceso de descubrimiento, de apropiación o de recuperación de algo de uno mismo. Sobre lo que da de sí en este sentido el viaje de la Odisea podemos leer, por ejemplo, el conocidísimo poema de Constantinos Cavafis:1

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando salgas a la ida hacia Ítaca,

pide que sea largo el camino,

lleno de aventuras, lleno de conocimientos.

A los Lestrígones y a los Cíclopes,

al iracundo Poseidón no temas,

tales en tu camino nunca encontrarás,

si elevado permanece tu pensamiento, si elegida

emoción pulsa tu espíritu y tu cuerpo.

A los Lestrígones y a los Cíclopes,

al feroz Poseidón no encontrarás,

si dentro de tu alma no los llevas,

si tu alma ante ti no los eleva.

Pide que sea largo el camino.

Que muchas sean las alboradas estivales

en que con qué contento, con qué gozo

arribes a calas vistas por vez primera;

detente en emporios de Fenicia,

y adquiere las mercancías preciosas,

corales y nácares, ámbar y ébano,

y voluptuosos y variados perfumes,

cuanto más abundantes puedas los voluptuosos perfumes;

ve a ciudades de Egipto, a muchas,

aprende y aprende de los instruidos.

Siempre en tu mente ten Ítaca.

La llegada allí es tu destino.

Pero no apresures en nada el viaje.

Mejor que por muchos años se prolongue;

y, ya viejo, ancles en la isla

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el viaje hermoso.

Sin ella no hubieras salido al camino.

Pero no tiene ya que darte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te engañó.

Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,

comprendieras ya qué significan las Ítacas.

Cavafis nos recuerda que la vida es trayecto, que lo importante es el trayecto, no el destino, invirtiendo esa cultura de agencia de turismo que impregna nuestra cotidianeidad, en la cual los viajes se denominan «destinos», como si tuviéramos tantos. No, lo importante es el trayecto, el recorrido, la peripecia. Lo único que nos enriquece es lo que ganamos por el camino. Y en cuanto a destino, con uno nos sobra, y ese uno se sustancia, precisamente, en el camino, como muy bien sabía don Antonio Machado.

Debemos leer pues la Odisea como un relato de viajes, cosa que casi es una redundancia, porque relato y viaje vienen a ser dos maneras de decir la misma cosa. Pero es que además el viaje de la Odisea no es simple, sino triple: el relato nos ofrece un viaje de regreso, un viaje de maduración y un viaje de expiación, aunque este último nos sea hábilmente escamoteado en la forma en que el poema ha llegado hasta nosotros.

Un viaje de regreso. Los antiguos lo llamaban «nostos» y los viejos aedos, los antiguos poetas orales, debieron componer muchos poemas de este tipo que relataban el retorno a sus casas de los héroes de la guerra de Troya. De todos estos viajes de regreso, la literatura nos ha conservado sobre todo dos, que son, en cierto modo, como el anverso y el reverso de un mismo tapiz: el regreso de Agamenón, recogido en la tragedia del mismo título de Esquilo, y el regreso de Ulises que nuestro poema nos relata.

Revisemos en paralelo ambos relatos. Agamenón, según nos cuenta la tragedia de Esquilo, regresa con sus compañeros cargado de botín y de gloria. Ulises regresa solo, perdidos sus compañeros y sin el botín, aunque le acompañen los ricos presentes que le hicieran los feacios. La esposa de Agamenón, Clitemnestra, lo recibe con una alfombra de púrpura, como hoy día en los festivales cinematográficos. Penélope, en cambio, hasta después de la muerte de los pretendientes no alcanza a reconocer que el recién llegado es su esposo, que hasta el último momento va vestido con harapos. Clitemnestra, durante la ausencia de Agamenón, ha tomado un amante: Egisto. Penélope se mantiene tercamente leal a su marido ausente, aunque esta ausencia se prolongue ya por veinte años y el asedio de los pretendientes sea insoportable. Clitemnestra y Egisto asesinan a hachazos a Agamenón y a sus acompañantes. Ulises, en cambio, da muerte a todos los pretendientes y a las criadas desleales. El hijo de Agamenón, Orestes, salvado de la matanza por su hermana Electra, regresará cuando sea adulto para vengar a su padre. El hijo de Ulises, Telémaco, estará al lado de su padre en el momento de la venganza de este.

El relato de la Odisea hace un uso consciente de este tramado de semejanzas y desemejanzas, y la figura de Agamenón aparecerá estratégicamente en momentos clave del poema para recordarnos este juego de la mirada en el espejo.

Si este juego de reflejos incluido en el poema es ya un rasgo irresistiblemente moderno, más lo es aún el hecho de que la narración de la mayor parte de las peripecias del regreso de Ulises llega a nosotros no en tercera persona sino en primera, a través del relato que el propio protagonista hace a la corte de Antinoo, rey de los feacios.

Para entonces nosotros ya sabemos que Ulises, el agudísimo, es capaz de mentir con el mayor aplomo, de inventarse identidades y peripecias para disimular quien es. ¿Por qué razón el relato que hace a Antinoo debería ser en cambio la verdad? La sospecha de que toda la historia de Ulises no sea más que una trama de mentiras es una sospecha razonable a la que como lectores no tenemos que renunciar.

Añadamos aún otro rasgo singular: Ulises, en la misma corte de Antinoo, escucha al aedo Demódoco narrar sus propias aventuras. Ha transcurrido un tiempo suficiente desde los hechos de Troya para que su vida se convierta en canto, en ficción, si se quiere, y él mismo en espectador de su propia vida narrada, como le sucede a don Quijote en la segunda parte de la novela. La realidad y la ficción, en el relato de Demódoco y en el del propio Ulises, se entreveran de una manera inextricable.

Pero la Odisea no se abre con el viaje de Ulises, sino con el de su hijo Telémaco, que ve a su madre presionada para tomar nuevo esposo y a los pretendientes devorando con voracidad, día tras día, su patrimonio, mientras sigue sin tener noticias de su padre. Sale pues Telémaco en pos de esas noticias, fleta una embarcación y va en busca de viejos compañeros de su padre que ya regresaron: de Néstor, el anciano rey de Pilos, para empezar, y después, por tierra, sigue hacia Esparta para hablar con Menelao.

Los lectores tenemos ventaja sobre él y sabemos que Ulises vive y está retenido por la ninfa Calipso en la isla de Ogigia, cerca del estrecho de Gibraltar, pero ello no hace más que incrementar nuestro interés por las peripecias del joven viajero.

El viaje de Telémaco, lo que los antiguos denominaron la Telemaquia, es un viaje de maduración, un ritual de transición para acceder a la edad adulta. Antes de su partida, Atenea ha tenido que suplir sus debilidades, aún de adolescente, e infundirle valor para plantar cara a los pretendientes. Después de su regreso, será capaz de luchar codo a codo con su padre.

Pero los viajes de maduración tienen sus propias reglas. Como Jim Hawkins, el protagonista de La isla del tesoro de Stevenson, Telémaco sale en busca de algo muy valioso, que no es el tesoro de los piratas sino el paradero de su propio padre, sufre peripecias y escapa de peligros, y aunque regresa con noticias inciertas, lo esencial de su viaje se ha cumplido en él mismo, en su naturaleza.

Hay un par de momentos en el poema, después del regreso a Ítaca, en que el afán vengativo de Ulises contra los pretendientes se ve refrenado por la conciencia de que cualquier homicidio se paga con el exilio, y que esta sería la pena más dura tras veinte años de ausencia. En realidad, durante su visita al país de los muertos, Tiresias, el viejo adivino tebano, le ha dicho de un modo muy preciso cuál iba a ser ese exilio purificador que la implacable ley de la costumbre exige tras una muerte. Debería echarse al hombro el remo de una nave y viajar, esta vez tierra adentro, alejándose del mar. Alejándose tanto, que quien le viera con aquel objeto a la espalda no supiera ya que se trataba de un remo y lo confundiera con un aventador para aventar el trigo. Cuando ello suceda, le dice Tiresias, deberá detenerse, celebrar sacrificios y reconciliarse con Posidón. Solo entonces podrá regresar definitivamente a su casa para vivir una vejez tranquila. Ese debería ser el tercer viaje que el poema relatara, pero el abrupto final del último canto nos lo escamotea.

