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REDENTORES

Enrique Krauze  

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Fragmento

Prefacio

Redentores es una historia de las ideas políticas en América Latina desde el fin del siglo XIX hasta nuestros días. Me inspiré en los libros de Isaiah Berlin sobre los pensadores rusos, y en Hacia la estación de Finlandia, obra en la que Edmund Wilson mezcló el análisis ideológico y la biografía. Mis protagonistas son las ideas, pero mi aproximación a ellas no es abstracta: las veo encarnadas en la vida de seres humanos concretos que –como los apasionados rusos de Berlin– las vivieron con intensidad religiosa y seriedad teológica. Mi elenco de personajes no es, por supuesto, exhaustivo, pero aspira a ser representativo de los temas políticos centrales en América Latina. No incluí a grandes políticos en su torre de control o a grandes hombres de letras en su torre de marfil. Entre los 11 hombres y una mujer que elegí hay obvias diferencias, pero esa variedad es en sí misma significativa de la diversidad de orígenes y experiencias en que han arraigado las principales ideas. Todas esas figuras vivieron apasionadamente el poder, la historia y la revolución, pero también el amor, la amistad y la familia. Vidas reales, no ideas andantes.

La alusión religiosa del título no es sólo metafórica, también es real. En América Latina el trasfondo religioso de la cultura católica ha permeado siempre la realidad política con sus categorías mentales y sus paradigmas morales. Hay una laica catolicidad en los profetas del primer apartado. Los cuatro Josés (el cubano Martí, el uruguayo Rodó, el mexicano Vasconcelos y el peruano Mariátegui) perfilan la vocación revolucionaria del continente con un celo apostólico y un espíritu de sacrificio propio de una cultura fundada en el siglo XVI por frailes misioneros. Esa vocación es una antorcha que pasa de mano en mano: va de la perplejidad del republicano Martí (que había querido disuadir a Estados Unidos de su propósito imperial en los países de «Nuestra América») al nacionalismo hispanoamericano de Rodó (cuya obra Ariel, producto del trauma del año 1898, marca un quiebre múltiple en la historia intelectual y política de estos países), al caudillismo cultural de Vasconcelos (cruzada que irradió a América Latina desde México), a la original vanguardia marxista e indigenista de Mariátegui. Junto a la raigambre religiosa, todos los profetas creen en la comunión del autor y el lector a través de la palabra impresa. No son profesores: son escritores y editores de revistas y libros.

«Mi generación –señaló Paz– fue la primera que, en México, vivió como propia la historia del mundo, especialmente la del movimiento comunista internacional.» De joven quiso ser «redentor, héroe, suicida» y, como Mariátegui, creyó que el orden liberal y democrático, perdido irremisiblemente en la Gran Guerra, podía restablecerse sobre bases superiores, fraternales e igualitarias, en la Revolución socialista. Pero su abrazo al marxismo en 1930 (año de la muerte de Mariátegui) era el capítulo intermedio en la biografía colectiva de tres personas con el apellido Paz: el abuelo liberal Ireneo Paz, el padre «zapatista» Octavio Paz Solórzano y el propio Octavio Paz, poeta revolucionario. En los treinta, el repudio al fascismo y la admirable solidaridad con la República española en la Guerra de España ahondaron las simpatías de izquierda en un amplio sector de la intelligentsia latinoamericana, pero tuvo el efecto de descartar como «burguesa», «formal» y anacrónica la alternativa democrática y liberal, que quedó pendiente. En las últimas décadas de su vida (en las que tuve el privilegio de trabajar junto a él), Paz redescubriría esa tradición y lucharía como un cruzado para defenderla. Su vida personal y familiar es representativa de dos siglos mexicanos y, en cierta medida, latinoamericanos: va del liberalismo democrático decimonónico a la Revolución mexicana, de la Revolución mexicana a la Revolución soviética, de la soviética a la cubana, de la cubana a la mexicana, de la mexicana al liberalismo democrático original. Y aunque Paz mantuvo siempre posiciones anticlericales, el catolicismo es también una clave secreta para comprender su trayectoria.

La sombra de Plutarco y sus Vidas paralelas preside el siguiente apartado. En las vidas de todos los personajes resuenan ideas de los cuatro primeros profetas y temas de Octavio Paz. La primera pareja icónica corresponde a la vida, milagros (y horrores) de dos santos laicos que sobreviven a esta fecha en la memoria pública: la exaltada ex actriz Evita Perón y el furibundo guerrillero Ernesto Che Guevara. El segundo dueto lo integran nuestros dos mayores novelistas: el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa. En la vida y la obra de ambos late un tema antiguo en América Latina: el poder, sobre todo el poder encarnado en la persona del caudillo. Frente a este tema general, la actitud de ambos escritores no ha podido ser más distinta: en uno hay fascinación, en otro repulsa. La raíz, en ambos casos, podría hallarse en sus vidas tempranas, pero las consecuencias políticas y morales de esas actitudes no son banales: ante el público lector, legitiman o critican ese poder. El dueto final recrea las bodas de la Teología de la Liberación con el marxismo indigenista, representados en las vidas convergentes de dos «redentores» mexicanos: el obispo de Chiapas Samuel Ruiz y «Marcos», el guerrillero enmascarado.

