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REVELACIÓN BRUTAL, UNA

Louise Penny  

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Fragmento

UNO

—¿Todos? ¿Los niños también? —Los restallidos del fuego que crepitaba en el hogar acallaron su exclamación entrecortada—. ¿Masacrados?

—Peor.

Entonces se hizo el silencio. Y en aquella pausa cobraron vida todas las cosas que podían ser peores que una masacre.

—¿Y están cerca?

Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginar que algún ser horrendo reptaba por el bosque. Que se acercaba a ellos. Miró alrededor, casi convencido de que descubriría unos ojos rojos al acecho tras las oscuras ventanas. O por los rincones, o debajo de la cama.

—Por todas partes. ¿No has visto la luz que brilla en el cielo por la noche?

—Creía que era la aurora boreal.

Los tonos fluctuantes de rosa, verde y blanco que flotaban ante las estrellas parecían un ser vivo, creciente, lleno de resplandor. Y cada vez más cercano.

Olivier Brulé bajó la vista, incapaz de seguir sosteniendo la mirada, lunática y atormentada, del hombre que tenía enfrente. Llevaba mucho tiempo oyendo aquella historia y diciéndose que no era real. Era sólo un mito, una leyenda que se contaba y se repetía e iba adornándose cada vez más. Junto al fuego de un hogar como aquél.

Sólo era un cuento. No hacía daño a nadie.

Sin embargo, en aquella cabaña de troncos escondida en lo más agreste de Quebec, parecía algo más. Hasta Olivier empezaba a creérsela. Quizá porque era evidente que el ermitaño lo hacía.

El viejo estaba sentado en su butaca a un lado del hogar de piedra, y Olivier al otro. Este último contempló aquel fuego que llevaba más de un decenio encendido. Una vieja llama a la que no se permitía morir, que susurraba y crepitaba en la chimenea y alumbraba con su luz tenue la cabaña de troncos. Removió un poco las ascuas con el sencillo atizador de hierro y las chispas ascendieron por la chimenea. En la oscuridad, al reflejar la llama, los objetos brillantes titilaban como la luz de las velas.

—Ya falta poco.

Los ojos del ermitaño destellaban como un metal a punto de alcanzar su punto de fusión. Estaba inclinado hacia delante, como solía hacer cuando se relataba aquella historia.

Olivier examinó la habitación. Punteaban la oscuridad unas velas vacilantes que arrojaban sombras fantásticas, tenebrosas. La noche parecía haberse colado por las rendijas que quedaban entre los troncos para aposentarse en la cabaña, acurrucada en los rincones y escondida bajo la cama. Muchas tribus nativas creían que el mal vivía en las esquinas y por eso sus viviendas tradicionales eran redondas. A diferencia de aquellas casas cuadradas que les había dado el gobierno.

Olivier no creía que el mal viviese en las esquinas. Claro que no. Al menos, no a plena luz del día. En cambio, sí creía que en los rincones oscuros de la cabaña se agazapaban cosas que sólo conocía el ermitaño. Cosas que aceleraban los latidos del corazón de Olivier.

—Sigue —dijo intentando que su voz sonara firme.

Era tarde y Olivier todavía tenía veinte minutos de camino por el bosque para volver a Three Pines. Hacía aquel mismo recorrido cada quince días y lo conocía muy bien, incluso a oscuras.

Sólo a oscuras. La relación entre ellos dos sólo existía después del anochecer.

Se estaban tomando un té negro. Olivier sabía que se trataba de la variedad Orange Pekoe, una exquisitez reservada para el huésped más apreciado del ermitaño. Su único huésped.

En cualquier caso, era la hora de los cuentos. Se acercaron más al fuego. Estaban a principios de septiembre y un hálito de aire frío se había extendido con la noche.

—¿Por dónde iba? Ah, sí. Ya me acuerdo.

Olivier apretó las manos con más fuerza todavía en torno a la taza humeante.

—La fuerza terrible lo ha destruido todo a su paso. El Viejo Mundo y el Nuevo. Todo arrasado. Excepto...

—¿Excepto qué?

—Un pueblecito diminuto sigue intacto. Está escondido en un valle, por eso el ejército macabro no lo ha visto aún. Pero lo verá. Y cuando eso ocurra, su gran líder se pondrá a la cabeza del ejército. Es enorme, más alto que cualquier árbol, y va vestido con una armadura hecha de piedras, conchas puntiagudas y huesos.