Aunque es comprensible, porque una cosa es un homicidio y otra, llenar el patio, las salas y los alrededores de tu casa con más de un centenar de cadáveres. Seguro que para eso no basta un alejamiento temporal y la reconciliación con Posidón a través de los sacrificios. Los muertos pertenecen a las mejores familias del país, la matanza de los pretendientes no es solo razón para provocar una reacción de vendetta, sino una auténtica guerra civil. Una guerra civil que de hecho está a punto de estallar, que se cobra su primer muerto y es detenida por un rayo de Zeus y por la intervención milagrosa de Atenea, que obliga a las partes a firmar la paz. Un final decepcionante, la verdad, para rematar una estructura narrativa tan bien trabada.

Porque esto es lo que nos admira de la construcción del poema, su perfecta trabazón que articula los tres viajes y la espera de Penélope para constituir un artefacto de una eficacia narrativa absoluta.

No hay duda de que tienen razón los que dicen que se trata del texto fundador de la tradición que dará lugar, con el paso de los siglos, a la novela. Pero no se trata de un milagro que parta de cero, sino de la cifra y el resumen de otra tradición anterior, la de la narrativa oral de los aedos. Síntesis pues de una tradición antigua, y puerta de entrada de una tradición nueva, en la literatura escrita, que llega hasta nosotros. No puede extrañar a nadie que James Joyce se fascinara con tal arquitectura y la usara como base de su extraordinario Ulises.

Pero si la arquitectura general del poema nos presenta un edificio armónico, complejo y unitario, cada uno de sus elementos, cada pieza del relato (cada «capítulo», estamos tentados de decir) mantiene un grado suficiente de autonomía para poder ser leído —o escuchado— como una pieza separada. No es la Odisea un texto que deba leerse de un tirón, sobre todo porque no fue concebido para ello. Hay que ir apropiándose de él por sus pasos contados, lentamente, sin prisas, de manera semejante a como los oyentes de los antiguos rapsodas se iban haciendo cargo del poema.

De esta manera nos pondremos en condiciones de descubrir que la gracia mayor de la escritura del texto está en los detalles, en el cuidado sutil que Homero, fuera quien fuera, puso en los detalles. Evocaremos algunos al azar de la memoria, sin orden de temporalidad ni de preferencia: las lágrimas de Ulises al escuchar su propia historia, la discreción emocional del reencuentro con Penélope, el estornudo de Telémaco, la metáfora de las dos puertas del sueño, la imposibilidad del protagonista de abrazar la sombra de su madre en el Hades, o el hecho, que ya fascinó al poeta catalán Carles Riba de que su última travesía marítima, Ulises, el agudísimo, el rico en ardides, el despierto por antonomasia, la realice dormido, que dormido sea desembarcado en su tierra y que, al despertar, no la reconozca. Y un interminable etcétera.

Ulises, a quien Calipso ofrece la inmortalidad, renuncia a ella para regresar a su tierra. Renuncia a la inmortalidad y renuncia también a la vida regalada que le ofrece Alcinoo si se casa con Nausica. No. Ulises quiere recuperar su propia vida, vivir su propio tiempo, envejecer, morir su propia muerte. El gran aventurero, aquel que, en palabras de Mario Vargas Llosa, nos lleva a «vivir más allá de los límites que nos impone la realidad», quiere, en última instancia, asumir estos límites y ceñirse a esta realidad.

Durante algún tiempo me dediqué a pensar cuál podría ser la banda sonora de la Odisea y acumulé materiales muy distintos porque el juego de texturas del poema es muy complejo. Lo único seguro era, en cualquier caso, que el regreso a Ítaca debía acompañarse con la voz de Carlos Gardel cantando Volver, el tango más odiseico que jamás ha sido escrito. Escuchen el tango atentamente o relean ustedes los versos de Alfredo Le Pera, y díganme si no tengo razón.

Y ahora soltemos ya las amarras de la lectura. Buen viaje.

PRÓLOGO

por FERNANDO GUTIÉRREZ

A José Janés, cuya amistad y entusiasmo
hizo posible esta tarea. Con mi gratitud y en
el día en que sale a la luz su libro mil.

Considero demasiado audaz prologar una nueva versión de la Odisea, aun cuando sea mía. Solo yo sé qué goces y desvelos me ha proporcionado, y en qué medida se dan en ella mi satisfacción y mi disgusto. Contar todo esto, poco o nada ha de interesar a quien la lea. Y esto es casi todo lo que puedo contar. Quedan aparte otras cosas, muchas, que ya se han dicho y se dijeron bien, mucho mejor de lo que yo podría decirlas, porque son, la mayoría de las veces, el resultado de toda una vida de trabajo y de esfuerzo, de investigación y de estudio. Yo me he limitado tan solo a poner de manifiesto una entrañable devoción.

Arqueólogos, helenistas y teorizantes han convertido a Homero en un fantasma. Ocho biografías antiguas y no sé cuántas modernas lo inventan y lo desinventan, lo anonadan o lo multiplican o lo convierten en un simple redactor del conjunto de sus poemas, en un colector que, pacientemente, ha ido uniendo cantos y episodios hasta formar un todo uniforme. Homero ciego, porque así lo confiesa en el verso 172 de su himno a Apolo delio —«un varón ciego que habita en la escabrosa Quíos»—, y porque acaso alude a sí mismo en la persona de Demódoco, el aedo de Alcinoo en la Odisea, y porque ciego lo vieron el escultor arcaico de su cabeza del museo de Munich y el más moderno de la del museo de Nápoles, no existió para unos, existió para otros y se multiplicó en innumerables Homeros para otros más. Y aun se llegó más lejos en esta multiplicación: se pretendió que sus obras eran simples reuniones de cantos, poemas, leyendas e incluso cuentos que habían nacido espontáneamente de la poesía popular. Pero indudablemente estos helenistas —Dios me perdone—, como Wolf, Lachmann, Herder y tantos más, procedieron arqueológicamente en frío y no tuvieron idea poética alguna de lo que es o puede ser un poema, y sobre todo unos poemas como la Ilíada y la Odisea. No ya si hubieran escrito unos versos, aun cuando fueran esos que durante la vida de estudiante se escriben a la primera novia, si solo los hubiesen leído de cualquier poeta, bueno o malo, habrían comprendido, o presentido acaso, que un pueblo no puede inventar, de acuerdo con una teoría expuesta por ellos, los casi treinta mil hexámetros de ambos poemas, bajo un orden tan asombroso, una forma tan perfecta y una elasticidad poética tan admirable y extraordinaria en el manejo de una lengua artificial que se ha prestado a innumerables formas poéticas verbales.

La teoría, olvidando la pequeña circunstancia de que un pueblo no ha sido nunca genial, estaba demasiado científicamente construida para que no surgieran, por fortuna en esta ocasión, otros arqueólogos y la redujeran a nada. Estos tres hombres, a quienes los que amamos la poesía debemos profundo agradecimiento, fueron Flinders Petrie, Arthur Evans y Fr. S. Krauss. Los dos primeros descubrieron que veinte siglos antes de nuestra era se conocían ya en el Mediterráneo distintos sistemas de escritura lineal y jeroglífica, y el tercero demostró que, aun cuando la escritura no hubiese existido —argumento fundamental de Wolf—, los poemas podían haber sido aprendidos de memoria por quienes, como los aedos o los rapsodas, no tenían otro quehacer que el de recitar los poemas que aprendían. Lo demostró apoyándose en que actualmente, en Oriente, hay recitadores de cuentos que se saben de memoria todos los de Las mil y una noches. Según Eustatio, Casandro, rey de Macedonia, sabía de memoria casi todos los versos de Homero.

