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UN EXTRAñO EN CASA

Shari Lapena  

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Fragmento

Prólogo

No debería estar aquí.

Sale corriendo por la puerta trasera del restaurante abandonado y avanza a trompicones en la oscuridad —la mayoría de las farolas están quemadas o rotas— con la respiración entrecortada en ásperos jadeos. Corre como un animal aterrorizado hacia el lugar donde ha aparcado, apenas consciente de lo que hace. De algún modo logra abrir la puerta del coche. Se abrocha el cinturón sin pensar, da la vuelta con dos maniobras haciendo rechinar las ruedas y sale del aparcamiento, incorporándose a la calle con un giro temerario y sin frenar. Con el rabillo del ojo advierte algo en el centro comercial de enfrente que llama su atención, pero no tiene tiempo para asimilar lo que ve, porque ya está en una intersección. Se salta el semáforo en rojo, acelerando. No puede pensar.

Otro cruce; lo atraviesa como una bala. Va por encima del límite de velocidad, pero le da igual. Tiene que huir.

Otra intersección, otro semáforo en rojo. Hay coches cruzando. No para. Irrumpe en el cruce, esquivando un vehículo, sembrando el caos a su paso. Oye el rechinar de frenos y una bocina furiosa detrás de ella. Está a punto de perder el control del coche. Y entonces lo pierde: tiene un momento de claridad, de incredulidad, cuando pisa frenéticamente el freno y el automóvil derrapa, salta por encima del bordillo de la acera y se da de frente contra un poste.

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1

En esta cálida noche de agosto, Tom Krupp aparca su coche —un Lexus alquilado— en el camino de entrada de su bonita casa de dos pisos. La vivienda, que cuenta con un garaje para dos automóviles, se alza tras un generoso tramo de césped y está enmarcada por preciosos árboles centenarios. A la derecha de la entrada para vehículos, un sendero de baldosas cruza hacia el porche y varios escalones llevan hasta una sólida puerta de madera en el centro de la fachada. A la derecha de la puerta de entrada hay un enorme ventanal que abarca toda la sala de estar.

La casa está en una calle ligeramente en curva y sin salida. Todas las residencias a su alrededor son igual de bonitas y bien conservadas, y se parecen bastante. Los vecinos son gente de éxito y acomodada; todo el mundo es un poco engreído.

Este tranquilo y próspero barrio residencial al norte del estado de Nueva York, habitado principalmente por parejas de profesionales y sus familias, parece ajeno a los problemas de la pequeña ciudad que lo rodea, ajeno a los problemas del mundo, como si el sueño americano siguiera vivo allí, tranquilo e inalterado.

Sin embargo, este apacible escenario no encaja con el estado de ánimo de Tom. Apaga las luces del coche y se queda un momento sentado a oscuras, odiándose.

De repente, se asusta al ver que el coche de su mujer no está en su lugar habitual en el camino de entrada. Automáticamente, mira su reloj: las nueve y veinte. Se pregunta si habrá olvidado algo. «¿Iba a salir?». No recuerda que mencionara nada, pero últimamente ha estado muy ocupado. «Tal vez ha ido simplemente a hacer algún recado y volverá en cualquier momento». Se ha dejado las luces encendidas; dan a la casa un resplandor de bienvenida.

Sale del coche a la noche de verano —huele a hierba recién cortada— tragándose su decepción. Tenía una necesidad bastante febril de ver a su mujer. Se queda parado un momento, con la mano apoyada en el techo del coche, y mira hacia el otro lado de la calle. Entonces coge su maletín y la chaqueta del traje del asiento del copiloto y cierra la puerta con un movimiento cansino. Avanza por el sendero, sube los escalones y abre la puerta. Algo no va bien. Contiene la respiración.

Tom se queda totalmente inmóvil en el umbral, con la mano apoyada en el pomo. Al principio no sabe qué es lo que le inquieta. Entonces cae en la cuenta. La puerta no está cerrada con llave. Esto en sí mismo no es raro; la mayoría de las noches llega a casa y abre directamente, porque casi siempre Karen está en casa, esperándole. Pero hoy ella se ha ido con su coche y ha olvidado cerrar con llave. Es muy extraño en su mujer, siempre tan maniática con cerrar las puertas. Suelta lentamente el aire de sus pulmones. «Puede que tuviera prisa y se le haya olvidado».

