Loading...

UN BELLO MISTERIO (INSPECTOR ARMAND GAMACHE 8)

Louise Penny  

0


Fragmento

Contenido

Portada

Dedicatoria

Prólogo

UNO

DOS

TRES

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

OCHO

NUEVE

DIEZ

ONCE

DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

DIECINUEVE

VEINTE

VEINTIUNO

VEINTIDÓS

VEINTITRÉS

VEINTICUATRO

VEINTICINCO

VEINTISÉIS

VEINTISIETE

VEINTIOCHO

VEINTINUEVE

TREINTA

TREINTA Y UNO

TREINTA Y DOS

TREINTA Y TRES

TREINTA Y CUATRO

Agradecimientos

Créditos

Dedico esta novela a todos los que se arrodillan
y a los que se levantan

Prólogo

A inicios del siglo XIX, la Iglesia católica se dio cuenta de que tenía un problema. A decir verdad, tal vez fuese más de uno, pero el que le preocupaba en aquel momento estaba relacionado con el oficio divino: las ocho veces al día que se cantaba en el seno de la comunidad católica. El canto llano. El canto gregoriano. Canciones sencillas cantadas por monjes humildes.

Para ser exactos, la Iglesia católica había perdido el oficio divino.

La liturgia de las horas continuaba celebrándose. Lo que llamaban «canto gregoriano» todavía se daba en monasterios de aquí y de allá, pero incluso en Roma admitían que los cantos se habían alejado tanto de los originales que se los consideraba corruptos. Barbáricos. Al menos, en comparación con las canciones elegantes y hermosas de siglos anteriores.

No obstante, un hombre tenía la solución.

En 1833, un joven monje llamado dom Prosper reinstauró la vida monástica en la abadía francesa de San Pedro de Solesmes y se impuso la misión de devolver a la vida los cantos gregorianos originales.

Sin embargo, ese propósito generaba un problema nuevo. Tras una investigación exhaustiva, el abad dom Prosper descubrió que nadie sabía cómo sonaban los cantos originales. De los más antiguos no existía siquiera constancia escrita: se habían compuesto hacía tantos siglos —más de mil años— que precedían incluso a las primeras partituras. Los monjes los aprendían de memoria y, tras años de estudio, los transmitían de forma oral a otros monjes. Eran cantos sencillos, pero ésa era una cualidad muy potente. Los primeros eran magnéticos, animaban a la contemplación y reconfortaban.

El efecto en quienes los escuchaban y los cantaban era tan profundo que las piezas litúrgicas empezaron a conocerse como «el bello misterio», pues los monjes creían estar cantando la palabra de Dios con la voz tranquila, balsámica e hipnótica del Señor.

Dom Prosper sabía que en el siglo IX, mil años antes de que él naciese, otro hermano también había meditado sobre el misterio de los cantos. Según la tradición eclesiástica, aquel monje anónimo había recibido una inspiración: dejar constancia escrita de los cantos. Para preservarlos. Había muchos novicios que eran unos zoquetes e introducían multitud de errores cuando trataban de memorizar el canto llano y, si la música y las palabras eran de procedencia divina, algo que él creía de todo corazón, era necesario guardarlas a mejor recaudo que en las cabezas de esos hombres tan inclinados a equivocarse.

En la celda de piedra que tenía en su abadía, dom Prosper imaginaba al monje sentado en una estancia igual que la suya. Tal como él lo veía, el hermano se acercaba un pergamino, una vitela, antes de mojar en la tinta la punta afilada de la pluma. Entonces escribía las palabras, el texto de los cantos; y, como era natural, lo hacía en latín. Se trataba de los salmos. Una vez hecho eso, regresaba al inicio. A la primera palabra.

Sostenía la pluma justo encima.

Y ahora, ¿qué?

¿Cómo podía escribir la música? ¿Cómo se comunicaba algo tan sublime? Trataba de anotar instrucciones, pero le resultaba demasiado engorroso. Era imposible describir sólo con palabras la manera en que la música trascendía el estado humano y elevaba al hombre a lo divino.

El monje no sabía cómo proceder. Pasaban los días y las semanas, y él continuaba con su vida monacal: rezaba con sus compañeros, trabajaban juntos. Y rezaba. Cantaba en el oficio divino. Enseñaba a los jóvenes novicios, que se distraían con facilidad.