El otro argumento, la lengua de la epopeya homérica, se volvió contra él. Esa lengua o dialecto que no se habló nunca, pero que hubo de formarse de dialectos hablados, principalmente el jonio y el eolio, para ser entendida, no podía ser obra popular, sino realizada para lo popular. Homero conoció todos los dialectos de que usó para sus poemas, lo que nada tiene de extraordinario si tenemos en cuenta las aficiones que se le han atribuido y su profesión de cantor ambulante.

Pero dejemos esto. Un pequeño pormenor, que solamente un poeta puede comprender, escapó a tantos investigadores. Los poemas eran demasiado largos para ser recitados íntegramente ante un público cualquiera. Lógico es pensar que Homero recitara determinados episodios de sus obras, los que él quería o los que le eran pedidos. Y casi nunca quiso provocar en sus oyentes la ansiedad de la sorpresa, la preocupación por lo que pudiera ocurrirles a sus héroes en sus aventuras. En la mayor parte de los casos adelantaba siempre desde el principio la terminación del suceso: el triunfo o la derrota de su personaje, porque la extensión del relato no le permitía prolongar horas o días esta ansiedad de su público. Si hubiesen sido obras populares, Homero no hubiera tenido nunca necesidad de tranquilizar a sus oyentes porque la terminación del hecho hubiese sido ya conocida de antemano. El poeta, que ama a sus héroes buenos y exige el castigo para sus personajes insensatos, no podía dejar en vilo la idea de un final justo para su poesía.

Si el hecho de no conocer datos seguros sobre él ha bastado para que se acordara su no existencia, tampoco los poseemos de Platón, y nadie ha pretendido demostrar que no ha existido. Contrariamente a esto, conocemos datos seguros de otros grandes poetas, escultores o filósofos, cuyas obras no han llegado a nosotros y no por ello dejamos de creer que también existieron. Y asimismo sabemos que han existido obras anteriores a las de Homero, que ignoramos cuáles son, quiénes las escribieron y a qué distancia de nuestros días las conoció la gente.

Cierto es, no obstante, que andando los tiempos o los países, tanto la Ilíada como la Odisea sufrieron una serie de interpolaciones de mano e inspiración de quienes nada tenían que ver con Homero, que unas veces han sido descubiertas de veras y otras pretendidamente, con más o menos ingenio o más o menos verdad. Cierto es también que la Odisea parece más moderna que la Ilíada, circunstancia esta que ha hecho que, puestos a no admitir la existencia de Homero, se la considerase obra de un autor distinto que debió de vivir, por lo menos, en el siglo VIII, porque le es conocida Sicilia y el pueblo cimerio. Pero basta también considerar ambos poemas desde un punto de vista de poesía tan solo para sugerir que la Ilíada pudo ser una obra de juventud y la Odisea de madurez. Para ello basta tener en cuenta el tema de cada uno de estos dos poemas: la guerra como finalidad de la vida, en la Ilíada, y el hogar, como finalidad humana, en la Odisea. Los jóvenes triunfan en la Ilíada y los viejos en la Odisea. En esta Homero hace hablar a Ulises del hogar, en el que es amable envejecer y morir. ¿Por qué, pues, ver autores distintos para ambos poemas cuando, a fin de cuentas, resulta más humano considerar un período de años más o menos largo entre un poema y otro? Si para justificar estas diferencias entre un poema y otro, el autor de esta teoría hace vivir a Homero II en las postrimerías del siglo VIII porque, basándose en el conocimiento de Sicilia por el poeta, le es conocido a este el principio de la colonización occidental, ¿por qué no hacerlo vivir un poco antes, cuando, por haber viajado todavía poco, no pudo tener conocimiento de esta civilización, porque sería muy joven para ello, y escasa y tal vez poco sólida la cultura adquirida, que no fue obstáculo, sin embargo, para que compusiera la Ilíada? Podemos incluso imaginar, para no ser menos que los otros, que la Ilíada fue compuesta a los veinte años y la Odisea a los setenta. En este medio siglo que va de una a otra pudieron no solo ocurrir muchas cosas en el Mediterráneo, sino al autor, tantas como para hablar de oídas de los cimerios y de Sicilia y de las claras noches del Norte remoto, lo que no ocurre en la Ilíada. Y si en esta Homero I demuestra conocer las costas del Helesponto y parece ignorar los establecimientos griegos del mar Negro, a los veinte años se ignoran muchas cosas y más en aquella época en la que se hacía tan difícil saberlas.

Pero no quiero teorizar más. Carezco totalmente de elementos científicos para ello, aunque bien es verdad que tampoco deseo echar mano de semejantes recursos. Creo, sin embargo, que ya ha llegado el momento de que alguien, prescindiendo totalmente de esta clase de elementos, intente el estudio de la «cuestión homérica» desde un punto de vista esencialmente humano y poético, no utilizando más elementos que los que puede proporcionarle la vida y la poesía, y que tan pocos arqueólogos, helenistas y teorizantes conocen. Quien desde este punto de vista se acerque a Homero, sabrá de qué modo son ciertas estas palabras de Macrobio: «Tres cosas son consideradas como igualmente imposibles: robar a Júpiter un rayo, a Hércules su clava y a Homero un verso».

Adelantándome a esta idea creo que también ha llegado el momento de hacer una confesión a todos los que tengan la suficiente paciencia para leer estas líneas: ninguna de las teorías expuestas me importan lo más mínimo, excepto la de que Homero existió. Y si desde aquí se me puede permitir un consejo, propongo que todos los que lean esta versión de la Odisea, u otra cualquiera, empiecen arrojando por la ventana más próxima todo aparato erudito por leve que sea, y piensen que hubo un hombre genial, el primer hombre genial del mundo, que supo llegar al corazón de los hombres de todos los tiempos y de todas las edades, y que este hombre genial se llamó Homero, fue ciego y anduvo incansable de un lado a otro, a través del mar color violeta o sobre la tierra negra. Y pensemos también que se murió en casi cada una de las islas del Egeo, en algunas de las cuales los arqueólogos y científicos —y agradezcámosles únicamente esto— han encontrado la correspondiente tumba de Homero. Por lo menos esto tiene verdadera poesía.

Diez ciudades griegas se disputan haber sido la cuna de Homero: Esmirna, Atenas, Quíos, Colofón, Kymé, Pilos, Argos, Salamina, Rodas e Íos. El poema de Simónides de Ceos, en el que dice: «Bien dijo el aedo de Quíos que la vida del hombre es como una hoja verde», no basta para atribuir a esta ciudad la cuna del autor de la Odisea. El favorito de Pisístrato, el poeta de quien los griegos más amaban sus defectos y excentricidades que sus cualidades buenas, y de quien no me explico que todavía no haya sido considerado patrón de los poetas por cuanto fue el primero que cobró su poesía, hecho que justificaba, y que todavía en nuestros días hay que justificar, o pedir perdón por hacerlo, arguyendo que los poetas tenían derecho a comer como cualquiera que no lo fuese, sin duda aludió en su poema al mismo verso del himno a Apolo delio que ya hemos citado. También una tradición popular que le sirvió a Aristarco para defender la pretensión de Atenas, dice que Homero fue engendrado en Íos y nació en Esmirna.

Según la primera biografía conocida, atribuida equivocadamente a Herodoto, Homero fue hijo de Cretéis, a quien su tutor Cleanacte envió a Esmirna, donde le dio a luz a orillas del Meles, precisamente el día de las fiestas que se celebraban en honor del río, las Melesias, lo que le valió el nombre de Melesígenes. Algún tiempo después casó su madre en segundas nupcias con Femio, famoso profesor de retórica y jefe de una escuela poética, quizá el mismo Femio que veremos en la Odisea. Homero, aleccionado y educado por su padrastro en las más severas disciplinas poéticas, no tardó en manifestar y desarrollar sus extraordinarias dotes para la poesía y en cobrar una gran fama en Esmirna y sus contornos.