Sus ojos revisan rápidamente el salón, un sereno rectángulo de colores gris claro y blanco. Está completamente en calma; es evidente que no hay nadie en casa. Se ha dejado las luces encendidas, así que no tardará mucho. «Puede que haya salido a comprar leche». Probablemente le haya dejado una nota. Suelta las llaves sobre la mesita que hay junto a la entrada y va directamente a la cocina, en la parte trasera de la casa. Está hambriento. Se pregunta si Karen habrá cenado o si le ha estado esperando.

Está claro que ha estado preparando la cena. Hay una ensalada casi terminada; ha dejado un tomate a medio cortar. Observa la tabla de madera, el tomate y el afilado cuchillo a su lado. Hay pasta sobre la encimera de granito, lista para hervir, y una olla con agua sobre los fogones de acero inoxidable. El fuego está apagado y el agua de la olla, fría; mete el dedo para comprobarlo. Busca una nota en la puerta de la nevera, pero no hay nada escrito para él en la pizarra blanca. Frunce el ceño. Saca el móvil del bolsillo del pantalón y comprueba si le ha mandado algún mensaje y no lo ha visto. Nada. Ahora ya está un poco cabreado. Podría haberle avisado.

Tom abre la puerta de la nevera y se queda un minuto contemplando su contenido con la mirada perdida, luego coge una cerveza importada y decide ponerse a hacer la pasta. Está seguro de que ella va a volver en cualquier momento. Mira a su alrededor para ver qué se puede haber acabado. Hay leche, pan, salsa para la pasta, vino y parmesano. Comprueba el baño; hay mucho papel higiénico. No se le ocurre qué otra cosa puede ser tan urgente. Mientras espera a que hierva el agua, llama al móvil de Karen, pero no lo coge.

Un cuarto de hora más tarde la pasta está lista, pero no hay ni rastro de su mujer. Tom deja la pasta en el colador sobre el fregadero, apaga el fuego de la cazuela con la salsa y va hacia el salón con paso intranquilo. Ya ni se acuerda de que estaba hambriento. Mira por el ventanal la calle más allá del césped. «¿Dónde demonios está?». Empieza a ponerse nervioso. Vuelve a llamarla y oye una tenue vibración detrás de sí. Gira rápidamente la cabeza hacia el sonido y ve su móvil, vibrando sobre el respaldo del sofá. «Mierda. Se ha dejado el teléfono. ¿Cómo la localizo ahora?».

Empieza a buscar por toda la casa algún indicio de adónde ha podido ir. Arriba, en el dormitorio, le sorprende encontrar su bolso sobre la mesilla de noche. Lo abre con torpeza, sintiéndose un poco culpable por mirar en las cosas de su mujer. Es privado. Pero esto es una emergencia. Vuelca el contenido en medio de la cama perfectamente hecha. Su cartera está ahí, también su monedero para el dinero suelto, el pintalabios, un bolígrafo y un paquete de pañuelos de papel: está todo ahí. «Entonces, no ha salido a hacer un recado. Tal vez haya salido a echar una mano a alguna amiga. Alguna emergencia». Aun así, si iba a coger el coche, se habría llevado el bolso. Y, a estas horas, ¿no le habría llamado si pudiera? Podía coger prestado el teléfono de alguien. Esta falta de consideración no es propia de ella.

Se queda sentado en el borde de la cama, intentando comprender en silencio. El corazón le late demasiado deprisa. Algo no va bien. Cree que tal vez debería llamar a la policía. Se pregunta qué le dirán. «Mi mujer ha salido y no sé dónde está. Salió sin el móvil y el bolso. Se le ha olvidado cerrar la puerta con llave. No es propio de ella. En absoluto». Probablemente no le tomen en serio si ella lleva tan poco tiempo fuera. No ha visto ningún indicio de violencia. Nada fuera de su sitio.

De repente, se levanta de la cama y empieza a registrar toda la casa. Pero no encuentra nada sospechoso: ningún teléfono descolgado, ninguna ventana rota, ninguna mancha de sangre en el suelo. Sin embargo, su respiración está alterada como si hubiera sucedido.

Duda por un instante. Tal vez la policía piense que se han peleado. De nada servirá que les asegure que no han discutido, que les diga que casi nunca lo hacen. Que el suyo es un matrimonio casi perfecto.

En vez de llamar a la policía, vuelve corriendo a la cocina, donde Karen guarda la lista con sus números de teléfono, y empieza a llamar a sus amigos.

El agente Kirton menea la cabeza resignado, contemplando el desastre que tiene ante sí. La gente y los coches. Ha visto cosas que le han hecho vomitar en el acto. Esta vez no ha sido tan horrible.

