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QUéDENSE EN LA TRINCHERA Y LUEGO CORRAN

John Boyne  

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Fragmento

1
Despídeme con una sonrisa

Todas las noches, antes de dormirse, Alfie Summerfield intentaba rememorar cómo había sido su vida antes de que empezara la guerra. Pero cada día se le hacía más difícil recordarlo todo con claridad.

Los enfrentamientos habían comenzado el 28 de julio de 1914. Puede que otras personas no recordaran la fecha con tanta facilidad, pero Alfie jamás la olvidaría, porque era su fecha de nacimiento. Había cumplido cinco años ese día, y sus padres le habían organizado una fiesta para celebrarlo, pero solo habían acudido unas pocas personas: la abuela Summerfield, que se sentó a llorar en un rincón con el pañuelo en la mano y empezó a decir: «Estamos acabados, estamos todos acabados», una y otra vez, hasta que la madre de Alfie le dijo que si no se calmaba iba a tener que irse; el Viejo Bill Hemperton, el vecino australiano de la casa de al lado, que tenía unos cien años y hacía un numerito con la dentadura postiza que consistía en sacársela de la boca y volver a metérsela sin utilizar nada aparte de la lengua; la mejor amiga de Alfie, Kalena Janácek, que vivía a tres casas de la suya, en el número seis, y su padre, que era el dueño de la tienda de golosinas de la esquina y llevaba los zapatos más relucientes de toda Londres. Alfie había invitado a casi todos sus amigos de Damley Road, pero esa mañana, una a una, sus madres habían llamado a la puerta de los Summerfield para decir que sus hijos no podrían ir.

—Hoy no es un día para una fiesta, ¿no crees? —arguyó la señora Smythe del número nueve, la madre de Henry Smythe, que se sentaba delante de Alfie en clase y emitía al menos diez ruidos desagradables todos los días—. Es mejor que la suspendas, querida.

—No pienso suspender nada —dijo la madre de Alfie, Margie, exasperada después de recibir la visita de la quinta madre—. En todo caso, tendríamos que hacer todo lo posible por pasarlo bien. ¿Y qué voy a hacer con tanta comida si no viene nadie?

Alfie la siguió a la cocina y miró la mesa, donde había sándwiches de embutido, callos, huevos encurtidos y anguila cocida, todo dispuesto ordenadamente en fila y cubierto con paños para que no se resecara.

—Me la puedo comer yo —sugirió Alfie, a quien siempre le gustaba ayudar.

—¡Ja! —dijo Margie—. Seguro que sí. Eres un pozo sin fondo, Alfie Summerfield. No sé dónde lo metes. De veras.

Cuando el padre de Alfie, Georgie, llegó a casa del trabajo a la hora de comer, tenía cara de preocupación. No salió al patio trasero para lavarse como hacía siempre, aunque olía un poco a leche y un poco a caballo, sino que se quedó de pie en el salón, leyendo un periódico antes de doblarlo por la mitad, esconderlo debajo de uno de los cojines del sofá y entrar en la cocina.

—Hola, Margie —dijo, y besó a su mujer en la mejilla.

—Hola, Georgie.

—Hola, Alfie —añadió, y le alborotó el cabello.

—Hola, papá.

—Feliz cumpleaños, hijo. Por cierto, ¿cuántos años tienes? ¿Veintisiete?

—¡Tengo cinco! —exclamó Alfie, que no se imaginaba cómo sería tener veintisiete años pero se sentía muy mayor ahora que por fin tenía cinco.

—Ah, cinco —respondió Georgie, y se rascó el mentón—. Pues parece que lleves mucho más tiempo danzando por aquí.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! —gritó Margie, y los echó al salón moviendo las manos.

La madre de Alfie siempre decía que no había nada peor que tener a dos hombres pega

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