Muerto Femio, Melesígenes heredó la gloria de la escuela que, no obstante, había de abandonar. Su amistad con Mentes, un comerciante de la Léucade, despertó en él el afán de las aventuras. En casa de Mentes había conocido las leyendas de Ulises, y estas influyeron de tal modo en sus aficiones que le bastó el simple ruego de su amigo de que lo acompañara en sus viajes para que lo abandonara todo a cambio de esas travesías que le permitirían conocer tierras distintas de la suya y razas u hombres diferentes de los que ya conocía. En uno de estos viajes, al llegar a Ítaca, donde Mentes poseía una casa, enfermaron sus ojos, e imposibilitado de poder continuar sus viajes al lado de su amigo, aguardó allí con la esperanza de que al regreso de este sus ojos habrían ya sanado. Y así fue, en efecto. A la vuelta de Mentes, Melesígenes estaba ya curado y se embarcó con él para recorrer las costas del Peloponeso, pero al llegar a Colofón perdió completamente la vista. Comprendiendo que ya nada útiles habían de serle sus viajes, se retiró a Esmirna y comenzó a dar forma poética a las fábulas y leyendas que había recogido durante sus viajes. Comenzó a trabajar en la Tebaida, poema que se ha perdido, y en los Himnos, y con todo ello en la memoria comenzó su peregrinación de ciego, recitándolos para ganarse la vida. Llegó así a Neóntico, donde su Tebaida alcanzó una gran fama, y a Cime, donde solicitó, aunque sin conseguirlo a pesar del entusiasmo con que había sido recibido, ser mantenido por la ciudad, a la que prometió, en cambio, componer unos versos en su honor. Conocido ya con el sobrenombre de Homero el Ciego se dirigió a la Fócida, en la que el hijo de un tal Téstor le robó unos nuevos poemas, la Pequeña Ilíada y la Fócida, entre ellos, y los hizo pasar como suyos. Homero no se resignó, sin embargo, a este robo; lo siguió y logró darle alcance en Boliso, donde los dos compitieron cantando, pero no pudo aún ponerse de manifiesto la superchería del usurpador. En Boliso conoció al cabrero Glauco, a quien le unió una gran amistad y que acaso más tarde había de recordar en Eumeo, el porquero de Ulises, único personaje de la Odisea a quien el poeta se dirige personalmente.

El afecto de Glauco le valió la amistad de su amo, quien le confió la educación de su hijo. Escribió entonces los Cércopes, el Canto del Mirlo, la Batracomiomaquia, la Psaromaquia y la Cabra siete veces trasquilada. Todos estos poemas y algunos más no tardaron en poner de manifiesto la superchería del hijo de Téstor, que se vio obligado a huir.

Abrió escuela entonces y contrajo matrimonio, del cual tuvo dos hijas, a quienes dictó, ya viejo, sus dos obras maestras: la Ilíada y la Odisea. Pero su fama había ya atravesado los mares y trató de conocer Atenas; llegado a Samos compuso el Horno y la Canción del mendigo, poemas que corrieron la suerte de casi todos los demás: se han perdido.

De viaje otra vez, le llegó la muerte en Quíos, durante la primavera, y sus discípulos le erigieron una modesta tumba y fundaron después la escuela de los homéridas.

Esta fue o no la vida de Homero.

Pero existe otra vida auténtica, sin fechas ni datos, sin circunstancias felices o desgraciadas, ante la cual se estrella toda crítica o toda arqueología; para esta vida de veras no existen biógrafos que la desvirtúen o historiadores que la fosilicen: es el propio Homero, lo que fue dejando de sí en cada hexámetro conocido, lo que era él de verdad y ante lo cual nada importa que naciera en Esmirna o en Atenas, que viajara o no y que tuviese amigos comerciantes y cabreros. Quizá lo único que importe es que se hayan perdido otros poemas que pudo haber escrito, fuesen los citados u otros distintos, el Margites o los que sean.

Porque Homero vivo nos acompaña en cada verso de la Odisea o de la Ilíada, y desde esta compañía llegamos a su humanidad y la conocemos y nos familiarizamos con su grandeza y con sus humanas pequeñeces. Y digo esto porque viene a cuento ahora una de las diferencias que se ha creído notar entre los dos poemas: la Ilíada carece de supersticiones, pero la Odisea conserva restos de algunas muy antiguas y en esta se profundiza más en cuestiones religiosas. ¿Por qué? Si la Ilíada fue un poema de juventud y la Odisea de madurez, como opinan los más sensatos, solo de las cosas de Dios, o de los dioses en este caso, se acuerda uno cuando es viejo. Y en esto no ha cambiado el mundo desde nunca.

Otra cosa son los hombres. Para juzgarlos, para situarse a su lado, no existen ni juventud ni madurez entre un poema y otro. «Al juzgar las acciones de los hombres —dice Georg Finsler— el poeta revela su sentido humanísimo y atribuye el acto injusto no a maldad, sino a insensatez. Una de las grandezas precisamente de la poesía homérica es que en ella lo malvado no existe. La pasión y el orgullo son a menudo fuertes, pero la maldad consciente es rara.» Y esta no es una condición popular. Lo popular está tan cerca de la ternura como de la venganza, del amor como del odio y de la bondad como de la perversidad. Por esto, repito, ni la Ilíada ni la Odisea pueden haberse originado de un fondo de poesía popular.

Se engañan quienes creen que para leer a Homero debe uno despojarse con la imaginación de todo lo que en nosotros hay de moderno para hacernos momentáneamente un alma antigua. Quienes han opinado de esta forma demuestran no haber llegado a Homero ni siquiera arqueológicamente. La mayor grandeza de sus poemas se encuentra en su condición de obra humana, para la que no existe otro tiempo que el hombre mismo medido por los sentimientos que lo mueven. Su poesía es la de los valores eternos e inmutables en el hombre, valores tanto positivos como negativos, que existen y se conocen precisamente desde que el mundo es mundo. Nada tan equivocado como investirnos con un alma antigua, griega o no, para llegar a comprender las bellezas de la Odisea o de la Ilíada; los versos nos arrastrarán a donde ellos quieran. De la mano de los hexámetros recorreremos un mundo de sonidos al que nuestros sentimientos no son ajenos porque sus personajes y la historia y el tiempo que los rodea no son más que historia y tiempo humanos. No importa que los héroes usen largas lanzas, o vistan armas que no vestimos, y que sean ellos mismos, y no sus mujeres, quienes se preparen la comida, ni que los dioses protejan a sus elegidos e incluso se batan a su lado, porque Ulises, pese a su protección —de la que, no obstante, no fía, demasiado—, llora cuando se cree sin fuerzas para luchar contra la tempestad y llora cuando, al cabo de una ausencia «que se ha hecho ya demasiado larga», se encuentra en su patria y besa la tierra que lo vio nacer, y vuelve a llorar cuando, después de veinte años de ausencia, ve por última vez a su perro Argos, que ha esperado verlo para morir, o para que sus ojos se llenen de sombras. Si para llegar a este Homero necesitamos investirnos con un alma antigua, es que nuestra civilización y, lo que es más grave aún, nuestra humanidad se han perdido.

Ulises es un hombre como cualquiera de nosotros, aun cuando le ocurran cosas extraordinarias: sufre, lucha y se desalienta, ríe y se entristece, ama y se venga de sus enemigos, tiene miedo, se dirige a sus dioses pidiéndoles protección, y miente tranquilamente según las circunstancias.

A Homero se le puede leer con un mínimo de poesía en el corazón. Y ¿quién no lo tiene?

Lo único que vale la pena lamentar es no poder leerlo en su idioma. La belleza es escurridiza y se escapa muchas veces, pero tengamos siempre presentes estas palabras de Ulises:

Observando la paja sabrás cómo ha sido la espiga.