Finalmente, aparece una extraña figura contemporánea en la que todo el redentorismo pasado encarna en una caricatura, un mélange posmoderno. Es un personaje extraído de la interpretación latinoamericana de Thomas Carlyle, el autor escocés precursor del fascismo, muy leído y aplicado por los hombres del poder (y sus intelectuales de cabecera) en la América Latina de principios del siglo XX. Es el presidente Hugo Chávez, que busca reducir la historia de su país a su biografía personal. Chávez no es un hombre de ideas, pero tampoco es un hombre sin ideas. No es, aunque lo parece, un caudillo vulgar; es un líder mediático, un predicador, un redentor por Twitter, un caudillo posmoderno.

¿Redención o democracia? Éste ha sido, hasta hace poco, el dilema central de América Latina. La mayor parte de nuestras naciones ha optado por la democracia, y por el retorno a los valores liberales y republicanos que les dieron origen. Pero para que la democracia se fortalezca y perdure, y para que a través de ella (con sus leyes, instrumentos e instituciones) nuestros pueblos puedan enfrentar los males del nuevo siglo, los gobiernos deben desplegar una efectiva vocación social. De no hacerlo, la región volverá a buscar la redención, con todo el sufrimiento que conlleva.

... la Revolución ha sido la gran

Diosa, la Amada eterna y la gran

Puta de poetas y novelistas.

Octavio Paz,

«La letra y el cetro»,

septiembre de 1972.

PRIMERA PARTE

Cuatro profetas

José Martí

MARTIRIO E INDEPENDENCIA

La historia moderna de las ideas revolucionarias en América Latina comienza con la vida, obra y martirio de un New Yorker adoptivo llamado José Martí. Nacido en 1853 en Cuba (junto con Puerto Rico y Filipinas, último bastión del Imperio español), de padres españoles (él, sargento valenciano; ella, de las Islas Canarias), Martí padeció una infancia de penurias y vivió en el exilio desde su juventud. «He sabido sufrir», escribió a los 16 años a su inspirador maestro Rafael María de Mendive, desde la prisión de La Criolla, donde los trabajos en las canteras le causarían una permanente lesión inguinal. Su defensa de la Independencia cubana, causa indirecta de su encarcelamiento, había empezado meses atrás con la escritura de Abdala (1869), drama en un acto, adolescente en su estilo pero premonitorio en su contenido. En Abdala, un guerrero nubio se enfrenta al imperio egipcio para redimir a su pueblo:

¡Soy nubio! El pueblo entero

Por defender su libertad me aguarda:

Un pueblo extraño nuestras tierras huella:

Con vil esclavitud nos amenaza;

Audaz nos muestra sus potentes picas,

Y nos manda el honor y Dios nos manda

Por la patria morir, ¡antes que verla

Del bárbaro opresor cobarde esclava!

Abdala discute con Espirta, su madre, acerca del amor más profundo:

Espirta: –¿Y es más grande ese amor que el que despierta en tu pecho tu madre?

Abdala: –¿Acaso crees que hay algo más sublime que la patria?

Las palabras de Abdala resonarían a lo largo de la vida de Martí y formarían parte esencial de su mito sacrificial, pero ese mito ocultaría también la cara vital y luminosa de su vida: una prosa siempre atrevida, original y alerta, una energía y curiosidad sin límites, y un corazón rebosante de generosidad, alegría creativa y amor, sobre todo de amor.

Deportado a Madrid, se matricula en estudios de derecho, publica El presidio político en Cuba (confirmando que la libertad de expresión es distinta en el centro que en las colonias), compone un poema sobre el asesinato en Cuba de varios estudiantes de medicina acusados falsamente de subversión («A mis hermanos muertos el 27 de noviembre») y en 1873, al proclamarse en España la primera República, escribe «La República Española ante la revolución cubana» (referido a la fallida revolución de 1868), donde por primera vez aplica su idea de la república y su concepto de libertad a la crítica de la dominación imperial:

Y si Cuba proclama su independencia por el mismo derecho que se proclama la República, ¿cómo ha de negar la República a Cuba su derecho de ser libre, que es el mismo que ella usó para serlo? ¿Cómo ha de negarse a sí misma la República? ¿Cómo ha de disponer de la suerte de un pueblo imponiéndole una vida en la que no entra su completa y libre y evidentísima voluntad?

Anticipación notable: esta idea de Martí es similar a las que en 1898, ante la guerra anexionista en Cuba y la ocupación de Filipinas, argumentarán los críticos estadounidenses del imperialismo: Carl Schurz, William James, Mark Twain: una república no puede ahogar a otra república sin contradecirse en su misma esencia. El republicanismo es la idea constante en la revolución martiana. Desde 1873 nunca dejará de ser un republicano clásico (la democracia es uno de los recursos de la República), un civilista (por contraposición al militarismo) y un enemigo jurado de la tiranía y el caudillismo personalista.