Aún no han identificado a la víctima del accidente, una mujer de unos treinta y pocos años. Ni bolso, ni cartera. Pero los papeles del vehículo y del seguro estaban en la guantera. El coche se encuentra registrado a nombre de una tal Karen Krupp, con domicilio en Dogwood Drive, número 24. Va a tener que darle unas cuantas explicaciones. Y enfrentarse a unos cuantos cargos. Por ahora, una ambulancia se la ha llevado a un hospital cercano.

Por lo que de momento puede deducir, y según los testigos, iba conduciendo a todo gas. Se saltó un semáforo en rojo y fue a dar con el Honda Civic rojo de cabeza contra un poste. Es un milagro que nadie más haya resultado herido.

«Probablemente estuviese colocada», piensa Kirton. Ellos le harán las pruebas de toxicología.

Se pregunta si el coche era robado. Es fácil averiguarlo.

El caso es que no tenía aspecto de ladrona de coches ni de yonqui. Parecía un ama de casa. Por lo que ha podido ver entre tanta sangre.

Tom Krupp ha llamado a la gente con la que sabe que Karen se ve más a menudo. Si ellos ignoran dónde puede estar, entonces no va a esperar más. Va a llamar a la policía.

La mano le tiembla al descolgar el teléfono otra vez. Se siente enfermo del miedo.

Una voz contesta: «911. ¿Dónde es la emergencia?».

En cuanto abre la puerta y ve al policía con gesto serio en la entrada, Tom sabe que algo muy malo ha ocurrido. Le inunda un temor que le produce náuseas.

—Soy el agente Fleming —se presenta el policía, enseñándole la placa—. ¿Puedo pasar? —pregunta respetuosamente, en voz baja.

—Han llegado rápido —responde Tom—. He llamado al 911 hace un par de minutos. —Tiene la sensación de estar entrando en shock.

—No vengo por una llamada al 911 —contesta el agente.

Tom le hace pasar al salón y se deja caer en el gran sofá blanco como si le fallaran las piernas, sin siquiera mirar a la cara al policía. Quiere posponer todo lo posible el momento de la verdad.

Pero ese momento ha llegado. Apenas puede respirar.

—Agache la cabeza —dice el agente Fleming, poniendo una mano suavemente sobre su hombro.

Tom inclina la cabeza hacia su regazo, sintiendo que se va a desmayar. Cree que su mundo está a punto de desaparecer. Tras un momento, alza la mirada; no tiene ni idea de lo que le espera, pero sabe que no puede ser bueno.

2

Los tres chicos —dos de trece años y uno de catorce, al que empieza a asomarle un poco de vello sobre el labio superior— están acostumbrados a actuar sin control. En esta parte de la ciudad los chavales crecen rápido. Por las noches no están en sus casas, frente a las pantallas del ordenador haciendo sus deberes o en la cama. Están por ahí buscando problemas. Y parece que los han encontrado.

—Tío —dice uno, parándose en seco al atravesar la puerta del restaurante abandonado donde van a veces para fumarse un porro, cuando lo tienen. Los otros dos aparecen a su lado y se detienen, tratando de ver en la oscuridad.

—¿Qué es eso?

—Creo que es un muerto.

—No jodas, Sherlock.

Con los sentidos aguzados de repente, los tres se quedan inmóviles, temiendo que haya alguien más allí. Pero comprueban que están solos.

Uno de los más jóvenes suelta una risita nerviosa de alivio.

Avanzan con curiosidad, observando el cadáver en el suelo. Es un hombre, tirado boca arriba, con evidentes agujeros de bala en la cara y el pecho. Lleva una camisa de color claro, empapada en sangre. Ninguno de ellos es ni en lo más remoto impresionable.

—¿Llevará algo encima? —pregunta el mayor.

—Lo dudo —responde uno de los otros.

Pero el de catorce años desliza la mano hábilmente en un bolsillo de los pantalones del hombre y saca una cartera. La registra.

—Parece que estamos de suerte —dice sonriendo mientras levanta la cartera para que la vean. Está llena de billetes, pero a oscuras es demasiado difícil saber cuánto hay. Saca un móvil del otro bolsillo del muerto—. Cogedle el reloj y las cosas —apremia a los otros mientras recorre el suelo con la mirada buscando una pistola. Sería genial encontrar un arma, pero no ve ninguna.