Me importa decir ahora que en todo momento me he impuesto la fidelidad como una premisa rigurosa e ineludible para llevar a cabo este ensayo de traslación en verso. En gracia a ella he sacrificado muchas veces, y con gusto siempre, mi parte de lucimiento personal, al seguir palabra por palabra y verso a verso el poema.

La imposibilidad de adaptar a nuestro idioma el hexámetro griego me ha hecho elegir un tipo de verso que no está demasiado alejado de nosotros y que, vagamente quizá, suena a hexámetro. En ninguna de las treinta y dos formas que La Roche ha señalado, y que dan al hexámetro del epos el número de sílabas, era posible intentar la aventura. He preferido, pues —ya que no he tratado jamás de ofrecer una versión helenística o arqueológica—, disciplinar mi trabajo ciñendo y ajustando los hexámetros griegos a un verso de dieciséis sílabas, teóricamente construido con cuatro dáctilos interiores y dos espondeos, el final, de rigor, y otro que inicia el verso, uno de los tipos de hexámetro más frecuentes en el poema original.

Para mi traslación en verso he seguido la incomparable traducción de Luis Segalá i Estalella y el texto establecido y traducido por Victor Bérard. Me ha servido también de ayuda la excelente traducción catalana, en verso, del poeta Carles Riba. He consultado, además, otras traducciones menos importantes que no creo sea necesario enumerar.

Como Bérard y Riba, he dividido el poema en sus distintos episodios y no en rapsodias,2 pero el lector hallará en el margen, al lado del verso correspondiente, la indicación debida. También he señalado, entre corchetes, las interpolaciones determinadas por el gran helenista francés, excepto en los casos en que el texto griego experimentaba variaciones de sustitución que hubiesen influido en la regularidad y uniformidad del poema. Por más familiar he mantenido el nombre latino Ulises y no el griego Odiseo.

Y nada más. Que la cólera de los dioses no caiga sobre mí, que de la de los humanos estoy seguro. Si, como hasta ahora, este trabajo y este esfuerzo me valen un nuevo amigo, daré por bien venidos los enemigos que me proporcione.

ODISEA

CANTO I

[Invocación]

Habla, Musa, de aquel hombre astuto que erró largo tiempo

después de destruir el alcázar sagrado de Troya,

del que vio tantos pueblos y de ellos su espíritu supo,

de quien tantas angustias vivió por los mares, luchando

por salvarse y salvar a los hombres que lo acompañaban;

5

mas no pudo, ¡ay!, salvarlos, no obstante el esfuerzo que hizo.

¡Insensatos! La muerte a sus propias locuras debieron.

Se comieron las vacas del Sol, Hijo de las Alturas,

que apartó de sus vidas el día feliz del retorno.

Diosa, hija de Zeus, cuéntanos parte de sus andanzas.

10

[La asamblea de los dioses]

Ya en sus casas se hallaban los héroes que habían podido

evitarse la muerte, escapar de la guerra y las olas,

y, anhelando el regreso y la esposa, él tan solo quedaba;

lo tenía en su gruta la ninfa Calipso, la augusta,

pues la diosa divina quería que fuera su esposo.

15

Mas, al fin, cuando hubieron los años cerrado sus ciclos,

llegó el tiempo que, para el regreso a su patria, a Ítaca,

decretaron los dioses; empero, ni en ella ni en brazos

de los suyos debían cesar sus trabajos; los dioses

compasión le tenían, mas no Posidón que, irritado,

20

se sintió contra Ulises divino hasta verlo en su tierra.

Mas entonces el dios fue al país de los Negros3 lejanos

 

que, en su doble dominio, en el fin del humano linaje,

hállanse, en los lugares que están al ocaso y al orto;

asistiendo a una ofrenda de toros y ovejas vivía

25

jubiloso, sentado al banquete, mas los otros dioses

se reunían en tanto en las salas de Zeus Olímpico,

donde el padre de dioses y de hombres tomó la palabra,

pues pensaba en el ínclito Egisto, en el héroe intachable,

muerto a manos del célebre Orestes,4 el Agamenónida.

30

Recordándolo, de esta manera habló a los inmortales:

—Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses

porque dicen que todos sus males nosotros les damos,

y son ellos que, con sus locuras, se atraen infortunios

que el Destino jamás decretó. Así ocurrió con Egisto:

35

desposó a la mujer del Atrida, oponiéndose al hado,

y a él mató a su regreso, y sabía que era esto la muerte,

pues nosotros se lo previnimos por medio de Hermes,

el alerto Argifontes, diciendo que al rey no matase

ni a su esposa tomara, pues de él vengaríase Orestes

40

cuando fuera mayor y añorase la tierra paterna.

Hermes, buen consejero, le habló de esta forma y no pudo

dominar los deseos de Egisto, y lo paga ahora él todo.

Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:

—¡Padre mío, Cronida,5 el más grande de cuantos imperan!

45

Yace aquel en la tumba y su muerte justísima ha sido,

¡que así muera el que un día proceda de idéntico modo!

Mas a mí el corazón se me parte por un desdichado,

por Ulises que, ha tiempo distante de todos los suyos,

malandanzas padece en una isla de dobles riberas.6

50

En su tierra arbolada, un ombligo del mar, vive ahora

una diosa que es hija de Atlante,7 el terrible, el que sabe

cuáles son las honduras del ponto, y sostiene él tan solo

las enormes columnas que el cielo y la tierra separan.

Al lloroso infeliz en la isla retiene su hija

55

y con dulces y tiernas palabras aturde su mente

porque quiere que olvide a su Ítaca, mas él, que quisiera

ver el humo otra vez de su patria, desea la muerte.

Y a ti, olímpico Zeus, ¿es que nada tu pecho conmueve?

Las ofrendas que Ulises hacía en los campos de Troya

60

cerca de los argivos navíos, ¿no te han sido gratas?

¿Por qué entonces, ¡oh Zeus!, contra él de esta forma te airaste?

Y repúsole Zeus, el que nubes reúne, diciendo:

—¡Qué palabras, oh hija, se van del vallar de tus dientes!

¿Cómo quieres que pueda olvidarme de Ulises divino,

65

más ilustre que todo mortal y el que más sacrificios

ha ofrecido a los dioses, los dueños del campo del cielo?

Posidón, el que ciñe la tierra, es quien odio le tiene

porque Ulises un día cegó las pupilas del Cíclope,

Polifemo divino, el más fuerte de todos los Cíclopes,

70

que nació de la ninfa Toosa, la hija de Forcis,

consejero del mar infecundo, allí en cuyas profundas

espeluncas se dio a Posidón. Desde entonces no intenta

Posidón, el que agita la tierra, la muerte de Ulises,

pero, errante, lo aleja del patrio solar de los suyos.

75

Mas venid; los que estamos aquí decretamos su vuelta

y busquemos los medios. Tendrá Posidón que aplacarse

pues no puede oponerse al deseo de todos los dioses

ni luchar contra su voluntad, sin ayuda de nadie.

Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:

80

—¡Padre mío, Cronida, el más grande de cuantos imperan!

Si a los dioses dichosos complace que Ulises prudente

a su casa regrese, mandemos nosotros al punto

a la isla de Ogigia a Hermes, el mensajero Argifontes;8

que al instante revele a la ninfa de pelo rizado

85

cuáles son esta vez nuestros firmes deseos en cuanto

a la vuelta de Ulises paciente: que el héroe regrese.

Y yo a Ítaca, entretanto, me iré a dar aliento a su hijo

y a infundir en su pecho el valor de reunir en el ágora

a los viejos aqueos de largos cabellos flotantes

90

y vedarles a los pretendientes la entrada en su casa,

que a diario le matan carneros y vacas cornudas.

Llevarémelo a Esparta y a Pilos, ciudad arenosa,

para que pueda allí preguntar si se sabe el regreso

de su padre, y alcance renombre entre todos los hombres.

