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TRANQUILAS

María Folguera   Carmen G. de la Cueva  

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Fragmento

Prólogo

Aventura, castigo, placer, peligro

Todas esas muchachas encantadoras y muertas.

Sigo pensando en ellas muy a menudo.

JOANNA CONNORS

Este libro empezó a escribirse hace tiempo. Una de nosotras estaba en Montreal, en una habitación de hotel. Navegaba en su ordenador y leyó: «Hoy se cumplen diez años del asesinato de Nagore Laffage. La directora Helena Taberna libera el documental Nagore para promover el debate sobre la violencia de género». Una de nosotras, sentada en la moqueta, vio Nagore.

Una de nosotras pensó que merecía la pena contestar la pregunta que hizo el jurado en 2008: «¿Era Nagore ligona?». Recordaba cientos de historias parecidas que siempre había escuchado, desde los cuentos infantiles hasta el telediario. Imaginó un libro de aventuras: la princesa que se pinchó el dedo solo por curiosidad, la viajera que hizo autostop, la chica que salió de fiesta y se fue con un desconocido. ¿Qué sentimos cuando nos aventuramos? ¿Qué dolorosa memoria nos acompaña? Si algo sale mal, ¿cuáles son las herramientas que nos ayudan a dar nombre a lo sucedido? Necesitábamos un libro así.

Una de nosotras, sentada en la moqueta de la habitación de hotel, apagó el ordenador y salió a tomar un café. «Tengo que hablar con María Fernanda Ampuero y contarle la idea». María Fernanda, a quien una de nosotras apenas conocía, había publicado un artículo en 2016, «La escritora que murió por puta», en protesta por el asesinato de dos viajeras argentinas en Ecuador, María José Coni y Marina Menegazzo, definidas en los medios como «víctimas propiciatorias». Una de nosotras había chateado con María Fernanda y le había dicho: «Tengo algunas historias clavadas en mi memoria». Y ella contestó: «Podría ser un libro que escribamos muchas». En la cafetería frente al hotel recordaba aquel chat con María Fernanda y esperaba su turno para ser atendida cuando un hombre irrumpió en el local. La miraba fijamente. Quería que ella lo mirase. Le hablaba, más bien murmuraba. Ella permaneció con la cabeza gacha, estúpida Caperucita perpleja. Los empleados de la cafetería: «Bonjour, monsieur?». Fueron al rescate, como los hermanos de la heroína de Barbazul. ¿Heroína? ¿Víctima? El caso es que los mitos no se desprenden a la hora de cruzar la calle aquí o en Montreal, al abrir el ordenador o al imaginar un libro. Teníamos que abordar esta piel que nos recubre, esta caperuza social que nos echamos por encima cuando salimos. Convocar el proyecto. Invitar a catorce autoras a compartir sus andanzas por un mundo que, a menudo, considera que ser mujer es el mayor de los peligros.

Un avión y un tren más tarde, nos encontramos las dos en un bar de Sevilla. Sobre una servilleta de papel escribimos los nombres de algunas posibles invitadas. María Fernanda Ampuero. Silvia Nanclares, que nos recomendó el libro Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, imprescindible tratado sobre la narrativa colectiva del castigo a la transgresión del territorio social, y a su autora: Nerea Barjola. Jana Leo, porque habíamos leído Violación Nueva York y no lo olvidábamos. Marta Sanz, Aixa de la Cruz, Lucía Mbomío… ¿querrían participar?, ¿aceptarían la invitación? Así fue, afortunadas nosotras, y también Sabina Urraca, Carme Riera, Roberta Marrero, Edurne Portela, Gabriela Wiener, Sara Herranz. Admiradas mujeres, valientes caminadoras que son palabra y latido, por las carreteras y los campos, cuando se bañan desnudas en un río, cuando se quedan en casa y cuando se van de fiesta.

Para llegar aquí hemos andado en la noche, tras un sendero de migas de pan. En el bolsillo llevamos el capítulo «Imposible violar a una mujer tan viciosa» de Teoría King Kong, de Virginie Despentes. Llevamos también hechos aparentemente ajenos a nuestra vida cotidiana, que han trascendido hasta adquirir una categoría de imaginario popular, de memoria colectiva. Historias de mujeres reales que, por desgracia, de manera involuntaria, se convirtieron en letra impresa. Los relatos que nos las narran suelen tener muy en cuenta la trayectoria que pretendían seguir «aquel infausto día», y culminar con una moraleja acerca del «error» que supuestamente cometieron. Nosotras éramos apenas unas niñas cuando Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández fueron secuestradas y asesinadas en Alcàsser en 1992, pero, colectivamente, se había tomado la decisión de que todo el mundo, sin excepción, niñas de siete años incluidas, conociera hasta el último detalle del hallazgo de sus cadáveres. Y por supuesto, el autostop como equivocación irreversible. Por eso, en otro bolsillo, llevamos también Chicas muertas, de Selva Almada, donde la escritora lleva a cabo un proyecto de indagación y diálogo a través de una médium para contactar con tres mujeres jóvenes asesinadas en Argentina en los años ochenta. Sentimos una correspondencia con aquel libro: nosotras también necesitamos hablar con, hacia, de Sonia Carabantes, Rocío Wanninkhof, Piedad García…, con todas ellas. Quizá para reescribir lo que nos contaron acerca de cada una, para contestar a tantas imágenes, programas de televisión, tertulias de expertos, abordajes tan morbosos como aleccionadores.

En los últimos años, como parte de la revisión cultural que experimentamos de la mano de la perspectiva de género y el feminismo, ha cre

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