Entonces un día se percató de que éstos se fijaban en su mano derecha, con la que les guiaba la voz. Arriba, abajo. Más deprisa, más despacio. Bajito, bajito. Habían memorizado las palabras, pero la música dependía de los gestos que él hacía.

Esa noche, después de vísperas, iluminado a la preciada luz de las velas, nuestro monje anónimo contempló los salmos que había copiado con tanto esmero en la vitela. Mojó la pluma en la tinta y dibujó la primera nota musical.

Era una virgulilla sobre una palabra. Una tilde ondulada y corta. Después, otra. Y otra más. Dibujaba su mano. Estilizada. Guiaba a un monje invisible para que alzase la voz. Para que subiese el tono. Y aguantase. Y lo subiese de nuevo, lo mantuviera un instante, luego lo bajase y lo dejase caer en un descenso musical vertiginoso.

Mientras escribía, iba tarareando. Las marcas sencillas representaban una mano y revoloteaban por la página dando vida y alas a las palabras. Éstas se elevaban con alegría. Y él oía las voces de monjes que aún no habían nacido uniéndose a la suya. Cantando exactamente las mismas melodías y letras que lo liberaban y que impulsaban su corazón hacia el cielo.

En ese intento de plasmar el bello misterio, el monje había inventado la escritura musical. Sus acotaciones acabaron llamándose «neumas»; todavía no eran notas.

Con el paso de los siglos, el canto llano evolucionó hacia algo más complejo. Se añadieron instrumentos y armonías que condujeron a la aparición de acordes y de pentagramas y, por fin, de las notas musicales. Do, re, mi. El nacimiento de la música moderna. Los Beatles, Mozart, el rap. La música disco, La reina del Oeste, Lady Gaga. Todo eso brotó de la misma semilla ancestral: un monje que dibujó su mano. Un monje que tarareaba y guiaba para acercarse a lo divino.

El canto gregoriano fue el padre de la música occidental. Pero, con el tiempo, acabó muriendo a manos de sus hijos ingratos. Enterrado. Perdido y olvidado.

Hasta principios del siglo XIX, cuando dom Prosper, harto de presenciar la vulgaridad de la Iglesia y la pérdida de la sencillez y de la pureza, decidió que había llegado el momento de resucitar los cantos gregorianos originales. De encontrar la voz de Dios.

Sus monjes peinaron toda Europa. Buscaron en monasterios, bibliotecas y colecciones. Con un objetivo: hallar el antiguo manuscrito original.

Los monjes regresaron con muchos tesoros que se habían perdido en bibliotecas y colecciones lejanas, y, al final, dom Prosper decidió que el original era un libro de canto llano cuyas virgulillas de tinta ya estaban descoloridas. El primero y tal vez el único documento que registraba cómo debía sonar el canto gregoriano. Un pergamino de unos mil años de antigüedad.

En Roma no compartían su parecer. El papa había llevado a cabo su propia búsqueda y había dado con otro documento. Insistía en que la vitela hecha jirones que él había encontrado contenía indicaciones sobre cómo debía cantarse en el oficio divino.

Y así, tal como pasa a menudo cuando los hombres de Dios no se ponen de acuerdo, se declaró una guerra. El monasterio benedictino de Solesmes y el Vaticano se atacaron usando los cantos como arma. Y cada uno insistía en que los suyos eran más próximos a los originales y, por lo tanto, a Dios. Académicos, musicólogos, compositores famosos y monjes humildes dieron sus opiniones y escogieron bando en una batalla que iba encrudeciéndose y pronto se convirtió más en una cuestión de poder e influencias y menos en una sobre las voces sencillas que se alzaban por la gloria del Señor.

¿Quién había hallado el canto gregoriano original? ¿Cómo debía cantarse el oficio divino? ¿Quién estaba en po­sesión de la voz de Dios?

¿Quién tenía razón?

Finalmente, al cabo de varios años, los académicos alcanzaron un consenso sin levantar demasiada polvareda, pero la decisión se acalló si cabía con mayor discreción.

Ninguno de los dos bandos tenía razón. Aunque lo más probable era que los monjes de Solesmes estuviesen más cer­ca de la verdad que el Vaticano, al parecer no la habían alcanzado. Lo que ellos habían encontrado era un documento histórico de valor incalculable, pero era un documen­to incompleto.