Su concepto de «revolución» es denominación heredada de la independencia norteamericana y de las posteriores guerras de independencia en la América española. Años más tarde, Martí se ocuparía ampliamente de los mártires de Chicago y lamentaría discretamente la muerte de Marx. Pero en ningún caso utiliza o avala acepciones posteriores (sociales, anarquistas, socialistas o marxistas) de la revolución. De hecho, evita usar la palabra y advierte en contra de la violencia. En el homenaje póstumo a Marx, en 1883 en Nueva York, escribe:

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante.

Antes de establecerse definitivamente en Nueva York (1882), Martí fue un cubano errante por las tierras de la «América grande». Pequeño de estatura, delgado, apasionado e hiperactivo, quiso arraigar en México (donde vivió de 1873 a 1876) y posteriormente en Guatemala. En ambos países colaboró en revistas, impartió conferencias, defendió los principios liberales, cosechó admiración y fama, dejó amigos perdurables, mujeres esquivas o enamoradas (alguna al extremo del suicidio). Y de ambos salió por disentir con el caudillo o dictador en turno o por el rechazo de las glorias municipales, incómodas ante la presencia de un hombre talentosísimo pero sin patria, que se proclamaba ciudadano de una patria mayor, la patria americana. Pensó ir a Honduras y a Perú. «Es muy duro, vagar así, de tierra en tierra, con tanta angustia en el alma», pero en esa misma alma «hervía» una certeza: «Llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza y me parece que de un soplo mío dependerá un día su libertad».

Ya casado en México con la aristocrática cubana Carmen Zayas-Bazán, tras el fin de la primera (y frustrada) guerra de Independencia, Martí intentó establecerse (con la mayor reticencia) en Cuba. Allí nace su hijo José Francisco, en noviembre de 1878. Pero el llamado moral lo arrastra de inmediato a actividades conspiratorias que se tradujeron en una nueva y brevísima deportación a España.

En 1880 llega a Nueva York, donde comienza a recaudar fondos para la segunda guerra, la llamada «Guerra Chiquita», también frustrada. El general Calixto García, con 26 expedicionarios, parte a Cuba. Martí permanece en Nueva York como presidente interino del Comité Revolucionario Cubano.

La familia que lo aloja en 51 East 29th Street se compone de Manuel Mantilla, un exilado cubano muy enfermo, que morirá pocos años después, su mujer, la venezolana María Miyares, y dos hijos: Carmen y Manuel. Al llegar la esposa y el hijo, Martí renta una casa en Brooklyn. Pero Carmen nunca se aviene ni comprende la pasión política de Martí (a quien el suegro llamaba «loco») y en octubre de ese año emprende la vuelta a Cuba. Un mes más tarde, María Miyares de Mantilla da a luz a María. No es hija de Manuel, sino de José Martí, quien la apadrina. Martí intenta por última vez arraigarse en tierras de la América española. Viaja a Venezuela, la patria de María, donde emprende una publicación efímera (la Revista Venezolana) y proclama: «De América hijo soy... Deme Venezuela en qué servirla; ella tiene en mí un hijo.» Pero el endiosado presidente Antonio Guzmán Blanco –quejoso de un discurso suyo en el que no lo menciona– ordena su expulsión. Martí regresa definitivamente a Nueva York. Su madre le pide y su esposa le exige que vuelva a Cuba. A Carmen escribe, con sutileza y claridad:

Me dices que vaya; ¡Si por morir al llegar, daría alegre la vida! No tengo pues que violentarme para ir; sino para no ir: Si lo entiendes está bien. Si no ¿qué he de hacer yo? Que no lo estimas, ya lo sé. Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva.

Se trata de una desavenencia conyugal insoluble: Carmen no entiende la misión de su marido ni la apoyará jamás.

Los contornos del drama están planteados: exiliado de su país para servir a la revolución libertaria, extraño para su mujer y huérfano del hijo que adora, consolado por el secreto amor de una mujer casada y los paseos con su «ahijada», Martí vivirá sólo 13 años más. Carmen y el pequeño Pepe se irán a Cuba por largos periodos y por momentos volverán para acompañarlo, hasta que en agosto de 1891 sobreviene la ruptura final. A lo largo de esa década, Martí mitigará su desgarramiento personal con la pasión de trabajar como activísimo estratega, ideólogo, orador, profeta y, a final de cuentas, caudillo moral de la independencia de Cuba. Escribirá breves pero preciosos libros de poesía; se empeñará en ser traductor de novelas y editor de libros y revistas; y se dejará llevar por la ambición voraz de conocer y dar a conocer los prodigios del extraño país y la ciudad de vértigo que lo acogían.

Nueva York era ahora su precario hogar fuera de Cuba. Enfrentado a un ambiente extraño y rudo, y «luchando por domar el hermoso y rebelde inglés», Martí inaugura en español el género de la carta-crónica en varios periódicos del continente. A Bartolomé Mitre, director de La Nación, el gran diario argentino, le detalla su proyecto. No preten

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