95

Así dijo, y atose a los pies las hermosas sandalias

[siempre jóvenes, y áureas; con ellas, igual que los vientos,

iba en vuelo veloz por encima del mar y la tierra.

La alta lanza de punta de bronce, maciza y pesada,

empuñó, con la cual esta hija del dios de la fuerza,

100

si se irrita, destroza las largas hileras de héroes.]

Y partió descendiendo veloz de las cumbres olímpicas;

se detuvo en Ítaca, ante el atrio de casa de Ulises,

al umbral del cavedio,9 empuñando la lanza de bronce,

y en figura de un huésped, de Mentes el rey de los tafios.10

105

Y encontró ante las puertas a los pretendientes fogosos

que a los dados estaban entonces jugando, sentados

sobre pieles de bueyes que fueron matados por ellos.

Numerosos heraldos y siervos, con gran diligencia,

escanciaban el vino y el agua en las cráteras,11 y otros

110

con esponjas de innúmeros ojos limpiaban las mesas,

las ponían ante ellos, y a rodo trinchaban la carne.

Quien primero advirtió su presencia fue el joven Telémaco,

el de rostro divino; sentado entre los pretendientes,

en su pecho pensaba en si el padre, si el héroe volviese

115

[y si a los pretendientes allí dispersara en la casa]

y su real dignidad recobrase y reinara en su hacienda.

Tales cosas, entre ellos, pensaba cuando vio a Atenea

y fue al atrio porque le indignaba que un huésped tuviese

que esperar tanto tiempo a la puerta, y tendiole la diestra.

120

Y tomándole luego la lanza de punta de bronce,

dirigiéndose a ella, le habló con palabras aladas:

—Bienvenido a mi casa, extranjero; acogida te brindo,

y, después de cenar, nos dirás qué es lo que necesitas.

Dijo, y la acompañó, y Atenea echó a andar a su lado.

125

Y, ya entrados los dos en la excelsa morada, Telémaco

apoyó contra una columna la lanza de bronce,

dentro de una bruñida lancera donde otras había

en gran número y fueron un día de Ulises paciente.

A la diosa sentó en su sitial que cubrió con un lienzo,

130

[un magnífico mueble labrado, con un escañuelo]

y acercó para él un sitial de color, y quedáronse

alejados de los pretendientes, no fuera que al huésped

el molesto bullicio pudiera el festín desabrirle

[y, además, él queríale hablar del ausente, su padre.]

135

Con un áureo y bellísimo jarro, una joven doncella

les vertió el aguamanos en una jofaina de plata,

y ante ellos dispuso una mesa pulida, y la grave

despensera acudió con el pan y sirvió los manjares,

[y obsequiolos contenta con cuanto tenía guardado;]

140

el trinchante sirvióles innúmeros platos de carne,

asimismo dispuso ante ellos las copas de oro,

y a menudo un heraldo acudía a escanciarles el vino.

Allí entrar se vio entonces a los pretendientes soberbios,

y en hilera tomaron asiento en sitiales y sillas.

145

Aguamanos les dieron también los heraldos; y en cestas

las mujeres el pan colocaron en grandes montones;

[los mancebos llenaron de vino hasta el borde las cráteras,]

y ellos fueron tendiendo la mano a las cosas servidas.

[Los consejos de Atenea a Telémaco]

Cuando los pretendientes el hambre y la sed aplacaron,

150

no otra cosa anhelaron entonces en sus corazones

que la danza y el canto, la gala de todo banquete.

Un heraldo dejó la más bella de todas las cítaras

en las manos de Femio a quien todos forzaron al canto,

y él, pulsando las cuerdas, dio entrada a un bellísimo cántico.

155

Y Telémaco dijo a Atenea, la de ojos azules,

inclinándose a ella, de modo que nadie lo oyese:

—Caro huésped, ¿habrás de enojarte por lo que te diga?

Míralos, ellos solo se ocupan del canto y la lira;

les es fácil: impunes, se comen los bienes ajenos,

160

los de un héroe de quien ya los pálidos huesos se pudren

a la lluvia, en alguna ribera, o a merced de las olas.

¡Ah, si todos le vieran hallarse de vuelta en Ítaca,

de qué modo darían sus áureos tesoros y ropas

por tan solo poder disponer de unas piernas ligeras!

165

Mas he aquí que está muerto por causa de un hado funesto,

y ninguna esperanza nos queda siquiera; aunque un hombre

afirmase su vuelta, ida es ya la ocasión del retorno.

Mas veamos, respóndeme, dime con toda franqueza.

Mas ¿quién eres, cuál es tu país, tu ciudad y familia?

170

[¿En qué clase de nave viniste? ¿De qué forma a Ítaca

te trajeron las gentes del mar? Mas ¿qué clase de gentes?

Imagino que a pie no pudiste venir a nosotros.

Y respóndeme sinceramente, pues quiero saberlo:]

¿por primera vez vienes, o acaso tú ya has sido huésped

175

de mi padre? Pues muchos venían a nuestra morada,

porque Ulises también visitar a los hombres solía.

Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:

—Sí, deseo contarte estas cosas con toda franqueza.

Jáctome de ser Mentes, el hijo de Anquíalo el sabio;

180

soy aquel que gobierna a los buenos remeros, los tafios.

A esta tierra acosté mi navío con mis compañeros;

surco el ponto vinoso,12 hacia hombres de lenguas extrañas;

cargaré bronce en Témesa,13 y hierro luciente les llevo.

Ancoré mi navío ante el campo, del pueblo distante,

185

en el puerto de Retro y al pie del selvático Neyo.

Ufanarnos podemos ahora de que antes ya fueran

mutuos huéspedes nuestros abuelos, y puedes saberlo

preguntando a Laertes,14 el héroe, quien, dicen, no viene

a la villa, pues mora en el campo, agobiado de penas,

190

junto con una vieja criada que sirve su mesa

y le da de beber cuando tiene sus miembros cansados

de arrastrarse por esa colina en que tiene la viña.

Vine aquí porque dicen que ha vuelto tu padre a su pueblo;

mas, sin duda, lo impiden los dioses poniéndole obstáculos.

195

No, no creo que Ulises divino haya muerto; está vivo

en la tierra, cautivo en el fin de la mar procelosa,

[en una isla de dobles riberas, y allí lo retienen

unos hombres salvajes, en contra de sus intenciones.]

Mi presagio ahora quiero decirte, tal como los dioses

200

en el ánimo mío lo inspiran, y así ha de cumplirse.

No es que sea adivino, o un hombre entendido en presagios;

mas te digo que Ulises bien pronto en la tierra paterna

estará de regreso, aunque lo aten cadenas de hierro;

él, que es hombre ingenioso, sabrá hacer posible su vuelta.

205

Mas, veamos, respóndeme, dime con toda franqueza

si es verdad que eres tú como dicen el hijo de Ulises.

Ciertamente eres él: su cabeza y sus ojos bellísimos;

bien me acuerdo de Ulises, pues ambos reunirnos solíamos

antes de que embarcara con rumbo a la tierra de Troya,

210

donde fueron los jefes argivos en cóncavas naves.

Desde entonces no he visto yo a Ulises ni Ulises me ha visto.

Y, mirándola plácidamente, repuso Telémaco:

—Voy a hablarte, ¡oh mi huésped!, con toda franqueza. Mi

{madre

dice que soy el hijo de Ulises, mas yo nada digo;

215

nunca nadie logró por sí mismo saber su linaje.

¡Ojalá fuera yo el descendiente de un hombre dichoso

que en su casa, con todos sus bienes, hiciérase viejo!

Mas, pues quieres saberlo, te digo que todos ya dicen

que desciendo del más infeliz de los hombres del mundo.

220

Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:

—No, los dioses jamás han podido negarle su gloria

a un linaje del cual ha parido Penélope un hijo.

Mas, veamos, respóndeme, dime con toda franqueza:

¿qué festín, qué reunión, di, son estos? ¿Forzáronte a ello?