Porque le faltaba algo.

Los cantos constaban de palabras y de neumas, indicaciones de cuándo los monjes debían elevar la voz y cuándo debían cantar más bajo. Qué notas eran más altas y cuáles más graves.

De lo que carecían era del punto de partida. Más agudo, pero ¿desde dónde? Más alto, pero ¿respecto a qué? Era como encontrar un mapa del tesoro en el que figuraba la equis que indicaba dónde acabar, pero no la que mostraba dónde empezar.

Al principio...

Los monjes benedictinos de Solesmes no tardaron en convertirse en el nuevo hogar de los antiguos cantos. El Vaticano acabó cediendo y, en cuestión de unas décadas, el oficio divino recuperó su vigencia. El canto gregoriano renovado se extendió por los monasterios de todo el mundo. Sus melodías sencillas ofrecían verdadero consuelo. Canto llano en un mundo cada vez más ruidoso.

Y así, el abad de Solesmes falleció tranquilo, sabiendo dos cosas: que había conseguido algo significativo, poderoso y de gran importancia. Había revivido una tradición simple y hermosa. Había devuelto los cantos corrompidos a su estado de pureza anterior y le había ganado la guerra a la Roma del mal gusto.

Pero había algo más, algo que sabía en el fondo de su corazón, y era que a pesar de haber vencido, no había logrado su objetivo. Lo que todo el mundo consideraba canto gregoriano genuino se acercaba al verdadero, sí. Era casi divino. Pero no del todo.

Porque no tenía punto de partida.

Dom Prosper, músico de gran talento, no podía creer que el monje que había codificado el canto llano no les hubiera dicho a las generaciones futuras dónde empezar. Podían imaginárselo. Y lo hacían, pero no era lo mismo que saberlo.

El abad había argumentado con auténtica pasión que el libro de cantos que sus monjes habían hallado era el original. Sin embargo, en su lecho de muerte, se atrevió a cuestionarlo. Imaginó al otro monje vestido igual que él en ese instante, encorvado a la luz de una vela.

Momentos antes, el monje habría terminado el primer canto, creado los primeros neumas. Y entonces, ¿qué? Mientras iba perdiendo y recuperando la consciencia, entre este mundo y el siguiente, dom Prosper sabía lo que ese monje había hecho. Era lo mismo que habría hecho él.

Con mayor claridad que a los hermanos que cantaban plegarias junto a su cama, dom Prosper vio al monje fallecido siglos atrás encorvado sobre la mesa. Lo vio regresar al inicio. A la primera palabra. Y añadir una marca.

Justo al final de su vida, dom Prosper supo que había un principio, pero la tarea de encontrarlo sería de otro. Otra persona resolvería el bello misterio.

UNO

La última nota del canto escapó de la iglesia abacial y se hizo un gran silencio que llevó consigo un desasosiego aún mayor.

El mutismo se prolongó. Sin fin.

Aquellos hombres estaban acostumbrados a no hablar, pero no hacerlo en aquella situación les resultaba extremo incluso a ellos.

Aun así, permanecieron inmóviles, de pie con la túnica negra y la esclavina blanca.

Expectantes.

Aquellos hombres también estaban acostumbrados a tener que esperar. Pero hacerlo en aquella situación también les parecía demasiado.

Los menos disciplinados lanzaron miradas furtivas al anciano alto y delgado que había sido el último de la larga fila en entrar y sería el primero en salir.

Dom Philippe mantuvo los ojos cerrados. Mientras que antes ése era un momento de paz profunda, un instante íntimo con su Dios particular después de vigilias y antes de dar la señal para que tocasen el ángelus, de pronto se había convertido en una excusa para la evasión.

Había cerrado los ojos porque no quería ver.

Además, sabía lo que tenía delante. Lo que siempre había allí. Lo que llevaba en aquel lugar cientos de años antes de su llegada y, Dios mediante, continuaría en el mismo sitio durante siglos después de que a él lo enterrasen en el cementerio. Dos hileras de hombres ataviados con túnica negra y capucha blanca, y una simple cuerda atada a la cintura.

A su derecha, dos hileras más.

Encaradas entre sí sobre el suelo de piedra del coro como un ejército de la antigüedad.

Recibe antes que nadie historias como ésta