Uno de los chicos le quita el reloj. Al otro le cuesta sacarle al cadáver un pesado anillo de oro del dedo, pero finalmente lo consigue y se lo mete en el bolsillo de los vaqueros. Luego le pasa al hombre la mano por el cuello para ver si lleva cadena. No la lleva.

—Quitadle el cinturón —ordena el mayor, claramente el líder—. Y los zapatos también.

Ya habían robado antes, aunque nunca a un cadáver. Están flipando de la emoción, con la respiración acelerada. Han cruzado una especie de línea.

—Hay que largarse de aquí —dice entonces el mayor—. Y nada de contárselo a alguien.

Los otros dos miran al chico más alto y asienten sin pronunciar palabra.

—Nada de fardar de lo que hemos hecho. ¿Entendido? —advierte el mayor.

Vuelven a asentir, con rotundidad.

—Si alguien pregunta, no hemos estado aquí. Vámonos.

Los tres chicos salen rápidamente del restaurante abandonado llevándose consigo las pertenencias del muerto.

Tom sabe por la voz y la expresión del agente que las noticias son muy malas. La policía tiene que dar noticias trágicas a la gente todos los días. Ahora le toca a él. Pero Tom no quiere saberlo. Quiere que la noche vuelva a empezar: bajarse del coche, entrar por la puerta y encontrar a Karen en la cocina, preparando la cena. Quiere rodearla con sus brazos, aspirar su olor y abrazarla fuerte. Quiere que todo sea como antes. Si no hubiera llegado a casa tan tarde, tal vez lo sería. Puede que esto sea culpa suya.

—Me temo que ha habido un accidente —dice el agente Fleming, con voz grave y los ojos llenos de empatía.

Lo sabía. Tom se queda aturdido.

—Su esposa ¿conduce un Honda Civic rojo? —pregunta el policía.

Tom no contesta. Esto no puede estar pasando.

El agente le lee un número de matrícula.

—Sí —contesta Tom—. Es su coche. —Su voz suena extraña, como si viniera de otro lugar. Mira al agente. El tiempo parece haberse ralentizado. Ahora se lo va a decir. Va a comunicarle que Karen ha muerto.

—La conductora está herida. No sé de cuánta gravedad. Está en el hospital —informa el agente Fleming con suavidad.

Tom se cubre el rostro con las manos. ¡No está muerta! Está herida; pero siente que le brota una desesperada esperanza de que tal vez no esté tan grave. Puede que todo se arregle. Se retira las manos de la cara, inspira profunda y temblorosamente, y pregunta:

—¿Qué demonios ha pasado?

—Ha sido un accidente de un solo vehículo —explica en voz baja el agente Fleming—. El coche chocó con un poste, de frente.

—¿Qué? —pregunta Tom—. ¿Cómo puede chocar un coche con un poste sin motivo? Karen es muy buena conductora. Nunca ha tenido un accidente. Alguien ha debido provocarlo. —Advierte la expresión cautelosa del agente. ¿Qué es lo que no le está contando?

—La conductora no llevaba identificación —dice Fleming.

—Se dejó el bolso aquí. Y el móvil. —Tom se frota la cara con las manos, tratando de mantener la compostura.

Fleming inclina la cabeza a un lado.

—¿Va todo bien entre su esposa y usted, señor Krupp?

Tom le mira con incredulidad.

—Sí, claro que sí.

—¿No han discutido, ni se les han ido las cosas un poco de las manos?

—¡No! Yo ni siquiera estaba en casa.

El agente Fleming se sienta en el sillón frente a él, se inclina hacia delante.

—Porque las circunstancias…, en fin, cabe una leve posibilidad de que la mujer que conducía el coche, la que ha sufrido el accidente, no sea su esposa.

—¿Cómo? —exclama Tom, sorprendido—. ¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

—Dado que no llevaba identificación, en este momento no sabemos con certeza si su esposa era quien conducía, solamente que el coche era suyo.

Tom se queda mirándole, mudo.

—El accidente ocurrió en la parte sur de la ciudad, en la esquina de Prospect con Davis Drive —continúa el agente Fleming, clavándole una mirada llena de intención.

—No puede ser —dice Tom. Es una de las peores zonas de la ciudad. Karen nunca va por ahí de día, mucho menos sola y de noche.

—¿Se le ocurre alguna razón por la que su mujer, Karen, pudiera ir conduciendo de forma temeraria, por encima del límite de velocidad y saltándose semáforos en rojo, en esa parte de la ciudad?