225

¿Se celebra un banquete, unas bodas? Pues nada es a escote.

Digo yo que, a la mesa sentados, en tu propia casa,

estos hombres el límite pasan de toda insolencia;

ante tanta vergüenza airaríase un hombre sensato.

Y, mirándola plácidamente, repuso Telémaco:

230

—Ya que quieres saberlo, ¡oh mi huésped!, y así me interrogas,

sabe, pues, que esta casa fue rica y también respetada

en el tiempo en que el héroe se hallaba viviendo en su tierra.

Mas mudaron después sus deseos los dioses; sus males

de él hicieron el más invisible de todos los hombres.

235

Porque nunca su muerte doliérame tanto, sabiendo

que ante Troya cayó y entre sus compañeros de armas,

[o entre amigos murió, cuando se hubo acabado la guerra,]

pues hubiese tenido una tumba de los panaqueos15

y le hubiera dejado a su hijo una gloria infinita.

240

Mas, ya ves, las Harpías sin gloria me lo arrebataron;

ignorado, invisible, ha partido, y pesares y llanto

me dejó; mas no solo por él me lamento y sollozo,

que otras nuevas funestas desdichas los dioses me enviaron.

Porque todos los jefes que en las islas nuestras gobiernan,

245

en Duliquio y en Same y en la nemorosa Zacinto,16

y también los que en la áspera Ítaca gobiernan, pretenden

desposar a mi madre, y están arruinando mi casa.

Y mi madre ni sabe negarse a estas nupcias odiosas

ni acabar con todo esto, y están devorando mi hacienda

250

con los dientes, y también a mí acabarán devorándome.

Y repuso la diosa Atenea con tono de cólera:

—¡Ay, en qué situación te ha dejado la ausencia de Ulises!

¡Bien sabrían sus manos dar fin a tan gran impudicia!

Si volviera y mostrárase en esta mansión, a la puerta

255

con su yelmo, su escudo y dos lanzas, una en cada mano,

al igual que en mi casa lo vi por primera vez cuando,

a mi lado, bebiendo y alegre, venido ya de Éfira,17

de regreso se hallaba de casa de Ilos Mermérida

—pues a ella fue Ulises un día en su rápida nave,

260

deseoso de hallar un veneno mortal que tiñera

sus saetas de bronce, mas Ilos no quiso buscárselo

por el miedo que a las inmortales deidades tenía,

y mi padre se lo procuró pues lo amaba muchísimo—;

si así Ulises pudiera mostrarse ante los pretendientes,

265

fueran cortas las vidas de todos y amargas sus nupcias.

Mas que venga o no venga a su casa y se tome venganza,

es designio que ya en las rodillas está de los dioses.18

Sin embargo, te invito a que pienses de qué forma puedes

arrojar de tu casa enseguida a los pretendientes.

270

Y óyeme, si te place, y medita muy bien mis palabras:

citarás a los héroes aqueos mañana en el ágora;

háblales, y de todo los dioses serán testimonio.

Haz que los pretendientes se vayan cada uno a su casa,

y si el ánimo mueve a tu madre a tomar un esposo,

275

que regrese al hogar de su padre, que es hombre influyente;

[dispondrá así su boda, y su dote será tan cuantiosa

como es justo que sea la dote de una hija amadísima.]

Mas a ti también quiero ahora darte un prudente consejo:

la mejor nao que encuentres de veinte remeros, equipa,

280

ve a saber de tu padre, que larga ya se ha hecho su ausencia,

y tal vez un mortal te hable de él, o a tu oído se acerque

la palabra de Zeus, portadora de fama a los hombres.

Parte a Pilos19 primero y a Néstor divino interroga,

y en Esparta háblale a Menelao, el de rubios cabellos;

285

es el último aqueo de peto de bronce que ha vuelto.

Si tú oyeras decir que tu padre está vivo y regresa,

aunque estés afligido, soporta paciente otro año.

Mas si oyeses decir que está muerto, gastada su vida,

prontamente regresa a la patria y erígele un túmulo,

290

hazle muchas exequias, pues bien se le deben y es justo,

y ya puedes entonces buscar un esposo a tu madre.

[Luego que hayas llevado estas cosas a término, ponte

a pensar con el ánimo y mente en la forma en que puedes,

en tu casa, la vida quitarles a los pretendientes,

295

ya de ardides usando, o de frente, porque es necesario

que de juegos prescindas; no tienes ya edad para ello.

¿Desconoces acaso la gloria que Orestes divino

alcanzó entre los hombres, vengando en Egisto el astuto,

matador de su padre, la muerte del noble ascendiente?

300

También tú, amigo mío, pues eres gallardo y apuesto,

sé valiente para que te elogien los hombres futuros.]

Yo me voy a mi rápida nave, pues tiempo es que parta,

y mi gente ya debe, de tanto esperar, fatigarse.

Haz, pues, cuanto te dije y medita muy bien mis palabras.

305

Y Telémaco dijo, mirándola plácidamente:

—¡Oh, mi huésped! Bien sé que me hablas benévolamente,

como un padre a su hijo, y que no olvidaré tus palabras.

Mas te ruego, por mucho que ahora te apremie el viaje,

que te quedes un rato, te bañes y alegres tu espíritu.

310

Volverás a tu nave, feliz, con un rico presente,

algún bello regalo que puedas guardar como mío,

el que siempre es costumbre que un huésped dé al huésped amado.

Y Atenea, la diosa de claras pupilas, repuso:

—No demores mi marcha, pues debo partir enseguida.

315

Lo que tu corazón te ha impulsado a que a mí me ofrecieses,

yo vendré a recogerlo y llevármelo a casa a mi vuelta,

mas escógelo bello; tendrá una respuesta apropiada.

Y esto dicho, Atenea, la diosa de claras pupilas,

como un ave partió, dados ya al corazón de Telémaco

320

osadía y valor, reavivado el recuerdo del padre.

Y, pensando en todo ello, Telémaco atónito estaba,

porque dábase cuenta de que una deidad le había hablado.

[El festín de los pretendientes]

El deiforme reuniose enseguida con los pretendientes.

El más célebre aedo cantaba ante ellos sentados,

325

silenciosos; cantaba el aciago regreso que Palas

Atenea infligió a los aqueos de vuelta de Troya.

Desde arriba, en la casa, escuchaba la hija de Icario,

la discreta Penélope, el canto, y al alma llegábale.

De su alcoba bajó por la larga escalera, no sola

330

porque dábanle fiel compañía a su lado dos siervas.

Y al llegar ante los pretendientes, la joven divina

se paró y apoyó en la columna que el sólido techo

sustentaba, y dejó caer un velo magnífico sobre

sus mejillas, y a un lado y a otro a las siervas tenía.

335

Y con llanto en los ojos hablole al aedo divino:

—Tú que sabes, ¡oh Femio!, contar cosas gratas al hombre,

gestas de héroes y dioses, que luego el aedo celebra,

cántales una de ellas, sentado a su lado; en silencio

beberán ellos vino, mas cesa este cántico triste

340

porque mi corazón se me angustia en el pecho al oírte,

pues de mí se apodera un inmenso pesar que no olvido.

¡Ay, tal es la cabeza que lloro al pensar en el héroe

cuya fama en la Hélade es tal y en el centro de Argos!

Y, mirándola plácidamente, le dijo Telémaco:

345

—Madre mía, ¿por qué no deseas que tan digno aedo

nos deleite en la forma en que quiera su espíritu hacerlo?

Los culpables no son los aedos, es Zeus que, pudiendo

darlo todo, concede a los hombres lo que a él le parece.

No censures a Femio que cuente el aciago destino

350

de los dánaos;20 los hombres prefieren brindar sus elogios

a los más nuevos cantos que puedan llegar a su oído.

Haz que tu corazón y tu mente lo escuchen de nuevo,

porque no solo Ulises fue quien perdió en Troya su día

del regreso, que innúmeros héroes también lo perdieron.