—El Caos...

La palabra susurrada desapareció en la oscuridad y buscó un rincón donde acurrucarse. Y esperó.

—El Caos. Y las Furias. Enfermedad, Hambruna, Desesperación. Como un enjambre. Buscando. Y no van a detenerse. Jamás. Hasta que lo encuentren.

—Lo que les robaron.

El ermitaño asintió con una expresión sombría, como si estuviera presenciando la matanza, la destrucción. Como si viese a hombres, mujeres y niños huir de aquella fuerza cruel y desalmada.

—Pero ¿qué era? ¿Qué podría ser tan importante para justificar la destrucción absoluta con tal de recuperarlo?

Olivier tuvo que esforzarse para no apartar los ojos de aquel rostro surcado por las arrugas y dirigirlos a la oscuridad. Al rincón, a aquel objeto metido en un humilde saquito de lona de cuya presencia ambos eran conscientes. Pero el ermitaño pareció leer sus pensamientos y Olivier vio que una sonrisa malévola se instalaba en la cara del viejo. Y luego desaparecía.

—No es el ejército quien quiere recuperarlo.

Ambos vieron entonces la cosa que se cernía tras el terrible ejército. Aquello a lo que hasta el Caos temía. Lo que llegaba precedido por la Desesperación, la Enfermedad, la Hambruna. Con un único objetivo: encontrar lo que se le había arrebatado a su amo.

—Es peor que una masacre.

Hablaban en voz baja, apenas entre susurros. Como conspiradores de una causa ya perdida.

—Cuando el ejército finalmente encuentre lo que anda buscando, se detendrá. Y se hará a un lado. Y entonces llegará lo peor que pueda imaginarse.

Se hizo de nuevo el silencio. Y en aquel silencio cobró vida lo peor que podía imaginarse.

Fuera, una manada de coyotes se puso a aullar. Tenían acorralado a algún animal.

No es más que un mito, se tranquilizó Olivier. Sólo un cuento. Miró de nuevo hacia las brasas para no ver el terror reflejado en el rostro del ermitaño. Luego consultó su reloj inclinando el cristal hacia el hogar hasta que la esfera brilló, anaranjada, y le mostró la hora. Las dos y media de la madrugada.

—Se acerca el Caos, hijo, y nadie puede detenerlo. Ha tardado mucho, pero ya está aquí.

El ermitaño asintió con los ojos empañados y llorosos, a saber si por el humo del hogar o por alguna otra razón. Olivier se echó hacia atrás, sorprendido al notar que le dolía todo el cuerpo pese a tener tan sólo treinta y ocho años, y se dio cuenta de que se había mantenido en tensión mientras escuchaba aquel relato espantoso.

—Lo siento mucho. Se ha hecho tarde y Gabri estará preocupado. Tengo que irme.

—¿Ya?

Olivier se levantó, accionó la bomba para echar agua fría en el fregadero de esmalte y enjuagó la taza en él. Luego se volvió hacia la sala.

—Volveré pronto. —Sonrió.

—Voy a darte una cosa... —dijo el ermitaño mirando a su alrededor.

La mirada de Olivier se dirigió hacia el rincón donde se encontraba el saquito de lona. Sin abrir. Cerrado con un trozo de cordel.

El ermitaño soltó una risita.

—Quizá algún día, Olivier. Pero hoy no.

Se acercó a la repisa de la chimenea, tallada a mano, cogió un objeto muy pequeño y se lo tendió al hombre rubio y atractivo.

—Por las provisiones.

Señaló las latas, el queso, la leche, el té, el café y el pan que había encima del mostrador.

—No, no, ni hablar. Faltaría más —dijo Olivier, aunque ambos sabían que era una farsa y que al final aceptaría el pequeño obsequio—. Merci —añadió Olivier, ya en la puerta.

En el bosque se oía el ruido frenético de los pasos de alguna criatura condenada que salía corriendo para huir de su destino y de los coyotes que la perseguían para cumplirlo.

—Ten mucho cuidado —advirtió el anciano, al tiempo que echaba un vistazo al cielo nocturno. Luego, antes de encajar la puerta, susurró una única palabra que fue devorada al instante por el bosque. Olivier se preguntó si después de cerrar, apoyado en la cara interior de la puerta —que era gruesa, aunque tal vez no lo suficiente—, el ermitaño se santiguaría y murmuraría alguna oración.

