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TAXI

Carlos Zanón  

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Fragmento

Contenido

Portada

MARTES

In space...

1. The magnificent seven

2. Hitsville UK

3. Junco partner

4. Ivan meets G.I. Joe

5. The leader

6. Something about England

7. Rebel waltz

...No one...

8. Look here

9. The crooked beat

MIÉRCOLES

10. Somebody got murdered

11. One more time

12. One more dub

13. Lightning strikes (not once but twice)

14. Up in heaven (not only here)

...Can...

15. Midnight to Stevens

16. Corner soul

17. Let’s go crazy

JUEVES

18. If music could talk

19. The sound of sinners

...Hear...

20. Police on my back

21. Midnight log

22. The equaliser

23. The call up

24. Washington bullets

VIERNES

25. Broadway

...You...

26. Lose this skin

27. Charlie don’t surf

28. Mensforth Hill

29. Junkie slip

SÁBADO

30. Kingston advice

31. The street parade

...Clash!

32. Version city

DOMINGO

33. Living in fame

34. Silicone on sapphire

35. Version pardner

36. Career opportunities

37. Shepherds delight

LUNES

38. EPIC E3X 37037

39. FSLN I

40. Every little bit hurts

41. Stop the world

Créditos

Pues busco equivocarme cada vez que deseo,

si logro así saber lo que quiero tener.

JOHN DONNE

MARTES

¿Cómo podemos vivir sin lo desconocido delante de nosotros?

RENÉ CHAR

In space...

Le llaman Sandino, pero ése no es su nombre. Es un mote. Fue una broma y hoy es quizá una capa de mago. Sandino es el recuerdo de una lealtad. De una banda, de un disco triple, de tener diecisiete años. Sandino es una torpeza porque él ya sabía que el tiempo no iba a demostrar que ese disco era mejor que su predecesor.

A medida que uno envejece necesita más su verdadero nombre, el que le dicen después de amarle o maldecirle, el que uno heredó porque sus padres lo eligieron para él y sólo para él.

A veces has de recordar que te llamas Jose y no Sandino.

Jose y no José.

Jose. Jose. Jose.

Sandino.

A Sandino no le gusta conducir, pero es taxista.

El taxista triste, el taxista mujeriego, el taxista bueno.

Desde la terraza elevada de la Casa Usher, la vieja torre de sus padres, quince metros encaramados sobre el pasaje Arco Iris, en lo alto del Guinardó, Barcelona es una ciudad perfectamente posible sin Gaudí ni Plan Cerdà. Enfrente quedan las tres chimeneas de Sant Adrià, a un lado Santa Coloma, el Heron City, un edificio con una pintada pidiendo PAU para todas las guerras, y al otro lado Barcelona acaba en la torre Agbar, tapado el resto de la ciudad por la montaña sobre la que queda la iglesia de los Monjes Camilos, quienes tanto te inyectaban una vacuna como te programaban a doble sesión Bruce Lee y Hermano sol, hermana luna. Y enfrente, el mar como horizonte. Sandino, más que recordarla, tiene esa línea tatuada por dentro de los párpados. Violeta, añil, azul, negro, rojo, pero siempre tenso el horizonte como un sudario que alguien estirara de uno y otro extremo sin nunca conseguir desgarrarlo.

El taxista melancólico, el niño triste, el taxista solitario.

Mirando desde esa terraza, de crío, la ciudad contenía todo lo que le iba a pasar en la vida. Allí, en esos edificios, vivían y dormían la mujer que le amaría, amigos y enemigos. En esas calles pasaría todo lo que aún no había sucedido. Su vida encerrada en una cápsula con todos los tiempos sucediéndose al unísono. Sandino veía sin poder tocar. Debería bajar a por ello. A por los regalos, los besos, a beberse el veneno y el licor.

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The magnificent seven

Los motivos que llevaron a Sandino a acabar realizando el mismo trabajo que habían hecho su padre y su hermano podrían resumirse en que nunca tuvo mucho talento para lo que le interesaba y nunca le interesó lo más mínimo aquello para lo que quizá tuviera talento. El mundo de Sandino estuvo siempre hecho de canciones, libros, películas y personas a las que, inconscientemente, integraba en un universo de ficción con papeles importantes o de reparto, argumentos pueriles, divertidos o extremos, pero que siempre acababan bien y sin cicatriz y que, es de suponer, eran su vida real.