355

[Mas retorna a tu alcoba; en tus propios quehaceres ocúpate:

el telar y la rueca, y ordena el trabajo a las siervas,

porque hablar corresponde tan solo a los hombres, a todos

y a mí más que a ninguno, pues mío es el mando en la casa.]

Asombrada, Penélope fuese a su alcoba, pensando

360

todas esas discretas palabras que el hijo había dicho.

Y una vez en la alcoba se halló con las siervas reunida,

lloró a Ulises, su amado consorte, hasta que hubo Atenea,

la de claras pupilas, posado en sus párpados sueño.

En la sala sombría exaltáronse los pretendientes,

365

puesto que compartir con Penélope el lecho querían.

Mas Telémaco, plácidamente, habló de este modo:

—¡Con qué audaz insolencia ahora aquí os comportáis, pretendientes

de mi madre! Pensemos tan solo en gozar del banquete

y acallad vuestros gritos, que es grato escuchar a este aedo

370

cuya voz se parece a la voz de los dioses eternos.

Que mañana, al albor, en el ágora todos reunidos,

os habré de decir francamente estas solas palabras:

alejaos del palacio, buscaos otros nuevos festines;

lo que es vuestro comed, os podéis convidar mutuamente.

375

Mas si acaso estimáis que es mejor y más cómodo a todos

destruir cuantos bienes posee un hombre solo, arrasadlos;

pero yo elevaré mi clamor a los dioses eternos

y veremos si Zeus habrá o no de infligiros castigo;

en mi casa podríais morir sin que nadie os vengara.

380

Así dijo, y los labios mordiéronse todos, atónitos

ante el brío que tuvo al decir estas cosas Telémaco.

Pero el hijo de Eupites, Antinoo, repuso diciendo:

—Ciertamente, Telémaco, puedo decir que los dioses

te enseñaron a ser elocuente y hablar con audacia,

385

mas que el hijo de Cronos no te haga rey nunca en la Ítaca

por los mares ceñida, aunque tengas derechos de sangre.

Y, mirándolo plácidamente, repuso Telémaco:

—Es posible que con lo que diga te enojes, Antinoo;

en verdad que quisiera ser rey si así Zeus lo quisiere.

390

¿Es acaso el peor mal que podría venirme en la tierra?

No, reinar no es un mal. Enseguida prospera la casa

y, además, uno mismo se ve más honrado que antes.

En la Ítaca por mares ceñida aun hay jóvenes príncipes

y aun ancianos aqueos, que son numerosos; cualquiera

395

de ellos puede ser rey, ya que Ulises divino está muerto;

ahora bien, yo he de ser absoluto señor de mi casa

[y los siervos que a mí me ganó con sus presas Ulises.]

Y, mirándolo, el hijo de Pólibo, Eurímaco, dijo:

—¡Ah, Telémaco! Ya en las rodillas está de los dioses

400

quién será un día el rey de la Ítaca por mares ceñida.

¡Que disfrutes tus bienes y aquí en tu palacio gobiernes!

Y jamás hombre alguno pretenda quitarte tu hacienda

contra tu voluntad y entretanto esté Ítaca habitada.

Mas deseo saber de tu huésped, ¡oh ilustre Telémaco!

405

¿Desde dónde llegó? ¿De qué tierra, como hijo, gloriábase?

¿Tiene aquí o tiene allí su familia y los bienes paternos?

¿O te trajo noticias diciendo que vuelve tu padre?

¿O ha venido tan solo por cosas de sus intereses?

Tan veloz se marchó que imposible nos fue conocerlo.

410

Pero pienso que no era en su aspecto cualquier desdichado.

Y, mirándolo plácidamente, repuso Telémaco:

—La esperanza perdí de que vuelva mi padre, ¡oh Eurímaco!,

y aunque vengan de donde vinieren, no creo en noticias

ni me curo de las predicciones de los adivinos

415

a los cuales mi madre a palacio ha llamado y consulta.

Ese huésped lo fue de mi padre, y de Tafos venía,

se preciaba de ser Mentes, hijo de Anquíalo el sabio,

y es el rey de los tafios, el rey de los buenos remeros.

Así dijo, mas él ya sabía que la diosa era.

420

Luego los pretendientes la danza y los cantos alegres

reanudaron gozosos en tanto venía la noche;

y las sombras nocturnas llegaron y aún divertíanse.

Mas entonces se fue cada uno a dormir a su casa.

Y Telémaco entonces subió al aposento que había

425

construido para él en el bello cavedio, en un sitio

deleitoso, y al lecho se fue, meditando mil cosas.

Y con teas ardientes,21 tras él, la hija de Ops Pisenórida,

Euriclea,22 la de pensamientos castísimos, iba.

Tiempo atrás, la compró con sus bienes Laertes, pagando

430

veinte bueyes por ella, aun apenas llegada a edad púber,

y la honró en el palacio lo mismo que a esposa castísima,

y jamás la tocó para que su mujer no se airase.

Ella daba a Telémaco luz con las teas, pues era

muy amado por ella, y lo había criado de niño.

435

Y, en llegando, la puerta él abrió de la sólida alcoba,

se sentó sobre el lecho y quitose la túnica lábil

y la puso en las manos de la prudentísima anciana;

ella, habiendo compuesto sus pliegues, de un gancho que había

junto al lecho labrado, colgola, y salió prestamente

440

de la alcoba y, tirando del aro de plata, la puerta

entornó, y echó luego el cerrojo con una correa.

Y Telémaco, bajo un vellón, pasó toda la noche

meditando el viaje que le aconsejaba Atenea.

CANTO II

[Ágora23 de los itacenses]

Al mostrarse en el día la Aurora de dedos de rosa,

de su lecho saltó el amadísimo hijo de Ulises;

se vistió y luego al hombro se echó la agudísima espada,

a sus nítidos pies ató al punto sus bellas sandalias

y, lo mismo que un dios por su aspecto, salió de la alcoba.

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Enseguida ordenó a los heraldos de voces sonoras

que llamaran a los melenudos aqueos24 al ágora;

y el pregón se hizo así, y empezaron muy pronto a reunirse.

Una vez acudieron, y ya congregados, Telémaco

se fue al ágora entonces, la lanza broncínea en la mano

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y seguido por dos fuertes canes de patas ligeras.

Con tal gracia divina lo había investido Atenea

que mirábalo, al verle llegar, todo el pueblo. Y le hicieron

los ancianos lugar y sentose en la silla paterna.

El primero en tomar la palabra fue Egiptios, el héroe

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a quien ya la vejez encorvaba; era un hombre muy sabio.

Ántifos, un amado hijo suyo, lancero, se había

ido a Ilión, la de hermosos corceles, en cóncavas naves,

mas el Cíclope cruel lo mató en la caverna profunda

y después preparose con él un festín postrimero.25

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Aún tres más el anciano tenía, uno de ellos, Eurínomo,

entre los pretendientes, y dos que cuidaban sus tierras;

mas no había olvidado y lloraba afligido al ausente.

Y por esto, al hablar, comenzó este discurso llorando:

—Itacenses, oídme; diré unas palabras tan solo.

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Nunca el ágora fue convocada ni en ella reunímonos

desde que Ulises hubo embarcado en las cóncavas naves.

¿Quién es, pues, el que hoy nos convoca? ¿Es muchacho o anciano

ese a quien de tal modo le apremia una urgencia imperiosa?

¿Recibió la noticia de que nuestro ejército vuelve

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y nos quiere decir que él ha sido el primero en saberlo?

¿O desea tal vez exponer intereses del pueblo?

Me parece que debe ser hombre importante y honrado.

Zeus le dé cumplimiento feliz al deseo que traiga.

Dijo así, y sus palabras gustaron al hijo de Ulises

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que sentado no estuvo más tiempo; quería ya hablarles.

Levantose en el ágora; el cetro en la mano le puso

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