—¿Cómo? ¿Qué me está diciendo? —Tom mira al agente con incredulidad—. Karen nunca iría a esos barrios. Nunca superaría el límite de velocidad y nunca se saltaría un semáforo. —Se deja caer contra el respaldo del sofá. Nota cómo le inunda una sensación de alivio—. No es mi mujer —asegura con certeza. Conoce a su esposa y ella nunca haría algo así. Casi sonríe—. Es otra persona. Alguien debe de haberle robado el coche. ¡Gracias a Dios!

Vuelve a mirar al agente de policía, que sigue observándole, profundamente preocupado. Y entonces se da cuenta y el pánico le vuelve de inmediato.

—Entonces, ¿dónde está mi mujer?

3

Necesito que me acompañe al hospital —dice el agente Fleming.

Tom no logra entender del todo lo que está pasando. Levanta la vista hacia el policía.

—Perdón, ¿qué ha dicho?

—Ahora debe usted acompañarme al hospital. Necesitamos una identificación, de un modo u otro. Tenemos que saber si la mujer que está en el hospital es su esposa. Y, si no lo es, tenemos que encontrarla. Me contó que había llamado al 911. Ella no está en casa y su coche ha sufrido un accidente.

Tom asiente de inmediato, comprendiendo al fin.

—Sí.

Coge rápidamente su cartera y sus llaves —le tiemblan las manos— y sale de casa detrás del agente, se mete en el asiento trasero de un coche patrulla blanco y negro aparcado en la calle. Tom se pregunta si los vecinos lo estarán viendo. Piensa fugazmente qué se imaginarán, viéndole sentado en el asiento de atrás de un vehículo de la policía.

Cuando llegan al hospital Mercy, Tom y el agente Fleming entran por Urgencias a la ruidosa y abarrotada sala de espera. Tom camina nervioso de un lado a otro por el suelo liso y reluciente, mientras el agente Fleming trata de encontrar a alguien que les pueda decir dónde está la víctima del accidente. Mientras espera, la ansiedad se desata en él. Casi todos los asientos están ocupados y hay pacientes en camillas a lo largo del pasillo. Policías y ayudantes de ambulancia van y vienen. El personal del hospital trabaja sin cesar detrás del metacrilato. Varias pantallas grandes de televisión colgadas del techo emiten una serie de vídeos aburridos sobre salud pública.

Tom no sabe qué esperar. No quiere que la mujer herida sea Karen. Es posible que esté grave. No puede ni pensarlo. Por otro lado, no saber dónde se encuentra, temer lo peor… «¿Qué demonios ha pasado esta noche? ¿Dónde está?».

Por fin, Fleming le llama desde el otro lado de la abarrotada sala de espera. Tom se apresura hacia él. Junto a Fleming hay una enfermera con gesto preocupado.

—Lo siento —dice ella suavemente, mirando a Tom primero y después al agente—, ahora mismo le están haciendo una resonancia. Tendrán que esperar. No debería tardar mucho.

—Debemos identificar a esa mujer —insiste Fleming.

—No voy a interrumpir una resonancia —responde la enfermera con firmeza. Mira a Tom con empatía—. Verán —añade—, tengo la ropa y los efectos personales que llevaba la mujer encima cuando llegó. Si quieren, se los puedo enseñar.

—Sería de gran ayuda —contesta Fleming, mirando a Tom. Este asiente.

—Acompáñenme. —Los conduce por un largo pasillo hasta una habitación cerrada, que abre con una llave. A continuación rebusca entre varios armarios abarrotados, saca una bolsa de plástico transparente con una etiqueta y la deja sobre una mesa de acero. Los ojos de Tom se clavan inmediatamente en el contenido. En su interior hay una blusa estampada que reconoce al instante. Le invade una ola de náuseas. Karen la llevaba puesta esta misma mañana, cuando se fue a trabajar.

—Necesito sentarme —dice Tom y traga saliva.

El agente Fleming le acerca una silla y Tom se deja caer sobre ella, contemplando la bolsa transparente con los efectos personales de su mujer. La enfermera se ha enfundado unos guantes de látex y empieza a sacar cuidadosamente los artículos, colocándolos sobre la mesa. La blusa estampada, los vaqueros, las zapatillas de correr. Hay salpicaduras de sangre en la blusa y los vaqueros. Tom nota un poco de vómito en la boca, pero se lo traga. El sujetador y las bragas de su mujer también están manchados de sangre. En otra bolsita con cierre ...