La crisis lo arrojó a la intemperie en su anterior trabajo y su hermano le cedió de manera ilegal la licencia, para montar él una empresa de no se sabe muy bien qué en no se sabe muy bien dónde. El hermano de Sandino se llama Víctor y todo el mundo le llama Víctor. No hay mote para Víctor. En el instituto le llamaban maricón y Sandino le defendía a su manera: inventando para el agresor un mote denigrante y que se hacía popular de inmediato, aislándolo, o si era preciso, con los puños, en una de esas peleas con sabor a saliva, arena y pullover.

Pero maricón no es un mote. Sandino, sí. Pecas, ése también es un mote: Jose, Sandino, Pecas.

A Sandino no le gustan especialmente los automóviles, pero no puede dejar de sentir placer cuando, como ahora, circula de madrugada, apretando un poco demasiado el embrague, girando, frenando, acelerando como quien desliza un dedo por un imposible tobogán de miel caliente, consumiendo semáforos en verde, ámbar, rojo, qué más da a esas horas. La máquina híbrida de su Toyota, como un latido en el interior de una garganta eléctrica, es inmune a cualquier catarro y a cualquier avería.

Ese coche es un animal que hará cualquier cosa que le mandes, Sandino.

Ese automóvil moriría por ti, Sandino, si fuera preciso.

Condujo casi en blanco hasta la playa. No pensó en nada ni en nadie. Sólo escenas como puertas a habitaciones con otras puertas y en ninguna hubo nada digno de anclar su atención, pintar el blanco de otro color.

Cierra el taxista los ojos. Ha llegado pero, de momento, no sale del coche.

Lou enciende un cigarrillo, tose, presenta la canción. Con él está Cale al piano. Enero del 72. Luego aparecerá, como un fantasma, Nico. Todos son fantasmas en esa grabación. Es París. París está lleno de fantasmas. Europa, Berlín, Sarajevo, Verónica.

La ciudad es un lienzo en blanco y Alex Chilton está muerto.

Lou Reed cantaba como si se pudieran esculpir las palabras en el aire. Como chasquidos de látigo, miradas al suelo, a la punta de los pies y en medio, allí, preciso, el escupitajo. Lou Reed está muerto.

Nico, vestida de blanco, sobre un caballo, destilerías Dyc, también está muerta.

Esa canción y la otra y la otra, pero Sandino siente que ya no hay canciones esa madrugada porque Lola, su mujer, le va a dejar. Esta vez, sí, definitivamente, y debería estar triste o sentirse liberado y no con ese pánico a encontrarse solo en medio de la inmensidad de una vida que es un espectáculo supuestamente agradable que no consigue hacerle sentir nada en absoluto.

Aunque quizá está exagerando.

¿Es que no ha aprendido nada en todos estos años de atravesar como un espectro los cuerpos, las habitaciones, las vidas de tanta gente?

Nadie conoce el juego de nadie. Ni uno mismo puede adivinar su próxima apuesta, el próximo envite. De repente, llega la carta y descubres juego o pasas. No hay más. Y él, él, él es rápido, es tramposo, es ventajista desde ese lugar donde todo le da igual y por eso siempre puede amañar el juego, cambiar las normas, arreglar cualquier cosa.

«Duérmete», se decía hace unos minutos en su casa, tan lejos —kilómetros— de esta playa: «húndete a través del insomnio, ve a vuestra cama y hazle el amor», le decía el hombre de polvo de alfombra pegado a él, a eso de las tres de la madrugada, cuando andaba amodorrado en el sofá, cambiando canales de tiradoras de cartas, porno miserable, películas malas que no puedes de­jar de mirar hasta casi el final.

«Ni se te ocurra llorar ahora —se decía—, has malbaratado el llanto, muchacho. Lola no soporta que lo hagas. Finge que lo admite o valora, pero ambos sabemos que le gustan los hombres que no lloran, los hombres que deciden, los hombres que no miran atrás, los hombres como era su padre, el uruguayo, no los niños lloricas, no los hombres débiles, para nada aquellos que harán cualquier cosa por evitar que los abandonen. Y probablemente, aunque nunca lo admita, no le gustan los hombres a los que su hermano maricón les cede la licencia para poder trabajar de taxista aunque no quieran ser taxistas.»

Por lo tanto, los taxistas no lloran.

Las mujeres no mienten.

Los lunes son odiados y los viernes, flores carnívoras.

Los niños negros ríen felices con la cara llena de

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