Y se preguntó si el anciano se creería de verdad la historia del antiguo y macabro ejército encabezado por el Caos, que se agazapaba tras las Furias. Inexorable, imparable. Cercano.

Y tras él, algo más. Algo innombrable.

Y se preguntó si el ermitaño creería en la oración.

Olivier encendió la linterna y escudriñó la oscuridad. Los troncos grises de los árboles se apiñaban en torno a él. Dirigió el haz de luz aquí y allá, en busca del estrecho camino en el frondoso bosque de finales del verano. En cuanto lo encontró, se apresuró a seguirlo. Cuanto más aceleraba el paso, más lo atenazaba el miedo; y cuanto más temor sentía, más deprisa corría, hasta que terminó por avanzar a trompicones, perseguido por oscuras palabras en los bosques oscuros.

Por fin salió de entre los árboles y se detuvo, tambaleante; apoyó las manos en las rodillas flexionadas para recuperar el aliento. Luego, al incorporarse poco a poco, miró hacia abajo, al pueblo que se levantaba en el valle.

Three Pines dormía, como siempre. En paz consigo y con el mundo. Sin saber lo que ocurría a su alrededor. O quizá lo supiera todo, pero en cualquier caso había elegido la paz. Una luz tenue brillaba en algunas ventanas. En las casas humildes y viejas, las cortinas estaban corridas. El dulce aroma de las primeras chimeneas encendidas del otoño subió flotando hasta él.

Y en el mismísimo centro del pequeño pueblecito de Quebec se alzaban tres grandes pinos, como vigías.

Olivier estaba a salvo. Y entonces se tocó el bolsillo.

El regalo. El diminuto pago. Se lo había dejado.

Maldiciendo, Olivier se volvió y miró hacia el bosque, que ya se había cerrado tras él. Y pensó de nuevo en la pequeña bolsa de lona en el rincón de la cabaña. El objeto que el ermitaño había hecho oscilar ante su rostro como una provocación, como una promesa. El objeto que ocultaba aquel hombre oculto.

Olivier estaba cansado, harto y furioso consigo mismo por haberse olvidado la baratija. Y furioso con el ermitaño por no haberle dado la otra cosa. La que creía haberse ganado ya.

Tras un instante de duda, dio media vuelta para sumergirse de nuevo en el bosque y notó que el miedo crecía otra vez en él y alimentaba su rabia. Y cuando echó a andar, y luego a correr, lo persiguió una voz que iba azuzándolo. Que lo empujaba a avanzar.

«Ha llegado el Caos, hijo.»

DOS

—Cógelo tú.

Gabri tiró de las mantas hacia arriba y se quedó quieto. Sin embargo, el teléfono seguía sonando y, a su lado, Olivier estaba totalmente ausente. Gabri vio que la llovizna golpeaba el cristal y notó que la húmeda mañana dominical iba instalándose en su dormitorio. Pero debajo del edredón se estaba cómodo y caliente, y no tenía ninguna intención de moverse.

Tocó a Olivier.

—Despierta.

Nada, sólo un ronquido.

—¡Fuego!

Nada todavía.

—¡Ethel Merman!

Nada. Por Dios, ¿estaría muerto?

Se inclinó hacia su compañero y se fijó en su bonito cabello, que ya clareaba, extendido sobre la cara y encima de la almohada. Con los ojos cerrados, pacífico. Gabri aspiró el aroma de Olivier, almizclado, ligeramente sudoroso. Pronto se ducharían y los dos olerían a jabón Ivory.

El teléfono volvió a sonar.

—Es tu madre —susurró Gabri al oído de Olivier.

—¿Qué?

—Coge el teléfono. Es tu madre.

Olivier se incorporó esforzándose por abrir los ojos, amodorrado, como si emergiera de un túnel muy largo.

—¿Mi madre? Pero si murió hace años...

—Si hay alguien capaz de volver de la tumba para joderte es ella.

—Quien me está jodiendo eres tú...

—Más quisieras. Pero contesta a la llamada.

Olivier estiró un brazo por encima de la montaña que representaba la figura de su compañero y cogió el teléfono.

—Oui, allô?

Gabri volvió a meterse en la cama calentita, y luego miró la hora en el reloj digital. Las seis cuarenta y tres. Domingo por la mañana. En el puente del Día del Trabajo.

¿A quién se le ocurría llamar a aquellas horas?

Se incorporó y miró a su compañero a la cara, examinándolo como haría un pasajero con el r

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